Redacción. LQS. junio 2018

Densamente poblado, el Raval vivió la derrota con mucha crudeza. A diferencia de los barrios más acomodados, había en él pocos partidarios de Franco. Esto originó la solidaridad sobre la que Vázquez Montalbán a menudo insistía en las entrevistas y artículos y que tanto añoró en la Barcelona de la postransición

Manuel Vázquez Montalbán nació en 1939, poco después del cruel abril de la victoria de Franco (1). De madre murciana, costurera de profesión, y padre gallego, era hijo de trabajadores emigrados a Cataluña; su lengua materna era el castellano, no el catalán. Su padre se había exiliado tras la caída de Cataluña, pero regresó para ver a su hijo recién nacido. El precio que pagó fue el arresto y la cárcel: su hijo no le vería hasta cruzarse con un desconocido en las escaleras de su casa cuando tenía cinco años.

Barcelona era una ciudad derrotada, culpable para los vencedores de tres pecados capitales: el anarquismo, el republicanismo y el separatismo. Ya lo había pagado caro, pues su población civil fue la primera en Europa en ser sometida a bombardeos aéreos masivos, un presagio de lo que ocurriría de forma generalizada en la Segunda Guerra Mundial. En los años 1937-38, se destruyeron 1.750 bloques de pisos, principalmente en las zonas obreras de la ciudad. El Distrito Quinto, ahora el Raval, donde se crió Montalbán, resultó particularmente afectado. Los solares con pilas de escombros eran una presencia familiar en su niñez.

Densamente poblado, el Raval vivió la derrota con mucha crudeza. A diferencia de los barrios más acomodados, había en él pocos partidarios de Franco. Esto originó la solidaridad sobre la que Vázquez Montalbán a menudo insistía en las entrevistas y artículos y que tanto añoró en la Barcelona de la postransición. Se trataba de una solidaridad contra el dictador entre los catalanes autóctonos y la población inmigrante. La prohibición del catalán fue vivida también como un agravio por los no catalanohablantes. Esta unidad fue precursora de la unidad en la lucha que se fraguaría en las fábricas y las asociaciones de vecinos de toda Barcelona durante los años sesenta y setenta, cuando las comunidades de inmigrantes hicieron suyas las reivindicaciones de los derechos nacionales de Cataluña, imprimiendo dinamismo al movimiento para derrocar la dictadura. Dicha comunión ya estaba latente en la generación anterior. En la década de 1940 no era posible manifestarse, pero la resistencia pasiva podía expresarse en detalles como las reuniones en las azoteas (El pianista) o el uso del catalán por parte de la madre de Montalbán para dirigirse a sus clientes.

Vázquez Montalbán resume este período de posguerra inmediato en Barcelonas:

“Mientras la mitad de Barcelona intentaba encontrar garantes y valedores para sacar de la cárcel a sus parientes o conseguir el permiso para que volvieran del exilio, y los saldados republicanos eran obligados a hacer el servicio militar en el ejército vencedor, la escasez de la posguerra se abatía sobre la ciudad. Lisiados, mendigos, vendedores de colillas, charlatanes, cantantes callejeros, organistas, traperos, falangistas uniformados marchando al son de sus canciones épicas…, comandos fascistas con la cabeza rapada que obligaban a la gente a beber aceite de ricino…, estraperlistas de pan blanco y tabaco rubio…”

Perros catalanes y sueldos de miseria

Hay diversos novelistas barceloneses que corroboran la visión de los años cuarenta que nos ofrece Montalbán, aunque los historiadores se han dedicado más al estudio de la guerra civil propiamente dicha. El sonido de las armas atrae al historiador, quien intenta explicar la realidad racionalmente y tiende a centrarse en los grandes acontecimientos; la larga sombra de la guerra en la salud física y mental de los niños es un tema que pertenece más a la imaginación de los novelistas. El clima y el paisaje de estos años se reflejan en la ficción de varios escritores contemporáneos a Vázquez Montalbán, algunos de los cuales se criaron en la misma zona que él.

Una de las mejores de estas novelas, Els plàtans de Barcelona de Víctor Mora, documenta la sofocante atmósfera cotidiana: los omnipresentes carteles oficiales en las calles: “Prohibida la blasfemia y la palabra soez” o “España, unida, grande y libre”; las absurdas, pero atemorizantes, pintadas garabateadas en las paredes: “Muera el judío Churchill”; los grandilocuentes programas de radio donde:

Un locutor llegia, amb cantarella especial:

-Al genio enviado por la Providencia, Adolf Hitler, es al que le cabe el alto honor de conducir la Cruzada que exterminará al monstruo que amenaza… el virus marxista y el frente democrático-judío-masónico… “(2)

Notas:
1.- “Abril es el mes más cruel, el que engendra lilas sobre la tierra muerta, el que mezcla memoria y deseo…” son las primeras líneas de The Waste Land (La tierra baldía), de T. S. Eliot, que sugirieron a Vázquez Montalbán el título para su Poesía completa.
2.- Víctor Mora. Els plàtans de Barcelona, p. 89.
*.- Sobre una idea y trabajo de Javier Coria: Con el muerto a cuestas: Vázquez Montalbán y Barcelona, de Michael Eaude, Edi. Alrevés, Barcelona 2011. Extractos del segundo capítulo: “La ciudad de los tres pecados”.

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