La dieta del transboricua

¡Oh escándalo!

La noche está ocupada.

La razón está de fiesta.

Iván Silén

Performance. No, el Transboricua (1999) no es un puertorriqueño de Transilvania, sino del Nueva York que habló Juan Flores en Divided Borders (1992). Uno que empezó a surgir a partir de 1980, con el alza de la inmigración dominicana, y durante los 90, con la llegada de la población mexicana expelida del oeste por la ley racista 187 de California, a la cual Iván Silén le dedicó un merecido ensayo, “La ‘democracia’ como mito” (1997). Por esas hibrideces de la Gran Manzana neoliberal (así cartografía Harvey a la ciudad de Nueva York), el sombrero del transboricua (la cabeza) es de Puerto Rico, la cara es de México, los puños son de la República Dominicana y el pecho (¿¡qué no el corazón!?) es de Venezuela.

Como puertorriqueño mezclado con fragmentos latinoamericanos, el transboricua puede ser alabado por los ideólogos de la diferencia, y criticado por los metafísicos de la esencialidad boricua. Un poeta como Victor Hernández Cruz, criado en Nueva York, pero que ha vivido en Puerto Rico, California y Marruecos, celebraría la metamorfosis del transboricua; a su vez, un poeta-filósofo como Silén, que habla de la independencia como “esencia” de ser del puertorriqueño, lo miraría con cuidado. Lo velaría de cerca, como se vela a sí mismo El Pantócrata silenista: “Hace rato que observo / al que me busca”. Para la sociología de Ángel Quintero Rivera, el transboricua se mueve en el “sabor y control” de la música “tropical.”

De cualquier manera, el transboricua es un ente autónomo. No se limita al espacio de Nueva York. Va y viene por las geografías y los circuitos de la diáspora, plantándose dondequiera que haya comunidad boricua y latina. Por eso, muchos transboricuas regresan también a Puerto Rico, donde tienen la oportunidad de intensificar la dimensión boricua de su identidad, así como de continuar mezclándola con fragmentos de otras latinoamericanidades que se dan en la isla, como la argentina y la colombiana, entre otras.

Aunque el transboricua se inclina por la música —fíjense que está frente al micrófono—, su afición por el performance y la comida es bien sabida. Por eso, cuando habla de la identidad cultural en las esquinas lavoesianas, donde trafica sabor y saber (“Me esperan las esquinas,” dijo antes El Pantócrata), el transboricua mezcla fragmentos de la metafísica caribeña de La isla que se repite (1989), de Antonio Benítez Rojo, con el materialismo de Michel Onfray, en La escultura de sí (2009).

Los contrarios de Silén

De ahí que, entre soneos por encargo, el transboricua ponga las cartas sobre la mesa desde el principio. Cuando lo invitan a “ficcionalizar,” como dice Silén, la biografía, argumenta que en el Caribe se es de cierta manera, según los tropismos que aproximan y alejan, que acoplan e interrumpen, desde una ética que deviene estética. Flow que implica, como overflow, esa particular manera de caminar, de asumir la adversidad, de articular las diferencias, que Benítez Rojo dice haber intuido en el andar epistemológico de una habanera negra, cuyo meollo oscuro y milenario conjuraba la violencia como telos de la caribeñidad. Performance de vida en relación inevitable con Tánatos: cierta manera que celebra la inclusión en el devenir (siempre trágico, dirían Silén y Onfray) del Ser caribeño.

Cuando cita a Onfray, el transboricua habla de la escultura del ser. Dice que la existencia es como una obra de arte, que le toca tallar a la voluntad, siempre desde un materialismo filosófico hedonista, ético y estético, a la izquierda de Nietzsche. Como fuerza del ser, la voluntad talla la vida con tesón filosófico, jamás con violencia (Silén protesta). Pues de lo que se trata es de esculpir la biografía sin hacerse ni hacerle daño a nadie.

Comida. Entre el restorán antillano de Palés, en “Menú” (1942), y la fonda feliz de Ana Lydia Vega, en “Historia de arroz con habichuelas” (1982), el mundo culinario del transboricua, anclado en Puerto Rico en la olla (2006), de Cruz Miguel Ortiz Cuadra, cruza múltiples fronteras gastronómicas. Igual que en “Cena navideña” (2001), de Edgardo Rodríguez Juliá, el transboricua plantea una gastronomía transcaribeña. Un plato antillano enredado con África, Europa y Asia.

Influenciado por la poesía nuyorican, el transboricua come con los ojos de los poetas callejeros. Por eso, como en Los ciudadanos de la morgue (1997), rechaza el plato de “lentejas de mierda” que pone sobre la mesa la colonialidad del poder, la cual Silén plantea en términos del colonialismo en Puerto Rico. El transboricua lo tiene claro (por eso cita a Michael Pollan): comer se vuelve político tres veces al día (desayuno, almuerzo y comida). Pero sobre todo, comer se vuelve poético. Si la cocina es el arte de lo efímero, la necesidad del cuerpo transformada en artificio para el disfrute del espíritu, como subraya Onfray en La razón del gourmet (1999), comer supone para el transboricua una poética de la abundancia, desde la cual la imaginación (Silén) le mete el diente a todo.

Así, en vez de lentejas cagadas, el transboricua apuesta por la comida de la poesía nuyorican. Guisos y fritangas que preparan las madres de los poetas en sus cocinas sinestésicas y hasta hipertélicas. Fogones del sabor criollo, que ellas definen y defienden con su propio sofrito, lo que les permite replantear el saber del culantro, el ajo, la cebolla, los ajíes y la pimenta en el contexto rabioso de la modernidad nuevayorquina. Aromas de las madres que transportan y transfiguran al transboricua en el deleite sabroso de sus partes.

Sopas de mil camaleones. Como la de plátano y sobre todo la de Palés Matos, “Sopa de Martinica,” que es la más literaria en Puerto Rico. Caldos que al transformarse en sopones, asopaos y sancochos, como plantea Emma Duprey de Sterling en la Cocina artesanal puertorriqueña (2004), reclaman la centralidad de la mesa con la fuerza centrípeta de una mónada caribeña, siempre abierta y dialogante. La sopa que no le gustaba a Miguel Ángel Asturias de niño, y que de grande le hizo decir, en Comiendo en Hungría (1969), “Ay, qué buena es la sopa,” enardece al transboricua cuando moja el pan en el caldo, y siente que prueba la libertad que Silén define como libertá. Esa que la poesía nuyorican de los sesenta y setenta metaforizó en un plato de arroz con habichuelas: rice and beans.

Ingesta que en la dieta omnívora del transboricua, a finales de los 90, articula críticamente todo, hasta el hot dog de “Historia de arroz con habichuelas,” expulsado de la mesa obrera boricua en 1982 a partir de un brote gastronacionalista de Ana Lydia Vega, dos años después del arresto simultáneo al grupo Los Macheteros en Usamérica y en Puerto Rico llevado a cabo en 1980. Movida literaria de Ana Lydia que, frente a la presencia invasora y colonialista gringa, negocia colonialidades del ser en términos etnorraciales y de clase para prevalecer políticamente, desde una identidad criolla hecha de diferencias.

Como hace Calle 13, que se lo come todo, el transboricua asume de Palés Matos la antropofagia brasileña, devoradora de culturas, la cual resignifica en estos términos: si la poesía no va a ser lírica (Silén), ¿para qué quiere ser poesía?

“Me he sentado a beber / las sopas frías /  en medio de la ficción / de lo real” (Silén).

Poética de la abundancia. Cornucopia. Cuando transita por la Calle Loiza de Santurce, PR, el transboricua para en Bebo’s y se come un rabo (de buey) encendido con arroz blanco. Cuando anda por la megalópolis de Los Ángeles, USA, se para en las taquerías de Pico Blvd.  y se come unos sopitos (tortillas, carne, salsa, col, rábanos, cebolla, queso). En Santo Domingo, RD, frente al Alcázar de Colón, pide una bandera (arroz, habichuelas coloradas y carne) en honor a la caribeñidad de Juan Bosch, o un locrio, plato parecido a la paella, en homenaje al locro andino (papas, carnes, maíz). En Caracas, V, imantado por la gravedad del Monte Ávila, baja la cerveza con patacones, casabe y arepas.

Pero sobre todo, en la dieta del transboricua, además del pavipollo lezamesco, un clásico en las panaderías y reposterías translocales, están el flancocho y el pavochón, platos de reciente factura boricua cuyas mezclas trazan nuevas sinestesias entre lo dulce y lo salado. Hibrideces surgidas en la década de los noventa, que el transboricua degusta con particular eflorescencia cuando anda por las calles del bajo Manhattan, El Barrio o El Bronx, donde picotea en cada piscolabis al que lo invitan sorullitos de maíz con mayo-kétchup (como en la isla).

Flancocho: flan puesto sobre una base de bizcocho. Postre que probó por primera vez en Ponce, PR. Pavochón: pavo sazonado como si fuera lechón. Receta que llegó a la isla desde Nueva York, ciudad favorita de Luis Rafael Sánchez, que Iván Silén odia con pasión: trópico de Cotto-Thorner, calles de Piri Thomas, orina de Andrés Serrano, templo de Pedro Pietri, cenizas de Miguel Piñero, congas de Barreto, escenario de Lavoe, pesadilla de Maelo. Nueva York, ciudad del guiso de Joe Cuba: Cocinando la salsa (1976).

Frente al espejo, con la panza llena, el transboricua contempla su multiplicidad en silencio. Se mira con la mirada del poeta-filósofo (Silén), y repite de memoria: “No hay nadie en el último / callejón de lo real.” Como Borges, se “ríe en la mesa que habita.” Onfray, el materialista feroz, le fruñe el ceño.

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