Kenia: 50 años de emancipación de un modelo roto

“Yo sigo malviviendo. Esta es la magia y la realidad de la mayoría de los kenianos que nos reinventamos cada día para ganar algún chelín. ¿Qué quieres que celebre?”. Desgarra. Es la voz entrecortada de Anne, vendedora ambulante –hoy, de mangos y papayas– nacida en Matahare (Nairobi), uno de los suburbios de la capital. Esta declaración seguramente pueda sintetizar la cara y la cruz de un país que hoy está de fiesta: que al tiempo de barnizar oportunidades para una clase media en aumento, pide limosna en alguna esquina bajo la apariencia de un niño desaliñado; un rincón del mapa en el que las nuevas tecnologías se solapan con la falta de acceso o los cortes frecuentes de electricidad en las zonas rurales; una celebración de unidad aparente mientras que en la región del lago Turkana, lospokot y losturkana han incrementado los enfrentamientos en las últimas semanas; una conmemoración de chaqueta y cuello blanco –especialmente en Nairobi– que contrasta con el “hoy también se trabaja” de los tenderetes de calle.

La emancipación o la lucha anticolonial keniana cumple hoy cincuenta años. Aunque sea más políticamente correcto, de cara a los medios internacionales, hablar de la celebración de medio siglo de independencia: era el 12 de diciembre de 1963, una fecha donde quizás, con el momento actual, el país atesorara más espectativas. Era un receptáculo de esperanzas. El Estado poscolonial que se imaginó durante la década de los sesenta tenía una imagen que alcanzar: la modernización de una constelación social (kambas, kikuyos, luos, merus, etc.) –y que por convención se denominaron hijos de la nación keniana– bajo uno de los lemas más emblemáticos, elHarambee o, todos a una.

En Kenia, no existía ese tejido social que en Europa se ha denominado burguesía y que fue el impulsor del cambio del Antiguo Regímen a las sociedades contemporáneas. Aquí, la idea británica era que el cambio que se produjera debía ser más rápido, más eficiente, y tenía que ser dirigido forzozamente por el nuevo gobierno presidido por Johomo Kenyatta. No iba a ser la sociedad la que cambiara al Estado, aunque la guerra del Mau-Mau fuera el detonante. Más bien al revés: el Estado, gobernado por una pequeña élite vanguardista, tendría la misión de conducir el destino del país.

Ahora, cincuenta años más tarde, la cuadratura del círculo se ha completado. El hijo del padre de la nación, Uhuru Kenyatta, acusado por la Corte Penal Internacional (ICC) por ser uno de los precursores de la violencia post-electoral en diciembre de 2007, formaba el pasado marzo un gobierno mixto de tecnócratas más jóvenes que él, de su propia generación y de la vieja retaguardia. Una declaración de intenciones: pasado, presente y futuro que deberán moldear el lema de la campaña electoral de crear un millón de puestos de trabajo en un año y superar las tasas actuales de crecimiento económico. Un presidente, nacido en el seno de la euforia nacionalista en 1965, que entró en la política como delfín del sucesor de su padre, el ex presidente Arap Moi (1978-2002), y cuyo padrino fue el último jefe de Estado, Mwai Kibaki (2003-2013). Uhuru es ahora el cuarto líder en este juego de tronos. Y en suajili, su nombre significa libertad. ¿Será una nueva etapa?

Sin embargo, entre el frenesí de los matatus (autobuses urbanos), el olor a maíz tostado en barbacoas improvisadas de ladrillos, o el arroz perfumado en cacerolas de latón, el período colonial se deja vislumbrar todavía por la desarticulación que sufre el país tanto de forma geográfica como estructural: geográfica porque la concentración de las actividades de desarrollo se concentran solo en algunas áreas urbanas como Nairobi, Mombasa, Nakuru, Kisumu, Eldoret y Naivasha; y estructural porque la economía se limita a un grupo de actividades económicas enfocadas a la exportación.

De hecho, la columna vertebral de la economía continúa siendo, como en tiempos coloniales, la agricultura, y las cifras de la Oficina Nacional de Estadística de Kenia (KNBS) lo demuestran: el sector aporta un 27% del PIB; un 60% de los trabajadores son empleados en él; y en 2012 creció un 3,8% en comparación al 1,5% en 2011. Entre otros productos, destacan: la producción de té, una de las más importantes del mundo donde el 95% se destina a la exportación –en 2013 se estiman unos beneficios en torno a 1,4 billones de dólares–; el café, que el año pasado produjo 40.000 toneladas de semillas; y la industria de las flores, que emplea a unas 90.000 personas reportando unos beneficios de 1 billón de dólares anuales.

No obstante, el país se enfrenta ante varias perspectivas en las que con una política acertada podrían reportar beneficios a la población en materia de desarrollo social. Una de ellas es el florecimiento desde hace aproximadamente una década del sector de la construcción. La fiebre del ladrillo se deja palpar exponencialmente en la capital, Nairobi, donde consorcios internacionales pugnan por el diseño y ejecución de zonas residenciales, apartamentos de lujo y edificios para uso comercial. Quizás, desde la Administración, sea un buen momento para respirar y dar cabida a verdaderas estrategias de urbanización; para dar repuesta a más de la mitad de la población nairobiana que vive en suburbios (slums), algunos de ellos de los más poblados e insalubres del mundo.

El otro punto caliente de la agenda política keniana es, sin duda, el auge de los recursos naturales. El riesgo evidente es que la economía keniana se vuelva más dependiente de estos minerales cuyos precios fluctúan de manera vertiginosa en un mercado que por naturaleza es especulativo. Aquí, algunos titulares interesantes. La empresa británica Tullow Oil, por ejemplo, se está preparando para extraer aproximadamente 250 millones de barriles de crudo al norte del país (Turkana); la australiana Base Titanium comenzará el próximo año a exportar minerales desde su mina de Kwale, en el sureste de Kenia. Y en el sur, la firma china Fenxi Mining Group espera extraer unos 400 millones de toneladas de reservas de carbón. La incógnita es si esta dinámica de continuar descubriendo más reservas minerales, repercutirá en la creación de nuevos empleos, con buenos salarios para los kenianos y si, al mismo tiempo, mejorará el nivel y la calidad de vida del país en su conjunto.

Estos 50 años de emancipación han sido parte del sueño nacionalista impuesto por la antigua metrópoli. Un modelo que ha generado desigualdades cada vez mayores al mismo tiempo que oportunidades para una parte de la población. Es hora, con el permiso del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de emprender con decisión políticas públicas acertadas de desarrollo que generen un mayor bienestar bajo el Harambee. Y que, de esta forma, Anne sí tenga motivos para celebrar muchos más aniversarios.

* Periodista especializado en Relaciones Internacionales y comunicación en el África al Sur del Sahara. Doctorando en estructura de la información en Kenia.

Publicado en el digital “Mundo negro”

La Polis Globlal Kenia

 

– Imagen: Joven turkana. Fotografía de Dario Laurencig.

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