¿Qué es eso del duende?

Hace unos días cantó aquí, en Las Palmas de Gran Canaria, Miguel Poveda, y lo hizo acompañado a la guitarra de Chicuelo, además de un pianista cuyo nombre no recuerdo

No soy un entendido en cante flamenco, simplemente, hay cantes que me conmueven, me hacen vibrar, tanto da si son originarios de la Mongolia Inferior o del Bajo Llobregat, y el flamenco tiene la propiedad de hacerme sentir en casa.

Nadie espere, pues, que le explique en qué consiste eso del duende en el flamenco.

Para mí en especial, el flamenco es un lamento, pero también un grito de rebeldía ante la injusticia: la injusticia de la explotación del amo y la del sentirse rechazado por la mujer a la que se ama.

Pero también me alcanzan los ecos de los disparos de la madrugada de julio de hace setentaiseis años, con gentes obreras intentando parar el golpe fascista en el popular barrio de Triana. Me traen el silbar de las balas en la madrugada de un día de agosto en el que el poeta amado de estos pueblos es asesinado en el barranco de Víznar; me trae la imagen de la madre de luto, zurciendo una prenda bajo la radio de cretona, que traía, envuelta entre ruidos extraños de ondas remotas, coplas de don Antonio Mairena, el Ojos verdes de doña Concha Piquer, las grandes voces de los seriales radiofónicos, el reiterado El sitio de Zaragoza y otras piezas de corte nacionalista de los cuarenta. Me devuelven el sonido de la roldana en el acto de bajar mi padre el porrón de vidrio a las aguas de aquel pozo de la casa del barrio de Usera, en Madrid, donde se mantenía fresco; el  día en que la radio anunció a todo el Mundo la muerte del matador de toros Manolete por el toro Isleño, en la plaza de Linares, un remoto 29 de agosto de 1947, un día como otro cualquiera en el que los chicos, en vacaciones escolares, jugábamos a las chapas, en calles sin coches: al peón, a dola, con el aro o a la toña, mientras en la radio sonaban los nombres de los “héroes” del tour de Francia y los de los grandes equipos de fúbol españoles.

Me llega lejano el eco de noticias de cárceles donde penan hombres que hicieron una guerra, mientras en las lejanas montañas, los maquis azotan al general que aparece en el NO-DO inaugurando pantanos y casas baratas.

Supongo que para la gente en general de distintas generaciones, el flamenco tiene distintos significados, dependiendo mucho del momento político y económico en que asistimos a un espectáculo de este tipo: si lo hicimos en una confortable sala y plácidamente sentados en una buena butaca o si lo hicimos en una proletaria silla de tijera y en el interior de una de aquellas barracas de feria de hace setenta años; si lo contemplamos en un tablao flamenco listo para turistas o si lo disfrutamos desde las gradas de cemento de la Casa de Campo, con Meneses, Gerena, Morente y las libertades recién estrenadas en España.

Como no soy entendido en el tema ni sociólogo, me limito a exponer aquí mis impresiones y emociones, en el deseo de compartirlas con otros que vivieron aquellos años pretéritos y comunicárselas a aquellos que hoy se acercan por primera vez a este fenómeno cultural del cante flamenco.

Quizá debiera haber empezado por decir que, si no de igual manera, me emocionan y me alegran la vida también la jota aragonesa de La Bullonera, la jota castellana de Candeal y de Nuevo Méster de Juglaría, pero el flamenco es otra cosa y me llega de una manera singular.

Debe haber alguna explicación para que los cantes de las minas, las seguidillas, el fandango, las buleriás, nos lleguen de una manera más nítida a unos pueblos que a otros. Quizá sea por una proximidad geográfica que no comparte el pueblo vasco, que el madrileño, por poner un ejemplo, sintamos más inmediato el sentir de los cantes –“Madrid, rompeolas de las Españas”, que dijera don Antonio Machado-.

Repito que estas no son más que impresiones personales, y que no tienen otro valor documental que la emoción y la empatía que a mí me producen.

Los cantes de la “tierra de María santísima”, que dicen ellos, sin necesidad de mencionarlos, están impregnados del aroma de los nardos, de las flores de aquellos patios y aquellos balcones de las casas de Málaga, del papelón de “pescaito” frito tomado al fresco de cualquier terraza. Nos hablan de la Calle Sierpes, de los discursos de Queipo de Llano y de la biblioteca de la Casa del Pueblo arrasada por los falangistas cuando tomaron el pueblo; de los levantamientos populares en Fuenteovejuna, de un hombre fotografiado por Robert Capa en el momento de ser alcanzado por una bala mortal en Cerro Muriano, de nombres sonoros y hermosos que quizá nunca veremos: Benamejí, Écija y la leyenda de sus bandoleros; Chiclana, Carmona, Ronda, Granada, Guadix, Úbeda; Sevilla y los “recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero”, del poeta inextinguible.

Si de Sevilla dicen que huele a azahar, Andalucía es una columna interminable de jornaleros avanzando por una carretera, con banderas reivindicativas, con barba de días, con canciones de resistencia que hablan de hambres y derrotas, de jornadas de sol a sol y de victorias en campos de Marinaleda.

Andalucía son los omeyas, Blas Infante fusilado en la carretera de Carmona, un joven asesinado a tiros por la Guardia Civil por pintar en un muro…PAN, TRABAJO Y LIBERTAD (recuérdalo tú cuando te convoquen para la próxima mani o la próxima huelga.) Andalucía es el poeta-marinero Rafael Alberti, Cernuda, Velázquez, Picasso, Aleixandre, Altolaguirre, Bécquer, Falla, Góngora, Maimónides, la cultura árabe, las marciales formaciones de olivos que cantara el poeta oriolano. Andalucía es Gerald Brenan y su Laberinto español, y Al sur de Granada, y Yegen. Andalucía son sus pueblos blancos, sus capturas marineras, Abril, la Semana Santa y la pasión por el Betis; una cita de la republicana Mariana Pineda con su verdugo el 26 de mayo de 1831, el sol cautivo en una botella de vino, Juan Ramón y su Platero; Pedro Garfias, La Macarena, Julio Anguita, La Maestranza, Moreno Villa, Ignacio Sánchez Mejías y Camarón; el fusilamiento de los hombres de Torrijos, en las playas de la Málaga de 1831, el Quejío que llevó a Madrid el grupo La Cuadra, de Sevilla.

Si bien podemos afirmar que Andalucía entera no cabe en unas sevillanas, porque es algo más que todos aquellos tópicos del pasado; también podemos decir que la esencia de esa cultura tan rica estaba esa noche en el Teatro Pérez Galdós, y Miguel Poveda es un excelente embajador de la tierra que es cuna de la Constitución de 1812.  

¡Viva Andalucía republicana y socialista!

¡Triana, Triana!
¡Qué bonita está Triana
cuando le ponen al puente
banderas republicanas!

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"…..ya se encarga el capital, la monarquía

y elclero que haiga desigualdad…."

"……….ni guerra, ni Dios, ni amos…."

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