Juan Gabalaui*. LQS. Marzo 2018

La pasividad es una dolencia que afecta a una gran mayoría de la sociedad occidental. Se mantiene cierta capacidad crítica que no conduce a la acción porque la sensación es que no hay nada que hacer. El trabajo capitalista condena a la depresión que impide ver que existen posibilidades reales de cambiar la sociedad en que vivimos

La Plataforma de Afectados por la Hipoteca de Madrid estaba reclamando reparación y justicia a Credifimo-Caixa Bank, por las hipotecas basuras, las cláusulas abusivas y los desahucios, enfrente del edificio de Caixaforum. Una pareja de unos 50 y tantos años esperaba a cruzar el paso de cebra del Paseo del Prado mientras miraban la protesta de los activistas. El hombre comentó que son solo cinco y la mujer que es que les dejan hacer lo que quieran en la calle, gritando y haciendo ruido. Luchar por los derechos se ha convertido para muchas personas en gritar y hacer ruido. Los activistas son gente que molesta a los buenos ciudadanos que pasean tranquilamente por la ciudad para visitar una exposición sobre Andy Warhol. La transformación del activismo político, sindical o social en una molestia para la sociedad es un éxito de la élite económica. Ya no solo es que el activismo se connote de forma negativa sino que se abre la puerta a su silenciamiento sea como sea, con la aprobación de todos aquellos que lo perciben como un fastidio provocado por radicales. Es probable que aquella mujer, tan soliviantada por esa gente ruidosa, viera con buenos ojos que la policía disolviera sin contemplaciones la protesta pacífica.

Las huelgas, los boicots o los sabotajes dejaron de ser herramientas de la lucha obrera para convertirse en acciones fastidiosas y en ataques contra los ciudadanos, sus intereses económicos y el país. Los conservadores transformaron el derecho a un trabajo en el derecho a ir a trabajar por lo que un esquirol se convirtió en un ejemplo cívico frente a los fanáticos violentos que luchaban por conseguir derechos que beneficiaran al total de la sociedad. El mundo al revés o el mundo que interesa a las élites. El individualismo radical de las sociedades occidentales, alimentado y potenciado por la sociedad estadounidense, ha convertido el interés personal en el elemento motriz de las decisiones que tomamos junto con la creciente indiferencia ante las luchas sociales que nos rodean. No es solo no querer participar en una huelga porque no me puedo permitir perder un día de sueldo sino que me son indiferentes los motivos por los que se convoca. Por supuesto que la deseabilidad social nos llevará a admitir lo primero y a ocultar lo segundo. A no ser que se sea un cínico o un neoliberal.

Esta domesticación no se ha producido ahora ni de forma pacífica. Las agresiones de los grandes propietarios, la patronal y el estado han sido una constante del siglo 20 y comienzos del siglo 21. Echar a las personas de sus casas, bajar los salarios, despidos, condenar a las familias a la pobreza y al hambre, criminalizar al sindicalismo, la represión, las prisiones, los asesinatos, la esclavitud a través del trabajo, esquilmar los bienes colectivos o amedrentar y pegar palizas han sido distintas herramientas utilizadas a lo largo de décadas para acallar las luchas sociales. El control de los medios de comunicación les permitió manipular a la opinión pública para convertir las respuestas a las agresiones, las reivindicaciones políticas y sindicales y la lucha por los derechos colectivos en asunto de criminales. Consiguieron ocultar su violencia y criminalizar a quienes luchaban por los derechos de todos. Pero lo más relevante es que consiguieron que aquellas personas que sufrían las políticas económicas de las élites, pensadas para acumular e enriquecerse, vieran como enemigas a aquellas que peleaban por mejorar las condiciones laborales y sociales. Lograron que fueran comprensivas y benevolentes con las políticas que les agredían hasta el punto de incorporarlas como soluciones para los problemas que les rodeaban.

Se ha aprendido que no se puede hacer nada. La pasividad es una dolencia que afecta a una gran mayoría de la sociedad occidental. Se mantiene cierta capacidad crítica que no conduce a la acción porque la sensación es que no hay nada que hacer. El trabajo capitalista condena a la depresión que impide ver que existen posibilidades reales de cambiar la sociedad en que vivimos. Las protestas de otros se convierten, a su vez, en recordatorios de que nosotros no estamos haciendo nada por lo que se reacciona de forma despectiva. Nos coloca ante un espejo y no nos gusta lo que vemos. Esa inconsciencia no es más que mala conciencia, oculta o desdibujada, que emerge en primer plano como enojo, desprecio, superioridad o arrogancia. Las proclamas se convierten en griterío, las reivindicaciones en ruido y los activistas en cinco pobres bienintencionados o radicales. Según el humor del día. Vivimos en una cárcel cuyos carceleros somos nosotros mismos. No necesita de una intervención directa por parte del estado o la patronal. Nos bastamos con nosotros.

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* El Kaleidoskopio
@gabalaui

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