¿Hasta cuándo las matarán dos veces?

¿Hasta cuándo las matarán dos veces?

Resulta deprimente constatar lo baldíos que pueden llegar a ser los esfuerzos desplegados durante años y por tanta gente, en el interés de que los medios de comunicación tomen conciencia de la violencia machista, de la discriminación de la mujer; de que  periodistas y comunicadores  vuelvan a reeducarse, a pensarse como tales.                                            

Recientemente, el periodista de un matutino dominicano que refería el caso de dos militares muertos luego de que se balearan entre ellos, además de recurrir al falso y tópico titular de la muerte que emplaza a dos hombres “por el amor de una mujer”, se extendía, ya en la crónica, sobre la mujer en disputa, “manzana de la discordia” la llamaba, y otros comentarios en verdad indignantes.

Hace dos días volvía a repetirse el titular en referencia a otro suceso y en otro periódico: “Joven se suicida luego de fuerte depresión porque su novia lo dejó”. Y al igual que en la crónica anterior, el periodista que llama la atención del lector sobre la novia que abandonara al joven, hasta el punto de identificar a la novia por su nombre y apellidos (los dos), referir su romance, citar su edad… Sólo le faltó publicar su teléfono y domicilio.

Como si el amor fuera un virus letal, se responsabiliza al más hermoso de los sentimientos de ser la más miserable de las pasiones. Y el enfermo no es el amor, es la manera en que muchos hombres, demasiados, viven y matan el amor. Cada vez que un medio de comunicación al amparo de la crónica de un feminicidio da cobertura al amor, está realmente haciéndose cómplice de un asesinato, así sea como simple encubridor, porque convierte el amor, que no estuvo en la escena del crimen, en el más comprensible de los pretextos para una sociedad que sigue escondiendo en la bragueta, la de abajo y la de arriba, a su peor enemigo.

Por hablar o por callarse, por denunciarlo o por exculparlo, por soñar o por resignarse, nunca ha de faltar, hasta que lo impidamos, el insulto, la amenaza, el golpe de un macho despechado y violento. Por salir o por quedarse, por obediente o por insumisa, por fuerte o por vulnerable, nunca ha de faltar, mientras lo consintamos, la discriminación, la violación, la violencia machista. Porque es por ser mujer que se la margina, que se la excluye, que se la mata.

Y ello ocurre con la connivencia de una justicia que descarga de culpa al acusado so pretexto de provocaciones o arrebatos; con la indolencia de una Iglesia que no tiene más propuestas que el arrepentimiento y la oración; con el beneplácito de un Estado que siempre se las ingenia para encontrar alguna nueva prioridad en las disponer políticas y recursos; con la indiferencia de una sociedad que sigue sin exigir respuestas porque en su triste ignorancia ni siquiera es consciente de la más terrible tragedia que afecta a su desarrollo y a su convivencia; y con la complidad de unos medios de comunicación que siguen amparando en crónicas y titulares los llamados “delitos pasionales”.

 La culpa de esta reiterada insistencia con que los medios de comunicación contribuyen a la cultura que encumbra la violencia machista, no es sólo de los periodistas. Los directores y dueños de los medios son quienes más podrían hacer por estimular en sus redacciones y estudios otra visión y, en consecuencia, otras maneras, porque es desalentador, aunque esta columna desmienta mi estado de ánimo en el compromiso de seguir insistiendo, pero desespera seguir asistiendo, un día sí y otro también, a crónicas infames que sirven de coartada a esa violencia y que, incluso, atentan contra la propia ética periodística… digo, si es que el delito del lucro que, por cierto, también es pasional, la ha dejado con vida.

* Cronopiando

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