La belleza del atardecer

Carlos Olalla*. LQS. Enero 2020

Seguimos andando y, de lejos, escuchamos los versos que les susurran los árboles, esos versos que hablan de los que ya no están…

A veces, llegados ya al atardecer de nuestra vida, salimos a pasear por el jardín de nuestros recuerdos. Allí, sentados en un viejo banco solitario vemos pasar lo que un día ya lejano vivimos o lo que nunca nos atrevimos a vivir y nos reencontramos con lo que fuimos y con lo que podíamos haber sido, todo eso que, de una manera u otra, ha dado forma a lo que hemos llegado a ser. Recordamos el frescor de un olor, el calor de una mirada, la huidiza luz de una puesta de sol, el silencio con el que nos hablaron las estrellas en las noches de verano, aquella caricia que jamás olvidaremos, el blanco crujido de la nieve bajo nuestros pies, el suave silbido del viento cantando su vieja canción entre los árboles, las huellas que dejamos a la orilla de cualquier playa, los versos que no escribimos… y, sentados al sol de ese banco solitario, miramos la vida que hoy pasa frente a nosotros.

Es una vida distinta, más rápida, sin duda, aunque quizá no por ello menos intensa, simplemente diferente y ajena. Nuestra soledad suele invitar entonces a quien, alguna vez, nos hizo soñar y que, puntual a esa cita sin espacio ni tiempo, acude cada tarde para hacernos revivir todo aquello que creíamos muerto o dormido pero que, simplemente, estaba aguardando a que llamáramos a su puerta. Vemos como, de lejos, se va acercando. Inconfundible su caminar. Sabemos que no nos ve, que no quiere o no puede vernos, pero nos contentamos viendo cómo pasa. Alta la cabeza, fija la mirada, firme el paso… para pasar de largo, como cada tarde fingiendo no vernos. Se va con nuestros sueños a otra parte, pero nos deja el recuerdo de lo que, una vez, sentimos y que todavía calienta las brasas de lo que somos. Cálidas son esas tardes amarillas en las que el vals de nuestros recuerdos nos saca a bailar abrazados a lo que aún soñamos ser. La música, como el tiempo, gira cada vez más rápido, pero nos resistimos a perder el compás. Cuando, poco antes de que anochezca, porque anochece siempre, nos levantamos para volver a casa a esperar el día siguiente, miramos atrás y vemos ese banco que estaba vacío cuando hace un rato nos sentamos en él y en el que ahora se sientan todos a quienes alguna vez amamos.

Seguimos andando y, de lejos, escuchamos los versos que les susurran los árboles, esos versos que hablan de los que ya no están, de los que han partido, de los que ya solo viven en nuestro interior, de los que nos esperan en el siguiente recodo del camino…


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