Ha muerto un poeta

Muere el poeta maldito Leopoldo María Panero, el que estaba loco, según se nos viene diciendo desde que oímos por primera vez su nombre

Loco… pero en este mundo de cuerdos te exigen que te identifiques ante la policía cuando acudes con una bandera española preconstitucional a manifestarte contra la visita de los Príncipes en la Isla.

Loco… mientras la única alternativa del Gobierno ante las múltiples protestas contra los desahucios, contra el paro, contra los parquímetros, contra las leyes represivas y la corrupción son la proliferación en nuestras calles de cámaras de vigilancia, la criminalización de la protesta ciudadana, la sanción económica contra el que exhibe una pancarta o toma una plaza contra esto y aquello.

Loco… mientras se incrementa el paro y la pobreza, y el heredero del dictador se lleva 300.000 euros anuales por su discurso navideño.

 Loco… mientras la Guardia Civil repele con disparos a los desgraciados que intentan ganar el paraíso europeo, mientras el anciano muere carbonizado en la casa porque no puede pagar la factura de la calefacción.

Loco… mientras los más castigados por la actual crisis extienden su mano en las calles en demanda de una moneda, mientras apenas son audibles las demandas de los refugiados en los campamentos de Palestina y del Sáhara.

Loco… mientras muere esa mujer, esos niños, a manos de otro loco.

Loco… y no quiebra ninguna fábrica de armamentos, ningún banquero se abre las venas, ningún delincuente con cartera de ministro dimite para disculparse por el expolio nacional, aquí o allá, mientras el Planeta bosteza de asco en su agonía.

Loco… mientras las plataformas petrolíferas se enseñorean en estas aguas, en espera de clavar sus garras en las profundidades, mientras el silencio acoge las últimas medidas del Gobierno como dolorosas pero necesarias, mientras se tortura a la res, para divertimento de unos cuantos y el enriquecimiento de otros pocos, mientras lo más reaccionario del País exige que se prohíba terminantemente el aborto.

Muere el poeta más trasgresor y no vela su breve tránsito a tierra de nadie y a media asta ninguna bandera, en ninguna librería leo su necrológica, ningún miembro del Gobierno viene a hacerse la foto con los que leen un último poema de urgencia en la sala, mientras los funcionarios nos urgen para el último trámite.

Muere el novisimo Panero, que se reía con franqueza de nuestros mordaces comentarios sobre los Borbones, el  que encendía un pitillo con otro, el que se dopaba con cocacola, para no morir de asco en esta sociedad que se olvidó de soñar y vive narcotizada, inmersa en una pesadilla hecha de fútbol y televisión.

Sirve de consuelo que, en su última hora sobre la tierra, la bandera de León Felipe, Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García vistió ese espacio de madera que albergó sus restos mortales antes de ser devorado por el fuego.

Nuestro mayor deseo, que los camaradas poetas del otro lado de este sueño que es la vida lo reciban con una orgía de amor, poesía y provocación, mientras arden en un rincón las paginas del Código Civil, la ley mosaica y la bandera de las barras y las estrellas.  

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