Infierno disfrazado

Juan Gabalaui*. LQS. Octubre 2019

La democracia española es fundamentalmente formal, es decir, no es, ya que no se puede construir una democracia real asentada en una institución no democrática como la monarquía y con lazos irrompibles con la dictadura

José Luis Rodríguez Zapatero ha dicho que la exhumación del dictador fascista hace a la democracia española más perfecta. Sin duda que la exhumación es un hecho relevante, que ha sido demandado por los movimientos sociales antifascistas y de recuperación de la memoria durante décadas. Los santuarios dedicados a dictadores, objetos de honra y adoración, no son raros en el mundo. Taiwán o Corea del Norte, dos países social y políticamente muy diferentes, tienen los suyos. La perpetuación de figuras históricas que han cometido crímenes de estado tiene un impacto real y simbólico en la construcción de sociedades basadas en libertades y derechos fundamentales de las personas. De hecho, suponen un encallamiento. Es algo parecido a las heridas que sufrimos a lo largo de la vida. Tenemos que curarlas, colocando lo ocurrido en una parte de nosotros donde no nos haga daño. Si sigue presente, nos afecta y nos condiciona nuestra forma de estar en el mundo. La permanencia de símbolos propios de regímenes cruentos y opresivos como el fascismo español nos mantiene fijos en un espacio temporal aunque se hayan construido contextos sociales y políticos diferentes. Avanzamos pero a la vez estamos quietos. La democracia entendida como proceso se desarrolla formalmente pero se mantiene estática en un punto muy inicial cuando no se ha sabido lidiar con nuestros propios monstruos. La exhumación de Franco es solo un principio que tiene que permitir el desbloqueo de acciones de reparación y justicia.

La democracia española no es perfecta por lo que difícilmente la exhumación puede convertirla en algo más perfecta. Es más, la democracia española es fundamentalmente formal, es decir, no es, ya que no se puede construir una democracia real asentada en una institución no democrática como la monarquía y con lazos irrompibles con la dictadura. Vivimos una escenificación con las sombras de lo que podría ser una democracia. Los nostálgicos del antiguo régimen y los paniaguados equidistantes se revuelven contra cualquier acto que tenga que ver con la conjuración de los elementos franquistas que anquilosan a la sociedad. Lo llaman venganza, revancha o guerracivilismo pero en realidad desean que se dejen las cosas como están, sin enjuiciar ni reparar una de las etapas más negras de la historia española. Les disgusta mirar a los monstruos porque en el fondo se reconocen en ellos y no nos gusta mirarnos en un espejo y vernos deformes. Pero para avanzar tenemos que mirar nuestra deformidad. No hay otro camino. En la medida en que nos acerquemos a las líneas sensibles, que suelen estar en relación directa con el dinero, la reacción será furibunda pero con un elemento diferencial con respecto a la dictadura. Su base social es débil y confusa. Aun así no se debe nunca subestimar. El extremismo fascista se acerca al frikismo pero el franquismo sociólogico, que comparte valores y principios atemperados por el contexto actual, está mucho más extendido. Sin que lo sepan los afectados. Son los que se miran al espejo y ven un rostro de bellas facciones.

La mirada hacia lo que representa el fascismo español es benevolente. Franco no fue tan malo. Muchas de las personas que no reconocen la deformidad tienen opiniones suaves e indulgentes con el régimen fascista. Ni siquiera lo vinculan con el fascismo italiano o el nazismo alemán. Fue una dictadura amable. Suelen repartir culpas y justificar el golpe de estado, al que tampoco se refieren como tal. Fue un alzamiento necesario. Se esfuerzan por resaltar supuestas virtudes como la seguridad y el orden, cuestionables avances sociales o la llegada de la democracia. Franco trajo la paz. Esta mirada no se entendería sino fuera por los cuarenta años de dictadura. Ni el nazismo ni el fascio tuvieron tanto tiempo para penetrar en la psicología social, colarse en sus más intrincados recovecos y moldear la mirada sobre lo que sucedía alrededor. Lo que nos cuentan sobre el paraíso terrenal del fascismo español se conoce en el resto de Europa como revisionismo. Una manera de revisitar la historia para conformarla al gusto de los verdugos. Una manera de retorcer los hechos para que coincidan con mis planteamientos y salir airoso de lo que en otros lugares se cataloga como represión, tortura, estrategias de exterminio, asesinatos, violencia y restricciones de derechos y libertades fundamentales. Se normalizó la dominación y el control del cuerpo y la psique humana. Décadas después los esclavos siguen levantando el brazo en honor de un infierno disfrazado de paraíso.

La equidistancia es la posición que han adoptado muchos de los herederos de estos relatos. Es uno de los modos que se han encontrado para conjugar el apoyo, o al menos la no condena del fascismo español, con vivir en un sistema de democracia formal. Prácticamente nadie es equidistante en relación al nazismo. Se condena aún sabiendo que durante la segunda guerra mundial el bando aliado cometió crímenes contra la humanidad, como las violaciones de mujeres alemanas por parte de miembros del ejército ruso, estadounidense y francés o las dos bombas nucleares que se lanzaron en territorio japonés. En el estado español si hablas con un equidistante te hablará de Paracuellos o de la supuesta persecución religiosa mientras se niega a condenar firmemente el fascismo. La equidistancia es uno de los fenómenos que ayudan a que no veamos la deformidad cuando nos miramos en el espejo. Nos permite negar o difuminar nuestra monstruosidad mientras señalamos insistentemente las fallas de todos. El Estado español está repleto de equidistantes que se autoconvencen con sus autoengaños prefabricados. Esta equidistancia es similar al centro político. Crea la ilusión de estar en el medio de los extremos, una suerte de engañosa sensatez y moderación. Pero ante el horror no cabe equidistancia. Participas o te sitúas frente a ello para exorcizarlo. El riesgo de no expulsarlo es que vuelva a tomar el control de tu cuerpo y tu mente.

Ilustración de Acacio Puig (clic sobre la imagen!)
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* El Kaleidoskopio

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