Escrito por Francisco Cabanillas. LQSomos. Marzo 2012
Pidió una olleta d’Alcoi y una espaldita de cabrito asada, la comida era excelente y Carvalho la homenajeó encendiendo un Cerdán, un puro dominicano-catalán que producía un obseso tabaquero barcelonés instalado en Santo Domingo. Manuel Vázquez Montalbán
La arepa es de “harina de pan”, porque la de arroz es un dato de la arqueología culinaria puertorriqueña. Perfectamente voladitas, regordetas y sopladas con aire ciego —cuidado al comerlas porque se pueden quemar los labios con el vaporizo cliente—, nada tienen que ver con la sabrosa arepa venezolana, que es de harina de maíz y de consistencia algo basta, sin cuerpo liviano, sin la gracia de inflarse toda de pomposo aire. Y muy lejos están de las colombianas que desayuné en Cartagena, un huevo frito oculto en el centro de su alma contrabandista. Edgardo Rodríguez Juliá
1º de marzo: en el Distrito Federal. Al aterrizar en México, el panorama que se veía desde lo alto del avión parecía infinito: abajo, una ciudad sin límites se quedaba con todo el horizonte que se divisaba desde la ventanilla; un mundo de muros blancos, de otros muchos colores y formas, de edificios que parecían hileras de gigantes en un universo de enanos. Por eso, fue fácil distinguir, casi al aterrizar, el Paseo de la Reforma: mírala, allá estaba la glorieta que Porfirio Díaz (1830-1915) le había hecho al ángel de la independencia. Desde el marco de la ventanilla, la antigua Nueva España se dejaba poner en la mirilla; mírala, una megalópolis en ebullición neoliberal, inscrita en un país que, desde antes del “Plan México” (2007), experimentaba un proceso creciente de militarización; un país, por otro lado, a punto de privatizar el petróleo. Míralo, ¿estaba el regreso de Quetzalcóatl a la vuelta de la esquina?
Del aeropuerto chilango a la estación de autobuses, TAPO, resultó una movida muy fácil y también fluida, sin contradicciones ni contratiempos, sin venganzas de ningún Moctezuma. Antes de salir para Xalapa en autobús —un periplo de cuatro horas— había que comer algo en la estación, localizada en un edificio redondo, grande, con dos niveles en un solo piso; un edificio, con el techo muy alto, en cuyo centro, abajo, se encontraba, a la redonda, como tenía que ser, la comida mexicana que comía el pueblo transeúnte. Había poco tiempo para comer, pero fue suficiente, sin embargo, para pedir una carne de res con tortillas de maíz, frijoles negros y mole verde, una salsa de acción lenta pero segura, a base de tomatillos y chiles: otro regalo picoso de los dioses mesoamericanos. Un platillo rápido, bueno, más que suficiente para mantenerse en pie, hasta llegar, por la noche, a Xalapa, cuya ingestión requirió tomarse, a caballo, una segunda Modelo Especial que calmara un poco el calentón que la salsa verde había hecho estallar en el cuero cabelludo, encharcado en un sudor copioso y fresco, como si, además de sabroso, el pique verdoso se encargara de limpiar las impurezas de la razón. Ahora, por supuesto, todo se veía más claro, sobre todo la altura del techo circular: un pequeño dios geométrico.