La ciencia contra el espectáculo

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Don’t look up (en España, No mires arriba) es la película de moda. La he visto una sola vez pero no creo que verla de nuevo cambiaría mi opinión. Entre las muchas críticas, favorables y desfavorables, que ha recibido este film, destacaré sólo una: el corto artículo “Soy científico y ‘No mires arriba’ refleja la locura que veo a diario” (Peter Kalmus, eldiario.es, 30.XII.2021) Como me ha parecido sustancioso y porque los resúmenes suelen ser más significativos que las peroratas, reproduciré parte de la sinopsis que hace del fenómeno cinematográfico del año:

“la presidenta (Meryl Streep), que se alegra de oír que, técnicamente, no es seguro al 100% que el cometa impacte contra la Tierra. Sopesando la estrategia electoral por encima del destino del planeta, decide «esperar y evaluar». Desesperados, los científicos acuden entonces a un programa de televisión matutino de alcance nacional, pero los presentadores restan importancia a su advertencia (que también se ve eclipsada por la noticia de la separación de dos celebridades).” A mi juicio, comprendo las barreras que a Kalmus le ha impuesto el periodismo pero, pese a ellas, sostengo que la Presidenta no pone en la misma balanza sus elecciones y el destino del Planeta por la sencilla razón de que, para Ella, el destino de la Tierra es un subproducto del resultado de sus elecciones -de hecho, ni siquiera sopesa en el mismo nivel ambos factores. Por otra parte, decidir en 20 minutos –el tiempo de la audiencia que, tan generosa como inverosímilmente ha concedido a los científicos- que ‘esperará y evaluará’ es la reacción automática del Poderoso ante cualquier informe, sea relevante o baladí. El Poder es ansí, un calculador que selecciona su Big Data al azar y que, dentro de ese batiburrillo, escoge entre los de corto plazo los datos que prefiere sin creerse obligado a revisarlos antes de ejecutarlos.

Seguimos con Kalmus pero saltando hasta su párrafo final: la película “describe de forma cómica lo difícil que es derrumbar las normas imperantes”. Otra objeción igualmente circunstancial: no exactamente querido científico, las normas escritas son bienaventuradas hipocresías absolutamente eutópicas que serían salvíficas… si se cumplieran aunque fuera en grado mínimo. Lo difícil es quebrar la credulidad, interesada y/o psicopáticamente estúpida, de la plebe lo cual, en efecto, significaría un punto de inflexión sociocultural. Kalmas finaliza su artículo tirando piedras contra su tejado empírico -ahíto de datos verificados- con una opinión pesimista cuya última esperanza estaría en el papel liberador de la ficción: “Más y mejores datos no catalizarán este punto de inflexión sociocultural, pero más y mejores historias sí que podrían hacerlo.”

Otras visiones

Hace añales, ví en París la película de Peckinpah The wild bunch (Grupo salvaje en la España de 1969) Al regresar a Madrid, me sorprendió que mis amigos fueran unánimes en entenderla como un ataque a la guerra de Vietnam, una conclusión que no había escuchado en Francia, entonces un país aún más opuesto que España a aquella guerra. Desde entonces, me interesa observar las reacciones ‘nacionales’ a cualquier fenómeno, una manía que se facilita por internet pero que, simultáneamente, se empobrece puesto que, con su horripilante poder homogeneizador, la Red difumina y hasta niega las diferencias. Perpetrada esta digresión que, espero, me sea perdonada, continuaré con unos comentarios sobre la peli de marras:

En primer lugar, me ha parecido observar que, en España, Don’t look up es vista mayoritariamente como una amonestación contra el negacionismo del Cambio Climático. He leído unas pocas críticas en otros idiomas pero, a pesar de esta escasez y volviendo a The wild bunch, me malicio que no todos los países la han visto desde esa óptica. En el fondo, es comparatismo de poco sustento así que prosigo.

Comenzaré por algunos detalles absolutamente veraces:

a) el medio chistoso Jefe de Gabinete de la Presidenta Janie Orlean, es su hijo Jason –volveremos a verle. En un país dizque republicano pero dominado por dinastías (Rockefeller, Kennedy, Bush), el nepotismo reflejado en la peli resulta realmente realista. Aquí no hay sátira sino memoria histórica.
b) el canoso y apuesto donante multimillonario que insta a la Presidenta a pulverizar el cometa siguiendo su propio plan para guiarlo a un aterrizaje seguro, es identificado como Elon Musk pero yo lo veo como una síntesis de ese visionario y del otrora tristemente famoso Jeffrey Epstein –el pedófilo compinche de los royals que se suicidó (¿) en su celda. No nos interesa saber las costumbres sexuales de Musk pero es de sospechar que un ricachón que no paga impuestos, tendrá alguna otra afición inconfesable.
c) el argumento de Musk-Epstein que convence a la Presidenta estriba en una suerte de extractivismo sideral: como se supone (sin base empírica) que el cometa es riquísimo en minerales muy valiosos, la ocasión la pintan calva para pulverizarlo y aprovecharlo en la Tierra. Aquí no hay memoria histórica ni tampoco confusiones sexo-monetarias. Aquí lo que hay es esa actualidad pura y dura que promociona ‘la Conquista del Espacio’ –el dispendio más inhumano entre los innumerables dispendios del Poder.
d) aún más veraz, si cabe, es el programa de televisión al que recurren los astrónomos, desesperados al comprobar que la Casa Blanca les ignora. Una vez más, no es caricaturesco que ese show se ría de ellos sino realismo puro y sangrante. No exagera la peli puesto que la vaciedad es médula y razón de ser de la basura televisada. Es más, incluso me parece que la peli es condescendiente con el show porque se ríe de los abnegados científicos pero no llega a desprestigiarlos en directo -¿a quién extrañaría que los Berlusconis de turno no les hubieran montado una trampa con negacionistas en bikini? Pero los berluscos saben que el más mínimo significado daña la nadería. Por ello, nada mejor que terminar cualquier nonato debate con esta peliculera frase: «El fin está cerca. ¿Habrá Super Bowl?».

¿Es un programa político?

Y ahora continuaré con algunas generalidades. Como recordarán quienes hayan visto recientemente esta película, las secuencias anteriores ocurren todas en la Primera Parte. Cierto, así que lo diré alto, claro y raspao: la Segunda Parte es infame, infecta, lacrimógena, rutinaria y, en definitiva, absolutamente ridícula. Cae desde la idiotez de incrustar un episodio inverosímil –la científica que se enrolla con un chaval marihuanero- hasta una escena final ‘navideña’ que hubiéramos preferido a lo Godzilla. Si acaso, sólo salvaría que el fugaz episodio en el que el hijito Jason es olvidado por su mamá cuando los mandamases escapan en un vehículo espacial. Si conseguimos evitar el dolor oftálmico que nos produce el cohete criogenizador, estamos ante un nepotismo atenuado según el cual la herencia en los USA no es totalmente genética –como ocurre en las monarquías- sino con visos utilitarios.

Dr. Strangelove: pornografía hasta el apocalipsis

Volviendo a Kalmus cuando se pregunta cómo respondería la Humanidad a un cometa exterminador. A este desliz –quizá meramente ortográfico-, le haría una última puntualización: la Humanidad sólo existe en términos paleontológicos. Lo que vivimos ahora son dos humanidades, la enriquecida y la empobrecida. Una evidencia aplastante que se escenifica en la Primera Parte pero que desaparece en la mentada Segunda Parte –peor aún, no desaparece del todo sino que es jibarizada a un puñado de ‘negacionistas’ contemplando el Apocalipsis en un ágape disneyano.

De ahí que, como ha subrayado D.T., un ingenioso columnista opuesto a la peli, Don’t look up no mira arriba sino al lado porque no va a la raíz del apocalipsis –a su juicio, el fascismo y la división en enormes bloques geopolíticos. Ok, de acuerdo, pero esta peli no es un programa político sino que, simplemente, es el enésimo producto de la industria superestructural gringa –digamos Jólibu-. Por ello, D.T. yerra cuando la contrasta con otras pelis de infinita mayor enjundia. ¡Llega a rivalizarla con Dr. Strangelove! No es justo. Kubrick es un genio mientras que el equipo de Don’t look up es una plaga de burócratas y espabilaos que jamás le llegarán a la suela del zapato. En 1964, Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (en España, Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?) Kubrick nos demostraba que el Apocalipsis no vendrá por una guerra dentro de una Humanidad indiferenciada sino como consecuencia de un delirio de unas sectas muy poderosas (milicos y científicos fascistoides) Es decir, de una minoría humana contra una mayoría también humana.

Los milicos detrás del Dr. Strangelove

Finalmente, una crítica general: como ya dije, Don’t look up es una mercancía de una industria concreta –la gringa del showbizz– y que ésta es subalterna del vetusto complejo industrial-militar, es una película política. Como esto es un axioma que, por ende, no necesita demostración, lo dejaremos a un lado para pasar a su faceta espectacular. Seré breve: su factura es totalmente industrial. Sus intérpretes actúan igual que en cualquier otro producto de Jólibu; es decir, rutinariamente. Por mi acreditada bonhomía, sólo podría señalar que, en su papel como Presidenta, Meryl Streep se contiene mostrando pocas veces un toque coqueto con su melena hiper-rubia. Pero, a cambio, debo acusar al resto de los intérpretes: la afamada Jennifer Lawrence es inexpresiva en grado obsceno y Di Caprio es igualmente inexpresivo en unas secuencias e histriónico en otras. Del resto de actrices y actores, mejor corramos un estúpido velo.

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