Histeria sacrofranquista

Pues sí que se han cabreado de veras. Y enseñan los dientes (para ocultar o disimular su tremenda estupidez, supongo) y vociferan, amenazan e insultan…

Anonadado estoy; asustado e inquieto, mientras escribo esto. El bolígrafo tiembla en mi mano y el sudor empapa mi frente. Hasta el papel se muestra remiso para recoger una sola frase mía.

Se me ocurrió hace unos días, reivindicar a las víctimas republicanas de la Guerra Civil y la dictadura franquista en sendos artículos (“La ilegalidad” y “Barrabasadas”), denunciando la conocida existencia de fosas comunes que acogen, de manera indigna y al más puro estilo nazi, a decenas y decenas de miles de ciudadanos y ciudadanas exterminados por defender la legalidad democrática de una República que los ascendientes de estos que ahora babosean con sus ladridos, ahogaron en sangre. Y se han cabreado tanto que dejan caer que vienen a por mí. “…Bien lo sabéis. Vendrán/por ti, por ti, por mí, por todos/. Y también por ti…” (Blas de Otero). Vamos, que me recomiendan los hijos de… aquellos que me ponga a “cavar más fosas”. Y me “odian”, y “no perdonan” (ellos, que tendrían que ser los perdonados) ni “cierran heridas” en base a la justicia y la verdad.

Y es que “estoy lleno de rencor” (y yo… sin saberlo); y es que la Victoria (con mayúscula) de Franco no se logró para que, años después, yo venga con mis “mentiras” a desmontar, a negar y a “insultar” la obra que nos liberó de las tinieblas del “comunismo soviético”.

¿Cómo se me ocurre ser tan “vengativo” y hablar sólo de los horrendos crímenes fascistas y no hablar de los cometidos por el Frente Popular contra la Iglesia Católica, por ejemplo?

Se han cabreado de veras, si. Y me cuentan que escribo lo que escribo porque lo que “quiero es otra Guerra Civil”, otra “partida” por “revanchista” que soy. ”Y la tendremos”, aúllan. Y que no me piense yo –pobre de mí- que la vamos a ganar los “sedientos de venganza”. Si en aquella “partida” hubo muchos muertos, ahora serán muchos más…

Y yo no sé si seguir escribiendo sobre esto para evitar que, por “mi culpa”, nos surja otro “salvador de la masonería y el comunismo” y figuremos en los documentales del “NATIONAL GEOGRAPHIC” (amenaza otro “demócrata”) por tantas fosas como tendríamos que cavar.

Y, haber ¿por qué esta manía que tengo de reírme de tanto miedo como me dan estos bufones de camisa azul y sacristía? Lo normal sería estar “acongojado” (no sé si se escribe así), pedir perdón a los fascistas asesinos y rellenar las fosas comunes con hormigón armado (“armado”, en todas sus acepciones). Y, claro, ir a la parroquia más cercana  y rezar por esa Iglesia “tan maltratada” por las “hordas rojas” y por sus víctimas. Víctimas… sí, de la violencia que ellos mismos desataron.

Esa Iglesia que por sus propios, mezquinos e inmensos intereses era enemiga acérrima de la II República. Que tenía en sus manos, mejor dicho, en su poder, un tercio de la riqueza nacional; que controlaba la educación, teniendo en el analfabetismo a la mitad de la población española en el año 1931. También una Iglesia que sufrió en sus arcas el más terrible golpe que el gobierno republicano le pudiera dar al cortarle el chorro de las subvenciones con la “Declaración de separación Iglesia-Estado”. “España ha dejado de ser católica”, declaró Manuel Azaña el día 13 de octubre de 1931.

Si, tendría que estar muy asustado y orar por esas 6.832 víctimas religiosas (más o menos) del “genocidio” republicano. Algunas de ellas, curas con pistola bajo la sotana, que guardaban armas en las sacristías y que las disparaban contra el pueblo desde los campanarios de las iglesias. 6.832 religiosos (frente a los cientos de miles republicanos) que sí están identificados, enterrados dignamente y reconocidos. Muchos de ellos beatificados.

Y es que es para estar asustado, de verdad, al comprobar cómo setenta años después los hijos de… aquellos no solamente no han centrifugado su historia con lejía y amoniaco, sino que vuelven con los correajes y el aceite de ricino dispuestos a seguir dando “café”. Y de nuevo con el paraguas de la Iglesia, la misma que dio carácter de “cruzada” al crimen organizado. La misma que un 1 de julio de 1937 hizo pública la “Carta de los obispos españoles al episcopado mundial” donde hacían patente su apoyo descarado al genocidio franquista, afirmando que “la guerra es un plebiscito armado” ya que le quitaron toda legitimidad al resultado de las elecciones de Febrero de 1936 y donde salió ganador el Frente Popular.

Esa Iglesia que bendecía armas y soldados, que rezaba por la victoria de Franco y depuraba de “rojos y ateos” la retaguardia en las ciudades; que “vigilaba” la castidad de las mujeres, la asistencia obligatoria a las misas, que cantaba fascistas en las escuelas o perseguía, encarcelaba o expulsaba a los maestros con ideas “liberales”.

Para reponernos de tanto miedo y calmar la angustia, desde este artículo animo a los lectores a presenciar la película “Los girasoles ciegos”, de José Luis Cuerda, basada en la novela del mismo título del escritor Alberto Méndez (Edit. Anagrama). Tendrán en esta película una visión muy clara del “sufrimiento” del clero franquista.

No sé qué pensarán los valientes de las amenazas, el odio y el rencor fascista pero veo que, según voy escribiendo, el miedo se esfuma y ya el pobre bolígrafo se mantiene firme en mi mano. Tal vez haya sido la película que cité más arriba o, quizás, la indignación que me produce ver cómo ni esos hijos… de aquellos tratan a todos los religiosos por igual. Nunca se oyó una voz, ¡ni una sola!, por parte de los bufones de azul o de la jerarquía eclesiástica, defendiendo la postura católica, coherente, humana de los religiosos asesinados por los franquistas.

Es posible que no quieran saber que los verdugos de Franco asesinaron en el País Vasco a 16 religiosos en un mes de octubre de 1936. Evidentemente, tampoco han sido propuestos para su beatificación como “mártires”. No alcanzaron ese “status” y se quedaron como “curas rojos” cuando para los fascistas era rojo todo aquello que se manifestara con dignidad. Como tampoco lo alcanzaron los curas asesinados por los “cruzados” en Aragón, Galicia, La Rioja, Castilla o Baleares.

A tenor de como comenzaba este artículo sí que me estoy mereciendo un escarmiento y me van a mandar a cavar nuevas fosas; o me van a acusar de querer otra Guerra Civil. La tranquilidad que me queda es que, paso a paso, la Recuperación de la Memoria Histórica se está convirtiendo en una hermosa realidad. Ha dejado de ser un tema propio de historiadores o reclamos políticos para convertirse en un reto ciudadano que involucra cada día a más y más personas. Por mucho que rabien, ladren o babeen los hijos de… aquellos que, en su cobardía, huyen del enfrentamiento con su propia historia.

Estaban muy felices y tranquilos con el supuesto olvido colectivo. No hay tal.

Y como dije la semana pasada y repito ahora:
Ni olvido ni perdón. Justicia.

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