Lo Que comemos

¿Qué hay detrás de una “comida feliz”?

Hambre y obesidad, consecuencias de la globalización agraria y alimentaria

¿Cómo y cuándo educar en un consumo responsable a niñ@s y adolescentes?

La inseguridad alimentaria hoy es también un problema educativo.

La inseguridad alimentaria en lo que respecta a la cantidad y distribución de los alimentos, es un problema antiguo y sangrante por ser la causa directa de la malnutrición, el hambre y la muerte de una parte significativa de la población mundial. Esta es la dimensión cuantitativa de la inseguridad alimentaria.

La calidad y la seguridad de los alimentos que comemos está cada vez más en entredicho a raíz de los escándalos alimentarios. Con ello, crece la desconfianza de la población. A su vez, se han puesto de manifiesto las contradicciones de la alimentación actual. Los ingredientes: dioxinas en los pollos, priones locos en las vacas, transgénicos y antibióticos para el engorde; las formas y condiciones de producción y de trabajo en el campo y en las industrias de transformación:

Intensificación de cultivos y ganado, alteración de los procesos naturales, competitividad y abaratamiento de costes a ultranza, mano de obra precarizada en las industrias de transformación y empleada en condiciones de esclavitud en los invernaderos; las formas de distribución y consumo:

Pidió una olleta d’Alcoi y una espaldita de cabrito asada, la comida era excelente y Carvalho la homenajeó encendiendo un Cerdán, un puro dominicano-catalán que producía un obseso tabaquero barcelonés instalado en Santo Domingo. Manuel Vázquez Montalbán

La arepa es de “harina de pan”, porque la de arroz es un dato de la arqueología culinaria puertorriqueña. Perfectamente voladitas, regordetas y sopladas con aire ciego —cuidado al comerlas porque se pueden quemar los labios con el vaporizo cliente—, nada tienen que ver con la sabrosa arepa venezolana, que es de harina de maíz y de consistencia algo basta, sin cuerpo liviano, sin la gracia de inflarse toda de pomposo aire. Y muy lejos están de las colombianas que desayuné en Cartagena, un huevo frito oculto en el centro de su alma contrabandista. Edgardo Rodríguez Juliá

1º de marzo: en el Distrito Federal. Al aterrizar en México, el panorama que se veía desde lo alto del avión parecía infinito: abajo, una ciudad sin límites se quedaba con todo el horizonte que se divisaba desde la ventanilla; un mundo de muros blancos, de otros muchos colores y formas, de edificios que parecían hileras de gigantes en un universo de enanos. Por eso, fue fácil distinguir, casi al aterrizar, el Paseo de la Reforma: mírala, allá estaba la glorieta que Porfirio Díaz (1830-1915) le había hecho al ángel de la independencia. Desde el marco de la ventanilla, la antigua Nueva España se dejaba poner en la mirilla; mírala, una megalópolis en ebullición neoliberal, inscrita en un país que, desde antes del “Plan México” (2007), experimentaba un proceso creciente de militarización; un país, por otro lado, a punto de privatizar el petróleo. Míralo, ¿estaba el regreso de Quetzalcóatl a la vuelta de la esquina?

Del aeropuerto chilango a la estación de autobuses, TAPO, resultó una movida muy fácil y también fluida, sin contradicciones ni contratiempos, sin venganzas de ningún Moctezuma. Antes de salir para Xalapa en autobús —un periplo de cuatro horas— había que comer algo en la estación, localizada en un edificio redondo, grande, con dos niveles en un solo piso; un edificio, con el techo muy alto, en cuyo centro, abajo, se encontraba, a la redonda, como tenía que ser, la comida mexicana que comía el pueblo transeúnte. Había poco tiempo para comer, pero fue suficiente, sin embargo, para pedir una carne de res con tortillas de maíz, frijoles negros y mole verde, una salsa de acción lenta pero segura, a base de tomatillos y chiles: otro regalo picoso de los dioses mesoamericanos. Un platillo rápido, bueno, más que suficiente para mantenerse en pie, hasta llegar, por la noche, a Xalapa, cuya ingestión requirió tomarse, a caballo, una segunda Modelo Especial que calmara un poco el calentón que la salsa verde había hecho estallar en el cuero cabelludo, encharcado en un sudor copioso y fresco, como si, además de sabroso, el pique verdoso se encargara de limpiar las impurezas de la razón. Ahora, por supuesto, todo se veía más claro, sobre todo la altura del techo circular: un pequeño dios geométrico.

La cocina del África Subsahariana, presenta sus características a imagen del entorno, y varía en función de lo que ofrece el mismo.
Una constante es el plato principal (generalmente único), compuesto de verduras y/ o legumbres acompañado de carne o pescado.

Esta cocina artesanal por excelencia, conlleva la garantía de consumir productos en estado puro, pero con el inconveniente de una elaboración más laboriosa. Ya se sabe: un fuego lento es una garantía de un plato más sabroso.

La Gastronomíaes uno de los factores más importantes en las relaciones humanas en todas las culturas. Las recetas que presentamos a continuación, pretenden ser un pequeño estímulo más para la convivencia intercultural entre africanos y autóctonos, y un instrumento de ayuda para el conocimiento de la cultura de los pueblos del África subsahariana por todos nosotros.

Alrededor nuestro se fatiga una industria cuya misión comercial es abastecer el mercado de animales, vegetales y minerales para comer. Antes de que el cristianismo consagrara la eucaristía como metáfora del canibalismo, la antropofagia era una práctica común a la hora de alimentarse. Lo mismo daba que fueran tribus primigenias, que civilizaciones como los mayas. El ser humano comía y era comido por sus congéneres, como cualquier otro animal.

En pleno siglo XXI, algunas prácticas granjeras siguen siendo brutales e innecesarias; como por ejemplo:

La muda forzada es una práctica utilizada para aumentar la “vida económica” de las gallinas ponedoras en las granjas, simulando un invierno express, después de la cual se puede aumentar algo la producción.

Esta práctica se basa en dejar a oscuras y sin comida a las gallinas por un período de dos semanas, tras el cual, las gallinas sobrevivientes han perdido una media del 28% de peso corporal. Además, cuando la falta de comida no les genera suficiente estrés como para forzar la muda, se les deja de suministrar agua hasta tres días.

Está práctica predispone a las aves a una mayor susceptibilidad a infecciones de colibacilosis, clostridiosis, salmonelosis y cólera aviar, pues el sistema inmune está en un estado deplorable.

Explicar a tus padres, que son gente de costumbres, que deben reducir el consumo de carne por el bien planetario, es complejo.

Es un ejercicio de asimilación por su parte que precisa de unos buenos argumentos de apoyo, que tal vez, les haga comprender la relevancia socioeconómica y ambiental que supone esa reducción. Este post trata de ser una hoja de ruta argumental para convencer a esos escépticos familiares y amigos sobre el consumo y sus formas.

Hay que hacerlo por el agua

Según el científico J. Anthony Allan, ganador del Stokholm Water Prize (considerado el “Premio Nobel del agua”) reduciendo nuestro consumo de carne a favor del de verduras y legumbres, haría que la cifra de más de 6.000 litros de agua que un español consume de media al día, se redujese considerablemente. Esta cantidad es de “agua virtual”, es decir, la que se establece de sumar al consumo la utilizada en la fabricación de alimentos y productos varios. Según Allan "sólo los ciudadanos y las sociedades pueden cambiar este sistema" por lo que se debe actuar desde casa, desde lo local.

Cada vez más comunidades del sur de Estados Unidos recurren a las cooperativas como manera de producir y consumir alimentos de un modo sustentable.

Varias cooperativas esperan expandir lo que ven como un modo de vida, más que apenas "una experiencia comercial".

Uno de esos emprendimientos es Sevananda Natural Foods Market, creado hace 37 años en Atlanta, la capital del sudoriental estado de Georgia. Sevananda planea llevar a cabo varios programas en ocasión del Año Internacional de las Cooperativas. Entre ellos figuran actividades mensuales a lo largo del año, según explicaron Holly Blain, gerenta de servicios a sus integrantes, Tom Pawlenko, gerente general, y Ahzhah Simons, gerente de publicidad y mercadeo.

Los tres participaron en una entrevista telefónica colectiva con IPS. "Intentamos hacerlo todo de modo cooperativo", argumentaron.

Los eventos son "una oportunidad para que extendamos las relaciones que tenemos con los miembros más allá de la experiencia comercial", dijo Simons.

Sevananda tiene unos 4.000 integrantes, pero a diferencia de algunas cooperativas también pone sus alimentos a disposición del público en general. Sus miembros comparten las ganancias de al tienda y participan en la elección de la junta de directores.

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