Infidelidad

Un hombre, nos cuentan las agencias mercantiles de noticias, sospechaba de la actitud de su esposa. Y tan “embutido” debía estar el pobre de la razón tecnológica que, envuelto en una gran mentira le regaló a su esposa un chisme llamado iphone 4s, cargado con un ultimísimo modelo de programa “fabricado para vigilar conductas sospechosas” y que atiende por Find my friends. Este personaje anda tan contento ahora, escribiendo por los submundos de la tecnología “digital” que gracias al susodicho programita “cazó” la grave infidelidad por una captura de pantalla. Y descubrió que la señora le había mentido. Dicen los mercaderes del asunto que estas pantallas son un precioso tesoro.

Desde el derrumbe de las torres atacadas, lo que queda de la ruina de este sistema en caída libre puede verse a través de un click sospechador. Las torres siguen cayendo, ahora a cámara lenta. Dentro de esas torres seguimos estando todos los que trabajamos, cada vez menos, para ganar el pan con el sudor de nuestras frentes. No estarán, quizás, los que acabarán sus días, salvo insospechada masiva indignación imprudente, en una onírica playa pulsando el botón del programa que les indique, en la próxima aplicación, por donde está la salida.

Mientras tanto, hasta que llegue el tiempo en el que nuestros esqueletos sean memoria de una revolución pendiente, en Bolivia, el país de las empanadas, la imperial cadena de la comida basura, la del payaso de los morros amarillos que atiende por McDonalds, ha fracasado. Los bolivianos tienen la costumbre y la tienen a gala, de detenerse lentos en un puestecito de sus avenidas para comerse una salteña. La salteña es una pequeña empanada caliente rellena de carne, verdura… que, al hincarle el diente, suelta un jugo sabroso que te empapa las manos. Las mujeres bolivianas, las indígenas que cargan a sus espaldas con la hoja de coca y a sus bebés, andan curvadas y pacientes, siempre pacientes, resistiendo las alturas de su geografía que ennegrece su piel y las injusticias de los dueños de su tierra que adelantan su vejez, ahora escondidos y huidos porque les echó de allí un pueblo que acompaña al hombre de la chompa. Ellas son las que fabrican con mimo, las que venden y las que compran mayormente la sabrosa y rica salteña del mediodía que, año tras año, como una digestión lenta, ha hecho cerrar uno tras otro los restaurantes de las hamburguesas que les envenenaban.

Mientras seguimos cayendo en picado por el derrumbe, resulta que una cultura terca, llena de sabor a vida lenta, ha ganado la batalla al “american way of life”, que continúa feroz, como un lobo hambriento, olfateando a las ovejas más débiles, aplicando el nuevo click en búsqueda del infiel. Pues resulta que en los Andes bolivianos no necesitan del último invento del mercado de la telefonía para dar la cara. Su fidelidad a sí mismos sigue hoy, en pie.

* "Botón de muestra” emitido el 5-11-2011, en “El Candelero”

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