El concepto de belleza es sumamente impreciso. Diderot ya advirtió en su Enciclopedia que las nociones más citadas y repetidas son a veces las más desconocidas. Hasta hace doscientos años, se consideraba que la belleza era una cualidad intrínseca de la naturaleza y que las obras de arte sólo podían reflejarla.

El arte era imitación (mimesis) y la excelencia de una obra dependía de su aproximación al modelo. La Revolución Industrial modificó la sensibilidad del hombre occidental. El progreso tecnológico impulsó la idea de que la belleza no se hallaba únicamente en la naturaleza, sino que también podía descubrirse en los ingenios mecánicos. Ya en el siglo XX, el futurismo elaboró una estética basada en esta teoría. Marinetti sostenía que un coche de carreras era más hermoso que las estatuas clásicas o cualquier paisaje natural. Durante mucho tiempo, se asoció la belleza a lo verdadero y lo bueno, mezclándose lo estético y lo moral. En las postrimerías del Romanticismo, comenzó a cuestionarse este vínculo. Ya en el XIX, en el famoso prólogo de El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde afirmaba que no existían obras morales o inmorales, sino obras brillantes o mediocres. Las películas de Leni Riefenstahl son una exaltación de la dictadura nacionalsocialista, pero nadie puede negar su perfección formal. El triunfo de la voluntad (1934) refleja una concentración del partido nazi en Nuremberg. La abominación moral que nos producen sus imágenes no ha impedido que se convierta en un clásico. Algo semejante puede afirmarse de El nacimiento de una nación (1915), de David W. Griffith, que realiza una apología del Ku Klux Klan, justificando la segregación racial. De hecho, el título original era El hombre del Klan.

Hasta la aparición de las vanguardias en las primeras décadas del siglo XX, la belleza se determinaba por los principios de orden, medida, mensurabilidad y equilibrio. La música serial, el dodecafonismo o el expresionismo abstracto ignoraron estos valores, cultivando la asimetría, la disonancia y la desproporción. Este cambio contrasta poderosamente con los períodos anteriores. Casi todas las civilizaciones han identificado la perfección formal con el orden y la simetría, que se oponían a la desorganización que acompaña a la muerte. La tradición clásica apreciaba especialmente la sección áurea o divina proporción, que establecía un canon para la pintura y la arquitectura, según el cual la relación entre anchura y altura se determinaban mediante un cálculo matemático (regla de oro). Curiosamente, el arte japonés estima que la simetría y la armonía perfectas están reservadas a los dioses. La naturaleza humana nunca podrá reproducir esas cualidades. En consecuencia, el arte debe reflejar cierta imperfección, una inevitable asimetría que se corresponde con la impotencia del hombre para emular lo sobrenatural. El arte casi siempre ha estado mediatizado por factores externos. La política y la religión nunca han dejado de influir en el concepto de belleza. La manipulación ideológica siempre se ha esforzado en imprimir una dimensión didáctica al arte, suprimiendo la libertad necesaria para la actividad creadora. Los resultados han sido desiguales. El realismo socialista representó el fin de la gran novela rusa y la dictadura franquista interrumpió uno de los períodos más creativos de la cultura española (la Edad de Plata). En cambio, el muralismo mexicano, la pintura de la Contrarreforma o las películas de Sergei M. Eisenstein (El acorazado Potemkin, 1925; Octubre, 1927) son obras maestras en su género.

El descrédito de las preceptivas que fijaban un canon ha transformado la belleza en un vivencia subjetiva. Si es el sentimiento (o, dicho de otro modo, el gusto) lo que determina el valor de una obra, el juicio estético nunca podrá constituirse en ciencia. Cada época interpretará la belleza de forma diferente. Los griegos apreciaban la mesura, el equilibrio. Los románticos lo desmesurado, el caos, lo indefinido. Para la tradición cristiana, la belleza se identificaba con la verdad. En nuestro siglo, el poeta norteamericano Wallace Stevens entiende que en la poesía la verdad no cuenta. El clasicismo vienés (Mozart, Haydn) concebía la belleza como armonía. Arnold Schönberg sostiene que la belleza surge de la acomodación del oído a la disonancia. El primer Renacimiento relaciona la belleza con la simplicidad. El Barroco se complace en la complejidad, en la pirueta formal que refleja la inagotable inventiva de la imaginación. La prosa limpia y precisa de Antonio Machado contrasta con las asombrosas metáforas de Lezama Lima, que exploran los límites del lenguaje.

El principio de imitación o mimesis (que, en sentido original, no significa copia, sino ilusión) ha ejercido una poderosa influencia en la pintura y la escultura. La finalidad del arte no debía ser otra que la perfecta imitación de lo real. El prestigio de esta idea comenzó a declinar hace dos siglos. La exactitud de una figura de cera en la reproducción de su modelo sólo revela habilidad técnica, pero no mérito artístico. La fidelidad no es suficiente. En la verdadera obra de arte, hay algo más: un “no sé qué” que puede definirse como asombro, misterio, originalidad. La idea de originalidad se ha revelado peligrosa, abriendo las puertas a las extravagancias más injustificables: urnas repletas de basura, descuartizamiento de animales, conjuntos escultóricos con restos humanos (el autor utilizó cuerpos sustraídos ilegalmente de un tanatorio). Algunos de estos excesos han desembocado en procesos judiciales. La interpretación del arte no es una cuestión teórica. Puede influir en la política y en la educación. Hitler era un mediocre pintor de acuarelas, pero consideraba que había convertido la política en una obra de arte. De hecho, concibió su muerte entre las ruinas de Berlín como el acto final de una gran ópera. Su admiración por Wagner le ayudó a interpretar su fin como una versión del crepúsculo de los dioses de la tetralogía El Anillo del Nibelungo.

La originalidad nunca se presenta en estado puro. Siempre es una reelaboración de lo anterior, que implica un diálogo, una ruptura o una síntesis. Ninguna obra surge de la nada. En el arte, no existe la creación ex nihilo. Con respecto a la realidad empírica, sí puede afirmarse que el arte inventa un segundo mundo, un nuevo orbe que suplanta temporalmente la cotidianidad. En ese sentido, es una epifanía: el nacimiento o manifestación de algo nuevo. En su territorio, no imperan las leyes de la física, sino una legalidad propia, que emana de su creador. Ortega y Gasset afirmaba que en un texto literario la inverosimilitud no está determinada por el contraste con lo real, sino por la coherencia interna del universo creado. Sabemos que El señor de los anillos refleja un mundo fantástico, pero el talento literario de Tolkien nos permite seguir las incidencias del relato con una credulidad creciente. En este caso, la belleza consiste en impregnar de verdad lo irreal o, dicho de otro modo, en hacer verosímil lo increíble.

En definitiva, la belleza es un concepto que ha evolucionado desde los ideales clásicos de armonía y equilibrio hacia una noción más amplia e indefinida que incluye lo ilimitado, la asimetría o la disonancia. Ya no es el buen gusto, sino el sentimiento de asombro o temor lo que acompaña a la aparición de la obra de arte. Aristóteles ya había definido la tragedia como una mezcla de piedad y temor. La belleza nunca podrá definirse con el rigor de una categoría científica. Por eso, las palabras que mejor se aproximan a su esencia son las de un poeta. En las Elegías del Duino, Rilke se refirió a la belleza como “el principio de algo terrible que aún se puede soportar”. No es posible ofrecer una definición más precisa.

*Into The Wild Union

Imagen: Mural de Diego Rivera “Desembarco de españoles a Veracruz”

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