Hágase la luz: Tintoretto en la Bienal de Venecia

Venecia, una mañana soleada de verano, un día como tantos otros en los que la laguna se llena del ir y venir de barcos, barcazas y góndolas: el tráfico habitual. Mucho calor, pocas nubes en el cielo. Una barca con una gran caja roja cruza desde San Giorgio Maggiore hasta Giardini. Lentamente, sin prisa. Un grupo de operarios la descarga con cuidado y se dirige hacia la entrada de la Bienal, la muestra de arte contemporáneo que este año cumple su edición número 54 bajo el título ILUMInations. Llegan al Pabellón de Italia, bajo la atenta mirada de las palomas disecadas de Cattelan. Se abre la enorme caja y aparece una de las obras más maduras del más extravagante de los artistas venecianos: La última cena de Jacopo Robusti, Tintoretto (1591, San Giorggio Maggiore).

Un marco de madera vacío señala el espacio exacto en el que la pieza debe ser ubicada y ahí, exactamente ahí, se hace la luz para una exposición que mira al siglo XVI para reflexionar sobre el siglo XXI.

Han pasado 420 años pero sigue siendo una obra joven y hermosa, arriesgada, provocativa y provocadora, propia de un artista tan innovador que todavía hoy nos produce vértigo. Tintoretto pintaba de forma escandalosa para los cánones de su tiempo: su técnica rompía con la tradición. Utilizaba una cantidad mínima de capas de óleo con unas pinceladas tan fuertes y expresivas que daban la sensación de estar inacabadas. Parece trabajar al borde de un precipicio, rápidamente, compulsivamente: puro radicalismo que reconocieron artistas posteriores como El Greco, Rubens o Velázquez. Fue un artista audaz y excesivo, que resultaba difícil para sus contemporáneos, pero que a la luz de movimientos posteriores como el impresionismo, los espectadores del siglo XXI podemos mirar con mayor comprensión estética.

Para muchos es el más veneciano de los artistas venecianos, pero nunca retrató la ciudad, como profusamente lo hicieron Canaletto o Guardi. Tintoretto retrató el alma de Venecia, sus más íntimos códigos y secretos. Vivió y trabajó, en la Fondamenta dei Mori, en Canarreggio donde está la iglesia de Nuestra Señora del Orto donde fue enterrado. Salió de su ciudad en un par de ocasiones a lo largo de toda su vida y fue odiado, envidiado, querido o respetado exclusivamente por su pintura. En su taller se dice que había una inscripción que nos da la clave de sus preocupaciones artísticas: “El dibujo de Miguel Ángel, el color de Tiziano”.

Pintó mucho y no todo lo que pintó adquiere la categoría de magnífico, pero realizó  grandes obras de una enorme profundidad conceptual y narrativa. La última cena es una de ellas, con figuras que se integran en un escenario compuesto con meticulosidad teatral y se nos muestran en posturas complejas llenas de dramatismo. Una vertiginosa perspectiva, llena de diagonales y tensión nos introduce en el espacio de manera inevitable. Cristo, inclinado hacia San Juan, le ofrece el pan y el vino mientras los demás personajes presentan diferentes actitudes. Una auténtica coreografía que necesita de un espectador dinámico, que busque los ángulos y los pueda leer de manera activa.

Y la luz. Una luz inverosímil que emana de las figuras creando una atmósfera alucinante que profundiza en la narración de forma casi cinematográfica.

Poesía y prosa, realidad e imaginación se mezclan es esta obra que cautivó a Henry James, a Sartre, a Virginia Woolf (“Hasta que no se ha visto a Tintoretto, no se sabe lo que la pintura es capaz de hacer”), a Rafael Alberti (“Me enveneno de azules Tintoretto”) y a tantos otros escritores que reconocen en La última cena una obra narrativa de una pureza fascinante.

Junto a La última cena, el visitante de la Bienal puede contemplar La creación de los animales (1550), y El robo del cuerpo de San Marcos (1562), ambas procedentes de la Galería de la Academia.

Bice Curiger, la curadora de la 54 edición de la Bienal de Venecia, nos propone  una descontextualización del artista y de sus obras: “Aquí se puede ver la fuerza del arte y mostrar una obra antigua en el contexto del arte contemporáneo, nos hace ver la obra un modo diferente a como la veríamos en una iglesia o en un museo”. Se trata de un contexto inesperado, lleno de gente y distracciones varias.

Creo que para conocer a Tintoretto hay que pasear por Venecia y perderse en sus calles e iglesias, emocionarse en La Escuela Grande de San Rocco y sobrecogerse en Nuestra Señora del Orto. Silencio y soledad.

* 80 Grados

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