Escrito por Francisco Cabanillas. LQSomos. Abril 2012
Mi restorán abierto en el camino
para ti, trashumante peregrino.
Comida limpia y varia
sin truco de especiosa culinaria.
Luis Palés Matos
La sopa de plátano entonces nos devuelve a toda
nuestra negritud y mulatez, la espolvoreamos muy
criolla y delicadamente con queso blanco rallado al
momento de servirla.
Edgardo Rodríguez Juliá
Mapa. Ni en la cima de la montaña bajo la sombra de los flamboyanes, a la merced de un fresco paradisíaco, ni a la orilla de la costa de frente al sol, con un calor de tres pares de cojones; no, la ubicación —imagínatela, si gustas, como una geopolítica del saber— se da en una geografía más contaminada por el trajín de todos los días, hollín de la mejor cotidianeidad.
Mi restorán, también se puede pensar que ha sido, en un pasado no muy lejano, una fonda boricua, estaba —¿trashumante peregrino?— en medio de la llamada zona metropolitana, una megalópolis húmeda de mucha densidad poblacional por la que fluía la gente a pie, en carro, en guagua y en bicicleta. Innombrada en el fundacional Elogio de la fonda (2001), estamos en un vecindario clase media que, a partir de la modernidad, venía transformando desde mediados de siglo XX su calle más importante —la Avenida San Alfonso— en una zona poco a poco comercial; por eso las viviendas se habían transformado en farmacias criollas, en iglesias protestantes, en gasolineras, en pizzerías, en talleres de mecánica, en bares de esquina con mesas de billar y techos de aluminio, en tiendas de artículos de segunda mano, en laboratorios clínicos, en agencias hípicas, entre otros animales, incluidos los fast foods gringos, de la fauna cotidiana.