¿Dónde está la democracia?

Con la excusa de la crisis que no cesa estamos viviendo acontecimientos sociales y políticos que representan un cambio sustancial en la legislación y en el marco de relaciones, no sólo laborales, sino de las instituciones políticas. Y el escenario de toda esta convulsión es la vieja Europa, la que creía que vivía en el mejor de los mundos posibles y pensaba que los recortes y la precariedad sólo eran cosa de los países en desarrollo, que son los que proporcionan el bienestar de los países más ricos.

Pues la cosa ha cambiado y el capitalismo insaciable quiere aumentar sus ganancias, también en el primer mundo, a costa de lo que sea.

Hace muy poco nos decían que éramos una potencia económica mundial, solvente y sin problemas y de pronto nos enteramos que para que esto siga funcionando el estado y las grandes empresas tienen que salir todos los días a pedir prestado elevadísimas cantidades de dinero, a unos intereses que marcan “los mercados” especulativos. Y sin ese dinero parece que nos iríamos a pique en dos días.

Por lo tanto, tenemos que plegarnos a lo que esos mercados nos impongan, no sólo en el terreno comercial (el interés de usura que nos hacen pagar), sino en la legislación laboral, los servicios que se prestan, la Constitución y, si hace falta, hasta el gobierno de la nación.

Cada vez es más real lo que se corea por las calles, “lo llaman democracia y no lo es”, porque la soberanía popular ha desaparecido y el sistema de representación política queda secuestrado en manos de estos especuladores sin escrúpulos, que no reparan en montar guerras, explotar a los niños, crear hambrunas, contaminar los recursos y envenenar sin problemas si de todo ello pueden sacar alguna ganancia económica. Veamos unos pequeños ejemplos de rabiosa actualidad que muestran esta desaparición de la democracia.

Reforma laboral. En mayo de 2010 comenzó una batería de reformas de las relaciones laborales que eran consideradas “muy rígidas”, con las que aumentaría el empleo. El resultado, 18 meses después, ha sido la destrucción de 400.000 nuevos puestos de trabajo, situando el desempleo en los 5 millones de personas. En realidad era para contentar a los mercados.

Reforma de la Constitución. En agosto, mes vacacional por excelencia (también en política), los líderes de los dos partidos mayoritarios decidieron, a espalda incluso de sus propios partidos, la reforma de la Constitución, la que parecía sagrada e intocable. ¿Qué querían los mercados y los empresarios alemanes que con tanta insistencia presionaban desde principios de año? Pues que “los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta. Estos créditos no podrán ser objeto de enmienda o modificación, mientras se ajusten a las condiciones de la ley de emisión”. Esta reforma se ha impuesto con la coacción de diputados y senadores (los díscolos no entrarían en las nuevas listas electorales) y sin el referéndum popular que toda modificación constitucional debería conllevar. ¿Se han tranquilizado los mercados? Pues parece que no porque, en el momento de redactar este artículo, nos anuncian que la llamada “prima de riesgo” española alcanza un nuevo récord. ¿Entonces?

Referéndum griego. La Unión Europea lleva varios meses presionando a Grecia para que acometa un durísimo ajuste que rebajará enormemente los servicios que el estado presta a sus ciudadanos, como condición para ayudar a salvar, no a ese país, sino a la moneda única que beneficia sobre todo a los países más grandes. Cuando el gobierno ha pensado en consultar a sus ciudadanos sobre estas medidas impuestas, la presión externa ha sido tal que ha obligado a dimitir al gobierno en pleno, en una clara demostración del concepto que los “demócratas de toda la vida” tienen de eso que tanto pregonan. No conviene consultar al pueblo porque puede fastidiar los planes de algunos.

Eso es precisamente lo que ocurrió en Islandia, país del que nada informan. Aquel pequeño país vivía con comodidad, hasta que unos banqueros desaprensivos decidieron endeudarse hasta las cejas para multiplicar sus negocios, lo que no consiguieron finalmente. Su ruina llevó aparejada la de todo el país, pues “los mercados” obligaron al estado a devolver unos préstamos que habían sido comprometidos por unos banqueros.

El pueblo se rebeló y se negó a pagar esta deuda que no era suya, forzando la convocatoria de varios referéndum que se saldaron todos con el mismo resultado. Consecuencia: el país y su población se recuperan con bastante solvencia de la crisis provocada por los especuladores, gracias a que no se sometieron a sus dictados.

Otros casos. El gobierno italiano (también cuando se redactan estas líneas) se tambalea en manos de los mercados, no precisamente por lo corrupto de su líder, sino por no atornillar suficiente a sus ciudadanos. Y desde la caída de las torres gemelas se han deteriorado aún más las relaciones internacionales, que no obedecen a ningún derecho. Si un país tiene riquezas y su gobierno no es suficientemente generoso con las potencias, pues se le invade y, en nombre de una supuesta democracia que bombardea, saquea y tortura lo que haga falta, se sustituye al gobierno, aunque el nuevo gobierno no tenga nada de democrático.

Este es el panorama que tenemos en estos momentos. Durante el franquismo anhelábamos la democracia, las libertades y el estado de bienestar. Treinta y cinco años después estamos viviendo perplejos el desmantelamiento de todo ello, si es que lo hemos llegado a tener alguna vez.

Cada vez resulta más claro que el capitalismo es incompatible con la democracia, la de verdad, no la delegada que corrompe a sus representantes que finalmente se olvidan de sus representados.

No perdamos los anhelos, pero no pongamos nuestra esperanza en aquellos de los que poco podemos esperar. Luchemos de nuevo por la democracia, luchemos por otro sistema económico que la haga posible.

* Pedro Casas es integrante de la Asamblea de Trabajadores y Trabajadoras de Carabanchel.

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