Guindas, Guindos, Windows

Y aquí estamos, reinventando, en el milagroso y perenne Ruedo Ibérico, el esperpento descrito por el agudo genio del impertinente gallego Ramón María del Valle-Inclán. Los que nos gobiernan son sus paisanos. Música de la banda municipal. Zarzuela y Corte. Son Mariano Rajoy del Lacón y sus derivados.

Se llama Luis de Guindos el ministro de Economía. Todos sabemos lo que es guindar a base de gravámenes e impuestos. La característica de Guindos es que se sube y se cae del guindo al mismo tiempo. Dice que los ajustes del gobierno costarán del orden de los 30.000 millones de euros y que la reforma del aparato productivo de España, que están llevando a cabo los Rajoy boys, “ha ahorrado 1 millón de puestos de trabajo”. ¿Ahorrado? Ahorrar, según el diccionario corriente, es poner a buen recaudo, conservar… Es la suprema vocación de la banca, que según dice el ministro, es la más “contraída” de la Unión Europea.

Contracción es un curioso eufemismo ministerial; quiere decir que los banqueros no sueltan la tela ni aunque se la esté inyectando en vena pública el ejecutivo. Sin embargo, parece más lógico que lo que necesita el país es manejar otros verbos: dinamizar, dar crédito, arriesgar, emprender…

Hasta que ese oráculo ministerial no lo ha dicho así, no había reparado en la contradicción de sus promesas con las de su jefe. Guindos asegura que se verán los resultados de la reforma a finales de este año. Mientras que Rajoy repite que “las reformas no nos sacarán de la crisis ni en un mes, ni en dos, ni en tres” y que “recortar gasto no significa que vayan a crearse puestos de trabajo a corto plazo”. Ni los más fieles feligreses de la paradoja entienden la contradicción. Recorto pero no ofrezco alternativas visibles.

Somos como fantasmas columpiándose en el borde de una sima donde se hunde el lenguaje del entendimiento. Cuando no se habla claro es que no se sabe por dónde salir y uno no se atreve a reconocerlo. Podar las ramas un árbol para fortalecer el tronco no es sinónimo de deforestar hasta las raíces para dar una imagen de dinamismo electoral.

Los parados y el 64% de los españoles que, según un estudio oficial, pasan serios apuros para llegar a final de mes, no saben si reír o aullar. Probablemente sea oportuno practicar ambas cosas. Según si se escuche al plañidero Mariano, o al susodicho Guindos, se puede poner uno la bata de la alegría moderada o darse latigazos de penitencia con el socorrido vergajo de la crisis global.

Los empresarios ya están obrando en consecuencia. Abaratan aún más el despido. La flexibilización laboral significa, entre otras cosas que, si no tocas con entusiasmo la flauta dulce del amén al patrón de la multitarea, vas a parar al vertedero de la indigencia.

Y estarás en ese purgatorio lapón al menos hasta que la reforma fructifique según los deseos contradictorios del gobierno. Allá, por las fechas crédulas de los Santos Inocentes y la Lotería Nacional. A finales de año, si el Opus Dei lo quiere.

Un síntoma evidente de que España vuelve a ser la tradicional dehesa superchollo, la del beneficio fácil, es el actual retorno de las empresas textiles, que habían huido a las maquilas de China para abaratar costes al máximo.

Este mismo gobierno que va rezando, pero con el mazo dando, ha pedido a los ricos que hagan un esfuerzo y arrimen el hombro. No se da cuenta de que están enfermos. No lo pueden hacer, por la sencilla razón de que están herniados de acarrear beneficios públicos.

Ahora incluso cuentan con las condolencias simpáticas y el desparpajo dadaísta del ilustre visitante Bill “Puertas” Gates. No sabe a cuánto asciende el salario mínimo español. Pese a ello y a su congénita timidez, el Gran Timonel de Microsoft se ha atrevido con un condescendiente consejo. Dado que España-Spain tiene mayor índice de desempleo que ningún otro país del entorno, la receta del amo del Windows 8 "es bajar los sueldos". "Economía y dolor", ha dicho.

Sintonizando con esta filosofía, las grandes empresas están blindando los emolumentos de sus directivos, al tiempo que eyaculan la catarata de los despidos de la plebe laboral. El gobierno coloca sacos de arpillera para intentar contener la inundación de mala baba bancaria.

Luego está la necesidad logística de la anticipación. Ante la previsible irritación de las gargantas manifestantes contra estos síntomas de fiebre ultraliberal, que no entienden los misterios de la macroeconomía y se oponen a las medidas del ministerio de Economía y Competitividad, ya está previsto y en stock el adecuado jarabe de palo. El presidente ha dicho que no sirve de nada manifestarse. Por esa razón, el gobierno se ha gastado 1 millón de euros en adquirir gases lacrimógenos. Para llorar juntos.

En el aire inmóvil de la fatalidad hispana resuenan los ecos de un grito atávico. Es la estela de la fragancia del fascio galaico, la impronta de un maestro matador recién fallecido: “¡la calle es mía!”.

Estos son sus discípulos predilectos. Rajoy y sus derivados van a por todas. A hacer faena.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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