Escrito por Francisco Cabanillas. LQSomos. Mayo 2012
Dejaron un pan en la mesa,
mitad quemado, mitad blanco,
pellizcado encima y abierto
en unos migajones de ampo…
Gabriela Mistral
Si a lo francés prefieres lo criollo,
y tu apetencia, con loable intento,
pírrase por ajiaco y ajopollo
y sopón de embrujado condimento,
toma este calalú maravilloso
con que la noche tropical aduna
su maíz estrellado y luminoso,
y el diente de ajo de su media luna
en divino potaje sustancioso.
Luis Palés Matos
Trigo. En la pizzería, a los pocos comensales reunidos a esa hora, un tanto pasadas las dos de la tarde —en estas latitudes, amigos mexicanos, españoles o argentinos, se almorzaba a las doce— la mesera les llenaba el vaso de Coca Cola cada vez que daba una ronda por el comedor. Un vaso tras otro, como si fuera agua gratis; Coca ilimitada. ¿O no? A ella, por supuesto, acogida a la economía del refill gringo, le daba igual dar una vuelta de vez en cuando y llenar los vasos que fuera necesario rellenar: ¿cómo olvidar los seis euros que, a principios de 2007, pagué en un restaurante romano por una latita de Sprite? Con una gaseosa así, sea Coca o Sprite, a cualquiera se le derretían los dólares en la salsa de tomate.
Los dos o tres gatos que se requedaron en la pizzería, rascándose el culo y tocándose las bolas a lo Bukowski, hablando mierda, riéndose al cohete, se podían quedar parloteando, si les daba la gana, el resto de la tarde; para la mesera, eso era lo de menos. A nadie, realmente, molestaban. Al centro de la pizzería, sobre una base atornillada que, cogida por cuatro varillas, colgaba del techo, descansaba un proyector con tres lentes de colores que proyectaban la imagen televisiva sobre la pared en blanco que estaba al frente. Por fortuna, casi no se oía lo que decían los periodistas de Fox News.