¡Bailaré sobre tu tumba, Margaret Thatcher!

No puedo evitar una invencible repugnancia moral al contemplar las portadas de los principales periódicos españoles, ensalzando a la felizmente desaparecida Margaret Thatcher, la “sangrienta Maggie” (Elton John) que humilló a los trabajadores y los sindicatos de Reino Unido, con una malicia y un encarnizamiento sin límites. Conocida como la “Dama de Hierro”, no creo que fuera una Dama y, menos aún, de Hierro. Simplemente, era una mujer desalmada que recurrió a la tortura y los asesinatos selectivos para combatir a los republicanos de Irlanda del Norte. Apoyada por Ronald Reagan, lanzó una cruenta ofensiva contra el Estado del Bienestar, rescatando los escenarios de pobreza y desesperación de la Inglaterra de Dickens. Bajó los impuestos a los ricos, recortó derechos laborales, impulsó la privatización de la educación y la sanidad, garantizó la impunidad de los mercados financieros para realizar sus operaciones especulativas sin ninguna clase de cortapisa, intentó implantar un impuesto de capitación o “poll-tax”, que ignoraba el principio de fiscalidad progresiva (se establece una cantidad fija sin reparar en las diferencias de renta, privando del derecho al voto a los que no puedan pagar), respaldó la política exterior de Estados Unidos en los años ochenta, cuando Washington orquestó espeluznantes genocidios en Argentina, Chile, El Salvador o Guatemala, apoyó la guerra sucia contra la Nicaragua sandinista, acusó a Nelson Mandela de ser un terrorista, oponiéndose a las sanciones económicas contra el apartheid, pretendió restablecer la pena de muerte, suprimió la leche gratuita en las escuelas y envió al ejército británico a las Islas Malvinas para no perder el control de una colonia con ricos recursos petrolíferos, ocultando los crímenes de guerra cometidos durante una contienda que costó más de 1.000 vidas humanas. Cuando le preguntaron a Ernesto Cardenal, sacerdote nicaragüense y Ministro de Cultura de la Revolución sandinista, qué había sentido al conocer la muerte de Anastasio Somoza Debayle, dictador de Nicaragua y responsable de una brutal represión, reconoció sin hipocresías que se había alegrado profundamente. Comprendo ese regocijo, pues yo lo he experimentado al saber que habían acabado los días de Margaret Thatcher. Sólo lamento que su fin no se haya producido en una celda de la Corte Penal Internacional, pero casi todos sabemos que ese destino se reserva para los dignatarios de países tercermundistas. Margaret Thatcher añadió varios capítulos a la historia universal de la infamia. Nunca responderá por sus crímenes, pero muchos la recordarán saludando a Pinochet durante su arresto domiciliario en Londres, confirmando con su gesto que nunca le importaron los derechos humanos ni la libertad de los pueblos.
 
La destrucción del estado del bienestar
 
Nombrada Baronesa Thatcher de Kesteven, en el condado de Lincolnshire, con derecho vitalicio a un puesto en la Cámara de los Lores, Margaret estudió Químicas en Oxford. Hija del propietario de dos tiendas de comestibles, que ocupó la alcaldía de Grantham entre 1945 y 1946 como candidato independiente, se educó en el metodismo, pero con una notable influencia calvinista. Es evidente que asimiló la doctrina de Calvino sobre el éxito material como señal de la gracia divina. Después de casarse con el próspero empresario Denis Thatcher, realizó estudios de Derecho, especializándose en materia tributaria. Comenzó su carrera parlamentaria en 1959. En 1961, se opuso al Partido Conservador, que pretendía abolir los castigos físicos en las escuelas. Margaret afirmó que la desaparición de este método tradicional de educar a los más jóvenes, malograría a las futuras generaciones, fomentando la molicie y la indisciplina. En 1966, declaró que la subida de impuestos propugnada por el Partido Laborista constituía un avance “no sólo hacia el socialismo, sino hacia el comunismo”. En su opinión, la bajada de impuestos era un excelente estímulo para el trabajo duro y las ayudas sociales sólo servían para instalar a los ciudadanos en la pereza y el parasitismo. En 1970, la victoria del Partido Conservador en las elecciones generales le proporcionó el cargo de Ministra de Educación y Ciencia. Su gestión se basó en recortar el gasto, escatimando hasta el tercio de leche gratuita que se repartía en las escuelas. Cuando pasó a la oposición, su presencia se hizo habitual en los almuerzos del Institute of Economic Affairs, un think tank creado por el empresario Antony Fisher, discípulo de Hayek. Influida por el neoliberalismo irredento de ese círculo, su discurso político se radicalizó, convirtiendo la demolición del Estado del Bienestar en su objetivo principal. Desde entonces, pidió menos impuestos, menos intervención estatal, flexibilidad laboral (un eufemismo para reducir salarios e indemnizaciones por despido), más libertad para los empresarios y los consumidores (otro eufemismo, que esconde una agresiva desregulación concebida para beneficiar a las grandes empresas y penalizar a los pequeños negocios) y una oposición firme contra el “imperialismo soviético”.
 
Cuando se planteó su candidatura para el cargo de Primera Ministra, surgió el inconveniente de su voz aguda y estridente, semejante a la de una tiza deslizándose por una pizarra. Laurence Olivier se ofreció a mejorar su dicción, restándole dureza y eliminando su acento provinciano. En 1979, el alto desempleo posibilitó la victoria de Thatcher. Con un notable cinismo, citó la famosa “Oración de San Francisco” ante la puerta del número 10 de Downing Street: “Donde hay discordia, llevaremos armonía. Donde haya error, llevaremos la verdad. Donde haya duda, llevaremos la fe. Y donde haya desesperación, llevaremos la esperanza”. Pese a declarar que “las minorías añaden más riqueza y variedad a Gran Bretaña”, una de sus primeras medidas consistió en limitar el flujo de inmigrantes asiáticos, “mucho más difíciles de integrar que húngaros, polacos o sudafricanos blancos”. Partidaria del monetarismo y las doctrinas de Milton Friedman, bajó los impuestos directos y subió los indirectos. Sus presupuestos incluyeron drásticas reducciones en servicios sociales, educación y vivienda. Su política educativa despertó la indignación de la Universidad de Oxford, que se negó a concederla el título honorífico de Doctor Honoris Causa, incumpliendo una vieja tradición reservada a los antiguos alumnos que habían accedido al puesto de Primer Ministro. Thatcher incrementó en un 53% el gasto en materia de orden público, mientras rebajaba casi en un 70% las ayudas a la vivienda. Aunque el petróleo del Mar del Norte y la bajada de precios de las exportaciones de los países del Tercer Mundo permitió mantener a flote la economía, el número de desempleados en 1984 alcanzó la cifra récord de 3’3 millones. Margaret Thatcher afrontó las críticas, asegurando en un discurso ante el Parlamento que no rectificaría ni un ápice: “¡Puedes girar, si lo deseas –declamó, leyendo un texto del asesor y guionista de cine Ronald Millar-, pero la dama no girará ni cambiará de rumbo!”. En esas fechas, Thatcher creó la Social Market Foundation, un think tank ultraliberal, que se acabó convirtiendo en un verdadero lobby, con “un poder casi dictatorial”.
 
La lucha contra los sindicatos
 
La Dama de Hierro consagró una buena parte de sus energías a destruir el poder de los sindicatos. Y, según la BBC, lo logró, hasta el extremo de conseguir que su influencia retrocediera “casi una generación”. Su intransigencia se hizo particularmente odiosa durante la huelga de mineros de 1984-1985. Después de ordenar el cierre de 20 de las 174 minas de propiedad estatal, lo cual implicaba enviar al paro a 20.000 de los 187.000 mineros, se negó a negociar y declaró que el Reino Unido luchaba “contra un enemigo interno, más difícil de combatir y más peligroso para la libertad y la democracia”. Después de un año de huelga, la Unión Nacional de Mineros cedió y se llegó a un acuerdo que implicó el cierre de 25 minas. En 1992, se habían cerrado 97 y el resto habían sido privatizadas. Al final, se cerraron 150, lo cual acarreó la destrucción de 10.000 empleos y el hundimiento en la miseria de comunidades enteras. El conflicto costó al país 1’5 millones de libras esterlinas y debilitó a la libra frente al dólar estadounidense. No todas las minas perdían dinero, pero eso no impidió su cierre. Thatcher se aprovisionó de combustibles y equipó a la policía para reprimir contundentemente las protestas. Las cuencas mineras vivieron momentos de increíble violencia que recordaban el ambiente represivo de las dictaduras del Cono Sur. La política de privatizaciones no fue menos despiadada. Thatcher privatizó el agua, el gas y la electricidad, sin mejorar la competitividad de los servicios y enriqueciendo a las empresas que adquirieron la propiedad de estos sectores estratégicos. Al mismo tiempo, abolió las restricciones sobre el mercado de capitales y estimuló la especulación financiera. La contrarrevolución neoliberal sentó las bases de un futuro que ahora sufrimos como una incontenible espiral de pobreza y exclusión.
 
Terrorismo de estado en Irlanda del Norte
 
En Irlanda de Norte, Margaret Thatcher se negó a reconocer estatus de presos políticos a los activistas del IRA Provisional, suprimido por los laboristas en 1976, y no se inmutó cuando la huelga de hambre iniciada en la Prisión de Maze en 1981, acabó con la vida de Bobby Sands y otros nueve activistas. La violencia en Irlanda del Norte se disparó y Danny Morrison, político del Sinn Féin, afirmó que Thatcher era “la bastarda más grande que hemos conocido”. La Primera Ministra sobrevivió al atentado del IRA Provisional en el Hotel Brighton, donde se había reunido el Partido Conservador para acudir a una conferencia. Cinco personas murieron, pero Thatcher no sufrió daños de ninguna clase. La crudeza de este atentado sólo es el reflejo de una política represiva que incluía la tortura, el aislamiento y la orden de disparar a matar contra los activistas del IRA Provisional. El 6 de marzo de 1988, una unidad del SAS (Special Air Service) disparó contra tres miembros del IRA en mitad de una calle de Gibraltar, gracias a la colaboración del gobierno de Felipe González, que informó sobre su presencia en el peñón. Se alegó que uno de los activistas hizo un movimiento sospechoso para extraer un arma o accionar un detonador a distancia, pero tras examinar los cadáveres se comprobó que se hallaban completamente desarmados. Las víctimas eran Danny McCann, Sean Savage y Mairéad Farrell. Mairéad Farrell fue la primera mujer que se negó a vestir el uniforme de la prisión cuando fue detenida en 1976 por su militancia en el IRA Provisional. No salió en libertad hasta 1986, pero en esos diez años mantuvo una actitud valiente y comprometida, secundando la Protesta Sucia y la Huelga de Hambre de sus compañeros masculinos de la Prisión de Maze y logrando la participación de otras presas republicanas. Danny McCann murió por el impacto de cinco balas. Sean Savage recibió dieciséis disparos y Mairéad Farrell ocho, uno de ellos en la cara. Varios testigos aseguraron que el comando del SAS no realizó ningún aviso y los remató en el suelo. En septiembre de 1995, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, con sede en Estrasburgo, condenó al Reino Unido por violar el artículo 2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que garantiza el derecho a la vida. En su momento, Margaret Thatcher se negó a investigar los hechos y cuando un periodista le preguntó sobre el tema, contestó desafiante: “Yo he disparado”. En el Parlamento, un diputado laborista interpeló a la Primera Ministra, que sólo respondió: “En esta casa, nunca discuto sobre asuntos relativos a las Fuerzas de Seguridad”. Durante los once años de gobierno de la Dama de Hierro, el SAS mató a 40 republicanos norirlandeses en emboscadas. Algunos medios afirmaron que el gobierno de Thatcher había ordenado disparar a matar, sin ofrecer la posibilidad de entregarse.
 
El director de cine Ken Loach denunció estos crímenes en Agenda oculta (1990), basándose en las conclusiones del policía británico John Stalker, cuyas investigaciones sobre las muertes provocadas por el SAS y la Royal Ulster Constabulary corroboraban que la orden de disparar a matar no era un rumor, sino un hecho incontestable. Stalker también apuntaba indicios de un complot de la OTAN para desalojar del gobierno a los laboristas y entregar el poder a un candidato del Partido Conservador dispuesto a seguir las directrices de Estados Unidos y defender los intereses de las oligarquías financieras. Evidentemente, se trataba de Margaret Thatcher. El gobierno expulsó a Stalker de la policía y le prohibió hacer públicas sus conclusiones, utilizando chantajes y amenazas. Años más tarde, declararía que la situación de los activistas del IRA en las cárceles británicas era similar a la de los presos de Abu Ghraib.
 
Continuara…
 
 

 

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