laextintapoetica_lqsomosCarlos Olalla*. LQSomos. Diciembre 2016

¿Qué hacer cuando vivimos abotargados en un mundo que niega la poesía y la belleza?, ¿Cómo sobrevivir en el permanente sinsentido que nos adocena y nos empuja a seguir el camino de la abyección?, ¿Qué queda de lo que queríamos ser, de lo que podríamos haber sido, de lo que nunca nos atrevimos a ser…? Somos esa Ofelia desmadejada y rota que se resiste a desaparecer en la inhumanidad de un universo cruel y cerrado que criminaliza al diferente, al que sueña, al que pretende ser libre. “La extinta poética”, montaje escrito por Eusebio Calonge y dirigido por Paco de La Zaranda, nos pone frente a esa realidad, y lo hace como solo La Zaranda es capaz de hacerlo: sin trampas ni tapujos, de forma descarnada, hermosamente descarnada, terriblemente descarnada. La brutalidad del texto no es más que el reflejo de la brutalidad de nuestra existencia, esa absurda existencia en la que hemos permitido que conviertan nuestra vida. La familia que magistralmente encarna esta obra es un microcosmos en el que todos nos vemos reflejados, un espejo ajado frente al que han pasado las vidas de los que estamos y, si no lo remediamos, las de los que vendrán. Hemos renunciado a la belleza, a los sueños, a ser quienes somos… eso es lo que refleja ese implacable espejo: seres abducidos por el vacío del día a día que han convertido sus vidas en una simple y sempiterna espera de la muerte. En este montaje no actúan los componentes de La Zaranda, no les vemos en escena, pero es Zaranda en estado puro, es su esencia, es esa forma única de concebir y vivir el teatro que les ha llevado por los escenarios del mundo y de la vida durante ya casi 40 años.

El trabajo actoral es, como en todos los montajes de La Zaranda, impresionante. Solo ellos son capaces de convertir el esperpento en realismo. Nada falta, nada sobra. Es esencia de lo que es y siempre ha sido el verdadero teatro. El trabajo corporal de los cuatro intérpretes es sencillamente magistral: Laura Gómez-Lacueva da vida a esa madre que sobrevive de pastilla en pastilla y de tragedia en tragedia; Carmen Barrantes a la hija que centra las ilusiones y aspiraciones de la familia, y que no es más que una novia casada con la espera; Rafael Ponce es el padre que gira y gira en el sinsentido de la noria de su vida e Ingrid Magrinyá, brutal, encarna a la hija menor, esa hermana condenada a vivir en un cuerpo que niega la belleza que ella lleva en su interior y que pugna por salir, por no desaparecer, por no morir en vida. Ella es esa Ofelia que nos recuerda que la belleza existe en quienes nos negamos a renunciar a ella, en quienes elegimos vivir nuestras vidas, en quienes no renunciamos a perseguir nuestros sueños…No es que haya belleza en la rebeldía, sino que la rebeldía es belleza.

Las palabras de Eusebio Calonge, poeta del silencio, nos hablan de ese descarnado espejo que su texto pone frente al espectador: “De los estimulantes a los tranquilizantes, de la velocidad a los somníferos, de las píldoras para la potencia sexual a las anticonceptivas. Barbitúricos, zapping y gimnasio. Proliferación de mercancías. Lociones, llamadas perdidas, resultados deportivos, visitas guiadas al infierno hipotecado. La rueda del hámster. Máxima agitación como único modo de sentirse vivo. Personajes que cambiaron su biografía por un abultado historial clínico… y en mitad de tanta nada, apenas una pregunta: ¿Qué hace Ofelia en nuestra época? ¿Quién escucha su lamento antes de que se sumerja, definitivamente, en la corriente de la vulgaridad y el tedio? Es como preguntar por el sentido de la poesía en nuestro tiempo de velocidad y vacío. Entre la futilidad de los deseos y tragedias mezquinas de una familia, en su cotidianidad quebrada, un ser desvalido siente el impulso grande, vital, esencial, del arte. Un canto de cisne, unas flores arrojadas al río, la fragilidad de la belleza amenazada siempre.”

No permitamos que nuestras vidas se conviertan en ese canto del cisne, rebelémonos contra quien nos arroja al río cuando aún somos flor, no dejemos que rompan en mil pedazos la belleza que llevamos dentro, una belleza que solo el amor y el arte pueden iluminar. Atrevámonos a vivir nuestra vida, a perseguir nuestros sueños, a no renunciar a ser quienes somos y a expresar y compartir todo eso que llevamos dentro. No es fácil, es difícil, pero nos va la vida en ello. Escuchemos a todas las Ofelias que viven a nuestro alrededor, ayudémoslas a volar, a vivir sus sueños, a danzar con nosotras esa danza sin fin que es la vida, devolvamos a la poesía el lugar que le han robado, no permitamos que las encierren, nos encierren, definitivamente en su vacío, su vulgaridad y su tedio. No esperemos la llegada del príncipe salvador. Los príncipes nunca existieron ni debieron existir, no son más que adormideras que convierten nuestras vidas en eterna espera. De nosotras y solo de nosotras depende, porque somos nosotras y solo nosotras quienes podemos parar la rueda, gritar que el rey está desnudo y que la vida, nuestra vida, no era esto.

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