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Si uno se pregunta cuál es el “sentido” de su infinita persecución, por qué [los hombres de negocios] nunca están satisfechos con lo que tienen, y así inevitablemente parecen actuar en formas sin sentido en términos de cualquier aproximación puramente mundana a la vida, ellos ocasionalmente responderían, si supieran del todo cómo responder: “para proveer a mis hijos y mis nietos”. Pero ese argumento no siendo peculiar a ellos pero funcionando precisamente muy bien para los tradicionalistas también, probablemente responderían en una forma más simple, más exacta, que el negocio con su constante trabajo se ha convertido en “indispensable para su vida”. Esta es de hecho, la única explicación precisa y desprende lo que es tan irracional en su estilo de vida desde el punto de vista de la felicidad personal, que el hombre existe para su negocio, y no al revés.1

I. ¿El ascenso de Occidente?

El Occidente, el capitalismo y el sistema-mundo moderno están vinculados indisolublemente —históricamente, sistémicamente, intelectualmente—. ¿Pero cómo exactamente, y por qué? Esta es una cuestión sobre la cual ha habido poco consenso hasta hoy, y de hecho cada vez menos.

La imbricación de los tres conceptos (¿tres realidades?) alcanzó su apogeo en el siglo XIX. Pero ¿cómo incluso delimitamos este siglo XIX? —¿1815-1914? o ¿1789-1917? o ¿1763-1945? o ¿1648-1968?—. Dentro de cualquiera de estos marcos temporales, pero particularmente mientras los estrechamos, parecería haber poca duda para la mayoría de la gente en la mayor parte del globo de que el “occidente” (o “Europa”) ha “ascendido”, y que estaba ejerciendo, particularmente después de 1815, dominio político y económico efectivo sobre el resto del mundo, al menos hasta que este dominio comenzó a retroceder en el siglo XX.

El siglo XIX también fue el período durante el cual las ciencias históricas fueron institucionalizadas como “disciplinas” formales, como arenas (y modos) de conocimiento. Y, por supuesto, esta institucionalización particular ocurrió dentro de las universidades “occidentales”, para ser impuestas subsecuentemente sobre el sistema-mundo entero. Más aún, es escasamente una exageración afirmar que el problema intelectual central con que las varias disciplinas emergentes se preocuparon ellas mismas fue la explicación de este presunto (pero aparentemente auto-evidente) “ascenso de occidente” (conocido también como “la expansión de Europa” o “la transición del feudalismo al capitalismo” o “los orígenes de la modernidad”).

Dado el dominio del pensamiento Ilustrado en el mundo del siglo XIX, las explicaciones que fueron ofrecidas todas tuvieron la tendencia a presuponer una teoría del progreso, de la inevitable sucesión progresiva de las formas sociales, que ha alcanzado por algún proceso teleológico la configuración particular del sistema-mundo como estaba entonces estructurado. Existía, sin duda, una discrepancia acerca del futuro, un desacuerdo acerca de si el sistema-mundo moderno representaba el nivel cualitativo culminante de este progreso (esencialmente la “interpretación Whig de la historia”) o solamente un estadio penúltimo en la progresión de la humanidad (esencialmente la afirmación central de la historiografía marxista).

La disputa sobre el futuro, sin embargo, era peleada primariamente en la arena política, y por medios políticos. Esta era la disputa acerca del pasado que preocupaba a las universidades. Esta riña giró en torno a dos cuestiones centrales. Primero, ¿cuál era el agente o fuerza motriz o primer movimiento de esta trayectoria histórica? ¿Era el desarrollo de la tecnología, o el esfuerzo por la libertad humana, o la lucha de clases, o la tendencia secular a un incremento de escala y/o de burocratización del mundo? Y segundo, cualquiera que sea la respuesta dada a esta primera cuestión ¿por qué fue “Occidente” (o alguna sub-parte de allí) el “primero” o el que más “avanzó” en esta trayectoria histórica?

Es interesante notar qué cuestiones no fueron preguntadas, o pocas veces preguntadas, ya sea en el siglo XIX o a partir de entonces. No fue preguntado por qué este nuevo fenómeno (como sea que sea llamado) no había ocurrido mucho más temprano en la historia humana, digamos mil años antes. No fue preguntado si es que había existido alguna alternativa histórica a esta “transición” o desarrollo particular. Eso es decir ¿fué el desarrollo del “capitalismo” o de la “modernidad” inevitable, al menos hasta este momento en el tiempo? Y, puesto que esta cuestión no fue preguntada, se sigue que de esto no fue preguntado por qué las sendas alternativas no fueron seguidas. La discusión entera de hecho se centró en torno a la premisa que lo que sea que haya sucedido tuvo que haber sucedido. Y, puesto que esto tuvo que haber ocurrido, parece que esto fue por el mismo hecho a ser considerado más o menos progresivo. Me gustaría poner la pregunta al revés, a invertir la problemática. En vez de preguntar por qué el capitalismo, o la modernidad, o el desarrollo industrial o el crecimiento intensivo ocurrió primero en occidente, quiero preguntar la cuestión de ¿por qué esto sucedió del todo en cualquier parte? Después de todo, casi todas las explicaciones típicas invocan variables que han estado en existencia por mucho tiempo y en muchos climas diferentes en momentos más tempranos de la historia mundial. Aunque previamente no ha habido tal transformación. Aparentemente, solo cerca del año 1500 (pero esta datación está sujeta a mucha argumentación) ocurrió allí la concatenación de esas variables tal que —en Europa occidental— hubo esta transformación del mundo que la mayoría de la gente hoy en día está de acuerdo en que fue de alguna manera especial y significativamente diferente de cualquier cosa que había ocurrido antes o en otras partes.

Si uno usa la analogía física de una explosión causada por alguna masa crítica o ensamblaje particular de variables, la cuestión de si esta “explosión” fue intrínsecamente necesaria o históricamente “accidental” se convierte en una cuestión intelectual real, una que tiene que ser resuelta antes de construir un andamiaje teórico para las ciencias sociales históricas fuera de una “transición” inevitable.

Comencemos por revisar las declaraciones sobre las cuales hay un relativo consenso en esta discusión entera. La mayoría de los académicos a lo largo y ancho del mundo, y de persuasiones muy diferentes, parece estar de acuerdo sobre las siguientes descripciones mínimas de parte de la situación empírica.

1.     Europa (occidental), en lo que es llamada la Edad Media, estaba organizada en un sistema (productivo, legal, político) que podría ser designado como “feudalismo”. Pero hay poco consenso sobre cuáles fueron sus características cruciales o definidoras, y sobre si este sistema fue único a Europa o también conocido en otras partes en el mundo.

2.    El feudalismo europeo llegó a un final, o colapsó, y fue transformado en o reemplazado por otro sistema que algunos llaman capitalismo, algunos llaman modernidad, e incluso otros dan otros nombres. Pero hay poco consenso sobre las características cruciales o definidas del sistema sucesor, ni sobre si esta “transición” ocurrió de una sola vez en la historia, o repetitivamente (en Estados “separados”).

3.    Este sistema, que se originó en Europa (o en varios Estados europeos), de alguna forma se esparció gradualmente por sobre todo el mundo. En términos geográficos, esto puede ser visualizado como una “expansión” de las ideas, poder y autoridad europeas. Pero hay poco consenso sobre si Europa impuso este sistema sobre el resto del mundo, o si el sistema simplemente se “difundió” como un resultado de sus superioridades supuestamente patentes, ni hay consenso acerca del grado en que los no-europeos se opusieron a esa expansión o al grado de ventaja que esa expansión ofrecía a los no-europeos, si es que ofrecía alguna del todo.

4.    Este nuevo sistema resultó en un enorme aumento en la capacidad productiva mundial y en población mundial, pero hay poco consenso sobre la proporción de las dos (y de cómo medirlo), ni acerca del grado en que el incremento en la capacidad productiva es igualmente distribuida sobre la población mundial (incrementada).

Resumiendo, un marco bastante mínimo de observaciones acordadas está ahí, aunque cada una está rodeada por importantes cuestiones relacionadas sobre las cuales incluso la descripción empírica está bajo severo debate.

Finalmente, hay una enorme confusión sobre qué es lo que debe ser explicado bajo el encabezamiento “ascenso de occidente” (o cualquiera de sus nomenclaturas alternativas). Hay al menos tres sub-cuestiones sobre las cuales hay argumentos considerables. Una es la explicación de qué causó la llamada “crisis del feudalismo”, esto es, qué trajo el declive/desaparición de un sistema histórico existente particular. La segunda cuestión, cuya relación con la primera no es clara en la mayoría de los estudios, es por qué, en ese mismo tiempo que el “feudalismo” estaba declinando o desapareciendo en Europa occidental, pareció estar aumentando (o incluso ocurriendo en algunas áreas por primera vez) en Europa oriental en la forma de la llamada “segunda servidumbre”. Una tercera cuestión es si distinciones significativas pueden realizarse en los patrones entre las zonas europeas occidentales, y en particular si (y por qué) Inglaterra fue “capitalista” antes que Francia (o los Países Bajos, o “Alemania”, o “Italia”). Finalmente, hay una literatura que busca explicar por qué otras zonas civilizacionales del mundo (China, India, el mundo islámico) no procedieron a convertirse en “capitalistas” o “modernas” en este momento en el tiempo, pero Europa sí. No obstante, a pesar de esta confusión, noto una vez más una premisa unificadora —que algunas zonas tenían que moverse hacia “adelante” de esta manera, y en este momento aproximadamente en el tiempo—.

Y puesto que, en las visiones de todos, la zona que se movió hacia adelante fue de hecho Europa occidental (o para algunos, más estrechamente, Inglaterra), parece claro que ocurrió un “ascenso de occidente”. Efectivamente, en la literatura más reciente, esto ha sido denotado como “el milagro Europeo”.2 El milagro, parece, es la realización del valor central del sistema capitalista mismo: el productivismo.3 Jones lo menciona bastante claramente:

“La cuestión vital… es ¿cómo un mundo de expansión estática dió la vía a una de crecimiento intensivo?… La historia para ser contemplada como repetidos esfuerzos tentativos para inflar el crecimiento intensivo a través del ascenso estático dinerario del crecimiento extensivo”.4

Esta fuerte formulación de la naturaleza del milagro encaja bien en el ánimo prevaleciente del problema intelectual como si hubiese emergido en el siglo XIX. Esto es seguramente algo solipsístico. El occidente ascendió. ¿Cómo sabemos que el occidente ascendió? Consiguió el crecimiento intensivo. ¿Por qué el occidente ascendió? Logró el crecimiento intensivo. ¿Por qué conseguir el crecimiento intensivo es considerado ser un “ascenso”? Porque es el valor universal, uno sin embargo originado en occidente —en gran parte, de hecho, después que el occidente haya comenzado a crecer intensivamente—. ¿Qué lo hace entonces un valor universal? Fue culturalmente impuesto sobre (difundido a) todo el mundo, y tiene sus adherentes hoy en día en todas partes del mundo, más particularmente entre los gobiernos del mundo.

Una vez más, podríamos invertir la pregunta. ¿El occidente realmente ascendió? ¿O el occidente de hecho cayó? ¿Fue un milagro, o fue un grave desastre? ¿Fue un logro, o un serio error? ¿Fue la realización de la racionalidad, o de la irracionalidad? ¿Fue una ruptura excepcional, o un derrumbe excepcional? ¿Necesitamos explicar las limitaciones de otras civilizaciones y/o sistemas históricos que no produjeron una transición al capitalismo moderno, o necesitamos explicar las limitaciones del mundo occidental o el sistema histórico medieval ubicado en Europa occidental que permitió la transición al capitalismo moderno? ¿Y fue programada, o fue una casualidad?

Propongo discutir este asunto como dos preguntas sucesivas: ¿Qué es lo distintivo acerca del sistema histórico “moderno” capitalista que lo distingue de sistemas históricos alternativos (y precedentes)? ¿Cómo fue construída históricamente, de hecho, la economía-mundo capitalista?

II. ¿Qué es lo distintivo acerca del capitalismo?

Han habido tres enfoques para definir la differentia specifica del capitalismo (o “modernidad”) como un sistema histórico. Una es delinear las actividades sociales o fenómenos sociales consideradas primarias o fundamentales. Una segunda es especificar los procesos por los cuales estas supuestas actividades o fenómenos ocurren. Una tercera es describir las estructuras que dan cuenta de tales procesos. En cada caso es necesario argumentar que esas actividades o procesos o estructuras pueden ser vistas como suficientemente diferentes cualitativamente (o cuantitativamente o de ambas formas) de aquellos de otros sistemas históricos tales que garantizan una designación especial. Esto torna ser una tarea más difícil intelectualmente de lo que la mayoría de los analistas lo hubiesen admitido.

Por supuesto, no hay ninguna razón por qué debiésemos preferir definir un sistema histórico en términos de sus procesos y/o sus estructuras, o viceversa; los tres puntos de vista están claramente vinculados. Pero no es cierto que estén vinculados de una manera tan fuerte que definir un sistema histórico de uno de los tres puntos de vista determine inmediata y ciertamente su definición de los otros puntos de vista. En cualquier caso, varios autores han sostenido una fuerte preferencia al utilizar uno u otro de los puntos de vista.

Comencemos observando las actividades supuestamente distintivas del sistema histórico capitalista/“moderno”. Parece haber poca diferencia en esta consideración entre analistas de persuasión ideológica conservadora, liberal o marxista. Virtualmente todos tienden a ver el capitalismo como el sistema en que los humanos buscan transformar (o “conquistar”) la naturaleza en una forma eternamente expansiva y amasar residuos cada vez más grandes de esta expansión. Sea David Landes hablando de “Prometeo desatado” o Carlyle deplorando el “vínculo en efectivo” o Marx analizando la búsqueda por una acumulación incesante de capital o las referencias de Keynes a los “espíritus animales” de los emprendedores (de Schumpeter) o, como ya lo hemos visto, la descripción del logro del crecimiento intensivo como un “milagro”, el fenómeno que está siendo observado toma la forma de una curva hiperbólica que no conoce límite social. Seguramente, si existen límites físicos más allá del control del sistema histórico mismo, esto es, sí la “naturaleza” pone inherentemente limites a la humanidad es una cuestión que ha sido preguntado cada vez más en el siglo XX. Pero que el capitalismo moderno es un sistema histórico sin conciencia de límites sociales internos a sus actividades sistémicas es ampliamente sostenido, y podría decirse que la acumulación incesante de capital es su actividad más central y lo que constituye su differentia especifica. Ningún sistema histórico previo parecía haber tenido cualquier mot d’ordre comparable de infinitud social. Así, el capitalismo involucra no meramente la venta de productos para la ganancia o el crecimiento del stock de capital (mercancías, o máquinas, o dinero). Se refiere específicamente a un sistema basado en acumular tal stock infinitamente, un sistema en donde, como dice el epígrafe de Weber, “un hombre existe para su negocio, y no al revés”.

Una definición al nivel de la búsqueda continua de crecimiento, expansión, acumulación sin fin, cuya justificación es sí misma (“escalamos el monte Everest porque está allí”), tiene el sello de la doble ventaja de ser no sólo consonante virtualmente con todas las explicaciones de las estructuras y procesos del mundo capitalista/“moderno”, sino también de ser un buen calco con la realidad histórica. El mundo capitalista de hecho ha crecido, estable y geométricamente en muchas variables, por muchos cientos de años, con sus declives cíclicos todos siendo parte de tendencias lineales seculares a largo plazo. Al menos hasta ahora.

Más aún, es bastante aparente que esta descripción de la actividad capitalista encaje bien con las tendencias centrales del pensamiento “universalista” occidental desde la Edad Media tardía —el Renacimiento y la Reforma, la ciencia Baconiana-Newtoniana, la Ilustración, la “modernidad” como una expresión cultural—. Veremos, cuando procedamos a discutir tanto los procesos y las estructuras del capitalismo, que hay muchos problemas en distinguir el sistema histórico capitalista/“moderno” en estos puntos de los no-capitalistas previos. Pero es bastante fácil percibir esta distinción al nivel de su Weltanschauung, al nivel de su actividad definidora central de crecimiento incesante, la acumulación incesante de capital. En esta consideración, ningún otro sistema histórico podría haber dicho que había buscado tal modo de vida social por más que en breves momentos.

El acuerdo sobre la evaluación de la realidad capitalista que existe para la descripción de su actividad central se desmorona tan pronto cuando uno se torna a analizar los procesos por los cuales esta actividad es perseguida. Evidentemente, los análisis que tenemos de los procesos de nuestro sistema histórico capitalista/“moderno” son doblemente confusos. Primero, nos dan virtualmente descripciones opuestas por analistas diferentes. Y segundo, ni tampoco es claro que las descripciones contrarias describan una realidad claramente diferente de aquellas de otros sistemas históricos. Podríamos ver esto en la disección de tres procesos que están referidos en casi todos los análisis: la libertad de los sujetos, la distribución del excedente, y la construcción del conocimiento.

La libertad de los sujetos para perseguir sus intereses ha sido por mucho uno de los temas centrales en el análisis del sistema histórico capitalista/“moderno”. Lo que, sin embargo, uno pueda significar por la “libertad” de los sujetos para perseguir sus intereses está lejos de ser auto-evidente. En la evolución de la filosofía universalista occidental, el énfasis ha sido ubicado en la eliminación (progresiva) de constricciones externas —externas al sujeto (o individuo)— por parte tanto de instituciones políticas como de instituciones sociales colectivas (por ejemplo: estructuras religiosas). Esto es en parte una cuestión de jurisprudencia, en parte una cuestión de mentalidades. La evidencia que es usualmente aducida para demostrar un declive en las constricciones está por un lado, en la posibilidad de movilidad —geográfica, ocupacional, social— y por el otro, la ausencia o minimización de represión política o social.

Sin embargo, la ausencia de constricciones ha sido interpretado por otros analistas en una forma directamente contraria. La eliminación de constricciones ha sido considerada ser la eliminación de garantías para la reproducción. Un sistema “constriccionado” ofrece derechos para la reproducción actual sobre la base de actividades pasadas —actividades pasadas del presente individuo o sus sucedáneos—. Sin embargo, cuando las “constricciones” son removidas, la reproducción actual se vuelve dependiente de la actividad actual. Y la actividad actual depende de las alternativas actuales. Si uno es “forzado a ser libre”, esto es, si la alternativa de derechos derivada de la herencia son eliminados, el alcance de alternativas de hecho podría reducirse, no incrementarse. Esto puede ser cierto sea que uno esté comparando un siervo medieval con un proletario comtemporáneo o un señor medieval con un profesional de clase media contemporáneo.

Nos encontramos en lo que es un debate poco claro sobre el rango de libertades efectivas que resultan de la capacidad (derechos) para actuar en el presente y la capacidad (derechos) para preservar los frutos de actos pasados. Más aún, sea cual sea el conjunto de factores que uno enfatice (el incrementado rango de opción en el “presente” o las garantías disminuidas derivadas de la actividad pasada), es incierta qué tan grande es la diferencia entre el sistema histórico capitalista/“moderno” y otros sistemas (pasados). Por ejemplo, la movilidad de facto de los siervos era más grande de lo que la comparación normalmente supone, y la movilidad de facto de los proletarios menos. Por otra parte, las garantías de reproducción de facto de los siervos era menor de lo que la comparación normalmente supone, y las garantías de reproducción de facto de los proletarios mayor.

Nos encontramos en problemas similares cuando miramos al proceso por el cual el excedente es distribuido. La desigual distribución del producto social total ha sido presumiblemente cierto para todos los sistemas históricos conocidos. Existen, sin embargo, muchos aspectos de la desigual distribución que pueden variar. Uno es qué tan grande es el “excedente” producido (significando el valor producido por un sistema histórico sobre y por encima de la cantidad necesaria para la reproducción simple). La segunda es cómo es distribuida la desigualdad (como es medida, por ejemplo, por una curva de Gini). Pero la tercera y más a menudo citado en la discusión es el proceso por el cual ocurre la distribución desigual.

Dada la acumulación incesante de capital, ya establecida como la actividad primaria del sistema histórico capitalista/“moderno”, se sigue que el excedente absoluto es grande y mucho más grande que en los sistemas históricos previos. Pero ¿es más desigualmente distribuido? Aquí las posiciones teóricas (y empíricas) de escuelas ideológicas contendientes han estado directamente en desigualdad con la otra. Una escuela se queja de que nuestro sistema actual es relativamente más igualitario en la distribución que en sistemas previos y llegando incluso a serlo más. La escuela opuesta se queja exactamente de lo contrario: que la distribución es más desigual (o más polarizada) y llegando cada vez más a ser así. Una de las fuentes de esta diferencia es que los dos campos toman unidades espaciales diferentes para medir. Aquellos que ven la creciente igualdad tienden a enfocarse en los llamados países industriales “avanzados”, categorizadas como las únicas y totalmente capitalistas/“modernas” (sobre la base de ciertas estructuras que serán discutidas abajo). Aquellos que ven la creciente polarización tienden a enfocarse en el sistema histórico capitalista/“moderno” como un todo. Permanece siendo difícil, por eso, tomar como una característica definitoria de un sistema histórico una (el grado de igualdad de excedente distribuido) sobre el cual la evidencia empírica es tan contenciosa.

Llegamos entonces a la medida más frecuentemente propuesta, el modo o proceso de distribución. Esto baja para una distinción entre “renta” y “ganancia”. Ambos términos están sujetos a mucha confusión terminológica. El tipo ideal de “renta” es derivado del modelo del señor que controla (“posee”) tierra cuyo uso él asigna a los cultivadores directos en algún tipo de contrato, en retorno por algún tipo de pago generalmente llamado “renta”. Lo que hace “renta” este pago es una combinación de dos factores: un derecho políticamente asegurado para imponer tales pagos y el hecho de que el señor no necesita poner trabajo en el arreglo en orden de recibir el pago. El tipo ideal de “ganancia” es derivado del modelo de fábrica industrial urbana en que el capitalista emprendedor/propietario contrata trabajadores asalariados para utilizar su maquinaria, reteniendo la “ganancia” de las ventas del producto final, siendo la “ganancia” la diferencia entre el ingreso total y los costos totales. Lo que hace “ganancia” este ingreso neto es que allí ha habido una “inversión” de capital por el emprendedor/propietario y algún manejo directo de la operación económica.

Una diferencia entre los dos modos de distribución del excedente es la forma de la justificación moral ofrecida. En la situación ideo-típica de la “renta”, la justificación moral principal es la “tradición”. La distribución desigual es de alguna forma dada por Dios (y quizás en una forma secundaria por la actividad militar pasada). En la situación ideo-típica de la “ganancia”, la justificación ofrecida es bastante contraria. La distribución ofrecida no es considerada precisamente dada por Dios sino principalmente el resultado de la actividad humana, mayormente en el presente pero parcialmente en el pasado. Seguramente, estamos hablando de las justificaciones morales ofrecidas en cada sistema por los beneficiarios de la desigual distribución y aquellos que la defienden. Los críticos, con visiones opuestas, siempre han existido para desafiar estas justificaciones morales. Pero, dejando de lado a los críticos, es importante notar la diferencia de énfasis de las dos justificaciones morales: espiritual versus material, supuestamente eterna versus continuamente a ser renovada por la actividad actual, sirviendo el bien público a través de la mantención del orden colectivo versus sirviendo el bien público al lograr un “crecimiento” colectivo óptimo.

Pero aquí también, mirando más de cerca, los dos tipos ideales parecen perder mucho de su distintividad. La “renta” parece jugar un rol central en el sistema histórico capitalista/“moderno”, y nos estamos volviendo cada vez más conscientes de cuántas operaciones tomaron la forma de “ganancia” en sistemas históricos previos. Más aún, para muchas actividades económicas, es difícil decidir si la apropiación del excedente es “renta” o “ganancia”.

La diferencia entre el capitalismo como un modo de producción y lás múltiples variedades de un modo de producción tributario o redistributivo no es seguramente, como es defendido a menudo, la diferencia entre un modo en que toda la transferencia del excedente es lograda a través de la “coacción extra-económica”. Porque existe considerable coacción extra-económica en nuestro sistema histórico capitalista/“moderno”, y los mercados de algún tipo casi siempre han existido en otros sistemas históricos.

Lo que más podemos argumentar es una distinción que es más sutil. En las constantes tensiones entre asignación vía mecanismos de mercado y asignación vía mecanismos administrativos (o políticos), y en el contradictorio comportamiento que resulta de las presiones conflictivas, cualquiera sea el modo de asignación que pueda prevalecer en situaciones dadas en cualquier tipo de sistema histórico en el corto plazo. Pero en el mediano plazo, el mercado jugará un rol más grande en el sistema histórico capitalista/“moderno” que la arena política. De seguro, el “mercado” mismo es formado, en el mediano plazo, por la arena política. Sin embargo, una vez formado, tiene una autonomía coyuntural cuyo impacto es difícil de forzar administrativamente, y en que así fuerza redefiniciones políticas, de tiempo en tiempo, de la forma del “mercado”. No es realmente el caso que en el capitalismo el mercado es “libre” de controles políticos, como es sostenido por los economistas neoclásicos. Es más bien que el mercado mismo se convierte en un importante mecanismo político, algo que no es cierto (o mucho menos cierto) en sistemas históricos redistributivos/tributarios.

Podemos poner esto en el lenguaje de la mano invisible. En sistemas redistributivos/tributarios, los métodos en que las transferencias del excedente son logradas tienden a ser bastante visibles: rentas, imposición, pillaje, pagos rituales. En el sistema histórico capitalita/“moderno”, una porción significante de la transferencia ocurre menos visiblemente, vía el “mercado”, en la forma de “ganancia”. La ventaja para el receptor de la mayor parte es que los perdedores en parte, no podrían estar enterados de haber perdido, o inmediatamente menos enterados, y también menos enterados de exactamente con quién han perdido. Así, podrían ser menos capaces de analizar las operaciones por las cuales la transferencia ha ocurrido, y por eso menos capaces de responder su injusticia a ellos. En cualquier caso, un sistema capitalista opera al tratar de convertir las transferencias visibles en “invisibles”. Sin embargo, puesto que la “mano invisible” es una mano que está políticamente estructurada (y constantemente reestructurada), es difícil mantenerla “invisible”. Así el éxito político del dispositivo está lejos de ser perfecto; no obstante, ha sido razonablemente eficaz, en parte precisamente porque es tan complicado.

El tercer proceso que es repetidamente ofrecido como una o la differentia specifica del sistema histórico capitalista/“moderno” es la construcción del conocimiento. Esto es planteado en un número de ropajes. En general, el énfasis está en el predominio de la ciencia, o de una cierta forma de ciencia y por ello de método científico, un modo de pensamiento referido algunas veces como newtoniana o baconiana-newtoniana, y que presupone o enfatiza la linealidad y universalidad de los fenómenos físicos. Es menos que este modo de ciencia constituya en alguna manera la esencia del sistema histórico capitalista/“moderno”, es argumentado, que por sí mismo pudiera haber hecho posible la destacable transformación de la tecnología que ha ocurrido históricamente. A su vez, fue esta transformación de la tecnología lo que hizo posible la sustitución, a gran escala, de energía no-humana por humana en actividades productivas lo que a su vez da cuenta del fenómeno del crecimiento intensivo.

Hay un número de niveles en los cuales esta tesis puede ser desafiada, y lo ha sido. A fines del siglo XX, ha habido creciente desafío, desde dentro de la misma comunidad de la ciencia, de lo adecuado o la utilidad de este modelo de ciencia. El desafío, en el grado en que es correcto, levanta implícitamente cuestiones sobre la racionalidad de las elecciones tecnológicas que históricamente se hicieron sobre la base del modelo newtoniano. Esto, sin embargo, asciende a una crítica de la práctica del sistema histórico capitalista/“moderno”, y no necesariamente un cuestionamiento de su existencia nominal.

Un desafío bastante diferente ha sido cuestionar la singularidad del logro tecnológico de este sistema histórico. Un esfuerzo ha sido establecer un patrón continuo de avance científico/tecnológico ubicado en muchas regiones mundiales diferentes (China, el Medio Oriente, la zona Mediterránea), hacia las cuales los recientes esfuerzos científicos europeos occidentales se han calzado a sí mismos, principalmente desde el siglo XVI. Al subrayar las continuidades, este argumento reduce la distintividad de lo que ocurrió en Europa occidental. Más aún, ha sido argumentado que, en esta arena como en muchas otras, Europa occidental previamente había sido una zona “atrasada” o “marginal”, implicando por eso que cualquier explicación de cambio significativo no pudo ser considerado por exclusivamente o incluso principalmente en términos de alguna afinidad europea por o la tradición del conocimiento científico.

Esta rápida inspección de procesos que puede ser pensado para distinguir el sistema histórico capitalista/“moderno” de otros sistemas, sugiere que las distinciones son difíciles de establecer claramente, y que es dudoso erigir un andamiaje teórico de explicación sobre la base de estos procesos supuestamente distintivos. ¿Podemos hacerlo mejor si observamos las estructuras del sistema histórico capitalista/“moderno”?

Existen tres estructuras que han sido establecidas en el sistema histórico capitalista/“moderno” que han sido repetidamente sostenidas (separadamente o colectivamente) para ser sus características distintivas: la propiedad privada; la mercantilización (de bienes, de tierra, y de trabajo); y el moderno Estado “soberano”. Cada uno plantea problemas en el esfuerzo de descubrir la differentia specifica.

Los derechos de propiedad privada o quiritaria se refieren a la asignación de propiedad a individuos (real o ficticios) de fenómenos físicos (extendidos para incluir la llamada propiedad intelectual), que reciben garantías legales en que pueden retener su propiedad indefinidamente, transferirla o venderla, y heredarla. Podrían también usarla (o dejarla sin uso), rentarla, o gastarla. Más aún, nadie podría confiscarla, usarla o disponerla en su sitio o contra su voluntad. Finalmente, todos los fenómenos físicos en principio son apropiados por alguien.

Hay ciertas objeciones elementales a este cuadro de la institución. No todos los fenómenos de hecho son poseídos por alguien. Por ejemplo, es generalmente acordado que el aire no es poseído, y que el agua rara vez lo es. No es cierto que la propiedad esté exenta de todas las decisiones exteriores. Por ejemplo, los Estados retienen el derecho de dominio eminente. Podrían legislar limitaciones sobre ciertos usos a la cual la propiedad pueda ser puesta. En tiempos de “emergencia”, podrían ir incluso más lejos. Las ventas de propiedad están sujetas a varias limitaciones legales. Así, por una parte, los derechos de propiedad son lejos de ser absolutos en el sistema histórico capitalista/“moderno”. Por la otra, este sistema no es el único que ha tenido tales derechos de propiedad. Como es frecuentemente notado, la antigua Roma, por ejemplo, tuvo una estructura similar de derechos quiritarios.

Sin embargo, si dejamos estas objeciones a un lado como menores, y acordamos que los derechos de propiedad son un fenómeno omnipresente del sistema histórico capitalista/“moderno” y de este solamente, permanece allí la cuestión de qué tan relevante es. La propiedad es primero que todo, el aseguramiento de fenómenos que conducen potencialmente, directamente o vía el mercado, hacia algún tipo de consumo. ¿Contra quiénes, y por qué, el consumo necesita ser asegurado? Obviamente, existen genéricamente sólo dos posibilidades: contra la colectividad de otros, y contra otros individuos.

La seguridad de la propiedad contra la colectividad no es absoluta por supuesto. Ya hemos notado el concepto de dominio eminente, o los derechos de un Estado en una “emergencia”. ¿Pero qué tan efectiva es, incluso normalmente? ¿No pueden los Estados modernos (y sus subestructuras) gravar, más o menos a voluntad? ¿Si están restringidos en la imposición, no es principalmente por presiones políticas antes que por decreto constitucional? Sin duda, hay un punto en que la imposición “normal” pueda considerarse excesiva, y el Estado es considerado (ilegítimamente) confiscatorio. Pero esto es difícil de definir, y más difícil de cumplir legalmente contra la burocracia estatal, y en cualquier caso la misma definición del nivel límite que constituye la confiscación está sujeta a constante redefinición y extensión. La cuestión real es la diferencia de facto entre la seguridad de la llamada propiedad privada contra la colectividad, y la seguridad de otras formas de control de fenómenos físicos en sistemas históricos no capitalistas contra la colectividad. En estos sistemas, la constricción sobre la colectividad (o el gobernante político) no podría ser pensada como la ilegitimidad de la confiscación, sino más bien como la ilegitimidad de violar la “economía moral”. Pero, en la práctica ¿qué tan grande es la distinción?

Existe por supuesto la segunda garantía de seguridad, aquella contra otros individuos. Esto es la garantía contra el robo, el pillaje, el fraude. Pero seguramente aquí tampoco hay diferencias esenciales, sea en ley o en práctica, entre el sistema histórico capitalista/“moderno” y otros (previos). Quizá más pertinente es el aseguramiento de los derechos de propiedad contra aquellos otros individuos quienes son familiares cercanos. Supuestamente, en el sistema histórico capitalista/“moderno”, los derechos de propiedad residen en individuos designados y no en una “familia” o una “comunidad”, que es más frecuentemente el caso en otros sistemas. Pero incluso aquí, la distinción se emborrona. Ha habido una gama muy amplia de reglas en el sistema capitalista/“moderno” que han asegurado los derechos de la “familia” en la propiedad (reglas de herencia, reglas de responsabilidad conyugal o parental, etc.). De hecho, en sistemas que enfatizan la naturaleza de la “comunidad” de la propiedad, a menudo los “líderes” de estas comunidades disponen de facto de derechos que son muy cercanas a aquellas asociadas con la propiedad privada individual.

La seguridad de los bienes no es el único objeto de los derechos de propiedad. La mercantilización es un segundo. La seguridad importa principalmente porque supuestamente actúa como un incentivo para comportamientos riesgosos emprendedores al asegurar la permanencia de las recompensas. El comportamiento riesgoso emprendedor es un comportamiento orientado al mercado, y esto requiere de mercantilización. La mercantilización es estructurada por ley y por costumbre. Primero que todo, tiene que ser permitido, después socialmente estimulada.

Por supuesto, la comercialización de bienes es un fenómeno de ninguna manera exclusiva al sistema histórico capitalista/“moderno”. Seguramente, hace 50 años, hubo muchos académicos quienes consideraban esto ser raro o excepcional o restringido a arenas especiales en sistemas no capitalistas. Pero todo el trabajo empírico de los últimos 50 años sobre estos otros sistemas ha tendido a revelar que han tenido una mercantilización mucho más extendida que lo previamente sospechado, incluso si es que globalmente no tan extensiva como en nuestro presente sistema. Sin embargo, la existencia de mercados reales (y mercaderes) en estos otros sistemas es ciertamente suficiente para eliminar la visión de que la mera mercantilización de bienes es suficiente para distinguir el sistema histórico capitalista/“moderno” de otros sistemas previos.

Un argumento basado en la mercantilización por eso tiene que descansar en gran parte sobre la mercantilización de dos fenómenos especiales: tierra y trabajo (o fuerza de trabajo). En algunas maneras es difícil saber por qué los analistas siempre han separado estos dos fenómenos como casos aparte. No puede ser que históricamente hayan sido los más resistentes a la mercantilización. Como ya ha sido notado, el aire (e incluso el agua) ha sido más resistente a la mercantilización que la tierra. Tal status especial como la tierra está claramente relacionado con el hecho de que la agricultura ha sido la actividad económica central de los últimos 10.000 años, sobre la cual la reproducción de la humanidad ha sido fundamentalmente dependiente. Es solamente en el siglo XX que hemos comenzado a movernos en una forma significativa hacia una situación en que menos que la mayoría de la población mundial será empleada en trabajo agrícola. Incluso así, la mayoría de la oferta mundial de alimento todavía viene esencialmente de la tierra. Por eso, no es sorprendente que varios sistemas históricos desarrollaron mecanismos para limitar (incluso proscribir) la mercantilización de la tierra. ¿Ha sido esto deshecho en el sistema histórico capitalista/“moderno”? Hasta cierto punto, por supuesto. La mayoría de la tierra es alienable hoy en día. Pero esto es por supuesto una cuestión de grado: no toda la tierra es alienable, ni siquiera hoy día. Y esto no era cierto en tiempos previos de que ninguna tierra fue del todo alienable. Evidentemente, había algunas zonas, como China, donde la tierra era en gran parte alienada. Esto ha sido principalmente una cuestión de aumento a nivel mundial del porcentaje de tierra que es alienable en los últimos siglos.

En adición, debemos hacer la pregunta de qué tan importante es esa tierra que es alienable, y ¿en términos de qué? Las transacciones de mercado seguramente, no son la única forma de transferir el control de la tierra, y los traspasos de control han sido un fenómeno frecuente y recurrente en todos los sistemas históricos conocidos. Si la consolidación del control es óptima para la producción (y productividad), ha habido de seguro tanta consolidación en el curso de los sistemas no capitalistas como en el sistema histórico capitalista/“moderno”. Si las llamadas unidades de “tamaño familiar” son óptimas, una vez más han sido frecuentes tanto en las unas como en las otras. En pocas palabras, no es claro que la alienabilidad relativamente incrementada de la tierra haya resultado en cualquier enorme diferencia en la morfología de las propiedades de tierra.

¿Qué entonces de la mercantilización del trabajo, o de la fuerza de trabajo? La importancia clave del trabajador asalariado proletario ha sido enfatizado en muchos análisis del capitalismo. Aquí también, tenemos que observar primero la realidad empírica y después a sus consecuencias. El trabajo asalariado, por supuesto, ha sido una característica central del sistema histórico capitalista/“moderno”. Pero nunca ha sido el único modo de uso de la fuerza de trabajo. Efectivamente, podría ser incluso cuestionado si ha sido el modo mayoritario dentro del capitalismo histórico. A la inversa, apenas (si es que alguna vez) ha estado completamente ausente como un modo de uso de la fuerza de trabajo en sistemas no capitalistas. Como con la alienabilidad de la tierra, la alienabilidad de la fuerza de trabajo es una cuestión de grado. Ha habido sin duda más de esta en el sistema histórico capitalista/“moderno”, pero no es inmediatamente auto-evidente que la diferencia de grado ha sido cualitativamente significativa.

Esto deja sin discusión qué justificación existe para distinguir entre la mercantilización del trabajo y la de la fuerza de trabajo, esto es, la diferencia entre la compra y venta de la fuerza de trabajo humana por toda una vida (esclavitud) como contraria a su uso por un periodo especificado (un año, una hora). De seguro, no es claro que en la historia del mundo haya habido menos esclavitud dentro del sistema histórico capitalista/“moderno” que en los anteriores. Uno quizás podría hacer el caso contrario.

Finalmente, sin embargo, permanece la cuestión, como con la alienabilidad de la tierra, ¿qué diferencia hace la alienabilidad del trabajo (y/o la fuerza de trabajo)? Si es argumentado que, si solo el trabajo y/o la fuerza de trabajo es alienable, será posible asignar óptimamente su uso, esto deja fuera de consideración la posibilidad de que las transferencias “administrativas” puedan lograr el mismo objetivo, de hecho lograrla mejor bajo ciertas circunstancias. Si es argumentado que la fuerza de trabajo mercantilizada es esencial para proporcionar un mercado sustancial de bienes mercancías, esto deja fuera de consideración que la compra colectiva de bienes para la reproducción (como por una intendencia del ejército o por un propietario de una fábrica/plantación) puede tener sustancialmente el mismo efecto de proporcionar poder de compra en el mercado, como efectivamente ha tenido este efecto históricamente.

Nos dejan por eso con la incertidumbre de si el grado de mercantilización conseguido bajo el sistema histórico capitalista/“moderno”, mientras que cualitativamente más grande que en otros sistemas, haya sido hasta ahora cualitativamente fundamental. E incluso si así lo ha sido, si es que de hecho es cierto que la mercantilización por sí misma transforme la productividad.

De ahí, nos tornamos a la tercera característica estructural considerada específica al sistema capitalista —el Estado soberano “moderno”—. ¿Qué es lo que hace diferente al Estado “moderno” de las estructuras políticas de sistemas históricos previos? En la teoría política del mismo sistema histórico capitalista/“moderno”, el tema que es enfatizado es la soberanía. La misma palabra aclara su esencia. Soberanía es derivada de “soberano” —un solo gobernante de un área geográficamente definida que tiene autoridad total y exclusiva dentro de esta área—. La soberanía es la unificación de la autoridad política, lo contrario a la “parcelización” que ha marcado la estructura política del feudalismo europeo.5

Si la soberanía es a menudo considerada esencial al sistema histórico capitalista/“moderno”, lo es porque es considerada el complemento necesario a la institución de la propiedad privada. La propiedad privada requiere de garantías políticas, y estas garantías solo pueden tomarse en serio si son ofrecidas por un Estado que es soberano y por medio de la autoridad necesaria para hacer esas garantías.

Sin embargo, hay dos problemas aquí. Uno es, una vez más, la hechura entre la estructura teórica y las estructuras reales. ¿Han sido realmente soberanos los Estados soberanos? ¿Han tenido tanta autoridad completa y exclusiva dentro de sus límites? Claramente, en la realidad histórica del mundo moderno, ningún Estado ha sido nunca totalmente soberano. En adición, los Estados han variado ampliamente en términos de autoridad efectiva de la que han sido capaces de ejercer. Muchos han sido bastante débiles; unos muy pocos relativamente fuertes. Segundo, si la soberanía es medida por la autoridad centralizada y unificada como contraria a la autoridad parcelizada, otros sistemas históricos han conocido esta condición (o hecho este reclamo), por ejemplo, los grandes imperios-mundo, aunque de hecho el poder real de los imperios-mundo en gran parte fue menor que el de los Estados soberanos en el sistema interestatal moderno.

Esto lleva, entonces, a la cuestión de si hay alguna forma de distinguir el Estado “moderno” de los imperios-mundo. Todo el corpus de los escritos políticos de Max Weber, podría decirse, que es justamente un intento de hacer esto. Los dos elementos clave que Weber discierne, muy vinculados de hecho el uno con el otro, son el modo de legitimación del poder y la estructura de la burocracia. Weber (y los weberianos) han enfatizado el grado en que el Estado moderno está basado en las premisas “racional-legales” como las contrarias a ser “patrimoniales”. Se dice que una burocracia racional es técnicamente superior y está directamente vinculada según Weber a las necesidades de una economía de mercado capitalista, “que los oficiales del negocio de la administración pública estén precisamente cumpliendo, sin ambigüedades, continuamente, y con tanta velocidad como sea posible”.6 Con las otras estructuras esenciales, la cuestión es doble. ¿Cuál es la realidad empírica de la práctica, como lo opuesto de la descripción teórica? Incluso si en la práctica existe una diferencia, ¿cuáles son las consecuencias reales de esta diferencia?

La importancia operacional de la legitimación “racional-legal” está localizada en la racionalidad de la burocracia. ¿Pero qué tan racionales han sido las burocracias? Las limitaciones acerca del grado en que las burocracias de los Estados “modernos” han sido, de hecho, compuestas por tecnócratas racionales impersonales y desinteresados están indicadas ahora en la misma literatura extensiva sobre la “corrupción”, que es continua y omnipresente (en una forma u otra). Efectivamente, ¿no podríamos considerarla un elemento integral de las operaciones del sistema histórico? Precisamente como el trabajo asalariado torna ser sólo un modo de remuneración entre muchos (no residualmente, sino constitutivamente), así el desinterés torna ser sólo una forma de comportamiento burocrático entre muchos (no residualmente, sino constitutivamente). En añadidura, mientras las estructuras administrativas de los Estados “modernos” han crecido en tamaño, lejos de convertirse en más “racionales”, como sostuvo Weber, de hecho han removido a un estrato más grande de posiciones desde las operaciones directas de un sistema de reclutamiento burocrático racional.

También podría preguntarse si la administración pública burocrática es un elemento esencial en la maximización de la capacidad de los emprendedores para perseguir sus intereses orientados a las ganancias. Obviamente, tiene ventajas en términos de predictibilidad y objetividad (en términos de los conflictos de interés de los emprendedores en competencia). Pero el interés de emprendedores particulares, especialmente los más grandes entre ellos, puede ser mejor servido por administraciones públicas menos predecibles, menos objetivas (por tanto más colusivas).

Hay una tercera característica estructural que distingue al Estado “moderno”, uno que es frecuentemente menos discutido. Es el hecho de que estos Estados “soberanos” no son de hecho estructuras aisladas políticamente, sino más bien miembros de un sistema interestatal; efectivamente, son definidos por su membresía en este sistema interestatal. Por supuesto, esto no era cierto para los múltiples imperios-mundo precedentes. Pero ¿cuál es la significancia de esta particularidad estructural final del sistema histórico capitalista/“moderno”? ¿No es primero que el sistema interestatal constricciona a los Estados soberanos precisamente en todas las características que supuestamente distingue los Estados “modernos” de las otras formas de Estados? El sistema interestatal limita la soberanía de los Estados, recreando por medio de la cual una forma de soberanía parcelizada. El sistema interestatal crea la posibilidad de recurso más allá de los límites del Estado, minando con eso la permanencia de las decisiones sobre la seguridad de los derechos de propiedad. El sistema interestatal proporciona el marco dentro del cual los sistemas patrimoniales trans-estatales puedan florecer (por ejemplo: la existencia de “burguesía compradora”, redes subversivas, agentes pagados de potencias externas, etc.). Finalmente, el sistema interestatal subvierte el significado de la proletarización dentro de un Estado dado mientras refuerza una división del trabajo a escala de la economía-mundo en que el rol del trabajo no asalariado sigue siendo significativamente alta.

La única cosa que el sistema interestatal no constricciona es la actividad básica del sistema histórico capitalista/“moderno” —el crecimiento intensivo, la expansión, la acumulación incesante de capital—. ¡Muy al contrario! El sistema interestatal mismo ha sido una expresión mayor de esta actividad. Mientras que la economía-mundo ha “crecido”, también lo ha hecho el sistema interestatal, desde sus limitadas fronteras (como fueron codificadas, digamos, en el Tratado de Westfalia en 1648) hasta su inclusividad global (como ha sido registrado en la vocación universal de las Naciones Unidas).

Así regresamos a la cuestión, ¿qué es lo distintivo acerca del capitalismo? Esta rápida revisión de las respuestas típicas a esta cuestión ha servido para presentar el caso de que las estructuras y procesos supuestamente específicas del sistema histórico capitalista/“moderno” son todas menos distintivas en la práctica que en la teoría. Y esto ha levantado cuestiones acerca de si los varios procesos y estructuras, hasta el punto que de hecho son diferentes de aquellas de otros sistemas, se pueda decir que dan cuenta del desarrollo económico y científico-tecnológico que nosotros vemos. La única cosa que parece incuestionable, e incuestionada, son las curvas de crecimiento hiperbólico —en producción, población, y la acumulación de capital— que han sido una realidad continua desde el siglo XVI. Pero las curvas de crecimiento hiperbólico no son de por sí para ser aplaudidas. Los cáncer crecen también hiperbólicamente.

Tenemos ahora que virar desde el resultado —la existencia de un sistema histórico capitalista/“moderno”— hacia la descripción de los orígenes. Esto es a menudo referido como la cuestión de “la transición del feudalismo al capitalismo”, o cómo es que nuestro actual sistema realmente vino a la existencia.

III. La construcción histórica de un mundo capitalista

Hemos tratado de especificar lo que queremos decir por “capitalismo” y/o “modernidad”. Similarmente, es necesario especificar lo que queremos decir por “feudalismo”, al menos en Europa occidental, si hemos de preguntar cómo es que ahí hubo una “transición” desde uno hacia el otro en esta zona geográfica específica. Más aún, como Bois nos lo recuerda, “una teoría del feudalismo tiene que dar cuenta tanto de sus orígenes como de su desaparición”.7

Una vez, se ha argumentado que el “feudalismo” era algún tipo de “economía natural” con ausencia casi total de mercados, dinero, y manufacturas. Esto se ha convertido en algo difícil de defender a la luz de la actual erudición. Por el contrario, parece claro que el feudalismo europeo involucró un crecimiento significativo de mercados, dinero, y manufacturas. Tenemos que empezar con el hecho de que la institución del sistema feudal en su forma clásica en el siglo XI fue en la época una nueva solución para el continuo problema de cómo explotar trabajo agrícola por un estrato más alto cuya principal habilidad era la guerra. La esclavitud había sido un mechanismo importante (quizá la clave) para conseguir esto, no solo en el Imperio Romano, sino también en la Edad Media temprana (siglos V al IX+).8

Sin embargo, la mantención de la esclavitud en números significativos, requirió dos condiciones simultáneas: primero, la obtención constante de nuevos esclavos por la guerra en los bordes (o por fuera) de la zona en que los esclavos son usados (y consecuentemente la capacidad del Estado, o los guerreros dentro de las zonas, para conducir o beneficiarse de las “razzias” necesarias); y segundo, la mantención de un alto grado de orden interno dentro de la zona en que los esclavos son usados (y consecuentemente la dificultad para los esclavos para rebelarse o desertar). Dockés resume los altibajos históricos del uso de esclavitud en Europa occidental como sigue:

[H]ubo relativamente pocos esclavos rurales, y especialmente esclavos prebendiarios, durante la inquietud étnica y social del siglo III (Bacaudae, invasiones), y más adelante durante la crisis “final” de la segunda mitad del siglo IV y el siglo V. Por contraste, el número de esclavos se incrementó con el establecimiento de reinos bárbaros, que combinaron represión interna con incursiones militares externas. Pudo haber habido un número considerable tanto de escapes y domiciliación en el siglo VII (al menos en su segunda mitad), seguida por un resurgimiento del sistema esclavista con los Pipino comenzando a inicios del siglo VIII y por supuesto con el imperio de Carlomagno. Después del colapso de la aventura imperial y sus órganos estatales asociados, y la resultante turbulencia social y tribal acoplada con las invasiones vikingas, sarracenas, y húngaras en la segunda parte del siglo IX e inicios del siglo X, la esclavitud declinó una vez más.9

La esclavitud no era incompatible con la presencia de trabajadores “libres”, como inquilinos o incluso propietarios de tierra adyacente a aquella siendo cultivada por los esclavos. Efectivamente, la co-presencia de trabajadores “libres” pudo incluso haber sido altamente positivo para el reforzamiento político del sistema esclavista. La creación de esta distinción “étnica” entre la fuerza de trabajo pudo haber facilitado la mantención del orden. Sin embargo, tales trabajadores “libres” no estaban por ningún medio unidos en comunidades primordiales cuya diferenciación más tarde hubiese dado auge a la propiedad feudal de la tierra, aunque así es cómo Takahashi ha ilustrado la secuencia.10 Este modelo no solo ignora la existencia de villas medievales y sus esclavos, sino también pierde el hecho de que las comunidades rurales (y sus ideologías cuasi-igualitarias), lejos de ser primordiales, en sí mismas eran productos relativamente tardíos de la inclusión de los inquilinos en la red feudal de dependencia. Como Guerreau argumenta: “Ver en las comunidades del siglo XIV la heroica supervivencia de primitivas comunidades volviendo a la Edad de Bronce… va contra el más elemental sentido de la historia”.11

El sistema solariego, con su combinación de trabajo esclavo en el dominio y trabajadores “libres”, colapsó al final del siglo X.12 Es este colapso —Bois lo llama una “revolución”— el que fue “la causa inmediata de iniciativas masivas de la población rural en numerosas regiones, que llevaron a la famosa expansión de los siglos XI-XII”.13 Estas iniciativas fueron institucionalizadas como el “clásico” sistema feudal (siervos atados a sus amos, pero también atados a cada uno en las estructuras comunales). Para la mayoría de los anteriores trabajadores “libres”, este nuevo sistema de hecho involucró un aumento considerable en su explotación, combinado con una oportunidad relativa para algunos de mejorar su situación. Joshua explica esta aumentada presión sobre dos argumentos. Por un lado, estaba el creciente incremento del costo en la oferta de esclavos. Mientras las zonas cercanas para la razzia fueron agotadas, uno tenía que adentrarse más en el campo.14 Por el otro, la reemergencia de una red urbana (comenzando ya en el siglo VIII+) creó una demanda por mayor producción.15 Así era por el año 1000+, más o menos, “el banal señorío fue establecido virtualmente en todas partes”, en parte (¿en gran parte?) debido al fin del sistema de “pillaje fructífero”.16 Y, con la creación de este nuevo sistema explotador, se podría decir que comenzó el “período de dinamismo y ascenso para la Europa Cristiana en general”.17

Aún, a pesar de la expansión económica y geográfica de las siguientes dos o tres centurias, el nuevo sistema de explotación estaba todavía sobre piernas estructurales bastante débiles. Un elemento crucial fueron los principales medios de producción, la tierra arable “misma tenía que ser producida”,18 por un proceso de liquidación de tierras. Brenner nota esto al argumentar que la colonización fue la “forma arquetípica del desarrollo feudal y de la mejora feudal”.19 Él declara esto, sin embargo, demasiado estrechamente, puesto que la colonización de “nuevas” áreas completamente nuevas fue solo un medio de crear tierra arable. La segunda fue convertir la tierra en la vecindad de las tenencias existentes (tierras de pastos, bosques, tierras pantanosas, etc.) en tierras arables mediante “mejoras”.

La colonización de tierras completamente nuevas no fue necesariamente más rentable que la mejora de viejas tierras puesto que la colonización vinculaba el costo de la “conquista”. Aunque los desarrolladores, debido a que estaban libres de las constricciones de la costumbre, a veces eran capaces de imponer nuevas y ventajosas relaciones de producción sobre los productores directos, en otros tiempos encontraron que la baja relación trabajo-tierra requirió concesiones significativas hacia los productores directos. Seguramente, mejorar la “vieja” tierra necesitó cambiar los viejos patrones culturales y esto se encontró con resistencia. Esto también involucró el cultivo de tierra menos fértil (puesto que previamente la tierra probablemente habría sido cultivada). Pero tenía la ventaja de utilización de la tierra que de alguna manera ya en el ámbito (si no el control total) de los desarrolladores, y por eso no involucrando nuevas obligaciones hacia los señores.

En cualquier caso, el desarrollo de la tierra requirio la aquiesencia política, si no la asistencia política, de los señores y así estimularon “la construcción de organización militar más efectiva, más grande y/o la construcción de maquinarias extractoras de excedente más grandes”.20 Así, es apropiado insistir, como Anderson hace, que:

La singularidad del feudalismo nunca fue agotada meramente por la existencia de las clases señoriales y serviles como tal. Fue su organización específica en un sistema verticalmente articulado de soberanía parcelizada y propiedad escalar la que distinguió el modo de producción feudal en Europa”.21

La eficacia del feudalismo estaba ubicado precisamente en el fuerte vínculo entre los poderes económicos y políticos del señor, “la asimilación total del poder sobre la tierra y el poder sobre los hombres”.22 O, como Hilton lo pone, era “señoría el cual era específico al feudalismo”.23

Por otra parte, el vínculo aparentemente estrecho del poder económico y político era minado precisamente por la parcelización de la soberanía y el limitado control del proceso productivo:

Estos señores, con sus dependientes armados y sus amplias jurisdicciones privadas o públicas, por ningún medio tenían completo control incluso sobre el campesinado servil. En particular, su poder militar y político no estaba igualado por su poder para manejar la economía agraria. Esto era debido a la gran distancia entre ellos y el proceso productivo. Ni lo era simplemente el contraste entre la vasta escala de la propiedad feudal y la pequeña escala de la empresa familiar, porque estas distancias se aplicaron a los pequeños señores de aldeas únicas así como a los magnates que poseían cientos. Esto era así también porque, en el todo, la intervención efectiva del señor o sus oficiales en la economía de la parcela campesina era muy limitada. Es cierto que el señor podría afectar, usualmente en un sentido negativo, los recursos de la parcela campesina en sus demandas por rentas y servicios. Él podría también (aunque nunca tanto como hubiese esperado) controlar el movimiento de la población dependiente. Pero no era capaz de determinar la aplicación del trabajo y otros recursos dentro de la economía de la parcela; ni, en el todo, había muchos intentos en términos de arriendos, incluso cuando la tenencia por costumbre empezó a colapsar al final de la Edad Media, para especificar buenas prácticas agrícolas…

Por eso tenemos una clase poseedora de tierra cuya misma existencia dependía de la transferencia a ésta de plus-trabajo y los frutos del plus-trabajo de una clase que era potencialmente dependiente de esto, sobre la cual ejerció poder político, militar y jurídico, pero en relación a la cual no cumplió ninguna función emprendedora.24

Es por estas razones que Bois insiste en definir al feudalismo como la “hegemonía de la pequeña producción individual” combinada, por supuesto, con la apropiación de parte del excedente por el señor, una apropiación que fue hecha posible por la constricción política.25

Este sistema funcionó maravillosamente bien para los señores por un tiempo, pero después cesó de hacerlo así. Fue más o menos alrededor de 1250+ que el sistema entró a su “crisis” que convencionalmente es visto haber durado hasta más o menos alrededor de 1450+. De aquí, parecemos estar tratando con un sistema histórico que existió por sólo 500 años a lo más, un periodo que aparentemente podría decirse está compuesto por una mitad de ascenso o florecimiento del sistema y una mitad de una crisis o caída. Esto parece un esquema curiosamente abreviado y formal. Algunos autores resuelven esta anomalía al extender la definición de “feudalismo” más allá del modelo señor-siervo para incluir dentro el periodo mas o menos 400-500+ hasta más o menos 1000+. Pero a su vez presenta otro dilema intelectual, bien declarado por Dockés:

Lo que se necesita es ya sea revisar el concepto de modo feudal como compuesto de dos formas sucesivas dentro de un solo modo de producción, o considerar la Edad Media como un periodo transicional prolongado entre el modo de producción esclavista y el modo de producción capitalista.26

El sistema feudal en Europa occidental parece haber operado bastante claramente por patrones de ciclos de expansión y contracción de dos longitudes: cerca de 50 años y cerca de 200-300 años. Los dos tipos de ciclos parecen mostrar características paralelas y los más cortos estaban incrustados en los más grandes. La evidencia de los más cortos está presentada más claramente en la cuidadosa reconstrucción por Bois para Normandía.27 Los más largos (o más bien el más largo) ha recibido un acuerdo consensual de la mayoría de los historiadores económicos que tratan la Edad Media tardía.

Es un fenómeno curioso, faltante a tener una adecuada explicación teórica, que estos ciclos de 50 años parecen asemejarse a los ciclos encontrados en la economía-mundo capitalista (los llamados ciclos Kondratiev de los siglos XIX y XX), que muchos piensan que existen también en los siglos XVI y XVIII.28 Mientras que para los ciclos de 200-300 años de longitud, está ampliamente acordado que han existido de los siglos XVI al XVIII,29 y un argumento puede hacerse para que continúen también en los siglos XIX y XX. Así, de una forma más aún, encontramos un incómodo borrón de la distintividad de los patrones de la Europa medieval y el mundo moderno.

El patrón de expansiones y contracciones son claramente expuestos y ampliamente aceptados entre aquellos que escriben sobre la tardía Edad Media y los comienzos de los tiempos modernos en Europa,30 aunque por supuesto la dirección de la causalidad está sujeta a un desacuerdo muy intenso.31 Es generalmente acordado que la expansión y contracción (relativa) de población, área total de tierra bajo cultivo, precios nominales, producción total, y cantidad de transacciones monetarias fueron al alza y la baja en paralelo. La demanda y los precios crecientes condujeron al aumento en el área de la tierra dedicada a la producción arable; la demanda y precios decrecientres condujeron a un cambio desde la tierra arable hacia la producción pastoral o la producción vitivinícola. La demanda incrementada llevó a mayor innovación agrícola, mayor uso de fertilizantes, rendimientos más altos, mayor concentración sobre los granos más caros (trigo, después centeno); la demanda disminuida tuvo el efecto inverso. El aumentado uso de la tierra y población estaba correlacionado con el incrementado número de unidades de granjas, siendo reducido su tamaño promedio; la decreciente demanda condujo a una concentración mayor de unidades de tierra. La expansión estaba correlacionada con un mayor ingreso en rentas hacia los recibidores de rentas; la contracción con menos ingreso total. La expansión estaba correlacionada con términos de intercambio más favorables de la agricultura con la industria; la contracción con lo inverso (las llamadas tijeras de precios). Los salarios reales bajaron con la expansión y el incremento de la población; subieron con la contracción. La industria era más urbana en tiempos de expansión, más rural en la contracción. La expansión en el sistema feudal llevó a más servidumbre; la contracción a menos.

La larga oscilación es la que fue crucial. Así 1050-1250+ fue un tiempo de expansión de Europa (las Cruzadas; la colonización en el Este y el lejano Norte, y en Irlanda), que después se detuvo o se replegó. Era la época de florecimiento de los centros urbanos, la contrucción de grandes catedrales, el fortalecimiento de las estructuras estatales (y de ahí, de más paz interna, si más guerra en los bordes del sistema). La “crisis” o gran contracción de 1250-1450+ incluyó la Peste Negra, el período de numerosas revueltas campesinas (y el florecimiento de herejías “igualitarias” en la Iglesia), la crisis de los ingresos señoriales, y las grandes luchas intestinas de la nobleza (por ejemplo: la Guerra de los Cien Años, la Guerra de las Rosas), todas las cuales involucraron violencia y desorden que se sumaron al declive tanto en la producción como en la productividad total.

Es debido a, o en la víspera de, esta larga contracción de la economía a lo largo de Europa, esta “crisis” del sistema feudal, que la mayoría de los comentadores argumenta que ahí sucedió (o comenzó) una “transición” al capitalismo, o hacia un sistema económico comercializado “moderno”. Algunos analistas ponen el énfasis en la ruptura que representó. Otros prefieren ver el cuadro desde el 1000+ hasta hoy en día como una evolución relativamente estable, pero incluso estos parecen reconocer que un cambio cualitativo tomó lugar más o menos en 1500+. Este concepto es consagrado en nuestra periodización aceptada que ve más o menos 1500+ como el fin de la Edad Media y el comienzo en Europa de los “tiempos modernos” o ve el Renacimiento más la Reforma como un punto determinante crítico.

Pero, ¿cuáles son las explicaciones normalmente dadas de por qué ocurrió esta “transformación”? Aquí la literatura es lejos más oscura, puesto que muchas de las “explicaciones” son principalmente descripciones empíricas de qué es lo que se piensa que ha ocurrido o evolucionado, antes que qué ha causado los cambios para que ocurran. ¿De hecho, por qué algunos cambios fundamentales ocurrieron del todo? Esto es decir, que una variante particular de un sistema agrícola en que una clase alta explotó de alguna manera la masa de los productores rurales dio la vía hacia otra variante —en Europa occidental o en otras partes— no era nada nuevo. Esta ha sido la historia de la humanidad alguna vez desde la llamada revolución agrícola, Todas las variantes han sido inestables, en el sentido de que dada cualquiera apenas ha durado más de 4-500 años. Pero cuando dada cualquiera había colapsado, esta había sido reemplazada previamente vía mutación o conquista por otra variante la cual compartió ciertas características estructurales: a) la primacía de la producción agrícola con actividad artesanal; b) el excedente global limitado; c) el sostenimiento de los productores no agrícolas por una transferencia políticamente ejecutada del excedente hacia el estrato superior de (usualmente) guerreros, clérigos, y mercaderes; d) algunas redes de comercio, usualmente al menos una red de larga distancia, combinada con las mismas locales. Probablemente el más próspero de todos estos sistemas históricos estaban ubicados en las zonas agrícolas más fértiles, en donde encontramos por milenios las “grandes civilizaciones”.

Muchos de estos sistemas históricos tuvieron lo que podríamos llamar elementos protocapitalistas. Esto es, a menudo hubo producción extensiva de mercancías. Existieron productores y comerciantes que buscaban ganancia. Existía inversión de capital. Existía trabajo asalariado. Existían Weltanschauungen consonantes con el capitalismo. Pero ninguno había cruzado el umbral de crear un sistema cuya principal fuerza conductora fuese la acumulación incesante de capital. Cerca de 1400+, cuando el sistema relativamente insignificante, oscuro y de corta vida del feudalismo europeo estaba en colapso total, había poca razón para suponer que cualquier cosa más que una nueva variante de un sistema de explotación redistributivo/tributario lo reemplazaría. En vez de ello, hubo una génesis de un sistema radicalmente nuevo. No puedo enfatizar demasiado fuertemente lo mucho que estoy de acuerdo con Sweezy cuando él dice que, por qué esto debió haber sucedido es “una cuestión genuinamente intrigante”.32

IV. Explicaciones civilizacionales

La mayoría de las soluciones al rompecabezas tienden a mirar por algún secreto estructural europeo occidental, alguna característica “civilizacional” de larga data que condujo inevitablemente a este desarrollo. Estas explicaciones estructurales cruzan la gran división ideológica del pensamiento liberal y marxista. Unas pocas soluciones a este rompecabezas, y más recientes solamente, sugieren explicaciones coyunturales, citando desarrollos que fueron contingentes y por ello no inevitables. Tales explicaciones no se correlacionan tampoco con una ideología particular. De hecho, la distinción entre explicaciones civilizacionales y coyunturales es de alguna forma ficticia. La cuestión torna ser realmente este: ¿es el algo que sucedió más o menos en 1500+ en el “occidente” para ser explicado por fenómenos que emergieron mucho antes, digamos antes del 1000+, quizás milenios antes? O ¿fueron todos esos factores “tempranos” solo condiciones necesarias, aun careciendo de la condición suficiente, la que sin embargo fue coyuntural en el sentido de que involucró una “coyuntura” de ocurrencias (durante los dos siglos inmediatamente precedentes a la transición a un sistema histórico capitalista/“moderno”), una coyuntura que era improbable, pero sin la cual la transición nunca podría haber ocurrido? Esto es decir, ¿era el caso de que el resultado actual de la “crisis del feudalismo” era solamente una posibilidad entre muchas, y no necesariamente la más probable?

Obviamente, cualquier ocurrencia histórica tiene raíces inmediatas cuya derivación puede ser siempre rastreada hacia atrás, ad infinitum. Sin embargo, si creemos que el punto crucial fue 500-2500 años antes, estamos llegando con una explicación cultural-genética que, en efecto, dice que el desarrollo del capitalismo/“modernidad” en occidente, y en occidente primero, ha sido hecha “inevitable” por el sistema “civilizacional” más temprano. Si, sin embargo, encontramos que tan tarde como en 1300+ no había razón para esperar que los cambios cualitativos que ocurrirían 200 años más tarde fueran construidas en trayectorias históricas de larga data, pero antes bien fueron “coyunturales”, somos más libres para apreciar la sabiduría de las opciones históricas que fueron realizadas, y somos liberados de la cualidad auto-cumplida y auto-congratulatoria de la explicación “civilizacional”.

Las explicaciones “civilizacionales” son bien conocidas. Quizás la más influyente ha sido la de Max Weber, quien hizo su agenda lo bastante clara en el mismo comienzo del análisis:

Un producto de la civilización europea moderna, estudiando cualquier problema de la historia universal, está atado a preguntarse a sí mismo a qué combinación de circunstancias el hecho debiera ser atribuido en la civilización occidental, y unicamente en la civilización occidental, los fenómenos culturales que han aparecido los cuales (como nos gusta pensar) yacen en una línea de desarrollo teniendo significado y valor universal.33

Sabemos lo que Weber encontró: que la tradición judeo-cristiana (algo así volviendo algunos miles de años atrás) tomó una expresión particular en el siglo XVI, con la Reforma, en algo llamado la ética protestante; que esta ética proporcionó el apoyo normativo para las actividades de los emprendedores capitalistas; que tal apoyo normativo fue una variable críticamente determinante en la emergencia de un sistema capitalista.

Aunque las visiones de Weber supuestamente son visiones contra-marxistas, parece claro que un gran número de marxistas también dan explicaciones “civilizacionales”. Perry Anderson, por ejemplo, argumenta que el capitalismo pudo haber emergido solamente de un modo de producción feudal. Esta es, por supuesto, entre los marxistas la visión típica. Sin embargo, a esto él añade la insistencia en que el feudalismo no era conocido en todas las partes del mundo, sino solamente en Europa y Japón. Lanzando invectivas contra “un materialismo ciego con los colores” que “inevitablemente termina en un perverso idealismo”, él deniega que tales “transformaciones sociales” como las confederaciones nomádicas Tatar, el Imperio Bizantino, o el Sultanato Otomano, entre otros, puedan ser descritos como feudales en cualquier punto de su historia. Él está al tanto, por supuesto, de que hay académicos respetados quienes han sostenido precisamente esto acerca de esos sistemas, pero afirma:

[Estos académicos] han argumentado que [las] declaradas divergencias superestructurales [de estos sistemas] de las normas occidentales escondieron una convergencia subyacente de relaciones de producción infraestructurales. Todo el privilegio al desarrollo occidental es por ello sostenido a desaparecer, en el proceso multiforme de una sola historia mundial secretamente desde el comienzo. El feudalismo, en esta versión de historiografía materialista, se convierte en un oceano absolvente en que virtualmente cualquier sociedad puede recibir su bautizo.

La invalidez científica de este ecumenicismo teórico puede ser demostrado desde la paradoja lógica en que esta resulta. Porque si, en efecto, el modo de producción feudal puede ser definido independientemente de las variante superestructurales judiciales y políticas que la acompañan, tal que su presencia pueda ser registrada a través del globo donde sea que las formaciones sociales primitivas y tribales fueron superadas, surge entonces el problema: ¿cómo es que el dinamismo único del teatro europeo del feudalismo internacional sea explicado?34

Aún, si el feudalismo explica entonces el “dinamismo único” de Europa ¿por qué entonces Japón no avanzó al capitalismo tan tempranamente como Europa? Para responder esta cuestión, Anderson tiene que apelar a una historia profunda (o al menos más larga), él tiene que dar una respuesta “civilizacional”:

¿Cuál fue, entonces, la especificidad de la historia europea, que separada así profundamente de la historia japonesa, a pesar del ciclo común del feudalismo que de otra manera unió así tan de cerca a las dos? La respuesta yace seguramente en la herencia perdurable de la antigüedad clásica. El Imperio Romano, su forma histórica final, fue no solamente en sí misma naturalmente incapaz de una transición al capitalismo. El mismo avance del universo clásico lo sentenció a una regresión catastrófica, de un orden por el cual no había otro ejemplo real en los anales de la civilización. El más lejano mundo social primitivo del feudalismo temprano fue el resultado de su colapso, internamente preparado y externamente completado. La Europa medieval entonces, después de una larga gestación, soltó los elementos de una lenta transición ulterior al modo de producción capitalista, en la temprana época moderna. Pero lo que hizo posible el pasaje único al capitalismo en Europa fue la concatenación de la antigüedad y el feudalismo. En otras palabras, comprender el secreto de la emergencia del modo de producción capitalista en Europa, es necesario descartar en la forma más radical posible cualquier concepción de esta simplemente como una subsunción evolucionaria de un modo de producción más bajo por un modo de producción más alto, el uno generado automáticamente y completamente desde dentro del otro por una sucesión orgánica interna, y con esto borrándola… La “ventaja” de Europa sobre Japón yace en su antecedente clásico, que incluso después de la Época Oscura no desapareció “tras” ella, sino sobrevivió en ciertos respectos básicos “en frente” de esta.35

Así, es la herencia romana —el sistema legal y en particular el concepto de propiedad quiritaria— lo que distingue Europa en el período 1000-1500+ no solamente de China, India, y el mundo Islámico, sino también de Japón.36

Aún otra versión de lo que estoy llamando explicaciones “civilizacionales” ha sido dada por Michael Mann. Él empieza con el argumento de que aunque, para el 1000+, Europa podría haber tenido menos poder “extensivo” digamos que China, sin embargo tenía más poder intensivo, “especialmente en la agricultura”.37 Y esta ventaja en poder intensivo fue lograda antes:

La dinámica medieval era fuerte, sostenida y duradera. Pudo haber sido implantada tan tempranamente como en 800 DC. El libro de Domesday con su profusión en los molinos de agua, documentan su presencia en Inglaterra por 1086. La transición que Europa vio saltar hacia adelante no fue principalmente la transición tardo-medieval del feudalismo al capitalismo. Ese proceso fue en gran parte la institucionalización de un salto que ha ocurrido mucho antes, en el periodo que solamente nuestra carencia de documentación nos lleva a etiquetarlo de Época Oscura. Por el año 1200 DC ese salto, esa dinámica, ya estaba tomando Europa occidental hacia nuevas alturas de poder social colectivo.38

Para Mann, la mayoría de las explicaciones “comienzan muy tarde en la historia”. La Cristiandad fue “necesaria para todo lo que siguió”,39 lo cual nos lleva al menos 1500 años de regreso. Fue necesaria porque la “dinámica” requirió una multiplicidad de redes de poder (un tema común a muchos análisis), pero “estos grupos locales pudieron operar seguramente dentro de redes extensivas y la pacificación normativa proporcionada por la Cristiandad…”. El contenido de esta explicación civilizacional es un poco difícil de discernir. Las normas cristianas fueron espacialmente extensivas, pero así lo fueron también las normas islámicas o confucianas. En qué sentido estas normas cristianas “pacificaron” a alguien es difícil de decir, a menos que las normas hagan eso por definición, en cuyo caso es igualmente cierto para las normas de otras religiones extensivas. Todo esto es más cierto puesto que, como Mann mismo lo nota en la siguiente frase misma: “La Cristiandad misma fue [en la Edad Media] escindida entre ser una ideología inmanente de la moral de la clase gobernante y una ideología más trascendente, sin clases”,40 una imagen pálida de las fieras batallas entre los dominicanos y los franciscanos, para tomar una instancia. Existe una cuestión considerable si podemos de hecho hablar de un conjunto único de normas cristianas en esta época.

El arquetipo del argumento civilizacional sin embargo no está para ser encontrado en estas magníficas explicaciones totales. Esta yace en la escuela “viva para Inglaterra”, al lado de la cual existe una menos conocida pero igualmente apasionada escuela “viva para Italia”. Para estas escuelas, no es la civilización occidental lo que explica todo, sino el más estrecho modelo inglés o italiano.

Que los triunfos de Inglaterra del siglo XIX fueron extraordinarios es una visión que ha tenido una amplia resonancia —en Inglaterra de seguro, pero no solamente ahí—. Algunos encuentran que los triunfos del siglo XIX eran explicados por la sabiduría del siglo XVIII (inventando motores a vapor, o plantando nabos, o dando a la gentry su deber). Algunos rastrean los triunfos a la sabiduría de los siglos XVI-XVII (moviéndose desde la eliminación de los siervos hacia la eliminación de los yeomen, o sosteniendo la nueva ciencia, o iniciando el camino hacia la monarquía constitucional). Pero, ahora último, ha habido una tendencia a mover la sabiduría inglesa cada vez más hacia atrás, hasta 1066+ o incluso más, cuando el Señor bendijo a los anglo-sajones. Dos explicaciones recientes, uno en términos de “cultura” por Alan Macfarlane (harto liberal) y una en términos de “lucha de clases” por Robert Brenner (harto marxista), comparten esta larga temporalidad.

Macfarlane busca específicamente hundir la típica visión Marx-Weber de que hubo una separación de aguas en el siglo XVI entre, por un lado, una sociedad campesina feudal y, por la otra, una moderna, una individualista capitalista. Él dice que esta es una imagen falsa porque el país en el cual ocurrió la revolución industrial “primero” (Inglaterra) no juntó los criterios de ser una sociedad campesina —en el siglo XVI, en el siglo XV, o probablemente nunca—. Él argumenta al esbozar una larga lista de características de un “modelo” de sociedad campesina (familia extendida como la unidad básica de producción y consumo, producción para el uso, familias multigeneracionales, alta fertilidad, matrimonios tempranos, fuertes vínculos “comunitarios”, descendencia unilineal, autoridad patriarcal, etc.) y negando que Inglaterra alguna vez haya calzado en este modelo. En vez de ello, siempre fue una “sociedad con fertilidad ‘controlada’”, una que era “ordenada, controlada y no violenta”, una que fue “inusualmente segura, y sobre la cual la gente ordinaria tuvo un control inusualmente desarrollado”, una en que “la gente ordinaria [estaba] acostumbrada a un mundo no de absolutos, sino del bien y mal relativos, donde todo pudiera cambiarse por dinero”. Inglaterra ya tenía matrimonios que eran “modernos” en estructura, dice Macfarlane, para el siglo XI, y “con toda probabilidad [ya] entre los siglos IV y IX”. Lejos de rastrear la virtud capitalista hasta la herencia romana, como lo hace Anderson, Macfarlane encuentra el distintivo de Inglaterra y, él dice, un patrón críticamente importante de parentesco y matrimonio que es un legado “germánico”, uno que “nunca falleció en Inglaterra, en donde gran parte de Europa estuvo bastante sumergida por las viejas y nuevas características de la precedente civilización romana”.41 Inglaterra escapó de Roma; de ahí se convirtió en capitalista.

De seguro, el feudalismo precedió al capitalismo, pero Inglaterra tuvo una “forma más bien inusual” de feudalismo, una que “ya contenía una implícita separación entre poder económico y político, entre mercado y gobierno”.42 De hecho, Inglaterra probablemente nunca fue del todo realmente “feudal”.43 Si Inglaterra fue la “cuna de la civilización”,44 lo es porque tuvo a Adam Smith en sus genes, por así decirlo.

Robert Brenner está igualmente interesado en demostrar que no solo Europa estaba a la cabeza de Asia, y Europa occidental a la delantera de Europa oriental, pero Inglaterra adelantada a Francia (y, seguramente, los Países Bajos, las Alemanias, etc.). En los inicios de los tiempos modernos, Francia era menos capitalista que Inglaterra porque sufría del “predominio de la pequeña propiedad”, de la cual las consecuencias eran múltiples: barreras técnicas a las mejoras, especialmente dentro de los campos comunes; una pesada imposición del Estado monárquico que desincentivó la mejora agrícola; el estrujamiento de los arrendatarios por los terratenientes; la subdivisión de las parcelas por los campesinos. Juntas todas esas “aseguraron un retardo agrícola a largo plazo” para Francia.45

Pero la diferencia del siglo XVI resulta ser explicada por una diferencia del siglo XIII, porque Inglaterra no mostró:

ninguna señal… de la evidente crisis de los ingresos señoriales… y en Francia, a su vez, no hay tendencia de sustituir un emergente sistema de extracción centralizada del excedente por un erosionado sistema descentralizado —ningún ascenso embrionario de alguna forma absolutista de gobierno—.46

Si Inglaterra mostró alguna señal de titubeo, fue “solamente por muchas décadas hacia el siglo XIV, si es que entonces”; en cualquier caso, la “interrupción económica aparece haber sido significativamente menos severa en Inglaterra que en Francia”.47

Pero esta diferencia en el siglo XIII, parece ir mucho más hacia atrás, porque las “evoluciones divergentes” del siglo XIII de Inglaterra y Francia fueron causadas

no tanto [por] el retraso de la evolución “económica” de Inglaterra relativa a la de Francia, como [Guy] Bois lo hubiera dicho, sino más bien [por] el relativo avance de Inglaterra en términos de la organización de la clase dominante “feudal”.48

Y ¿qué da cuenta de esto? No tanto las proezas de los anglosajones, a quienes Macfarlane en última instancia les acredita. Más bien,

[La centralización feudal inglesa] debió su fortaleza en gran parte al nivel de la organización “política” feudal ya conseguida por los normandos en Normandía antes de la Conquista, que probablemente fue sin paralelos en otras partes de Europa.49

Afortunadamente para Inglaterra, Dios ha arreglado que los normandos no conquistasen Francia.

Ultimamente, la explicación de la diferencia es que el Estado inglés era fuerte —de otra forma conocida era “la extraordinaria cohesividad intra-clase de la aristocracia inglesa (miremos la Guerra de las Rosas)— y el Estado francés era débil —de otra manera conocida como “la desorganización relativamente extrema de la aristocracia francesa”—. Esto significó que aquellos tuvieron una alta “capacidad de dominar al campesinado” y los últimos “hicieron posible el ‘éxito’ de los campesinos franceses…”. En este sentido, esta explicación no es “meramente política” sino que es sobre “la construcción de relaciones sociales de clase que hicieron posible la más efectiva ‘acumulación’ en el reino económico”.50 Dejando de lado si la descripción es empíricamente correcta o no —“como justamente Brenner… minimiza [la] independencia [del campesinado inglés], así exagera la independencia del campesinado francés”—51 permanece la cuestión muy pertinente de Bois: “¿[e]n virtud de qué predisposiciones específicas los campesinos franceses hubiesen combatido mejor que los campesinos ingleses?”.52 Más aún, dada la insistencia de Brenner acerca de las habilidades políticas particulares de los aristócratas normandos, ¿por qué no habrían logrado estos mismos resultados en Normandía misma, el terreno exacto en que el análisis de Bois indicó destacable fortaleza campesina?53

Y todavía, lo suficientemente curioso, el poder de la aristocracia inglesa sobre los pobres campesinos (comparado con la ineptitud de la aristocracia francesa) parece no meramente haber desaparecido por el siglo XVI, pero ahora es la ecuación muy contraria la que se dice explicar el adelanto inglés:

Fue siempre la incapacidad de los señores ingleses para reconvertir en siervos a los campesinos o para moverse en la dirección del absolutismo (como lo hicieron sus contrapartes franceses) lo que los forzó en el largo plazo a buscar nuevas formas de salir de la crisis de los ingresos [una crisis que había sido previamente discutida por Brenner como relativamente menor en Inglaterra]… Careciendo la capacidad para reimponer algún sistema de recaudación extra-económica sobre el campesinado, los señores fueron obligados a usar sus poderes feudales remanentes para proseguir en lo que al final resultó ser el desarrollo capitalista.54

La escuela “viva para Italia” es más oscura, por dos razones. En el siglo XIX, Italia no parecía tan resplandeciente como Gran Bretaña (aunque para la década de 1970 podría estar logrando su venganza). Y pocas personas leían italiano. No obstante, siempre ha habido una voz fuerte para este tema, traída más recientemente hasta la fecha por Pellicani.

Para Pellicani, como muchos otros, “la historia del capitalismo y la historia de las limitaciones sobre los poderes [del Estado] es la misma historia o, al menos, han aparecido en el escenario histórico como dos historias estrechamente vinculadas”.55 Macfarlane no estaría en desacuerdo. Pero para Pellicani, la historia se inició en Italia, no en Inglaterra.

En orden de presentar el caso para Italia, Pellicani tiene que tratar con el argumento de Weber acerca de la importancia crítica de la ética protestante. Él reconoce la correlación histórica en el siglo XVI del liderazgo económico del norte de Europa y el predominio del protestantismo, pero argumenta que el elemento clave no fue la motivación ética o la justificación del emprendimiento, sino “el debilitamiento del control espiritual de instituciones hierocráticas todas las cuales están inspiradas por un intenso antagonismo a Mamón” combinado con “tolerancia religiosa y apertura en relación a los extranjeros”. La Reforma estimuló esto, pero más importante es lo que la Contra-reforma eliminó. Esta tolerancia y apertura hizo posible la distinción entre la sociedad civil y el Estado, nacidos históricamente, él dice (citando a Jean Baechler), de “la incapacidad de eliminarse sea el uno al otro”.56

Pellicani arguye que el capitalismo siempre ha sido frustrado anteriormente por “megamáquicas”, un término que toma prestado de Lewis Mumford, lo que creó “inseguridad de la propiedad”, paralizando de ese modo la iniciativa.57 La cuestión es por qué no ocurrió esto en Europa occidental. La respuesta es que no existieron megamáquinas debido a “la desintegración del Imperio Romano occidental”, algo que podríamos considerar “cuasiprovidencial” en que “al liberar al pueblo europeo de la ‘jaula de hierro’, se les ofreció la oportunidad para construir… la sociedad industrial moderna”.58

Este colapso de Roma es así “el más importante” de los factores que dan cuenta del nacimiento del capitalismo en el occidente.59 El segundo fue el hecho de que la lucha medieval entre el Papado y los emperadores Sacro Romanos fue un empate, cuyo último vencedor fue la “comuna burguesa”. Más aún, en ese tiempo, era en el centro-norte de Italia que “la protoburguesía se beneficiaba de una coyuntura histórica particularmente favorable y supo cómo tomar el máximo provecho de esta”.60 Así, es Roma una vez más, en este caso no porque dejó un legado (positivo para Anderson, negativo para Macfarlane, pero que los ingleses afortunadamente escaparon) sino simplemente porque colapsó. Y una vez que las ciudades-Estado italianas agarraron el anillo (unos ocho siglos más tarde o algo así), pudo emerger el capitalismo.

El problema con las explicaciones “civilizacionales” es que tienden a ser post hoc ergo propter hoc, y por eso suponen que de alguna manera los desarrollos eran inevitables. Siempre es difícil cerciorarse en este género de explicación por qué el proceso era tan lento. Entre la raíz profunda (patrones familiares germánicos o la desintegración del Imperio Romano) y el producto final (el capitalismo inglés en el siglo XIX o incluso en el siglo XVI), hay un gran intervalo de tiempo. Nos dejan con la impresión de que la profunda raíz llevó al producto final por un proceso de maduración lenta, como si hubiese sido programada orgánicamente. Lo menos que uno puede decir acerca de tal proceso maduracional es que se necesita ofrecer un caso fuerte en que tal “programación” realmente operó. Pero esto apenas es argumentado, meramente supuesto, y la explicación de ese modo no es muy persuasiva. Podría ser más razonable empezar con una premisa que es encontrada en el mismo Pellicani:

Donde sea que observemos, encontramos rastros de capitalismo, pero también encontramos que la vida económica está de alguna forma “limitada” (cooped in) por rígidas estructuras políticas, religiosas y sociales que permiten poco espacio para el juego de la catalaxia [la ciencia del intercambio comercial].61

En otras palabras, todos los otros sistemas conocidos han “contenido” tendencias capitalistas, en ambos sentidos de la palabra contener. Han tenido esas tendencias; las han “constreñido” efectivamente. Si es así, la pregunta entonces se convierte en ¿qué se resquebrajó en el sistema histórico ubicado en Europa occidental tal que la barrera contenedora fue abrumada? Esto nos presiona en la dirección de circunstancias excepcionales, una rara conjunción de procesos venideros, o lo que era anteriormente referido como explicación coyuntural.

V. Explicaciones coyunturales

Hay voces fuertes, de diferentes campos ideológicos, pidiéndonos reconocer lo improbable que fue la emergencia de un sistema histórico capitalista/“moderno”. Ernest Gellner nos urje que nuestro modelo sea “lo fortuito, la contingente apertura de una puerta normalmente cerrada…”.62 Michael Mann habla de esto siendo “un gigantesco conjunto de coincidencias”, incluso él insiste si hubo “también patrón alguno…”.63 Y Eric Hobsbawm sugiere que “es muy dudoso si podemos o no hablar de una tendencia universal del feudalismo a desarrollarse hacia el capitalismo”. Más bien, nos dice que miremos por la “contradicción fundamental en esta forma particular [occidental] de sociedad feudal” que da cuenta por el resultado, incluso como él admite que “la naturaleza de esta contradicción no ha sido clarificada todavía satisfactoriamente”.64

Por eso, discutiremos cuatro elementos en una explicación, haciendo hincapié en cada una la “exageración” particular coyuntural de un factor estructural duradero. Formularemos cada una como un colapso, y veremos cuál fue el efecto de los colapsos acumulados. Los cuatro son el colapso de los señores, el colapso de los Estados, el colapso de la Iglesia, y el colapso de los Mongoles.

Ya hemos visto que el poder relativo de los señores o aristócratas sobre los “campesinos” o al menos sobre los pequeños productores agrícolas es una cuestión frecuentemente citada. Estamos también al tanto de la vasta literatura acerca de lo que Marc Bloch llamó “la crisis de los ingresos señoriales” en el periodo más o menos 1250+ hasta más o menos 1450+. Todos concuerdan en que hubo un colapso demográfico en Europa occidental resultante principalmente de la Peste Negra. Si esto es para ser tratado principalmente en su rol como causa o consecuencia es un asunto que ha sido muy debatido, y con pasión, pero para los propósitos de este argumento, la resolución de esta cuestión importa poco. La realidad fue clara. Hubo menos personas para llenar la tierra. Ergo los ingresos desde sus rentas tuvieron que caer, incluso si los señores han sido capaces de aumentar las tasas, que de hecho no fueron capaces de hacer. Crear nuevas tenencias estaba, por entonces y en gran parte, fuera de la cuestión. De hecho, todo lo contrario estaba sucediendo: las tierras estaban siendo “abandonadas”, esto es, dejadas incultivadas.

En esta situación, cada lado utilizó las cartas políticas que estaban disponibles. Inicialmente los señores feudales viraron hacia los Estados:

El Estado, que estaba reviviendo por toda Europa occidental en este tiempo [siglo XIV] intervino en nombre de los señores al fijar salarios al nivel pre-Peste Negra, y al restringir legalmente la movilidad campesina…

El campesinado, por otra parte, así estaba situado para ser capaz de defender su ganancia mucho más vigorosamente que nunca antes, porque la demanda de trabajo era mucho más grande que la oferta disponible. Las desoladas tierras proporcionaron también la oportunidad hacia aquellos campesinos quienes tenían los otros medios necesarios para emerger como campesinos libres. El campesinado de ese modo respondió a la “reacción feudal” al reventar en una seguidilla de rebeliones en todas partes en Europa occidental.65

La apelación de los señores a los Estados por su intervención fracasó porque el dramático colapso demográfico dio al campesinado un arma muy poderosa: la capacidad de negociar con un señor en contra de otro. Esto condujo tanto a una reducción en las rentas (en un tiempo cuando el número total de los que pagaban rentas ya estaba declinando) como a la desaparición de varias restricciones serviles. Combinadas las dos “permitieron la retención de excedente en las parcelas campesinas”, que Hilton llama “la declinación de la explotabilidad de los campesinos”.66

Las revueltas campesinas no tuvieron éxito en el sentido de conseguir el poder estatal. Su misma ocurrencia cambió la correlación de fuerzas, que es por qué insiste Dobb en que es en la “revuelta entre los pequeños productores” que tenemos que fijar la atención en buscar explicar la “disolución y declive de la explotación feudal”.67 De seguro, los señores resistieron larga y duramente. Pero los múltiples modos de pérdida acumuladas: no cultivo de tierras marginales; reducción de rentas; reducción del precio de la tierra; incremento de los atrasos en pagos de rentas por inquilinos en dificultad; incremento de demandas por comunidades rurales. Bois ve una larga tendencia que culminó en un colapso mayor “entre 1415 y 1450”.68

Los señores de la tierra, en problemas financieros, fallando en manejar la marea de retención creciente del excedente por el campesinado, se pusieron el uno en contra del otro. Esto comenzó bastante temprano. En su explicación de la crisis del feudalismo, Perroy arguye:

Es en la década de 1335-1345 que los reinos del occidente cambiaron, sin estar al menos al tanto de esto, de una economía de tiempos de paz a una economía de tiempos de guerra, un cambio que los acontecimientos harían permanente. Así, llegarían a sufrir las constricciones de la debilitada imposición, reducción de la producción agrícola y artesanal así como del comercio interregional, la crisis del crédito y de la inestabilidad monetaria.69

Perroy coloca particular hincapié en las consecuencias fiscales, pero uno no debería descuidar que las guerras tuvieron otras dos consecuencias. Primero que todo, las interrupciones de producción en tiempos de guerra redujeron todavía más los ingresos, menos al matar a los pequeños productores que al hacerles más difícil a ellos trabajar o comerciar en zonas directamente involucradas. En añadidura, sin embargo las guerras —particularmente la Guerra de los Cien Años, la Guerra de las Rosas, aunque no solamente— aniquilaron a la aristocracia. La severa reducción en sus números (sobre y muy por encima de las pérdidas de la plaga) los debilitó más políticamente vis-á-vis los productores directos.

Y si esto no fuera suficiente, los salarios reales subieron firmemente por dos centurias, tanto para los trabajadores asalariados de las ciudades como rurales. Bois lo nota de los campesinos normandos, comparando 1320 con 1465:

[D]e un siglo al siguiente, su salario [calculado en cereales] más que triplicó… Enfrentando a este hombre mejor alimentado, la muerte se retiró y la vida progresó. Él fue diferente también en el mundo del trabajo: ¿no debiésemos suponer una mayor aptitud para el trabajo? ¿No encuentra el Renacimiento mismo sus raíces en este maravilloso terreno?70

Dobb dice que esto fue “la ineficiencia del feudalismo como sistema de producción”, junto con las crecientes necesidades por ingresos señoriales, que fue “principalmente responsable de su declive”.71 Quizás, aunque esto de cuenta menos del permanente declive que del descenso cíclico. Sweezy insiste que el declive es debido a “la incapacidad de la clase dominante para mantener el control sobre, y de ahí para sobreexplotar, la fuerza de trabajo de la sociedad”.72 Sin duda esto sucedió, pero ahora tenemos que preguntarnos por qué esta incapacidad fue tan profunda en este tiempo particular. En cualquier caso, de seguro es cierto, como Bloch lo plantea, que “al final de la Edad Media… los pequeños productores que aquellos que estaban sobre ellos eran una clase debilitada, profundamente sacudida en sus fortunas y paupérrimamente preparada mentalmente para hacer las adaptaciones llamadas por una situación sin precedentes”.73 El gran victorioso de esta lucha fue el granjero yeoman (o laboreur), el campesino con un arado de metal (charrue), el controlador de una parcela suficientemente grande que él tuviera el excedente para el mercado y a menudo necesitaba asistencia laboral asalariada para completar la cosecha.

Si esto no fuera suficiente para hacer temblar la aristocracia, el colapso de los Estados sólo se podría sumar a su disconformidad política, si no decir su desesperación política. Los Estados nunca fueron fuertes en Europa a lo largo de la Edad Media. Pero fueron más fuertes en algunas épocas que en otras. La expansión de la economía en Europa entre 1000-1250 que creó nuevas bases de ingresos para los Estados y nuevas necesidades de orden interno, por una parte, y la expansión hacia afuera de “Europa” (las Cruzadas, colonización en el Este y al lejano Norte) que llamó por alguna unificación militar, por la otra, combinadas para crear una nueva vida para las maquinarias de Estado. Los resultados quizá fueron magros para los estándares de hoy en día, pero importaron. Estos Estados más fuertes comenzaron a recaer otra vez en cáscaras simbólicas cuando vino el gran declive después de 1250.

Al explicar el declive del poder de los señores, Bois lista dos variables de trasfondo. Una es por supuesto “el fortalecimiento del campesinado medio”; la segunda es la “hipertrofia del Estado (absolutismo real)”.74 Una de nuestras dificultades en interpretar lo que pasó entre 1250-1300 y 1450 en la arena política es nuestra insistencia ideológica en interpretar la historia “occidental” como una larga historia, firmemente ascendente y esforzada por las instituciones políticas democráticas. En el comienzo, está entonado, estaba el monarca todopoderoso, cuyo poder había sido paulatinamente reducido desde entonces. Pero esto no fue tan así después de todo. En el principio (1000-1250), había un débil monarca buscando establecer alguna ficción de autoridad central. Estos “soberanos” tuvieron retrocesos severos en el periodo 1250-1450. Es verdad, como discutiremos, que después de 1450, sus poderes nuevamente crecieron y bastante considerablemente, pero esto fue porque precisamente el periodo 1250-1450 reveló el peligro que la debilidad de los Estados representó para los señores.

¿Qué ha sido logrado en el periodo 1000-1300? Algunas entidades políticas han empezado a tener una existencia duradera, y de ahí una cierta legitimidad. Inglaterra y Francia eran los ejemplos más adelantados. Strayer nota que los inicios de una burocracia habían sido puestos en lugar, una cancillería coordinando a los “administradores de Estado, agentes financieros, administradores locales, jueces…”. Esto había ocurrido hasta cierto grado en todas partes de Europa occidental. Después vino la gran depresión económica. Strayer concluye que “los europeos han creado su sistema estatal solamente en el último momento”, pero él mismo provee la evidencia de que el incipiente sistema estatal fue duramente afectado por el descenso económico, que “muchas de las guerras de los siglos XIV y XV balancearon, o incluso retrocedieron el proceso de construcción de Estado”.75 Hubo un resurgimiento del poder baronal. Debilitada vis-á-vis el campesinado, los señores al menos pudieron hacerse más fuertes vis-á-vis los reyes. Efectivamente, muchos de los factores económicos que permitieron a los campesinos tomar ventaja en sus tratos con sus señores-terratenientes, permiteron a estos tomar ventaja en sus tratos con sus soberanos-monarcas.

Un resultado era que la cohesividad interna del poder central fue minada seriamente ahora por el abismo “peligrosamente amplio” entre los estadistas y sus burócratas:

La brecha entre los estadistas y burócratas no había bajado seriamente para 1300, pero en el siglo XIV esta había sido ensanchada por culpa de ambos grupos. La política era realizada por el Rey y su Consejo, un cuerpo compuesto por miembros de la familia real, los favoritos reales, los cabecillas de las facciones baroniales, y los jefes oficiales de las unidades doméstinas y departamentos gubernamentales. La atención de príncipes y nobles era esporádica; a menudo el Consejo estaba completamente compuesto por oficiales domésticos y administrativos. Tal Consejo podía tratar con materias rutinarias de administración interna y podían implementar políticas ya acordadas, por ejemplo, la revisión o el suministro de un ejército. Pero cuando las grandes (y caras) cuestiones de la paz y la guerra, treguas y alianzas viniesen, los príncipes y líderes baroniales tenían que ser consultados. Tales hombres usualmente no estaban muy bien informados, ni hicieron su trabajo muy duramente para reparar las brechas en su información.76

Claramente el aumentado poder de los señores, su inclusión en la realización de políticas era decisiva en este proceso. Esto puede ser verificado en el hecho de que había una particular “lentitud en el desarrollo de los departamentos tratantes con la defensa y los asuntos externos”.77 Pero esto no es del todo un rompecabezas. En un periodo de guerra extensiva y desintegración estatal, estas eran precisamente las arenas en que los “cabecillas de las facciones baroniales” estarían menos dispuestos a ver fortalecida la burocracia real puesto que reduciría sus propios márgenes de maniobra para la movilidad ascendente.

De este modo, así fue que “la mayoría de los gobiernos se fue a la bancarrota”, que eran “incapaces de controlar a sus mercenarios, su moneda, su sistema judicial, [que] estaban a cargo de camarillas y vivieron mal el día a día”. Y así fue que “hubo un renacimiento en Europa de una serie de principados, micro-Estados, que eran autónomos, incluso independientes, y que este fenómeno socavó eventualmente la ilusión de un reino por consenso mutuo”.78

No es extraño que Strayer pudiera resumir este periodo al decir que “el movimiento hacia un nuevo tipo de autoridad política estaba contrabalanceada justamente cuando pareció estar adquiriendo irresistible momentum. Durante el siglo XIV y comienzos del XV, los gobiernos seculares se debilitaron antes que fortalecerse…”.79 No es extraño que Fossier pudiera introducir su discusión de la situación política en esta sombría nota:

¡Que triste imagen nos ofrece el Estado en este periodo [1250-1520]! Pontífices que son honorables pero desafiados, convirtiéndose en dudados y odiados; emperadores tragados con sus proyectos, cuyos nombres no podemos recordar aquí; las monarquías occidentales en total disonancia, hombres viejos, menores, hombres locos (abiertamente reconocidos o probablemente); y un caleidoscopio de Podesta, o príncipes y capitanes quienes tenían en común solo la brevedad de su poder y la irrealidad de sus proyectos.80

Uno podría pensar que los señores/aristócratas habrían disfrutado con su incrementada liberación de la autoridad central y deleitados en los “bellos privilegios” que ellos “arrancaron” de sus soberanos con la emergencia de las “asambleas representativas” en estos Estados que Guenée dice, se convirtieron en “democracias de los privilegiados”.81 No del todo, como vamos a ver.

El colapso de los señores y el colapso de los Estados estuvo acompañada por el colapso de la Iglesia. Esto es bien conocido; no siempre es conceptualizado como un colapso. Pero reflexionemos sobre lo que sucedió. En la época final del Imperio Romano el cristianismo se había convertido en religión de Estado. Esto era normal, en el sentido de que la mayoría de los imperios-mundo tuvieron “iglesias” oficiales, esto es, un conjunto de funcionarios religiosos que propagaron un visión de mundo que apoyó el establishment imperial y que constriccionó fuerzas desintegradoras. Un ejemplo notable es el confucianismo, pero escasamente es el único. Entre otras cosas, estas religiones limitaron impulsos capitalistas, en la forma de predicar contra la avaricia (de seguro, más la avaricia de personas privadas que la avaricia de los emperadores). El viejo sistema de dioses romano había perdido su apoyo en el Imperio Romano por muchas razones. Seguramente una, fue el error de comenzar a deificar a emperadores vivos o recientemente fallecidos, que tornaron a los dioses en figuras políticas y terminaron con su distancia mínima necesaria de la existencia material. Cuando el cristianismo surgió para llenar el vacío, Constantino se movió para cooptarla como religión de Estado.

El cristianismo había creado una estructura jerárquica integrada, y de ese modo fue capaz de sobrevivir la caída del Imperio Romano. El resultado fue una situación única, en que una religión mundial jerárquica se convirtió en el cemento normativo e incluso institucional de una civilización disgregada políticamente. Por un largo tiempo, la Iglesia cristiana era por eso suficientemente fuerte para defender sus intereses organizacionales, económicos, e ideológicos contra cualquier intrusión de autoridades políticas particulares. Las “consecuencias culturales de este desarrollo intelectual serían considerables”, dice Perry Anderson.82 La mayoría de los analistas concordarían.

Muchos también supondrían que las consecuencias fueron positivas. El argumento usual que va a lo largo de líneas de que la no concordancia de Iglesia y Estado en la Edad Media preparó históricamente el terreno para la separación moderna de la Iglesia y el Estado, y de ahí para el secularismo como la base de una civilización individualista, capitalista. Sin embargo, existe una manera alternativa de ver esta evolución. Uno podría argüir que la fortaleza organizacional de la Iglesia vis-á-vis las múltiples entidades políticas fue de hecho su tara fatal. El hecho de que finalmente no estaba subordinada para poner autoridad política —en un sentido como siempre había sido el caso hasta con las religiones y en otras partes— fatalmente socavó su capacidad de servir a las autoridades políticas como su fuerza constrictora sobre elementos proto-capitalistas.

La limitación comenzó a desaparecer bastante temprano. Nuccio argumenta que ya en la Edad Media tardía ocurrió una “profunda separación de las posturas religiosas y éticas en el campo de las ideas políticas”.83 Y este desprendimiento tomó lugar primero que todo, por supuesto, donde el impulso capitalista parecía más fuerte.

Desde el siglo XII en adelante, los emprendedores italianos han trabajado sustancialmente sobre la base de una ética mundana, que los había puesto en el patíbulo y condenado por la moral eclesiástica y ellos se defendieron lo mejor que pudieron, formulando al mismo tiempo los principios de su autonomía y los criterios “establecidos” de su actividad económica, especialmente en los estatutos de la ciudad y los códigos mercantiles.84

Pero ¿por qué la Iglesia era tan débil? Por una cosa, porque la Iglesia era un gran actor económico en sí mismo, y estuvo herida por el declive económico en la misma forma en que tanto los señores (como recibidores de rentas) como los Estados (como recibidores de impuestos) estaban heridos. Para defender su propia vida organizacional, la Iglesia en este tiempo incluso se involucró más en cuestiones económicas y financieras.

La brecha entre las ideas espirituales de la Iglesia y el fracaso de sus miembros para cumplirlas en sus vidas cotidianas se hizo cada vez más paradójica. ¿Qué, por ejemplo, haremos del hecho de que en Bunges, durante este periodo, la Iglesia colegiada de St. Donatian licenció muchas casas de empeño en su propiedad? Fueron catorce en 1380 y fueron sobrepasados, no por los lombardos, sino por los flamencos y valones. Debido a la licencia eclesiástica, fueron liberadas de la supervisión municipal. ¿O los préstamos por el papa Clemente V a Eduardo II (169.000 florines) por una hipoteca sobre los ingresos de Gasconia? ¿O de Nicolás V, quien concedió al gran mercader francés Jacques Coeur (1393-1456) una amplia licencia para comerciar con los infieles?…

El efecto de las crisis financieras fue dañar al papado. Correcta o incorrectamente, una gran dosis de criticismo se dirigió al papado por los herejes, y más tarde por los reformadores protestantes, es lo que dio de boquilla a los valores espirituales contrarios al capitalismo, aunque estaba ella misma profundamente inmersa, e interesada en, su destino como accionista en el capitalismo. O, de nuevo, si el papado organizó sus asuntos financieros apropiadamente, lo hizo con la ayuda de los banqueros, y en retorno los protegió al amenazar con excomuniones e interdicciones. El arma fue usada contra los laicos y religiosos, pero no hizo más respetable al papado.85

Las varias sectas, que recibieron un renovado impulso en esta era, eran en gran parte igualitarias, anti-autoritarias, y a menudo “comunistas”. En el período de apretura económica y vinculada guerra de los estratos gobernantes por los declinantes ingresos globales estaba reflejada en un incrementado conflicto entre la Iglesia y los gobernantes temporales, y por grandes luchas dentro de la misma Iglesia. Este es el periodo del Gran Cisma del occidente (1378-1417), que involucró, entre otras cosas, el sostenimiento del poder de los cardenales y los obispos contra el Papa, paralelo al sostenimiento del poder baronesco contra los reyes.

Si la Iglesia se hubiese subordinado a los gobernantes temporales, habría tenido realmente más autoridad moral. Habría estado disponible para usarse como la fuerza moral limitante. La misma independencia de la Iglesia transformó a la Iglesia en un contendor secular más por poder y riqueza. “Hasta ahora del comentario de Tawney acerca de la Iglesia siendo incapaz de compromiso con el capital siendo cierto, parece solamente demasiado cierto que el compromiso ha sido de poca dificultad en el logro, y virtualmente imposible de romper”.86 Knowles, en su análisis de los dos últimos siglos de la Iglesia medieval, concluye su análisis con esta nota: “Este, entonces, era el clima religioso del siglo XV: una iglesia enferma, efectivamente, de la cabeza y los miembros, y gritando por reforma, pero sin miedo de una catástrofe tal como la que pronto iba a ocurrir”.87 El resultado neto fue el saqueo de Roma en mayo de 1527, “el punto terminal del Papado medieval”.88

En general, el periodo 1250-1450 fue un desastroso periodo para las clases gobernantes en Europa occidental, colectivamente. Sus ingresos fueron estrujados. Estuvieron involucrados en un nivel excepcionalmente alto de lucha intestina, que afectó negativamente su riqueza, su autoridad, y sus vidas. Estuvieron entrentados con revueltas populares —rebeliones campesinas, movimientos heréticos—. El desorden público era alto, como lo estaba la confusión intelectual pública. Lo que era sólido se iba derritiendo. Había una “crisis” en el sistema histórico. Quizas más amenazante para los señores, quienes eran la mayoría en la clase gobernante, fue el ascenso de aquellos que “uno ha comenzado a llamar los ‘machos’,89 —los mejores campesinos (granjeros yeomen, laboreurs), de cuyas unidades de producción el tamaño y el número habían crecido, y quienes enfrentaron mejor la tormenta económica (de hecho, sacaron ganancia de ella)—. Como fue observado por los aristócratas-terratenientes, Europa occidental se estaba desplazando en la dirección de un paraíso de los kulaks. Y no parecía haber forma de atrasar esta tendencia.90

El colapso de una clase gobernante no es inusual en la historia. Sucede, si no frecuentemente, al menos regularmente. Normalmente, lo ocurrido en la historia es que un colapso permitía la posibilidad de una conquista externa. Y tales conquistas, o invasiones, cuando el polvo decantaba, ponían en su lugar a alguna nueva clase dominante quienes podrían imponer su explotación efectivamente sobre los productores directos.

Esto no ocurrió en Europa occidental en esta época. Discutiremos este crucial no suceso bajo la simbólica rúbrica del colapso de los mongoles. Abu-Lughod arguye que 1250-1350 representó el apogeo de un “sistema-mundo” que conectó de una manera no jerárquica a los chinos, indios, arabo-persas, y las “subrregiones” europeas sobre la base del comercio a larga distancia. Ella argumenta que, la inclusión de los mongoles en este sistema proporcionó un crucial elemento en su funcionamiento óptimo, puesto que efectivamente añadió una ruta “norteña”, reestableciendo un vínculo que había existido previamente en tiempos romano-han:

La operación simultánea de dos diferentes rutas a lo largo de Asia Central (una sureña y otra norteña) y dos diferentes rutas entre el Oriente Medio y Asia vía el Oceano Índico (el Mar Rojo y el Golfo Pérsico) significó que cualquier bloqueo desarrollándose en sinapsis específicas del sistema circulatorio podrían ser eludidas. Esta flexibilidad no solo mantuvo la renta del monopolio de protección que los guardias de rutas individuales extraían de los comerciantes circulantes dentro de límites “soportables”, sino que garantizó que los bienes avanzarían, a pesar de disturbios localizados.91

Ninguna de estas “subrregiones” fue capitalista en estructura. Todas permitieron, sin embargo, el funcionamiento de mercaderes a larga distancia. El crecimiento económico del siglo XI en occidente que hemos discutido fue copiado por una nueva articulación de mercado en China, impulsada (abetted) por las mejoras en canales acuáticos internos. Ambas vinculadas a una ecúmene de comercio musulmán a lo largo del Medio Oriente. La comercialización de China reforzó este modelo y, en palabras de McNeill, “actuó como un gran fuelle, abanicando carbón que ardía lentamente en las llamas”.92 El gran vínculo mongol completó el cuadro.

Lo que interrumpió este vasto sistema-mundo comercial fue la pandemia de la Peste Negra, en sí misma una consecuencia bastante probablemente de esa misma red comercial. Esta daño a todas partes, pero eliminó completamente al vínculo mongol.

La conmoción apareció en el segundo tercio del siglo XIV con la erupción de la Peste Negra, que aparentemente se esparció más rápido entre los elementos más móviles de la sociedad, el ejército. Demográficamente debilitada, los mongoles eran menos capaces de hacer efectivo su control sobre sus dominios que uno por uno comenzaron a sublevarse. Tales revueltas perturbaron los suaves procesos de producción y apropiación, que a su vez llevaron a una capacidad reducida para suprimir las revueltas. Una vez que el proceso comenzó, hubo poco para prevenir su creciente devolución.

Mientras la plaga se esparcía al resto del sistema mundial, el impulso para conducir el comercio a larga distancia estaba similarmanente inhibido, aunque no desapareció completamente. Pero cuando el comercio revivió, la miríada de números de pequeños comerciantes buscó caminos más seguros. Sin embargo, estos ya no estaban en los austeros derroches de Asia Central. Los riesgos más bajos, y por eso las rentas protectoras a lo largo de la ruta, se habían ido para siempre.93

El vínculo mongol pudo haber sido derrumbado en cualquier caso, dado el hecho de que los mongoles enfrentaron limitaciones técnicas que nunca superaron al sostener un imperio rutinizado extensivamente. En cualquier caso, la Peste Negra ocurrió y sus efectos fueron inmediatos. Los efectos económicos negativos ocurrieron primeramente a través del sistema comercial. Ya hemos descrito el impacto en Europa occidental. No fue tan diferente para China.

Como fue cierto en otras subrregiones de ese sistema sistema mundial, la salud económica de China descansó principalmente sobre sus propios desarrollos ontogenéticos en la organización política, inventiva y habilidad tecnológica, y sofisticación comercial —esto es, su capacidad para aprovechar sus recursos locales—. Pero otra parte de su vitalidad económica —una parte bastante grande en el siglo XIII e inicios del siglo XIV— vino de su capacidad de extraer excedente desde el sistema externo. Cuando el sistema externo experimentó cercenamiento y fragmentación, fue inevitable que todas las partes anteriormente vinculadas experimentarían dificultades, incluyendo China.94

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la emergencia del capitalismo en Europa occidental? Lo que Abu-Lughod está llamando la “caída de Oriente” que precedió, dice ella, al “ascenso de Occidente”,95 tuvo una implicancia directamente político-militar. Causó que las varias “subrregiones” se retrajeran hacia sí mismas. Ninguna tuvo la fuerza en ese momento para entablar la expansión imperial. Europa occidental no estaba amenazada en el periodo crítico 1350-1450, cuando precisamente hubiera sido más vulnerable debido al triple colapso que estaba experimentando. La aristocracia europea/capa gobernante no sería reemplazada ni revigorizada por una fuerza externa. Ellas enfrentaron solas y débiles al estrato kulak.

Ahora tenemos que renovar la cuestión, ¿por qué el capitalismo no emergió más temprano en cualquier otra parte? Parece improbable que la respuesta sea una insuficiente base tecnológica. No es claro qué tipo de base es “esencial” en cualquier caso. Más aún, la mayoría de la base tecnológica del sistema histórico capitalista/“moderno” es la consecuencia de su emergencia, escasamente es la causa. Es improbable que la causa sea una ausencia de un espíritu emprendedor. La historia del mundo por al menos dos mil años antes de 1500+ muestra un enorme conjunto de grupos, a través de múltiples sistemas históricos, que mostraron una aptitud e inclinación por la empresa capitalista —como productores, como mercaderes, como financistas—. El “proto-capitalismo” estaba tan esparcido que uno podría considerarlo ser un elemento constitutivo de todos los imperios-mundo redistributivos/tributarios que ha conocido el mundo. Por ello, si estos elementos proto-capitalistas fueron incapaces de asumir las “alturas del comando” no solo de estos varios sistemas históricos como sistemas, sino incluso de sus unidades productivas, tuvo que haber algo que lo previniese. Porque tuvieron dinero y energía a su disposición, y ya hemos visto en el mundo moderno qué tan poderosas pueden ser estas armas.

¿Quién hubiera querido poner límites a la acumulación incesante de capital? La respuesta es obvia: todos aquellos que se mantenían en el poder existente en cualquier sistema histórico. La acumulación incesante de capital permite inevitablemente que nuevas personas desafíen al poder existente, para socavarlo, para convertirse en parte este, y así lo hace incesantemente. El poder en sistemas redistributivos está basado en rentas, esto es, en ingresos que son políticamente asignados y justificados. En un sistema capitalista, las ganancias podrían ser conseguidas, protegidas, amplificadas políticamente, pero nunca son justificadas políticamente. La ganancia suficiente por ello puede llevar a la expulsión de recibidores de rentas existentes.

Por supuesto, en sistemas históricos no capitalistas, los recibidores de rentas existentes pueden ser expulsados militarmente. Pero la amenaza militar es visible, comprensible, y aceptable. La insidiosa amenaza de la riqueza generada por el mercado es invisible, caprichosa, y por último totalmente irracional. Por ello, esta era siempre inaceptable. Para dejar que el genio saliese de la botella uno tendría que estar muy desesperado evidentemente. He tratado de indicar las razones por la desesperación del Estado gobernante de Europa occidental durante la “crisis del feudalismo”, por qué es que no vieron salida alguna dentro de los parámetros de organización social como ellos los conocían, en efecto, por qué, por eso la gran mayoría de los señores comenzaron a transformarse a sí mismos en capitalistas-emprendedores.

Recuerden, las habilidades y métodos capitalistas no eran desconocidos para ellos; ellos meramente las habían rechazado previamente por miedo de las consecuencias a largo plazo de utilizarlas. La descripción de Marc Bloch del comportamiento del señoriazgo francés en esta época podría ser puesta como típica del nuevo impulso:

Enfrentados con la amenazante catástrofre traída por las transformaciones en la economía, ¿los señores franceses, porque por ley estaba prohibido agrandar la tierra, simplemente se iban a rendir? Creer esto sería percibir mal seriamente el estado mental que los entrantes más recientes en el status de fief-holder han diseminado entre la clase a la que recientemente se han unido, formados como lo han sido en la escuela de las fortunas burguesas. Sus métodos meramente tenían que ser más insidiosos, más flexibles. Cierto, los derechos señoriales estaban lejos de no tener ningún valor; pero su valor se había reducido harto. ¿No sería posible, por medio de un manejo más apretado, obtener un retorno más alto? El sistema que había hecho del señor alguien de cuyos ingresos vinieran menos de la producción y más de las rentas había tornado ser desastroso. ¿Por qué no tratar de revertir la operación, sin usar la violencia puesto que no estaba permitida, y trabajar con tenacidad y astucia para reconstituir el diminio?96

Mientras un señor tras otro comenzó a hacer esto, esto comenzó a rendirle frutos, no en más renta sino en más ganancia. Pero el señor no era ni un filósofo ni un científico social. Después de un largo cruce por el desierto económico, sea “renta” o “ganancia”, el ingreso aumentado era beneficio, beneficio aumentado. Ahora como floreciente capitalista y ya no tanto un militar demandante de honor y rentas, el señor descubrió la importancia del Estado, como garante y facilitador del desarrollo capitalista. Strayer lo dice muy bien:

En pocas palabras, el pueblo [¡sic! Hubiera dicho la aristocracia] de Europa occidental se había vuelto convencido de que el mal de un gobierno débil era peor que el mal de un gobierno fuerte y que no desviar la lealtad hacia el rey era la única manera de prevenir el desorden y la inseguridad. La rebelión pareció más peligrosa para la sociedad que la tiranía real; era mejor para los individuos sufrir calladamente la injusticia que para ellos hacer protestas que pudieran haber llevado a nuevas guerras civiles. Estas ideas fueron ensalzadas por casi todos los teóricos políticos del periodo y fueron aceptadas por la gran mayoría del pueblo. En el hecho actual, las “nuevas” monarquías eran mas bien despotismos ineficientes, y dejaron un buen espacio para la iniciativa individual dentro del marco de la seguridad que han establecido.97

Como dice Perry Anderson: “El dominio del Estado absolutista fue el de la nobleza feudal en la época de la transición al capitalismo”,98 excepto que él debió haber añadido que esta fue la de la nobleza feudal convirtiéndose en capitalistas emprendedores.

Lo que dejó al genio salir de la caja fue la desesperación de las clases dominantes. Lo que hizo posible a los señores superar a sus adversarios kulak fueron las reglas del juego que “desarmaron” a éstos al distraerlos —la explotación mas “invisible” de las ganancias—. Lo que sostuvo el nuevo sistema y le permitió consolidarse a sí mismo fue que funcionó para las clases dominantes, esto es, funcionó en el sentido elemental de que dentro de 100-150 años, toda amenaza a la posición del estrato dominante desde el emergente estrato kulak había desaparecido y la parte señorial (ahora capitalista) de la plusvalía absoluta y relativa había catapultado una vez más, para mantenerse a sí misma a un nivel constantemente alto a lo largo de la historia del sistema-mundo capitalista.

Este no es el lugar para volver a relatar la historia de este sistema histórico, algo que estoy intendando hacer en los sucesivos volúmenes de The Modern World-System. Sin embargo, hay dos cuestiones más que deberían discutirse, eso sí brevemente. Una es la cuestión del progreso tecnológico. La segunda es la cuestión de la racionalidad.

Como dice Brenner correctamente, las “tecnologías capaces de levantar significativamente la productividad agrícola por medio de inversiones relativamente a gran escala” estaban disponibles en Europa medieval, y en muchas otras partes del mundo deberíamos añadir. Más aún, como él añade, estas técnicas fueron usadas en ocasiones. “La cuestión que necesita ser preguntada, por eso, es por qué no fueron aplicadas más ampliamente”.99 La respuesta, seguramente, es que habían constricciones sociales sobre estas innovaciones. El crecimiento incesante era temido políticamente y parecía sustantivamente irracional como un objetivo social. Sin embargo, una vez que se crean incentivos para la transformación tecnológica, parece haber poca razón para dudar —lo vemos claramente en retrospectiva— que los humanos son ingeniosos y pueden desarrollar conocimiento científico y la tecnología derivada.

Pero ¿es racional? No fue otro que Max Weber, gran protagonista del racionalismo, quien caracterizó la “actividad sin descanso” del hombre de negocios como lo conducente de una vida irracional “donde un hombre existe para su negocio, y no al revés”. Estamos acostumbrados a medir las ganancias que el sistema histórico capitalista/“moderno” ha traído, y a descuidar el hecho de que las ganancias han ido a una minoría, una gran mayoría quizás, pero aún una minoría de la población mundial. Hemos estado menos dispuestos a calcular los costos de la mayoría —en términos materiales, en calidad de vida—. Y solo recientemente hemos empezado a medir los costos de la biósfera.

El sistema-mundo capitalista ha sido bien establecido ahora por unos 400-500 años. Este cubre el globo. La historia no se puede deshacer. He intentado indicar aquí que fueron algunas de las fallas, la coyuntura de las circunstancias, las que hicieron que Europa occidental lanzara a la humanidad en esta aventura irracional. Esto por supuesto, nada indica de cómo podrían ser las alternativas históricas sustantivamente posibles, dado el hecho de que este sistema histórico ahora existe y a su vez está enfrentando su propia “crisis”. Precisamente como no era inevitable que el sistema histórico capitalista/“moderno” naciera en cualquier parte en el siglo XVI, así tampoco hay un resultado inevitable a la “crisis” actual.

El occidente inventó este curioso sistema donde “en vez de la economía siendo incorporada en relaciones sociales, las relaciones sociales están incorporadas en el sistema económico”.100 Todas las otras civilizaciones evitaron sensiblemente esta inversión. Siendo sustantivamente irracional, este sistema es finalmente insostenible. Aun habrá que ver sin embargo qué sistema más totalmente racional la humanidad puede inventar ahora, y si es que puede.

Más artículos del autor

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● Preparado como capítulo de Joseph Needham, Science and Civilization in China, Vol. VII: The Social Background, Parte 2, Sección 48, Social and Economic Considerations.

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2 Jones, 1987

3 Gellner subraya el punto al decir: “La oración no debería ser leída… el milagro Europeo. Tiene que leerse… el milagro Europeo (1988; 1)

4 Jones, 1988; 31

5 Anderson, 1974a; 19 y ss

6 Weber, 1978; 974

7 Bois, 1976: 261

8 Domenico Vera apunta que el famoso artículo de Marc Bloch, titulado “Comment et pourquoi finit l’esclavage antique?” (1963), se pudo haber mejor titulado “¿Cómo y por qué la esclavitud antigua terminó en la Edad Media?”, dado que eso fue “el corazón de sus reflexiones” (1989: 32)

9 Dockés, 1982: 93

10 El Hufe (virgate) es una parte total campesina (Lamprecht lo llama Werteinheit) compuesta por un Hof (un pedazo de tierra con una casa en ella), una cierta parcela principal de tierra arable (Flur) y una parte en la tierra común (Allmende); o, toscamente, “tierra lo suficiente para mantener al campesino y su familia” (Waitz). Este es el objeto natural por el cual el campesino se mantiene a sí mismo (o, la fuerza de trabajo se reproduce a sí misma). Su realización económica en el sentido de la forma general del Hufe, es la comunidad o las regulaciones colectivas comunales: el Flurzwang o contrainte communaitaire (G. Lefebvre), servitudes collectives (Marc Bloch) que van con el Driefelwirtschaft y el sistema de campo abierto, Gemengelage o vaine pature collective. Las regulaciones colectivas constituyen un aparato de compulsión por el cual el proceso de trabajo está mediado. Sin embargo, la inevitable expansión de productividad creciente de la propiedad privada inherente en el Hufe condujo, y no podía conducir sino al “dominio de los hombres sobre los hombres y la tierra” (Wittich). Las relaciones de dominación y dependencia en los cuales este tipo de comunidad Hufe se ramificó constituyó la propiedad privada del señor feudal, esto es, la casa solariega, o propiedad feudal de la tierra. En esta forma tenemos la secuencia del desarrollo categorial, Hufe-Gemeinde-Grundherrschaft. Inversamente, mientras este tipo de dominación que el señor feudal tomó sobre la comunidad de la aldea y el Hufe, y las reglas de la propiedad territorial señorial las penetraron, ¿el Hufe y la comunidad de la aldea como objetos “naturales” y sus relaciones mutuas fueron cambiadas en una forma histórica (específicamente, la feudal) de relaciones? (Takahashi, 1976: 73)

11 Guerreau, 1980: 86

12 Bois, 1989

13 Guerreau, 1980: 196

14 Joshua, 1988: 63

15 Joshua, 1988: 127

16 Joshua, 1988: 23

17 Gimpel, 1983: 9

18 Joshua, 1988: 20

19 Brenner, 1985b: 237

20 Brenner, 1985b: 238

21 Anderson, 1974a: 408

22 Guerreau, 1980: 180

23 Hilton, 1985: 124

24 Hilton, 1985: 125-27

25 Bois, 1976: 355

26 Dockés, 1982: 262, pdp. 103

27 Bois, 1976

28 Wallerstein, 1984

29 Kriedte, 1983

30 Anderson, 1974b, 197-209; Bois, 1976, 349-65; Génicot, 1966; Slicher van Bath, 1977; Wallerstein, 1974, cap. 1, y 1980, cap. 1

31 Véase Brenner (1985a) y las respuestas en el mismo libro

32 Sweezy, 1976b: 106. Roberto Unger (1987) construye similarmente todo su análisis acera de la normalidad de “quiebres periódicos” de sociedades agrario-burocráticas y lo que él llama sus “ciclos de reversión”.

33 Weber, 1930: 13

34 Anderson. 1974a: 402-403

35 Anderson, 1974a: 420-21

36 Noten en esta consideración la modificación de Talcot Parsons al impulso weberiano. Él reconoce al antiguo Israel y Grecia como “sociedades simientes en cuna” de lo que él llama “el sistema de las sociedades modernas”. Pero él insiste en el rol crucial del Imperio Romano en la “institucionalización” de sus valores culturales. Su significado dual fue el primero, “constituyó el principal ambiente social en que se desarrolló la Cristiandad”, y segundo, “la herencia de las instituciones romanas fue incorporada en los fundamentos del mundo moderno” (1971: 30).

37 Mann, 1986: 378

38 Mann, 1986: 413. Una vez más podemos encontrar cambios paralelos hacia atrás de marxistas a aquellos no marxistas como Mann. Joshua regresa sobre el mismo punto en el tiempo para ver el inicio de un largo impulso económico de Europa hacia arriba. Los cambios clave para él son encontrados no en las ciudades sino en el campo (una visión que Mann comparte en su énfasis sobre la agricultura). Lo que Joshua saca en el norte o noreste de Europa (más tarde el locus de todo el desarrollo capitalista) como lo contrario al sur de Europa es la institución, como en el siglo VIII, del “régimen solariego clasico [el cual] tornará ser la antecámara del capital…” (1988: 368).

39 Mann, 1986: 501, 507

40 Mann, 1986: 412

41 Macfarlane, 1987: 6-7 (Tabla 1), 50, 55, 94, 121, 133, 138

42 Macfarlane, 1987: 189

43 Macfarlane, 1977: 206

44 Macfarlane, 1987: 184

45 Brenner, 1985a: 29

46 Brenner, 1985b: 264

47 Brenner, 1985b: 270-71

48 Guy Bois ha argumentado que en el siglo XII, “el feudalismo estaba más avanzado” en Francia, consecuentemente era más puro en forma, y de ahí, existía el fortalecimiento de las parcelas de pequeña escala a expensas de los dominios, llevando a menores niveles señoriales (1985: 113).

49 Brenner, 1985b: 254-55

50 Brenner, 1985b: 257-59

51 Croot y Parker, 1985: 83

52 Bois, 1985: 110

53 Unger va más allá al argumentar que Inglaterra es el caso desviado en Europa occidental en el sentido negativo, esto es, que Inglaterra representa el caso de Europa occidental no rompiendo casi con sus “ciclos de reversión”

La cuarta tesis de mi argumento es historiográfica. Tanto las visiones marxistas y liberales de la historia europea han sido dominadas por una imagen estereotipada de la vía inglesa moderna al éxito mundial: arrolladora concentración agraria y la marcha triunfal desde la producción doméstica y el sistema putting-out, a través de fábricas centralizadas, hasta la producción en masa. La contraparte política a este cuadro económico es el gradual enfrascamiento y asimiliación de las clases trabajadoras en términos de lo que hizo posible la reconstitución de una elite poseedora gobernante. Cualquier cosa que se vaya de este estereotipo inglés es realizado para parecer una desviación, habilitando o retrasando una tendencia inexorablemente de desarrollo. Pero el argumento de este ensayo gira este prejuicio hacia abajo. Se sugiere que el estereotipo inglés —hasta el punto que incluso describa acertadamente los sucesos ingleses— representa el aspecto menos revelador y distintivo de la experiencia europea. La ruta inglesa es la más cercana que Europa pudo haber ido hasta Asia —esto es, hacia una situación de los imperios brucrático-agrarios— sin caer en los ciclos asiáticos. Las supuestas anomalías fueron y eran la cuestión occidental real (1987: 7-8).

54 Brenner, 1985b: 293

55 Pellicani, 1988: 178

56 Pellicani, 1988: 102, 109, 119

57 Pellicani, 1988: 130, pdp 57. Este es un extraño uso puesto que Mumford sostiene explícitamente que el mundo moderno tiene una “nueva” megamáquina, que tiene un “prerrequisito institucional” adicional. Este prerrequisito es “un tipo especial de dinamismo económico basado en la rápida acumulación de capital, rotaciones repetidas, grandes ganancias, funcionamiento hacia la aceleración constante de la tecnología misma. En pocas palabras, la economía dineraria” (Mumford, 1964: 241).

58 Pellicani, 1988: 153-54. Una vez más, un curioso uso, puesto que este término es de Max Weber, quien lo usó específicamente para expresar su pesimismo acerca del capitalismo racional. Weber dijo que, con su ética del deber y sentido vocacional del honor, ha creado “esa jaula de hierro… a través de la cual el trabajo económico recibe su presente forma y destino… un sistema que inescapablemente rige la economía y a través de este el destino cotidiano del hombre” (citado en Mitzman, 1970, 160).

59 Pellicani, 1988: 157, pdp 24. Hall añade una importante nota al pié de página a este concepto de la desintegración del Imperio Romano conducente a un conjunto de débiles entidades políticas en Europa: “El hecho de que muchos conjuntos de bárbaros viniesen a Europa al final del imperio Romano, antes que un simple conjunto como fue el caso de China e Islam era sin duda una condición inicial en favor de un sistema multipolar” (1985: 134).

60 Pellicani, 1988: 189

61 Pellicani, 1988: 16

62 Gellner, 1988: 4

63 Mann, 1988: 16-17

64 Hobsbawm, 1976: 160-163

65 Mukhia, 1981: 283

66 Hilton, 1985: 133, 128

67 Dobb, 1976: 166

68 Bois, 1976: 201

69 Perroy, 1949: 172

70 Bois, 1976: 98

71 Dobb, 1946: 42

72 Sweezy, 1976a: 46

73 Bloch, 1976: 122

74 Bois, 1985: 111

75 Strayer, 1970: 35, 57, 59

76 Strayer, 1970: 74-75

77 Strayer, 1970: 80

78 Fossier, 1983: 116-17

79 Strayer, 1955: 197

80 Fossier, 1983: 110

81 Guenée, 1971: 405

82 Anderson, 1974b: 152

83 Nuccio, 1983: 121

84 Nuccio, 1983: 105

85 Gilchrist, 1969: 83, 95

86 Gilchrist, 1969: 138

87 Knowles, 1968: 466

88 Binns, 1934: 366

89 Fossier, 1983: 88

90 Unger, cuya detallada explicación se solapa solo parcialmente con la ofrecida aquí, desea argumentar que lo que da cuenta del ascenso del capitalismo fue “la misma severidad de [el] colapso” del sistema feudal. Él habla de la paradoja de que “el escape de la reversión” podría ser explicada por la misma severidad del episodio de reversión (1987: 25).

91 Abu-Lughod, 1989: 336

92 McNeill, 1982: 53

93 Abu-Lughod, 1989: 169

94 Abu-Lughod, 1989: 326-27. Ella establece sus visiones acerca de cómo analizar este periodo en la historia económica china incluso más provocativamente en otro pasaje:

[L]a cuestión real no es por qué China se salió del mar, sino más bien por qué China experimentó un colapso económico en el siglo XV que forzó echar a pique a su armada. Incluso cuando los historiadores de China abandonan el argumento del “cambio de filosofía” y examinan factores económicos, aun tienden principalmente a observar por causas internas —apuntando a la rampante corrupción, facciones políticas, “mal gobierno”, y una creciente brecha entre ingresos y gastos bajo la tardía dinastía Ming—. Aunque estas explicaciones no pueden ser descontadas directamente, tienen que ser ubicadas en el contexto de un ascenso y caída del sistema mundial rastreado en este libro.

¿Podrían las dificultades económicas experimentadas por China haber sido causadas, al menos en parte, por el hecho de que el sistema mundial había colapsado en derredor? Esta es una línea de razonamiento válida de explorar. Es nuestra hipótesis que los fundamentos de ese sistema habían comenzado a erosionarse tempranamente en el siglo XIV, que fue precipitadamente debilitado por las epidémicas muertes en la mitad y fines del siglo XIV, y que finalmente fuera minado completamente por el colapso del “imperio” mongol que, aunque permitió a los Ming llegar al poder, también cortó a China de sus hinterlands. De ahí, lo que es visto en la historia china de una restauración de una dinastía legítima tiene que ser vista en una perspectiva del sistema mundial como la fragmentación final de un circuito más grande del comercio mundial del siglo XIII en que China había jugado tal rol importante (1989: 323-24).

95 Abu-Lughod, 1989: 338

96 Bloch, 1976: 134-35

97 Strayer, 1955: 222

98 Anderson, 1974a: 42

99 Brenner, 1985b: 233

100 Polanyi, 1957: 57

Título original: “The West, Capitalism, and the Modern World-System”. Publicado enReview, Vol. 15, N° 4, año 1992, Fernand Braudel Center

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