¡Yo acuso…! ¿Qué pasa en España?

Para Manuel San Pastor García, un abogado comprometido que trabaja a pie de calle, apoyando desinteresadamente a las familias desahuciadas.
El teólogo de la liberación Jon Sobrino afirma que en el mundo actual “un niño que muere de hambre, muere asesinado”. Creo que se puede aplicar el mismo razonamiento en el caso de los suicidios provocados por la crisis económica, particularmente en España, donde ya se han quitado la vida 3.158 personas desde 2007 a causa del paro, los desahucios y un creciente sentimiento de impotencia y desesperanza. Yo acuso a los políticos, los banqueros, los grandes medios de comunicación, las Fuerzas de Seguridad del Estado, la Casa Real, las grandes corporaciones empresariales, los tecnócratas de la troika y el agresivo neoliberalismo liderado por Estados Unidos, de ser los responsables de estos crímenes e invito a la ciudadanía a rebelarse contra un poder ilegítimo y antidemocrático que ha propagado la pobreza, el hambre y la desesperación. El escándalo del espionaje masivo organizado por las autoridades norteamericanas sólo corrobora que la fantasía orwelliana de 1984 ya es una dolorosa realidad. El actual Estado totalitario invoca sin cesar la democracia y la libertad, pero no deja de cometer abusos y exacciones. Los desahucios, los suicidios, la desnutrición infantil, no son efectos indeseados de la crisis económica, sino verdaderos crímenes contra la humanidad. La apología de la no violencia sólo es una estrategia inculcada desde las escuelas para sembrar el conformismo, el miedo y la resignación. Es la hora de que el miedo cambie de bando.
Platón nos dejó en la República su definición del mal absoluto: “sufrir la injustica y no poder luchar contra ella”. Su perspectiva no coincide con la nuestra, pues era un aristócrata ateniense que justificaba la esclavitud y la desigualdad. Sin embargo, las ideas tienen una vida propia y trascienden el tiempo. Yo percibo el eco de sus palabras en el famoso discurso de Malcom X en 1965: “Declaramos el derecho en esta tierra a ser un hombre, a ser una persona, a ser respetado como un ser humano, a obtener los derechos que le corresponden a un ser humano en esta sociedad, en esta tierra, en este día, que intentamos traer a la existencia por cualquier medio que sea necesario”. En España, se han ejecutado 350.000 hipotecas, según el Consejo General del Poder Judicial. El poder financiero y sus escritores venales se defienden, alegado que en muchos casos se trataba de comercios y segundas viviendas. Sin embargo, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) acusa al gobierno de manipular los datos, intentado ocultar lo que es un verdadero “genocidio financiero”. “Los desahucios –afirma la PAH- afectan a cientos de miles de personas en España y la anómala y perversa legislación española está provocando un dolor irreparable”. La indignación de Esperanza Aguirre y otros políticos desalmados ante el premio concedido por el Parlamento Europeo a la PAH constituye una evidencia irrefutable de la miseria moral de nuestra clase política, manchada por incontables escándalos, incluidos los casos de tortura que aún se producen en el Estado Español. Esperanza Aguirre afirma en un artículo publicado en ABC que las instituciones europeas están “absolutamente lejos de los ciudadanos” y bajo la influencia de “una borrachera de bondad que hace temer”, recomendando la supresión de muchos de esos organismos pagados con los impuestos de todos. Yo acuso a Esperanza Aguirre de hacer demagogia, de no creer en las instituciones democráticas, salvo cuando defienden sus intereses, de carecer de humanidad, dignidad, sensibilidad y sentido ético. Extiendo esta acusación a Felipe González, que habla de los niños que sufren los escraches, pero no de los que son arrojados a la calle por los antidisturbios y acuden a las escuelas sin desayunar porque sus padres subsisten con un miserable subsidio. Yo acuso a la clase política española de complicidad con la tortura. Cuando España es condenada una y otra vez por el Tribunal de Derechos Humanos de la UE y por Naciones Unidas por emplear la tortura durante el régimen de incomunicación, no se puede exculpar a los políticos que han adquirido un acta de diputado o senador, pues, lejos de defender los derechos de los ciudadanos, silencian que la Guardia Civil, con un largo historial de infamias, y otros cuerpos de las Fuerzas de Seguridad del Estado, no menos siniestros (Mossos d’Esquadra, Ertzaintza), aplican la violencia de forma ilegal, apaleando, intimidando y humillando a manifestantes, activistas políticos, inmigrantes y presuntos terroristas.
Yo acuso a la prensa mayoritaria (ABC, El País, El Mundo, La Razón, La Vanguardia) de deformar sistemáticamente los hechos, desentendiéndose del sufrimiento de los más débiles y vulnerables. Desde 1906 hasta 2006, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicaba anualmente el número de casos de suicidio, consumados o afortunadamente frustrados por cualquier circunstancia. El informe del INE mencionaba los factores que habían determinado tan trágica decisión: enfermedad mental, alcoholismo, toxicomanía, problemas económicos o familiares. Desde 2007, no se publican estadísticas sobre suicidio. La única fuente de información son los boletines judiciales. Es una decisión internacional, supuestamente inspirada por el deseo de evitar el efecto contagio o imitación, pero esa medida, de carácter supuestamente preventiva, incluye la recomendación de atribuir los suicidios a trastornos mentales y no a la pérdida del trabajo o la vivienda. Esta recomendación procede del SUPRE (Suicide Prevention), un programa de la OMS. No creo que este criterio obedezca a un criterio humanitario, sino al propósito de imponer un “silencio estadístico y mediático” que minimice o acalle la alarma social. Sin embargo, la realidad es obstinada y siempre encuentra una grieta por la que asomarse. Mencionaré sólo unos casos. El 7 de julio de 2012, Isabel, divorciada, discapacitada y con una renta ridícula, se suicidó en Málaga antes de ser desahuciada. A pesar de que numerosos transeúntes contemplaron el trágico suceso, los grandes medios apenas informaron. El 5 de septiembre un viudo de 74 años acabó con la vida de su hijo minusválido y se suicidó, alegando que los recortes sociales les habían despojado de sus escasos recursos para sobrevivir. El 9 de noviembre se suicidó Amaia Egaña en Barakaldo, ex edil socialista, que se hallaba a punto de ser desahuciada. El 18 de enero de 2013 Antonio Moreno Barrado, agricultor de Madroñera (Extremadura) sufrió un infarto. Falleció camino del hospital, pues los recortes en sanidad habían obligado a cerrar en el pueblo la sala de atención médica de urgencias. El 12 de febrero un matrimonio de jubilados se suicidó en el municipio mallorquín de Calvià después de recibir una notificación de desahucio por impago. El 10 de mayo falleció la mujer que se había quemado a lo bonzo en febrero en una sucursal bancaria de Almassora (Castellón). Separada, con tres hijos y pendiente de un desahucio, se prendió fuego después de gritar “¡Me lo habéis quitado todo!”. Cuando el tunecino Mohamed Bouazizi hizo algo semejante el 4 de enero de 2011 se desató una protesta multitudinaria que acabó con la dictadura de Ben Ali. Fue el punto de partida de la primavera árabe, más tarde manipulada por Estados Unidos y Europa para lanzar nuevas guerras imperialistas en Libia y Siria. ¿Qué sucede en España? ¿Por qué no pasa algo semejante? ¿Por qué no nos echamos todos a la calle?
“La calle es mía”, ladró Manuel Fraga el 3 de marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz, después de ordenar que la policía disparara contra los trabajadores refugiados en una iglesia para reivindicar mejoras salariales. Murieron cinco personas y nunca se juzgó a los responsables. He sido profesor de filosofía durante quince años en la Comunidad de Madrid y la mayoría de mis compañeros ni siquiera conocían el crimen y, menos aún, que la tortura es un procedimiento habitual en la España democrática surgida de la Transición. Por supuesto, los programas educativos oficiales eluden estos temas, pues entienden que es más importante conocer las gestas de Don Pelayo. No creo que se trate de algo casual. Yo acuso al sistema educativo de adoctrinar, manipular y embrutecer a las nuevas generaciones, inculcándoles como valores esenciales la competitividad, la insolidaridad y el individualismo. Creo que el sistema educativo y la exltación mediática de un ocio juvenil basado en el consumo de banalidades están en las raíces de una sociedad desmovilizada, acobardada y atomizada. Cuando Periko Solabarria, cura obrero, abertzale y socialista, habla de “pisar barro y no alfombras”, sabe lo que dice, pues la calle pertenece al pueblo y no a criminales como Fraga, Martín Villa, Felipe González (el indiscutible señor X del GAL) o José María Aznar, que nos implicó en una guerra ilegal e inmoral contra Irak, donde han muerto más de 100.000 civiles. No olvido la vergonzosa conducta de Rodríguez Zapatero, que mantuvo las tropas españolas en Afganistán, envió un contingente militar a Libia, aplaudió el asesinato extrajudicial de Osama Bin Laden y ratificó el régimen FIES. La tibia reacción de los sindicatos ante la inminente reforma de las pensiones en España es la triste evidencia de la deserción de una izquierda que vendió su alma en las turbias aguas de la transición. Se alabó el 15-M como una movilización ciudadana que brotaba de un legítimo deseo de regeneración democrática, pero una deficiente cultura política impidió que las protestas se transformaran en un verdadero muro popular, con unas ideas y unos objetivos bien definidos. Al igual que en la Plaza de Taksim o la Plaza Tahrir, los antidisturbios acabaron con la ocupación de la Puerta del Sol mediante el uso (y abuso) de la fuerza. Al contemplar esta mañana el vídeo de un policía turco disparando contra los manifestantes y matando a uno de ellos, he pensado en la brutalidad de los policías españoles, que actuarían del mismo modo si se lo ordenaran. Conocer su identidad y fomentar su marginación social sería un acto de justicia, pero el poder político nos escamotea hasta su número de identificación para garantizar su impunidad. A fin de cuentas, son sus mastines, obedientes y brutales. Se habla de las víctimas del terrorismo del conflicto vasco, pero no se habla del terrorismo de estado. No me refiero a los GAL o al Batallón Vasco Español, sino al terrorismo de los jueces que firman los desahucios y al de los funcionarios públicos que ejecutan el “lanzamiento”. Las víctimas de la crisis también son víctimas del terrorismo, pero se oculta su sufrimiento y nunca serán condecoradas, como el infame Melitón Manzanas, implacable torturador de la Brigada Político-Social, o los asesinos de Enrique Ruano, Joseba Arregi o Gladys del Estal.
Yo acuso a los intelectuales de contribuir a esta trágica mojiganga. No me extraña que Vargas Llosa haya elogiado con el mismo fervor a Nelson Mandela y Esperanza Aguirre. Nelson Mandela se halla gravemente enfermo. Igual que Teresa de Calcuta y Juan Pablo II, será elevado a los altares cuando muera, pero lo cierto es que su herencia no es ni mucho menos una Sudáfrica más justa, próspera y equitativa. El país está hundido en la violencia, la desigualdad y la corrupción. El 17 de agosto de 2012 la policía sudafricana disparó contra los mineros en huelga de la explotación Lonmin Platinum. Lo hizo a sangre fría, como en la época del apartheid. No es un rumor. Puede comprobarse en el vídeo difundido por la agencia Reuters. Murieron 30 trabajadores. La Sudáfrica que surgió del fin del dominio blanco sigue defendiendo los intereses de la oligarquía blanca, con la ayuda de una pequeña élite de sudafricanos negros. Winnie Mandela no mentía cuando dijo que los años de prisión habían acabado con el espíritu revolucionario de su ex marido, incluido hasta 2008 en la lista de terroristas internacionales elaborada por Estados Unidos. Su ejemplo demuestra que el pacifismo es una vía muerta. Sus éxitos son ridículos, ficticios, inexistentes. Por favor, que nadie cite a Luther King o Gandhi. Gandhi dijo que si tenía que escoger entre la cobardía y la violencia, elegía la violencia (No violencia en la Paz y en la Guerra) y Martin Luther King consideraba que su lucha estaba incompleta porque el fin de la segregación racial sería inútil, si persistían las desigualdades sociales. Por eso apoyó la insurrección armada de las colonias africanas y se acercó al socialismo. Su oposición al capitalismo y el imperialismo norteamericanos le costó la vida. Ni siquiera su familia cree que al autor material del crimen fuera el ya difunto James Earl Ray. Jesse Jackson, que se hallaba en Memphis alojado con Luther King en el Lorraine Motel, siempre ha manifestado que fue una conspiración del gobierno.
Hace poco, escuché a Jon Tardà hablando en Madrid en el homenaje dedicado a Hugo Chávez. Afirmó que el mundo necesitaba “jarabe vietnamita”, es decir, ese espíritu luchador que inspiró a los pueblos en décadas anteriores, posibilitando la Revolución Cubana y la Revolución Sandinista, tristemente malograda por el terrorismo de Washington. No ignoro el poder del Estado, un monstruo cada vez más grande, que reduce su tamaño en servicios sociales, pero que no deja de crecer como instrumento de dominación y represión. Sin embargo, rendirse nunca es una opción. Un artículo no cambiará el mundo, pero es una buena trinchera para luchar contra las injusticias. Por eso, yo acuso al Neoliberalismo, que en España ha contado indistintamente con el apoyo del PP y el PSOE, de cometer un genocidio contra la clase trabajadora. No nos engañemos más. La política no se hace con razones, sino con la fuerza. No hay un mundo libre que lucha contra el eje del mal, sino un poder real que se halla en manos de las oligarquías financieras y se justifica mediante farsas electorales. La soberanía popular no será una realidad hasta que los pueblos se rebelen contra la vieja máquina del Estado o, lo que es lo mismo, contra ese poder financiero que ha suprimido las barreras entre la política y el crimen organizado. No tenemos mucho que perder, pero sí un mundo por ganar. Algunos me acusarán de ingenuo, pero no me parece menos ingenuo creer que una coalición PSOE-IU cambiará algo esencial, salvo restablecer la asignatura de “Educación para la Ciudadanía”. ¿Acaso no fue ingenuo esperar que Barack Obama introdujera cambios significativos en la política de Estados Unidos? La “guerra de los drones” será su legado más perdurable. La Comuna de París fracasó, pero nos dejó un himno (“La Internacional”) y una bandera roja para levantar nuevas barricadas y soñar con utopías. Las utopías no son quimeras, sino el único rostro humano y ético del mañana.

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