Hurgando en el Capital de Marx. Capítulo I.1

Marx-a renta-de-la-tierra-loquesomosAntoni Puig Solé*. LQSomos. Marzo 2016

Los dos factores de la mercancía: valor de uso y valor (sustancia y magnitud del valor)

Marx comienza El Capital de una manera aparentemente sorprendente. Para estudiar el modo de producción capitalista, pone el punto de mira sobre el producto, es decir, sobre la mercancía.

«La riqueza de las sociedades en las que domina el modo de producción capitalista se presenta como un ‘enorme cúmulo de mercancías’, y la mercancía individual como la forma elemental de esa riqueza. Nuestra investigación, por consiguiente, se inicia con el análisis de la mercancía.»

Al observar la mercancía muestra su naturaleza dual: se producen, como ha ocurrido siempre con la actividad productiva de los humanos, para que sean valores de uso, para satisfacer necesidades sociales, que como luego matiza, pueden prevenir del estómago o de la fantasía.

«La mercancía es, en primer lugar, un objeto exterior, una cosa que merced a sus propiedades satisface necesidades humanas del tipo que fueran».

Pero la novedad es que, para que se eleven a la categoría de mercancías, deben tener a la vez, valor de cambio, es decir, han de poder cambiarse entre sí.

«Los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta. En la forma de sociedad [45] que hemos de examinar, son a la vez los portadores materiales del valor de cambio.»

Hay que retener lo de «portadores materiales del valor»; lo encontraremos más adelante cuando la explicación se complicará. No lo olvidemos: la mercancía es un valor de uso, que transporta sobre sus hombros, valor de cambio. ¡Es importante!

Para que los valores de uso se puedan cambiar unos por otros, sin excepción, se requiere la existencia de algún elemento común que permita equipararlos. Siguiendo los pasos que ya había dado la economía clásica y sin abandonar el hilo con el que ha comenzado su exposición, Marx hace abstracción de todas las características materiales de los valores de uso mercantilizados y llega a la conclusión de que lo que todos ellos tienen en común es precisamente que son frutos del trabajo.

«Si hacemos abstracción de su valor de uso, abstraemos también los componentes y formas corpóreas que hacen de él un valor de uso. Ese producto ya no es una mesa o casa o hilo o cualquier otra cosa útil. Todas sus propiedades sensibles se han esfumado. Ya tampoco es producto del trabajo del ebanista o del albañil o del hilandero o de cualquier otro trabajo productivo determinado. Con el carácter útil de los productos del trabajo se desvanece el carácter útil de los trabajos representados en ellos y, por ende, se desvanecen también las diversas formas concretas de esos trabajos; éstos dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano».

Así, además de hacer abstracción de todos los componentes del valor de uso para destacar el trabajo como su propiedad común, también hace abstracción de las características de este trabajo para construir una de las categorías que la economía clásica no había descubierto: el trabajo abstracto.

«Examinemos ahora el residuo de los productos del trabajo. Nada ha quedado de ellos salvo una misma objetividad espectral, una mera gelatina de trabajo humano indiferenciado, esto es, de gasto de fuerza de trabajo humana sin consideración a la forma en que se gastó la misma. Esas cosas tan sólo nos hacen presente que en su producción se empleó fuerza humana de trabajo, se acumuló trabajo humano. En cuanto cristalizaciones de esa sustancia social común a ellas, son valores.»

Hay que reflexionar sobre eso de la objetividad fantasmal, ya que nos reaparecerá en analizar el valor. Al observar el valor de uso, el trabajo abstracto no se ve por ninguna parte. Es un fantasma. Pero al mismo tiempo está objetivado en la mercancía. He aquí que la mercancía es portadora material, como ya nos ha dicho más arriba.

Hay una cuestión de este párrafo que no quiero obviar: aparece el concepto fuerza de trabajo, que como veremos a partir de la Sección Segunda de El Capital, tiene un papel relevante en la explicación de la plusvalía.

Ya se nos había advertido en el prólogo que análisis de la mercancía, presenta muchas dificultades y que Marx se propone desvelar tres elementos del VALOR:
1. Su sustancia
2. Su magnitud y
3. Su forma.

La parte final de este primer apartado del Capítulo 1 se dedica, justamente, en definir la sustancia y la magnitud del valor. La forma, que según se ha dicho en el prólogo, es donde encontraremos más dificultades, se trata en el tercer apartado de este mismo Capítulo 1.

Magnitud y sustancia van de la mano. No hablamos de cualquier magnitud sino de aquella que nos indica cuánta sustancia hay.

«Un valor de uso o un bien, por ende, sólo tiene valor porque en él está objetivado o materializado trabajo abstractamente humano. ¿Cómo medir, entonces, la magnitud de su valor? Por la cantidad de «sustancia generadora de valor» -por la cantidad de trabajo- contenida en ese valor de uso. La cantidad de trabajo misma se mide por su duración, y el tiempo de trabajo, a su vez, reconoce su patrón de medida en determinadas fracciones temporales, tales como hora, día, etcétera»

Parece claro que la sustancia es el tiempo de trabajo y la magnitud, la cantidad de esta sustancia que la mercancía contiene. Pero hay aún hacer algunas puntualizaciones para dejar claro que no nos referimos a cualquier tipo de trabajo sino al trabajo abstracto socialmente necesario y esto nos exige, a la vez, definir este nuevo concepto.

«El trabajo que forma la sustancia de los valores es trabajo humano igual, inversión de la misma fuerza humana de trabajo. Es como si toda la fuerza de trabajo de la sociedad, materializada en la totalidad de los valores que forman el mundo de las mercancías, representase para estos efectos una inmensa fuerza humana de trabajo, no obstante ser la suma de un sinnúmero de fuerzas de trabajo individuales. Cada una de estas fuerzas es una fuerza humana de trabajo equivalente a las demás, siempre y cuando que presente el carácter de una fuerza media de trabajo social y dé, además, el rendimiento que a esa fuerza media de trabajo social corresponde; o lo que es lo mismo, siempre y cuando que para producir una mercancía no consuma más que el tiempo de trabajo que representa la media necesaria, o sea el tiempo de trabajo socialmente necesario.»

Llegados a este punto, Marx define el concepto tiempo de trabajo socialmente necesario que acaba de formular.

«El tiempo de trabajo socialmente necesario es el requerido para producir un valor de uso cualquiera, en las condiciones normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de destreza e intensidad de trabajo.»

Trabajo socialmente necesario es el «quantum» que requiere la sociedad presente para reproducir la mercancía en cuestión. No hablamos ni del pasado ni del futuro sino de la realidad social del día a día, una realidad que no es estática sino que está en constante modificación, por lo que también lo está este «quantum».

En este capítulo Marx ya empieza a tratar el tema de la productividad, que tiene una relación directa con las controvertidas fuerzas productivas.

Productividad del trabajo es un concepto utilizado para observar la cantidad de riqueza material (valor de uso) que se es capaz de crear para cada unidad de trabajo. Así, si en un primer periodo para producir x unidades del producto y, se necesitan 30 horas de trabajo y en un segundo periodo estas mismas unidades de producto se consiguen en 20 horas, diremos que se ha conseguido una mejora (incremento) de productividad. Huelga decir que la productividad de los trabajadores y las condiciones en las que este trabajo se lleva a cabo son interdependientes.

Marx indica 5 circunstancias que influyen en la productividad, aunque reconoce que hay otros:

1. El grado medio de habilidad de los trabajadores.
2. El nivel de desarrollo de la ciencia y de su aplicabilidad tecnológica.
3. La combinación social del proceso de producción.
4. El alcance y la capacidad de rendimiento de los medios de producción.
5. Las circunstancias naturales.

¿Cómo repercute la productividad sobre la riqueza material? Como impacta en el valor individual de cada mercancía?

Ya se nos ha dicho antes que «los valores de uso constituyen el contenido material de la riqueza, sea cual fuere la forma social de ésta». Así pues, al incrementar el volumen de valores de uso, también se incrementa la riqueza material y esta consideración es válida, tanto en una sociedad mercantilizada como en una que no lo está. Ahora bien, esto no significa, que la riqueza incrementada se emplee de manera beneficiosa para el conjunto de los humanos, como se ve, ahora mismo, si analizamos la distribución de la riqueza, y el uso que de ella se hace, bajo el capitalismo.

«Si el hombre llegase a conseguir transformar el carbón en diamante con poco trabajo, el valor de los diamantes descendería por debajo del de los ladrillos. Dicho en términos generales: cuanto mayor sea la capacidad productiva del trabajo, tanto más corto será el tiempo de trabajo necesario para la producción de un articulo, tanto menor la cantidad de trabajo cristalizada en él y tanto más reducido su valor. Y por el contrario, cuanto menor sea la capacidad productiva del trabajo, tanto mayor será el tiempo de trabajo necesario para la producción de un artículo y tanto más grande el valor de éste.»

Todo ello permite llegar a la siguiente conclusión:

«Por tanto, la magnitud del valor de una mercancía cambia en razón directa a la cantidad y en razón inversa a la capacidad productiva del trabajo que en ella se invierte.»

El apartado termina redondeando todos los atributos que debe tener una mercancía.

En el primer momento ya se nos ha dicho que debe ser valor de uso, es decir, debe tener utilidad. Si algo es inútil, si no sirve para satisfacer ninguna necesidad, sea del estómago o de la fantasía, entonces este valor de uso no se podrá mercantilizar. Pero esto no es suficiente. Este valor de uso debe tener valor, o sea, se debe producir con la intervención del trabajo humano (y se debe poder reproducir cuantas veces se quiera). En caso contrario no sería estrictamente una mercancía. Esto no evita, como Marx explica en otro lugar, que ciertos valores de uso, pese no tener trabajo incorporado, al ser acaparados por tal o cual persona, su propietario pueda mercantilizarlos (por ejemplo la tierra, el agua o la leña).

«Un objeto puede ser valor de uso sin ser valor. Así acontece cuando la utilidad que ese objeto encierra para el hombre no se debe al trabajo. Es el caso del aire, de la tierra virgen, de las praderas naturales, de los bosques silvestres, etc.»

Además, este valor de uso, con una utilidad que le ha proporcionado el trabajo humano, no debe producirse para satisfacer las necesidades de su productor. Se ha de producir por otros.

«Una cosa puede ser útil y producto del trabajo humano sin ser mercancía. Los productos del trabajo destinados a satisfacer las necesidades personales de quien los crea son, indudablemente, valores de uso, pero no mercancías. Para producir mercancías, no basta producir valores de uso, sino que es menester producir valores de uso para otros, valores de uso sociales.»

Pero después de hacer esta aclaración, aún puede haber mal entendidos. He aquí la razón por la que Engels intercaló el siguiente pasaje dejando claro que no basta con que el valor de uso sea producido por el trabajo y para otros.

«El labriego de la Edad Medía producía el trigo del tributo para el señor feudal y el trigo del diezmo para el cura; y, sin embargo, a pesar de producirlo para otros, ni el trigo del tributo ni el trigo del diezmo eran mercancías. Para ser mercancía, el producto ha de pasar a manos de otro, del que lo consume, por medio de un acto de cambio.»

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