¿Albóndigas o lubina?

A despecho de los tiempos de precariedad económica que vivimos, se ha celebrado, por todo lo alto y con consiguiente fanfarria, la Pascua militar. Allí estaban el rey como jefe supremo de las FAS, el príncipe heredero, la reina, el escalafón de los mandos en la tropa con sus medallones… Eran 250 invitados a la ceremonia. No sé por qué me da a mí que en el almuerzo de hermandad no comieron las célebres albóndiguillas con tomate del rancho cuartelario; manera de ahorrar y enjugar el déficit público. Aunque llamar así a la úlcera sería quizá demasiado sacrificio. Los altos mandos tienen el paladar fino en las fiestas; y el estómago caído, por el alcohol que se identifica con una virilidad reglamentaria.

El paraguas de la vieja retórica en los discursos de plomo, el todo por la patria y demás, mientras se piensa en conseguir la lubina más grande del buffet y la dirección de una buena casa de putas… Aquel que ha cumplido el servicio militar y no se afeita la frente queda vacunado para siempre.

Estas son las cosas que no se entienden. España ha estrenado un gobierno cuya principal vocación es el desmantelamiento de los servicios públicos, para dárselos después a los tiburones de la rentabilidad. Rajoy ha enarbolado el hacha y ya los recortes sociales están anunciando estragos en la población económicamente más débil. La Sanidad, la Enseñanza, las pensiones, las dependencias…todo eso se lamina, para dar la imagen ante la UE y el mundo de que somos chicos aplicados en la asignatura del neoliberalismo. Y obedientes a la voz de su amo, sea este el Tío Sam o Angela Merkel.

El dogal aprieta a los pobres mientras en la cúpula del estado se derrocha la pasta en fastos y artefactos bélicos. Cáritas y Amnistía alertan de vez en cuando sobre la realidad dura de la pobreza extrema en España, y no solo en el horizonte tercermundista que nos pueda distraer como algo abstracto y lejano.

Los presupuestos para la salud del estado de bienestar encogen como una uva pasa, mientras crecen los gastos militares de manera imparable. El nuevo ministro de Defensa (¿Defendernos de quién, de Marruecos o algo así?) es un elemento muy familiar en los consejos de administración de la industria fabricante y vendedora de armas. Ese ministro cuyo nombre aún no me he aprendido y ya se me ha olvidado, porque no es más que una pieza en el engranaje del negocio de la muerte, ha hecho los obligados elogios a las fuerzas militares españolas destinadas en los múltiples polvorines del imperio yanqui.

Cuadrar las cuentas significa comprar y vender armamento. España comercia con armas ligeras, las que causan la mayor mortandad en el mundo. De siempre se supo que las armas solo sirven para matar. Ni más ni menos. Ahora los estrategas de la geopolítica se han sacado de la manga el militarismo solidario. La intervención allí donde lo deciden los banqueros. Así que no se limitan a defender la propiedad privada nacional sino también el pillaje de las corporaciones multinacionales. Hay que ver lo que discurren los colonialistas.

Los partidarios de la milicia repiten como un tambor sonado la célebre y manida máxima de Carl Von Clausewitz, la de que “la guerra es una continuación de la diplomacia por otros medios”. Es decir, cuando no puedes convencer a alguien para que ceda ante tus intereses, debes procurar matarlo (militarmente, por supuesto). No sabemos si después de tamaña exhibición de simpleza, o bien de cinismo justificatorio, a Von Clausewitz lo tuvieron que encerrar en una “casa de reposo” por tener la mente agotada o le dieron el Nobel de la Sabiduría. Los teóricos militares y los militares en general no son gentes dadas a la reflexión sino más bien todo lo contrario. En los cuarteles se repite hasta la saciedad que pensar le está prohibido a un soldado. Tienen que imitar a sus armas, ser automáticos. Su norte es la acción, y luego ya se arreglará la chapuza resultante como sea.

El caso es que a los militares y su Pascua los pagamos entre todos. Y si no tienen juguetes para jugar a las estrategias y las tácticas de guerra, se enfadan. Y si se cabrean, los civiles nos podemos echar a temblar. Es lo que se suele llamar en la jerga castrense “ruido de sables”. En este país hubo un ruido de sables hace 51 años y pico, que degeneró en un golpe de Estado y aún lo estamos padeciendo.

Lo militar es la expresión más procaz del depredador humano. ¿Para qué sirve lo militar? Para joder la marrana. Son unos pavorreales que nos salen carísimos.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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