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Lezama Lima es el eterno apátrida habanero, amigo de los exilios interiores, era un ser que necesita viajar a todas horas dentro, muy dentro de un pedazo de papel.

Lezama intuye en el poema “EL PABELLÓN DEL VACÍO” su final fragmentario y la vuelta a la armonía, al imán, al círculo abierto que todo lo contiene…

El último libro “Fragmentos a su imán” es una colección de poemas íntimos y cercanos; una reconciliación con lo elemental, lo nutritivo, que siempre es humilde y simple, a la par que nos da intenso sabor y recuerdos imborrables. Todavía recuerdo la gran alegría que tuve al poder leer ese testamento poético y mágico de Lezama a mis 17 años. Me veo recorriendo emocionado la calle del Mar, después de abandonar la Librería Isadora, sita en una bocacalle de la modernista y parisina rue La Paz, donde compré el volumen allá por el año 1978, dos años después del viaje definitivo que el gran escritor vasco-cubano Lezama tuvo a bien emprender, a fin de reunirse con su insigne amigo Góngora y Argote, y con el dialogante y hosco Juan Ramón.

El eterno apátrida habanero, amigo de los exilios interiores, era un ser que necesita viajar a todas horas dentro, muy dentro de un pedazo de papel. Los grandes sibaritas, los buenos poetas precisan perderse dentro de un café humeante y matinal, para así poder convertirse en amigo íntimo e inseparable de todos los dioses olvidados.

Dos años antes, el poeta Juan José Romero Cortés, tuvo el gran acierto de regalarme una hermosa edición de los Poemas completos de Lezama Lima, en una singular y exquisita edición cubana de tapa dura y entelada con primor, tintada de un níveo esplendoroso, donde constaban excelsos e inquietantes dibujos vanguardistas. Esos diseños daban vigor a una obra ya de por sí interminable e irrompible y me indicaban que en España estábamos muy atrasados en todo, incluso en desear, en amar, en soñar, en huir…

Creo recordar que el poeta Juan José, Sagitario y enigmático amigo de los impulsos como el propio Lezama y un servidor, pensaba que yo escribía igual de barroco, tenso, desbocado y alambicado que el gran discípulo cubano de Góngora…

Todos tuvimos en nuestra juventud nuestros devotos pecados. Y el mío fue creerme un ser mitológico, atravesado por las palabras y las urgentes ruinas de un paisaje sin dueño, de un abrazo sin fin, de un fuego amable, capaz de edificar un país donde la luz y la música, pudieran alimentar a propios y extraños… Por eso Venus es una mujer real y que únicamente los que saben amar y reír, pueden abrazar.

Nota a destiempo:

El pobre Lezana fallece el 9 de agosto de 1976, unas horas antes de que el libro “FRAGMENTOS A SU IMAN” fuese impreso. Cuenta su mujer, que al llegar del entierro a casa, recibió un ejemplar del último y más hermoso libro de poemas del escritor cubano, de origen vasco…

“Fragmentos…” es para un servidor un libro tan elemental, que conviene leerlo lentamente, cuando uno desayuna y saborea el inicio del día.

Para ser eternidad y renacer en vuelo o suspiro, hay que huir de nuestro cuerpo, olvidar todos nuestros futuros y mirar fijamente y con rabia al sol.

Los buenos libros y el buen amor, se deben disfrutar en compañía, junto a un buen café y unas suculentas viandas.


EL PABELLON DEL VACIO

Voy con el tornillo
preguntando en la pared,
un sonido sin color
un color tapado con un manto.
Pero vacilo y momentáneamente
ciego, apenas puedo sentirme.
De pronto, recuerdo,
con las uñas voy abriendo
el tokonoma en la pared.

Necesito un pequeño vacío,
allí me voy reduciendo
para reaparecer de nuevo,
palparme y poner la frente en su lugar.
Un pequeño vacío en la pared.
Estoy en un café
multiplicador del hastío,
el insistente daiquirí
vuelve como una cara inservible
para morir, para la primavera.
Recorro con las manos
la solapa que me parece fría.
No espero a nadie
e insisto en que alguien tiene que llegar.
De pronto, con la uña
trazo un pequeño hueco en la mesa.
Ya tengo el tokonoma, el vacío,
la compañía insuperable,
la conversación en una esquina de Alejandría.
Estoy con él en una ronda
de patinadores por el Prado.
Era un niño que respiraba
todo el rocío tenaz del cielo,
ya con el vacío, como un gato
que nos rodea todo el cuerpo,
con un silencio lleno de luces.

Tener cerca de lo que nos rodea
y cerca de nuestro cuerpo,
la idea fija de que nuestra alma
y su envoltura caben
en un pequeño vacío en la pared
o en un papel de seda raspado con la uña.
Me voy reduciendo,
soy un punto que desaparece y vuelve
y quepo entero en el tokonoma.
Me hago invisible
y en el reverso recobro mi cuerpo
nadando en una playa,
rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
de matemáticos y de jugadores de pelota
describiendo un helado de mamey.
El vacío es más pequeño que un naipe
y puede ser grande como el cielo,
pero lo podemos hacer con nuestra uña
en el borde de una taza de café
o en el cielo que cae por nuestro hombro.

El principio se une con el tokonoma,
en el vacío se puede esconder un canguro
sin perder su saltante júbilo.
La aparición de una cueva
es misteriosa y va desenrollando su terrible.
Esconderse allí es temblar,
los cuernos de los cazadores resuenan
en el bosque congelado.
Pero el vacío es calmoso,
lo podemos atraer con un hilo
e inaugurarlo en la insignificancia.
Araño en la pared con la uña,
la cal va cayendo
como si fuese un pedazo de la concha
de la tortuga celeste.
¿La aridez en el vacío
es el primer y último camino?
Me duermo, en el tokonoma
evaporo el otro que sigue caminando.

1° de abril y 1976.
(Fragmentos a su Imán, 1970-1976)


LA MUJER Y LA CASA

Hervías la leche
y seguías las aromosas costumbres del café.
Recorrías la casa
con una medida sin desperdicios.
Cada minucia un sacramento,
como una ofrenda al peso de la noche.
Todas tus horas están justificadas
al pasar del comedor a la sala,
donde están los retratos
que gustan de tus comentarios.
Fijas la ley de todos los días
y el ave dominical se entreabre
con los colores del fuego
y las espumas del puchero.
Cuando se rompe un vaso,
es tu risa la que tintinea.
El centro de la casa
vuela como el punto en la línea.
En tus pesadillas
llueve interminablemente
sobre la colección de matas
enanas y el flamboyán subterráneo.
Si te atolondraras,
el firmamento roto
en lanzas de mármol,
se echaría sobre nosotros.

(Fragmentos a su Imán, 1970-1976)

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