Carlos Olalla*. LQS. Octubre 2018

Y si como actor es un fuera de serie reconocido por todos que ha ganado premios como el Ariel o la diosa de plata, otra de sus facetas, la de poeta, está a la misma altura, aunque es menos conocida por el gran público

Ir a México a rodar una película es una experiencia fascinante, pero coincidir en ella con un monstruo de la interpretación y devorador la vida como Joaquín Cosío es uno de esos maravillosos regalos que te hace esta profesión. Todo es humanidad en él, bonhomía tras esa cara de malo malísimo, corazón encerrado en un cuerpo de grandullón desmadejado. Pronto comprendí que iba a pasarlo muy bien compartiendo rodaje y experiencias con este actorazo nacido en Tepic y amamantado y criado en ciudad Juárez. Sus constantes bromas desde su más estoica seriedad, la deliciosa forma de jugar con el doble sentido de las palabras, el agudo comentario siempre a punto y una ironía que jamás desfallece, han hecho de estas semanas que hemos compartido una experiencia inolvidable.

Aunque siempre le atrajo el teatro y pasó veinte años viviéndolo intensamente en compañías amateurs, la vida quiso llevarle por otros derroteros. Tras graduarse en comunicación, ejerció como profesor universitario durante varios años hasta que, por esas sorpresas que, a veces, te da la vida, le llamaron para unirse a un montaje teatral profesional en la capital. No dudó en irse para allá con una maleta llena de sueños. La cosa funcionó y a aquel montaje le siguieron otros más. Fue entonces cuando se enfrentó a la decisión a la que todos los que nos dedicamos a esto tarde o temprano nos enfrentamos: dejar atrás trabajo, confort y rutina para adentrarte en un mundo que solo garantiza incertidumbre, riesgo y aventura. Y, de nuevo, él no lo dudó. Dejó atrás su cómodo puesto de profesor universitario para lanzarse de cabeza a un mundo que cada vez le llamaba con más fuerza. Su enorme talento y la experiencia acumulada en los veinte años que había pasado en los escenarios al salir de su trabajo eran las cartas con las que jugó la partida a todo o nada. Y salió todo. Fue el cine quien le abrió de par en par las puertas de esta profesión en la que el destino, que no el azar, puso a su alcance dos papeles que le convertirían en uno de los actores más queridos y valorados del panorama actoral mejicano: Mascarita (Matando cabos) y Cochiloco (El infierno), en el que da vida a un narco capaz de asesinar sin el menor escrúpulo al tiempo que irradia una ternura que hace que el público empatice con él y le adore. En los poco más de quince años que lleva dedicándose profesionalmente a la interpretación ha trabajado con los directores mejicanos más conocidos y con norteamericanos como Oliver Stone, que le llamó directamente para ofrecerle un papel en su película Savages. La tv tampoco le ha sido esquiva y ahí está su participación en series tan conocidas como Narcos.

La humildad que este hombretón rezuma por todos los poros de su piel se hace palpable cuando recuerda cómo llegó a esta profesión: “Yo no tomé nunca la decisión de ser actor, ni tampoco de ser poeta, he tenido la fortuna de tener una vocación más poderosa que mi propia circunstancia. Vengo de una familia modesta con crisis económicas constantes. En ese contexto yo solo tenía claro que había que estudiar y trabajar desde muy temprano, y mis gustos por la actuación y la poesía eran eso, es decir, yo me concentraba en donde podía y cuando podía para escribir y trabajaba, como todos, después de las jornadas laborales”

Y si como actor es un fuera de serie reconocido por todos que ha ganado premios como el Ariel o la diosa de plata, otra de sus facetas, la de poeta, está a la misma altura, aunque es menos conocida por el gran público. Ha publicado tres libros de poesía (como él reconoce, escribe lento) y una obra de teatro que ganó el premio Nacional de Ciencias y Artes. El maestro Cosío es la encarnación de aquellas sabias palabras que dijo otro poeta imprescindible, Pepe Bergamín: “Existir es pensar, y pensar es comprometerse” Por eso su poesía está inmersa en la realidad que habita, en ese mundo en el que vive y que le vive. Me gustaría que fueran dos de sus poemas recogidos en su último libro (Bala por mí el cordero que me olvida) dedicado a las mujeres de ciudad Juárez los que acaben esta entrada:

Tatuaje o cicatriz

Nunca serás de nuevo
nada será otra vez
navegas ya con las velas del náufrago
y sostienes en tu pecho la cruz de lo imposible
de lo que tuviste y se fue
de lo que no volverá
Todo tendrá un poco más de penumbras
pasillo de puertas cerradas
gruesos paños ahogando la luz
habitaciones cuyo umbral no podrás cruzar otra vez
y sólo permaneces cabizbajo
oyendo tras la puerta esos juegos
donde el que ríe agitado y feliz eres tú

La muerta

Cruza la muerta quieta blandamente
la de lánguidas manos abiertas sobre el río
cruza caudales ásperos bajo las losas y los ojos
una flor de pistilos innumerables sueltos cabellos en el golpe de las aguar inquietas
brillos de lodo y otros muertos
brillos de peces sin su cáliz resurrecciones en el silencio real del sordo fluir
y las flores que ensucian el canal rebosante apenas huelen a esta muerta que pasa
Niños que ríen en este marzo de luz tocando diásporas
sobre tus hombros llevas Oh mujer la negra flor de tu pelo que ondula
no ven ya tus ojos el resplandor sino la sucia marejada el mediodía
ciudad cicatrizada que el sol ciego levanta
Millares de espejos cintilan en el caudal pútrido y en el caudal pútrido una muerta pasa
hay ondas contra el cuerpo de la mujer que es sólo miradas en la indiferente pleamar de la acequia
contra la profundidad de las aguas hay una mujer que fue agua justa para mis labios
Oh muerta del cauce impasible para las bestias y la mugre
carne que no te ha visto sobre el cauce donde ahora te pienso otra vez amor insistente
ni oscura ni azul ni amoratada sino viva te pienso
porque aquella que pasa bajo los cimientos está muerta
más aún que esta ciudad que cruza.


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