La España esteparia

pueblos-estado-espan%cc%83ol-loquesomossJavier Nix Calderón*. LQSomos. Enero 2017

“El español primero es de su pueblo, de su barrio si vive en una ciudad, después de su comarca, más tarde de su región, y en último lugar, de España”. La frase, del historiador Claudio Sánchez-Albornoz, resume el espíritu de un pueblo que nunca fue capaz de agruparse en un proyecto político común, saqueado por oligarquías y espoleado demasiado a menudo por un odio cainita hacia lo diferente. La idea de España se ha construido siempre por oposición: por oposición al musulmán durante la reconquista (sin mayúscula, porque no hay nada de épico en ella), contra el protestante en la España imperial, contra todo lo que no fuera castellano durante el siglo XVIII, a través de la lucha entre tradicionalistas y liberales en el siglo XIX, contra el socialismo y la modernidad en el siglo XX. España es como el protagonista de El lobo estepario, de Herman Hesse: un concepto herido, atrapado entre dos extremos, que se observa a sí mismo incapaz de apreciar la belleza de lo múltiple, la riqueza cultural y lingüística de su territorio, y aterrado ante la perspectiva de observarse en un espejo y ver cómo su realidad se fragmenta.

Se entiende con facilidad que el español sienta en último lugar a España como propia. La vida no es lo abstracto, sino lo inmediato, y lo inmediato es la calle, el pueblo, la ciudad, el paisaje por el que se transita. Los lazos emocionales se establecen con el color de las casas, con el olor de las calles, con los vecinos, con los usos del lenguaje en cada región. España es un concepto que se aprende cuando se está lejos. Al estar lejos, se descubre que España es una construcción lingüística, con una historia falseada y edificada sobre la muerte, el destierro y el miedo. Sobre todo el miedo.

España es el país del miedo. En España el miedo ha tenido la fuerza que en otras naciones ha tenido la esperanza y el afán de modernidad. El motor de la polis693historia de España es el miedo, que siempre se convierte en odio. España es el país del mundo que más guerras civiles ha sufrido, y eso no es casualidad. Continuando con el símil con El lobo estepario, podríamos decir que España mantiene en su interior una pugna entre el Lobo y el Hombre. El Hombre busca el cambio, el contacto con el medio, el diálogo, el crecimiento. El Lobo, en cambio, busca el aislamiento, el silencio, la seguridad ficticia del pasado. Cuando el Hombre avanza un paso hacia el futuro, el Lobo, asustado por la incertidumbre, muestra los dientes y muerde, desgarrando la carne del Hombre. Esa carne desgarrada son los más de 200.000 republicanos desaparecidos tras la guerra civil española. Esa carne desgarrada es Federico García Lorca siendo fusilado en un barranco de Granada en 1936. Esa carne desgarrada es Antonio Machado muriendo exiliado, solo y enfermo en Collioure en 1939.

España ignora, o quiere ignorar, que la identidad nacional es una ficción. España no es Una, Grande y Libre, como rezaba la consigna franquista. Esa consigna, gritada por el Lobo para acallar al Hombre, se disipa al contacto con el primer sol de la realidad. España no es Una: España es una multiplicidad, una cebolla de cien capas, una tela de mil hilos, enriquecida por todos aquellos pueblos que la habitaron. España no es Grande: España es un apéndice de Europa, una frontera entre dos continentes, un pequeño punto en el mundo, un parpadeo de la tierra entre las aguas del Atlántico y el Mediterráneo. España no es Libre: mp197España es una prisión de pueblos, el único país del mundo donde el fascismo ganó la guerra, el lugar donde, hasta hace menos de 40 años, podías ir a la cárcel si hablabas catalán, vasco o gallego en público.

España no duele, como dijo Unamuno. España, o mejor dicho, la idea de España, cansa, aburre, hastía. La idea de España fue construida por aquellos a los que no les importa nada España. La idea de España es una excusa para perpetuar el dominio de un pueblo sobre otros, de una clase sobre otras, de una visión del mundo sobre otras. Mi idea de España no incluye la palabra España, sino otras, más humanas, como Justicia, Dignidad, Igualdad, Oportunidades, Respeto. Mi idea de España es el Hombre domesticando al Lobo, el Hombre observando en un espejo cómo su imagen se fragmenta en dos, diez, mil, un millón de hombres diferentes, únicos, caminando por avenidas paralelas, y los abraza a todos y de todos se siente parte. España no existe porque no existe el Yo. Y si vuelven a gritar que sí, que existe esa España, que existe el Yo, es el Lobo que aúlla, es el Lobo que se retuerce y enseña los dientes, es el Lobo que ataca, es el Lobo huyendo del espejo que le muestra su propia miseria. Pero el Hombre ya no es un Hombre, ahora el Hombre son un millón de hombres y mujeres que han abandonado la estepa, que se internan en el bosque sin miedo al Lobo, que se reconocen en los otros.

El Hombre puede demostrar que Jaime Gil de Biedma se equivocaba al decir que “De entre todas las historias de la historia, la más triste es la de España, porque termina mal”, porque aún no ha terminado. En realidad, no ha hecho más que empezar.

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Un comentario en “La España esteparia

  • el 6 enero, 2017 a las 13:22
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    Aceptando como cierto el 99% del artículo, echo de menos una alusión mínima a aquella España (1931-1939) que quiso afirmarse, con Azaña a la cabeza, y otros intelectuales de la época cuya enumeración sería cansino detallar aquí. En verdad si que hubo una España que quiso situar la «piel de toro» en el mundo. Citaré solo tres nombres: Picasso, Miguel Hernández y Manuel de Falla. Luego el fascismo nos precipitó en el cadalso y en la nada, pero habemos un pueblo, una franja del País, que no renunciaremos jamás a todo lo que de noble encierra ese concepto de la españolidad, heredado de quienes, con los voluntarios que aquí vinieron a combatir en aquella remota guerra, combatieron en los frentes de Madrid, Ctaluña, Adalucía. Quizás ni ellos mismos habían leído a Ortega, a Machado ni a Azorín; tantos de ellos murieron sin que nadie les explicase a Goya, a Solana, a El Greco ni a Becquer; pero, a la idea de la revolución proletaria, iba unida defender aquellas piedras, aquella memoria de las eras y las cosechas, aunque fueran las del amo. Para ellos España quizás fuese un concepto vago, pero se aferraron a él, como lo hicieran Vallejo, Blas de Otero, Celaya, Unamuno, independientemente de los resultados de hoy. Ni que decir tiene que amo este país, más allá de las hogueras, de los verdugos de antaño; del señor Rajoy y de Marhuenda.

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