La Escuela de Vallecas: Mito y realidad

 

arte111Iñaki Alonso. LQSomos. Marzo 2014

Una poética de la emoción y lo telúrico

Seductora exposición y recopilación sobre la Escuela de Vallecas, uno de los grupos artísticos vanguardista más atrevidos y transformadores del siglo XX, aunque de duración efímera, su estética es larga y profunda.

Lo primero que diría es ¡aprovecha la ocasión y vete a verla!, finaliza este 24 de noviembre… y bien merecida es la visita.

Cronológicamente la Escuela de Vallecas se inicia en el año 1927, un año mítico para la cultura y el arte; la escuela vive la proclamación de la II República y junto a ésta, es parte clave en la intensa renovación cultural y artística que vive todo el estado español.

¡II República no olvidar! cultura y arte de la mano, caminando por todos los rincones del estado… el Museo del Prado a lomos de mulos hasta las aldeas, las Misiones Pedagógicas, teatro en ruedas “La Barraca”, miles de colegios públicos, miles de profesores libres, pedagogías comprometidas, la cultura, el arte y la ciencia fuerón la alegría de todo ese periodo de situaciones.

La sublevación fascista del 36 echa el cierre a este movimiento vallecano y todo lo que significara libertad y futuro.

El escultor Alberto Sánchez y el pintor Benjamín Palencia, iniciarón una serie de salidas que partian desde la estación de Atocha rumbo al Madrid manchego, Villaverde, Vallecas, Vicálvaro o Valdemoro, siendo su destino final  el paisaje rural vallecano y teniendo como cumbre y símbolo el Cerro Almodóvar, rebautizado por ellos como Cerro Testigo, desde la cumbre, convertida en altar del grupo vallecano, lanzaron el lema de su credo artístico: “¡Vivan los campos libres de España!».

A esos paseos pronto se les unirá  Pancho Lasso, un principiante escultor, llegado desde Lanzarote.

El entorno rural, de estos campos vallecanos se trasfigura para lenguaje plástico en un compendio ilimitado de formas puras, un encuentro con las raíces, la tierra, la vida, algo que provoca en ellos intensos sentimientos que invocan a la creación estética: tierras, arenas y arcillas, guijarros, piedras, surcos, aperos, casas rurales, plantas, sembrados o materiales encontrados en el campo y formados en la naturaleza; esa es toda su base para la creación pictórica y escultórica.

La muestra que tiene lugar estos días en Vallecas, la Vallekas libre y nuestra, hoy ya urbana, que inspiro este movimiento, nos muestra una exposición organizada como un continuum de obras y textos editados, de lectura libre y relación abierta con las obras expuestas, tanto de sus protagonistas principales, los artistas, como de una serie de  historiadores actuales.

Las obras expuestas abarcan los años centrales de la Escuela de Vallecas (1927-1932) y también el breve episodio de refundación (“) por parte de Benjamín Palencia, así como una serie demateriales arqueológicos y fotográficos que contextualizan este episodio de nuestra vanguardia histórica y de la villa que los acogió.

La Escuela de Vallecas, como expresión aparece por primera vez en un texto tardío del escultor Alberto Sánchez poco antes de su muerte, en la que singulariza una abierta comunidad poética vanguardista, constituida por los artistas mencionados, pero a la que  acompaña un largo listado de artistas, poetas y escritores, como Moreno Villa, Maruja Mallo, Ramón Gaya, Eduardo Díaz Yepes, Rodríguez Luna, Juan Manuel Díaz-Caneja,  Luis Castellanos, Ernesto Lecuona, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Luis Felipe Vivanco, Herrera Petere…

Alberto, nacido en 1895, era hijo de un panadero de Toledo y no aprendió a leer hasta los 15 años con su llegada a Madrid, donde sobrevivió como pudo. Trabajó como repartidor de pan y en una herrería, hasta que descubrió el museo Antropológico, el Prado y el socialismo. Las tres grandes influencias de su vida.

Trabajó también con García Lorca en los figurines y decorados de La Barraca, y aportó nuevas soluciones al llamado «hueco activo» en escultura, con obras como «Mujer de la bandera» o «Toros Ibéricos», Alberto será la insignia de la escultura posfigurativa hispana.

“Al participar en la Exposición de Artistas Ibéricos, conocí a varios pintores. Casi todos se fueron después a París, menos Benjamín Palencia. Palencia y yo quedamos en Madrid con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional, que compitiera con el de París.

Durante un período bastante largo, a partir de 1927, más o menos, Palencia y yo nos citábamos casi a diario en la Puerta de Atocha, hacia las tres y media de la tarde, fuera cual fuese el tiempo. Recorríamos a pie diferentes itinerarios; uno de ellos era por la vía del tren, hasta las cercanías de Villaverde Bajo; y sin cruzar el río Manzanares, torcíamos hacia el Cerro Negro y nos dirigíamos hacia Vallecas. Terminábamos en el cerro llamado de Almodóvar, al que bautizamos con el nombre de Cerro Testigo, porque de ahí debía partir la nueva visión del arte español…

Aprovechamos un mojón que allí había, para fijar sobre él nuestra profesión de fe plástica: en una de sus caras escribí mis principios; en otra, puso Palencia los suyos: dedicamos la tercera a Picasso. Y en la cuarta pusimos los nombres de diversos valores plásticos e ideológicos, los que entonces considerábamos más representativos; en esa cara aparecían los nombres de Eisenstein, El Greco, Zurbarán, Cervantes, Velázquez y otros”.

Benjamín Palencia  nació en 1894 en Barrax, Albacete y se afincó en Madrid en 1909. Tuvo un aprendizaje incesante cuajado de creatividad y, también fortuna al poder acceder a la gran biblioteca gráfica de Rafael López Egóñez, en la que se dotó de una erudición pictórica cosechada de todas las vanguardias europeas. Se relacionó con los círculos intelectuales en torno a la Residencia de Estudiantes, entablo amistad con Juan Ramón Jiménez, quien le introdujo en las plataformas literarias que en ese momento más bullían. Su conocimiento pictórico le facilita asimilar las tendencias pictóricas que llegan a España, desde el cubismo al surrealismo, el primitivismo rupestre e icónico, eso si, siempre desde su admiración y fidelidad a los espacios y volúmenes que representan pictóricamente las planicies manchegas. Su paleta siempre contiene colores áridos y terrosos, arcillas y arenas, que no dudaría en incorporar, también como sustancias materiales a sus obras abstractas. Gran admirador de El Greco, cuya obra visita siempre que puede en el Museo del Prado. Viaja a París y reside allí entre 1927 y 1928, sintonizando con las tiranteces que pendían en ese momento en torno a la revista Cahiers d’Art. Expondrá en la galería parisina de Pierre Loeb en la que despierta la admiración de Braque y Picasso. En su estancia conocerá a los padres del surrealismo francés: André Breton, Louis Aragon, y Benjamin Péret, entre otros.  Pero a Benjamín Palencia le incomoda mucho la competitividad que reina en el mundo del arte en la capital francesa, y pronto regresa a Madrid.

Pancho Lasso, es el hijo de un zapatero, aprendió el oficio de peluquero para ganarse la vida. Con catorce años, ingreso en la Escuela de Artes y Oficios de Arrecife. En 1925 inicia la impartición de clases de anatomía, modelado, grabado en hueco y dibujo como profesor interino en la escuela donde el mismo se ha formado.

En 1926 llega a Madrid becado por el Cabildo, y se matricula como alumno libre en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y en la Escuela de Artes y Oficios. En el Café de Oriente de la calle Atocha entra en contacto con el ambiente artístico, haciendo amistad en la tertulia con Alberto Sánchez, cuyo influjo impregnará sus primeras tallas. En 1930 como participe de pleno en la Escuela de Vallecas, se gana la vida ejerciendo de peluquero y ayudando en un taller de imaginería. En 1933 proyecta su «Monumento a La Internacional», realizada en yeso patinado y con poco más de 80 cm de altura, representa a una suerte de hombre metamorfoseado en instrumento musical, de factura inconfundiblemente vallecana: formas estilizadas que se inspiran en el arte prehistórico, juegos de volúmenes y huecos, las incisiones circulares de la esfera y las de la garganta, y el empleo de alambres.

En abril de 1934, Pancho Lasso participa en diversas iniciativas político-sociales de izquierda, a la vez que va cimentando su ideología comunista, su estilo se hace más realista y la obra resultante más comprometida.

¿Qué tuvo la Escuela de Vallecas, para que escritores, poetas, arquitectos, pintores, escultores… quedaran prendados a su alrededor?

Indudablemente tuvo un factor aglutinante creando un sentido brote de sentimiento nacionalista, como interpretación de una necesaria regeneración que iba más allá de los elementos puramente estéticos, algo que la hizo atractiva en ese bullir cultural y social que traería la proclamación de la II República.

Me asaltan a millares
el cardo fósil y el espino denso;
y espino soy que embiste
y cardo que ardo solo si te pienso

Y cerrando esta nota de la Escuela de Vallecas, no puedo por menos que destacar la figura de Miguel Hernández, que con su personalidad provoca una empatía reciproca con este movimiento. A Miguel le sirve para perder con este encuentro sus prejuicios acerca de la ruralidad que tiene en él y su obra, lejos de los poetas urbanos de la capital. En el grupo de Vallecas Miguel encuentra la asentimiento, el amparo de que ese componente esencial con sabor rural, pastoril, de tierra y campo que le define, no debe desterrarlo de sus versos, pues esos elementos están en él al igual que en el grupo de Vallecas.

“Después de una ligera conversación con Bergamín, nos pusimos los dos a dialogar: él, de campos y montes de Orihuela, y yo de tierras y montes de Toledo. Consecuencia de este diálogo fue una invitación que le hice para pasar una tarde por los campos de Vallecas.

A los dos días de este primer encuentro nos vimos andando por los magníficos campos plásticos y nutritivos de Vallecas, pues a medida que íbamos recogiendo espigas de cebada y trigo, de las que llevábamos los bolsillos llenos…” (Cuartillas leídas por Alberto en un homenaje a Miguel Hernández, 1961)

Y tal como empieza, acaba ¡hay que ir a verla! es una buena retrospectiva de este histórico grupo para nada academicista, sin manifiestos, ni si quiera principios, ni maestros, ni discípulos, pero que determinó una abierta comunidad vanguardista de las artes.

 ¡Qué la disfrutes!

Hasta el día 24 de noviembre, en el Centro Cultural Lope de Vega de Vallecas 108 obras de Alberto Sánchez, Benjamín Palencia, José Moreno Villa, Pancho Lasso o Maruja Mallo, entre otros… procedentes del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Biblioteca Nacional, Museo Centro de Arte Dos de Mayo, Museo de San Isidro, Museo de Historia, Museo de Arte Contemporáneo y varias colecciones particulares. Comisariada por el director del Museo de Arte Contemporáneo del Ayuntamiento de Madrid, Eduardo Alaminos.

Centro Cultural Lope de Vega. Puente de Vallecas Hasta el domingo 24 de noviembre de 2013
De lunes a viernes, 9 a 14 y de 16 a 21 horas – Sábados, de 11 a 14:30 y de 16 a 21 horas – Domingos y festivos, 11 a 14:30 horas. Entrada gratuita.

Bibliografía:

Mito y realidad de la Escuela de Vallecas, Raul Chavarri. Ibérico Europea de Ediciones. 1975.

Alberto Sánchez. Palabras de un escultor, Fernando Torres. Editor. Valencia, 1975.

Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta, José Luis Ferris. Temas de hoy. 2002.

Enlaces:

– «Monumento a la Internacional» de Pancho Lasso

Alberto y el Cerro Insomne

«Alberto el vehemente»

Imagen 2: Monumento a los pájaros, Alberto Sánchez.

Imagen 3: Benjamín Palencia hizo este retrato a Miguel Hernández tocando la armónica en 1935, parta ilustrar «El Silbo Vulnerado», libro que no se llegó a editar.

Otras notas del autor

En Twitter: @IkaiAlo

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