¿Caerá la monarquía española?

¿Nos hallamos en el umbral de un cambio histórico? ¿El Estado español avanza hacia una República federal? ¿Se desmorona el bipartidismo? ¿Se puede interpretar el ascenso de Podemos como el adelanto de un vuelco electoral a favor de una izquierda renovada y firmemente comprometida con los derechos de la clase trabajadora? ¿Hay razones para el optimismo? Solo un vidente podría contestar a estos interrogantes. De momento, debemos conformarnos con hipótesis e indicios. Yo no percibo la abdicación de Juan Carlos I como una victoria de las fuerzas republicanas, sino como una jugada de ajedrez concebida para dar jaque mate a un clima de insurgencia popular, que ya ha obtenido dos importantes victorias: Gamonal y Can Vies. Juan Carlos I se hallaba en el punto de mira desde hacía mucho tiempo. Los escándalos que le han desacreditado no constituyen una novedad. El Borbón se ha pasado la vida abatiendo animales, deslizándose en sábanas ajenas y acumulando un patrimonio de dudoso origen. Nunca ha ocultado sus simpatías por Franco ni su estrecha complicidad con la patronal y la banca. Su preocupación por los plebeyos se ha limitado a gestos hueros y populistas y su presunta defensa de la democracia durante el 23-F cada día está más cuestionada. De hecho, todo indica que se trató de un teatro orquestado para consolidar la Monarquía, reforzar al Ejército e impulsar un gobierno fuerte, que lanzara una ofensiva policial y militar contra ETA. Ese gobierno se encarnó en la figura de Felipe González, un joven abogado sevillano que en 1974 llegó al congreso de Suresnes, escoltado por el general José Faura, agente del SEDEC, el servicio de inteligencia creado por el almirante Carrero Blanco. En 1994, Felipe González le nombró Jefe del Estado Mayor del Ejército. Ente un acontecimiento y otro, transcurrieron veinte años. Se podría decir que en ese tiempo se cerró el círculo trazado para liberalizar la economía española (reconversiones industriales, privatizaciones, agresiva reforma del mercado laboral), debilitar a ETA (guerra sucia, plan ZEN, régimen de incomunicación, torturas, ficheros FIES) y desmovilizar a una sociedad altamente ideologizada, que aún reclamaba los restos de los desaparecidos durante la dictadura. Al igual en Estados Unidos, la heroína se ensañó con los barrios obreros, provocando un auténtico genocidio. Los jóvenes que en los 70 se enfrentaban a los grises en la Gran Vía empezaron a morir en descampados, con jeringuillas colgando de unos brazos raquíticos. La “cultura del pelotazo” reemplazó al compromiso político y la espiral de consumo narcotizó a una sociedad que olvidó sus sueños revolucionarios. La Transición había cumplido sus objetivos.

Se ha especulado con la identidad de Mr. X, responsable último de los GAL. Se atribuye ese papel inmundo a Felipe González, pero algunos ya han señalado que el rey de las cloacas no era el sevillano aficionado a los puros habanos, sino una testa realmente coronada y con una impunidad garantizada por la Constitución de 1978. Juan Carlos I era el primero en recibir los informes clasificados del CESID, que reflejaban todas las incidencias de la guerra sucia, incluidas las partidas de los fondos reservados. Dicen que Juan Carlos I no es aficionado a la lectura. Quizás no leyó los informes, pues su pasión por la caza y su incontenible lujuria no le dejaban ni un minuto para los asuntos de Estado. Nunca lo sabremos, pero ante la duda Felipe González tendrá que conformarse con un “x” minúscula, no menos infamante. Al margen de estas especulaciones, conviene recordar que la abdicación del rey no responde a una insoportable presión popular, sino a una campaña organizada por el sector neoliberal del PP (Aznar, Esperanza Aguirre), la COPE, El Mundo y El País. Juan Carlos I no repite la peripecia de su abuelo, salvo en lo referido a cuestiones sicalípticas. Su caso se parece más bien al de la regente María Cristina de Habsburgo, que cedió la corona a su hijo Alfonso cuando cumplió dieciséis años. Felipe VI no es tan jovencito, pero a sus 46 años no ha logrado desprenderse del aire de eterno adolescente, con la credibilidad de un guiñol soso e inexpresivo. Su papel será ofrecer una imagen de cambio que aplaque a una ciudadanía maltratada por el paro y los desahucios. El famoso adagio de Lampedusa no es una ocurrencia literaria, sino la astucia de la historia convertida en aforismo: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

¿Qué papel desempeña Podemos en esta farsa? Imagino que Pablo Iglesias, sonriente y bien parecido, se ha pedido el papel de TancrediFalconeri. No ha librado batallas, pero ha soportado grandes dosis de castigo en los medios televisivos, enfrentándose a púgiles sucios y fulleros como Alfonso Rojo y Francisco Marhuenda. Es difícil creer que su omnipresencia en los medios constituya una expresión de poder popular. Público es su alfombra digital hacia la cúspide del poder y las cadenas televisivas le ofrecen sus platós con una incomprensible generosidad. Ana Rosa Quintana invita a Juan Carlos Monedero, pese a que Marhuenda ha declarado con rabia de predicador tridentino: “Monedero representa el comunismo reciclado en su peor especie. Me da mucho más miedo que Pablo Iglesias”. HermannTertsch, otro predicador con fervor inquisitorial, prefiere ladrar, con su nariz roja de beodo incorregible: “Pablo Iglesias y Monedero nos llevarían a todos a la fosa común sin ningún problema”. Monedero le quita hierro al asunto, flirteando con Ana Rosa, una pluma indómita que hizo del plagio un prodigio de creatividad: “¡Eres mucho más guapa en persona que por televisión!” “Toma ya…”, responde la locutora, y Monedero remata la faena con un espontáneo: “¡Quería decirlo!”. Está claro que la política española ya no pierde el tiempo en nimiedades, sino que ha escogido hablar para la historia, sembrando el porvenir de grandes frases.

Podemosse propone realizar una auditoría de la deuda, nacionalizar la banca y los sectores estratégicos, democratizar el BCE y salir de la OTAN. Salvo que sus cinco eurodiputados posean poderes paranormales, no sé cómo harán para democratizar el BCE, poniendo a la banca alemana de rodillas. ¿Tal vez hipnotizarán a AngelaMerkel y a Mario Draghi para que dejen de trabajar para las grandes corporaciones financieras y pongan sus cinco sentidos en servir a la ciudadanía? En cuanto a salir de la OTAN, ¿han resucitado al Barón Rojo para hundir los destructores de la VI Flota? Creo que el Presidente Obama está terriblemente preocupado. De hecho, ha comenzado a jugar a los barquitos, pero ha sustituido los portaaviones por drones. Botín también está inquieto con la perspectiva de perder el control del Banco de Santander, un emporio que haría palidecer de envidia al mismísimo ScroogeMcDuck, aficionado a bañarse en una montaña de monedas de oro. Los mercados de capitales no están menos descontentos y su respiración comienza a parecerse a la de DarthVader. No perderán el privilegio de desplumar a las naciones, sin emplear la espada láser, que desintegrará con un simple mandoble el grifo del crédito internacional. ¿Nos acercamos a la Tercera Guerra Mundial o España mañana se despertará republicana? Yo –humilde profesor jubilado, con la mente herida por el trastorno bipolar- nunca he presumido de esa clarividencia que la mitología clásica atribuye a los ciegos y a los locos, pero algo me dice que tenemos monarquía para rato. Leticia Ortiz está muy ilusionada con ser reina y su marido consorte le ha prometido que nadie le estropeará la fiesta. De hecho, ya está invitando a sus antiguas compañeras de colegio para que se mueran de envidia. Por favor, que no cunda el miedo entre la aristocracia y los banqueros. Pablo Iglesias no es Atila y Monedero no desea emular a Rasputín. En el fondo, son buenos chicos, que se conforman con imitar a Jack Sparrow y a LukeSkywalker, intercambiando los papeles para no sucumbir a la monotonía. ¿Cómo acabará todo? Me temo que triunfará el lado tenebroso de la fuerza. La UIP acaba de adquirir la Estrella de la Muerte y sus nuevos reclutas proceden de la Orden Sith. Lo tenemos jodido, pero Julio Anguita parece dispuesto a ser el nuevo Obi-WanKenobi y Alberto Garzón su fiel y valiente escudero. Anguita no pretende ser nuestra última esperanza, pero ¿quién no ha soñado con ser un Caballero Jedi? En cualquier caso, Felipe VI reinará y el Estado español seguirá bostezando bajo el sol, nostálgico de un imperio que inventó la fregona, el botijo y el tricornio de la Guardia Civil.

*Rafael Narbona 

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* JAQUE A LA MONARQUIA

 

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