Inmigrantes a la deriva

Tomás F. Ruiz. LQS. Agosto 2019

La Europa aria renace de sus cenizas

Europa, el viejo continente, ha sido a lo largo de toda su historia un lugar privilegiado en el que siempre han convivido, por las buenas o por las malas, culturas muy diferentes, algunas incluso abiertamente hostiles y enemigas entre ellas. Esa situación multicultural y ese inevitable contagio ideológico, han sido el crisol donde se ha gestado una conciencia social universal que sirvió de abono a las grandes revoluciones modernas: la revolución francesa, aquella que puso la libertad, la igualdad y la fraternidad como norte indiscutible de todo progreso del ser humano; las agitaciones sociales y políticas que convulsionaron el viejo continente a lo largo de todo el siglo XIX y que prepararon a las clases obreras europeas para el estallido de la vecina revolución rusa. Esas culturas europeas, encendidas por un encomiable gesto de solidaridad universal, fueron las mismas que defendieron a España de la barbarie franquista (las brigadas internacionales) y las que organizaron la resistencia antifascista que, a lo largo de la segunda guerra mundial, luchó con coraje desde la clandestinidad para evitar que Europa entera cayera en manos del sanguinario y demente fhürer.

Sin embargo, no hay que olvidar que también Europa, los países europeos ricos para ser más exactos, han sido los principales expoliadores de África y de sus generosos recursos naturales. Para ello, no han demostrado ningún tipo de escrúpulos, convirtiendo lo que ellos llamaron “colonización del continente africano” en una desalmada vorágine sin otro propósito que el saqueo económico de sus recursos naturales.

Tampoco hay que olvidar que durante cerca de un milenio, los europeos estuvieron “cazando negros” en África como si de animales se tratara; con el propósito, legítimo y encomiable en aquellos años, de hacerse ricos a costa de esclavizar otras vidas humanas. Obispos, arzobispos, cardenales y hasta pontífices de la Iglesia católica participaron de esa vorágine sin ningún remordimiento de conciencia, bendiciendo desde sus pútridas instituciones el sistema esclavista y recibiendo, como pago por sus servicios espirituales, una buena parte de sus pingües ganancias. Parece que ninguno de ellos se sintió culpable por lo que hacía. ¿O es que los negros no estaban considerados entonces seres humanos? Los caminos del Señor son inescrutables… ¡Alabado sea el todo misericordioso dios blanco!

Los abominables mercados europeos de esclavos

Tras haber sido capturados en sus territorios africanos por negreros, los cautivos africanos que sobrevivían a la dura travesía marítima que les esperaba, eran vendidos como esclavos en los mercados de los puertos europeos. Esta situación se prolongó hasta finales del siglo XIX, cuando la esclavitud fue definitivamente abolida en toda Europa. Curiosamente, fue la conservadora corona inglesa la primera que la abolió (1807) y España una de las últimas (1880).

El desprecio que ahora demuestran los gobiernos europeos hacia esos refugiados que sobreviven hacinados en la cubierta de un barco, evidencia hasta qué punto siguen considerando sus vidas insignificantes. Ahora, parapetada en su bunker histórico de absoluta indiferencia ante la tragedia humana que se desencadena en el Mare Nostrum, la todopoderosa Unión Europea se niega a dar cobijo a medio millar de refugiados africanos; les prohíbe igualmente utilizar sus puertos, navegar por sus aguas jurisdiccionales y los amenaza con encarcelarlos si logran alcanzar sus costas. La UE ya lo ha dejado bien claro: no variará un ápice su política migratoria ante estos desafortunados refugiados. Si es necesario, para evitar el efecto llamada, los dejará morir de hambre en medio del mar Mediterráneo. En momentos así, ser un ciudadano europeo me causa una insoportable repugnancia.

El viejo continente europeo, la Europa exquisita donde nació el racionalismo y donde se impuso el valor de la fraternidad gracias a la revolución francesa, cierra los ojos ante esta alarma; se niega a aceptar su responsabilidad histórica

Indemnizar a África, un deber europeo

El expolio que ha sufrido África por parte del bloque de países que se autodefinieron como “civilización occidental”, con Europa a la cabeza, ha sido metódicamente devastador y humanamente abominable.

Por mucho que Europa, en un arrebato de honestidad (del que se encuentra muy lejos actualmente), quisiera cumplir con su deber histórico y compensar a África por todo el daño que le ha infligido, no habría forma, ni económica ni humana, de indemnizarla. Si han sido millones y millones de esclavos los raptados en África por barcos con bandera europea; millones y millones los sacrificados en la travesía a bordo de ataúdes flotantes; millones y millones los humillados y explotados bajo la legalidad del detestable esclavismo… ¿Cuánto podría pedirse como indemnización por todas esas vidas humanas? Y con respecto a los castigos que sufrían… ¿Cuántos millones y millones de latigazos han sido descargados en las espaldas de los esclavos negros? ¿Cuántos millones de niñas y mujeres negras han sido violadas por ser, pura y llanamente, consideradas propiedad del hombre blanco?

La pregunta está en el aire: ¿A cuánto ascienden todos esos daños provocados por la codicia insaciable del hombre blanco?… ¿En cuánto podría valorarse el inconmensurable daño hecho por Europa al continente negro? En vez de aplicarse en pagar esa vergonzosa deuda contraída, los gobiernos europeos corren un velo sobre su barbarie esclavista y se niegan a reparar el daño cometido lo largo del último milenio. Muy por el contrario, continúan, ya en el siglo XXI, con su salvaje explotación de recursos y saqueo sistemático de territorios africanos. Ahora los gobiernos europeos ya no cazan “negros” para esclavizarlos; se limitan a provocar guerras en sus territorios y a dejarlos que se maten entre ellos. Esta situación es tan dolorosamente inadmisible que tiene a Europa arrinconada al borde de un abismo.

Barcos llenos de refugiados, a la deriva en el Mediterráneo

Hay dos barcos a la deriva por el Mare Nostrum. Estos barcos se llaman Open Arms y Ocean Viking. Son naves de rescate de organizaciones humanitarias que llevan una carga de cerca de medio millar de seres humanos. Están pidiendo a los países europeos cobijo para sus pasajeros, pero ningún gobierno se lo ofrece.

Se trata de una medida de humanismo a la que Europa está obligada a responder, de un gesto de solidaridad hacia la especie humana a la que todos pertenecemos. Pero el viejo continente europeo, la Europa exquisita donde nació el racionalismo y donde se impuso el valor de la fraternidad gracias a la revolución francesa, cierra los ojos ante esta alarma; se niega a aceptar su responsabilidad histórica en este dramático escenario en el que las vidas de medio centenar de personas están en juego. La declaración de los Derechos del Hombre hizo de Europa el continente más avanzado en la defensa de los derechos humanos a finales del siglo XVIII. Aquel asombroso gesto de solidaridad universal, con el que la población europea abolió la esclavitud, no parece ser el inspirador de los despreciables e inhumanos gobiernos que rigen ahora Europa.

La Europa aria impone su supremacía

Con bombas fabricadas por la UE y con misiles vendidos por empresas europeas, el viejo continente destruye sistemáticamente los territorios africanos y enmascara estas guerras bajo injustificadas razones que le sirven para enriquecerse. Los sanguinarios dictadores y los gobernantes corruptos que privan a las poblaciones africanas de sus legítimos medios de subsistencia, están siempre bajo el amparo de Occidente y actúan bajo sus órdenes. La vida en África es aplastada por el hambre, la desertización, las guerras y las epidemias… ¿Cómo pretenden que en esos países devastados y sometidos a brutales tiranos pueda vivir nadie?

La Europa que se niega a dar cobijo a los refugiados africanos es la misma que promueve políticas racistas, la que criminaliza y encarcela inmigrantes, la que los tortura, la que los deja morir negándoles asistencia médica cuando enferman. Esa es la Europa aria, la misma que, como el ave Fénix, resurge de sus cenizas.

Para solucionar el problema de la inmigración, Europa levanta muros en sus playas. A aquellos que logran saltarlos, los captura y los interna en centros de refugiados. Paralelo al resurgimiento de la Europa aria, algunos gobiernos acarician secretamente la idea de aplicar la solución final y construir asépticos crematorios para solucionar el problema del hacinamiento de inmigrantes. Si seguimos en manos de los descerebrados gobiernos y las desalmadas instituciones que ahora gobiernan el viejo mundo, no me cabe duda de que el mismo Consejo de Europa acabará aprobando programas de exterminio masivo, tan monstruosos y espeluznantes como los que aplicó la Alemania nazi contra los judíos. Ese es el mundo que vivimos en el siglo XXI en Europa, una Europa cada vez más cercana a la supremacía de la raza aria que Hitler reivindicaba.

Un primer paso hacia la normalización de esa situación sería abrir sus puertos a todos los africanos desplazados de sus territorios que vagan estos días a la deriva por el mar Mediterráneo y compensarlos con una vida digna

Disparos contra inmigrantes desarmados en España

Cada nuevo día que pasa, los dos barcos humanitarios recogen aproximadamente a medio centenar más de refugiados que intentan alcanzar la orilla europea del mar Mediterráneo a bordo de sus frágiles pateras. Todos son seres humanos como nosotros, hombres y mujeres que luchan por sus familias, que ansían la paz y el bienestar en sus territorios; pero a los que el mundo civilizado, la Europa a la que se dirigen, les niega esos derechos humanos.

Esa Europa es la que quiere resucitar el nuevo Ducce, el actual ministro de Interior Matteo Salvini, futuro candidato al fascismo de la nueva Italia. El ministro Salvini no solamente se ha negado a acoger a los refugiados que transportan los barcos humanitarios; también se burla de ellos y les sugiere ir a veranear a las playas de Canarias en vez de andar vagando sin rumbo por el mar Mediterráneo. Cuando leo noticias como ésta sobre Italia, logró comprender la furia salvaje de que fue objeto Mussolini cuando cayó en manos del pueblo italiano, que tras juzgarlo y fusilarlo, lo mantuvo colgado durante horas en la gasolinera de una plaza milanesa. O si no, la despreciable actuación de la justicia española, que absolvió a los 17 guardias civiles que asesinaron a tiros, a sangre fría y con premeditación, a 15 inmigrantes africanos cuando intentaban alcanzar a nado las costas españolas en la playa del Tarajal (Ceuta).

La memoria perdida

Europa parece carecer de memoria histórica. No solamente se ha olvidado de la inmensa deuda pendiente que tiene con África, sino que no se plantea en ningún momento rectificar la despreciable política de exterminio que viene practicando con ella… Y menos aun compensar a sus víctimas, ofreciéndoles condiciones para rehacer sus vidas y reconstruir sus devastados hogares.

Un primer paso hacia la normalización de esa situación sería abrir sus puertos a todos los africanos desplazados de sus territorios que vagan estos días a la deriva por el mar Mediterráneo y compensarlos con una vida digna. Un gesto así demostraría la voluntad europea de saldar la enorme deuda contraída tras tantas atrocidades cometidas contra África.

Sin embargo, parece que el propósito de Europa es justamente lo contrario: rechazar a estos refugiados y abandonarlos a su suerte de náufragos… ¿Quo Vadis Europa?… ¿De nuevo hacia el abismo de la supremacía blanca?

– Ilustración de portada de Yasser Ameur, Argelia.

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