Gracias, señor Sampedro

No hace falta que el Estado premie a José Luis Sampedro para constatar su lucidez, su humanidad, su cercanía, su calor, su enorme tamaño intelectual. Asombra, eso si, lo estrambótico de premiar a alguien a quien se oye, pero no se escucha. La mayoría de quienes han recibido el mismo premio, u otro similar, claman en el desierto. Escuchar, una de las mejores medicinas para cualquier enfermedad, no se lleva. Escuchar a los pocos sabios que nos hablan en nuestro idioma se ha convertido en un ejercicio casi marginal. Se concede, con desdén, un mérito, un galardón, a esos hombres y mujeres prometeicos que roban el fuego, el saber, a los dioses, para intentar ofrecérnoslo a los mortales. Gracias por eso.

El premio es quien es honrado por Sampedro, Ferlosio, Castellet y tantos otros, no al revés. En el actual río que nos lleva, también lleno de troncos muertos, un economista humano, el reverso de la escuela de Chicago, intenta hacernos entender la situación real en la que estamos; engañados, asaltados, estafados. Sus lectores conocen sus argumentos, reflexionan sobre ellos, aprenden, aprendemos. Sin embargo, en los saloncitos del mando, el ninguneo, la condescendencia paternalista a sus propuestas y planteamientos es ofensivo, insultante, irresponsable. La mayoría de quienes tienen el poder en sus manos, capacidad ejecutiva o legislativa, dibujan en su cara una media sonrisa de superioridad y hablan de realismo, pragmatismo y todas esas palabras que nos han traído hasta aquí. José Luis Sampedro sabe mucho, perdón por la obviedad. Ellos creen que saben mucho. Hay una gran diferencia; el saber es nutritivo, el sucedáneo no.

Gracias, señor Sampedro, por desasnarnos, ingrata tarea. Gracias, señor Sampedro, por orientarnos en el difícil oficio de vivir. Gracias, señor Sampedro por acompañarnos en los momentos de desánimo. Gracias, señor Sampedro, por ser y por estar. Gracias, señor Sampedro, por todo.

* Publicado en Rádio Klara

Web de José Luis Sampedro

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