In memoriam. Manuel García Viñó

Conocí a Manolo García Viñó hace poco más de diez años, a través del escritor y editor Manuel Blanco Chivite, que me alcanzó un ejemplar de su libelo «La Fiera Literaria». En tanto dejaba pasar sus páginas, me sentí cada vez más impresionado por la hondura crítica, matizada de excelente humor, con la que García Viñó y su equipo de redactores atacaba a uno de los más aberrantes fenómenos de la «España democrática», lo que se ha dado en llamar «la industria cultural».

-¿Cómo puede hacerse de la cultura una industria? -me comentó alguna vez-. ¿Es que se pueden escribir libros como se fabrican churros o bragas?

En efecto, luego de haber llegado como extranjero a España, influido por la idealización del Siglo de Oro, de los autores como Leopoldo Alas, Galdós,  Valle-Inclán, Azorín, Ignacio Aldecoa, etc, esperaba hallarme ante un país celoso de su cultura, donde seguirían germinando los talentos, orgullosamente reconocidos por el pueblo, y en cambio me encontraba, arropados por la fama, autores que ni sabían ni saben siquiera escribir, como el triste caso de Javier Marías, o periodistas de grupos como el de Prisa llevados del artículo de periódico a la novela, como si tal transición fuese tan sencilla como la de agrandar la sopa agregándole agua.

Llevaba yo por entonces mi revista por Internet «Idos y Venidos» y me puse en contacto con él para solicitarle una entrevista, que gentilmente me concedió. Nos reunimos, recuerdo, en el bar del hotel Orense, y desde ese momento nació entre nosotros una honda y afectuosa amistad. En la siguiente actualización salió la entrevista, y en otras, tuve su autorización para publicar algunos artículos suyos.

La Fiera Literariaen papel fue mensual -y digo que lo fue, pues ahora sólo aparece en Internet-, lo que me daba la obligada excusa para ir todos los meses a su casa, instalarnos en la cocina e ir preparando juntos el ensobrado de las mismas, un par de horas que aprovechábamos para conversar largamente. Y entre charla, crítica y risas, aparecía su mujer, Pepi Sánchez -una de las mujeres más encantadoras que he conocido- a prepararme un café. Y siempre era la misma broma:

– Pepi, eres la única persona en esta casa que tiene misericordia de mí, porque Manolo no hace más que explotarme. La explotación del hombre por el hombre.

La crítica de García Viñó tocada todas las teclas de este fenómeno que podríamos llamar «la dictadura de la ignorancia», que bajo el nombre de «democracia» suplantó a la dictadura franquista. Pues no sólo Prisa, Planeta y los grandes grupos editoriales se dedicaron a inventar escritores, sino que a la vez los promovieron a través de sus redes de publicidad para convencer a las mayorías de la genialidad de sus productos. Aparecieron en sus radios, televisiones, revistas, se les inventó cursos sobre su obra en prestigiosas universidades, se compraron críticos para que les hicieran la pelota, y para más inri, sus grandes premios literarios (Alfaguara, Planeta, etc.) fueron concedidos en exclusividad a sus estrellas. Tan cierto parece esto, que a poco que nos fijemos podremos ver que los tales premios caen casi sin excepción siempre en los mismos, cuando no en algún famoso ocasional. ¿No les parece curioso que este año haya resultado finalista en el  Planeta una novela de Ángeles González-Sinde, aquella Ministro de Cultura que tuvo la triste función, en el gobierno de Rodríguez Zapatero, de dedicarse con empeño y saña a la defensa de la industria cultural, olvidando absolutamente a la cultura?

Nada puedo decir de esta obrita que nos brinda la ex-ministro, de quién sólo conozco una buena y una mala película, ya que no la he leído. Pero si de algo estoy seguro, es que el premio no se le ha concedido por su talento, sino por su nombre.

Manolo es autor de un curioso estilo de crítica, al que llamó «crítica acompasada», que consistía, no ya en observar la obra en conjunto, sino ir frase por frase, palabra por palabra, para demostrar la ignorancia de la gramática, la pobreza de las ideas, y que si carentes de errores de ortografía, esto más por el mérito de los correctores automáticos de los procesadores de texto que de sus sapiencias. Recuerdo la gracia que me causó cuando me hizo notar una joyita salida de la pluma de Javier Marías. Quería contar que un hombre se hallaba en un centro comercial, y que decide entrar en la sección caballeros para probar un perfume. Así lo expresa: «Entró en la sección viril, y se puso aroma en el envés de sus sendas manos». Huelgan los comentarios.

Y un día descubrió, en el suplemento cultural Babelia (al que él había rebautizado Babieca), que un crítico, hablando sobre un autor, informaba que ya había escrito sendas novelas, tal una y tal otra. Tela marinera: un crítico literario, en un semanario literario, convencido de que el distributivo «sendos» significa «dos». Así, como broma repetida, nos quedó usar el sendos cuando aludíamos a algo par, y si en vez de ser dos se tratase  de tres, decíamos sendos más uno. Terminaba yo un correo diciéndole: Saludos a sendos, cuando quería extender el saludo a Pepi, y el me respondía: Saludos a sendos más uno, cuando el saludo era para mí, para mi mujer y para el niño.

El año pasado murió Pepi. El pasado lunes 25 de noviembre Manolo. Ella cristiana y él ateo, ella en el Cielo y Manolo en la nada, con ellos perdí a dos de mis personas más queridas.

Notas de Manuel García Viñó en LQSomos:

Novela y tabú del incesto

Los novelistas, la novela y el mensaje

La década prodigiosa

La muerte de la novela

* Arturo Seeber, escritor argentino nacido en Buenos Aires y residente en España desde 1993. Aficionado al boxeo desde joven, practicó este deporte en los gimnasios de su ciudad natal y en el emblemático Estadio Luna Park, donde tuvo ocasión de conocer a grandes figuras de su tiempo, como Pascual Pérez, Abel Laudonio y otros y pudo observar sus ascendentes carreras y, la mayoría de las veces, sus bruscas caídas.

Sus relatos le han proporcionado varios premios literarios, entre ellos el Premio Manuel Vázquez Montalbán de San Fernando de Henares y el de Relato Corto de Coslada. Es autor de Un paquete para el manager. Relatos negros de boxeo

 

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