La fotografía

La fotografía -proceso de escribir con luz- tiene bastante de esos procesos de enamoramiento en los que a veces nos precipitamos. Tiene mucho de ese acoso y derribo al que sometemos al objeto de nuestro deseo. También tiene bastante de esas jornadas de caza en las que, un hombre, con las primeras luces del día despuntando en el horizonte, se adentra en el paisaje para acudir a la cita con esa posible pieza que sabe con certeza que le espera en la llanura o en lo más profundo del umbrío bosque, aunque no haya ninguna certidumbre en la captura.

Como en la pesca, el “cazador de imágenes” se sitúa en el ”puesto” o curva del río más silenciosa e idónea para la captura: horas de espera pueden ser premiadas o no con una excelente “trucha” que llevar a casa, o quizás ésta merezca la “clemencia” del “pescador” y retorne al silencio de las profundas aguas del caudaloso río cuando, al rebelarla, decidimos destruir la copia y resolvemos conservar el recuerdo del lugar fotografiado.

La fotografía es algo que nos habla, sobre todo, de un pasado en el que fuimos jóvenes y hermosos; da testimonio de tal o cual batalla, en la que nos vimos involucrados defendiendo unos ideales determinados, de un momento en el que una nube tomó una caprichosa e “irrepetible” forma.

De las mil formas que existen de explicar tan bello arte me quedo con la de las aguas de un río que, en su discurrir, como en un libro, narran todo aquello que observan: aquí vimos reflejadas las cúpulas de los templos de una hermosa ciudad; allí, bajo la sombra de un viejo olmo, un anciano dormitaba, con una caña de pescar entre las piernas, mientras el sedal se hundía en la corriente. Pasamos bajo un puente al que en ese mismo momento se asomaba un hombre con la cara desencajada y con ánimo de arrojarse al vacío; niños de primera comunión, recién casados, caballeros con bastón y con sombrero, ante la cámara de un fotógrafo de aquellos de los parques, con pesadas cámaras sobre un trípode de madera cargadas al hombro; amantes besándose tras los cristales del apartamento de un edificio de la gran ciudad. Soldados de reemplazo retratados en el estudio de un fotógrafo de provincias; sirvientas posando para un  retrato que le mandará al novio, que sirve en África.

Fotografías de paisajes, de puentes colgantes sobre las aguas de caudalosos ríos. Fotografías, fotografías… Fotografías de bebés recién nacidos, recién fallecidos, recién bañados, dormidos, comiendo, llorando, riendo. Fotos de luchadores de boxeo abandonando el ring y adornados con el cinturón de campeones, entre las ovaciones del público. Fotos de prostitutas, de novicias y de curas recién ordenados. Fotos de interminables caravanas de seres hambrientos, perseguidos por las balas del enemigo, por las cárceles, por la represión, la destrucción y por los desastre de las guerras.

Fotografías de puestas de sol violentamente hermosas, de gentes durmiendo a la intemperie en ciudades de monstruosos rascacielos. Fotos de combatientes del vietcom ejecutados por oficiales al servicio de EE.UU. en plena calle de ciudades civilizadas, Fotos de poderosas tormentas, rayos, torbellinos, aludes, vendavales, ciclones, desastres naturales, con ciudades arrasadas y poblaciones sin hogar. Fotos de militares recién graduados, en las academias de West Point, en Saint Cir, en Zaragoza. Fotos de fulminantes disparos a la portería en tardes de fútbol. Fotógrafos que filmaron su propia muerte, en el momento de ser alcanzados por una bala de los golpistas que asaltaron la residencia de Presidente constitucional, Salvador Allende; fotos de dorados trigales batidos por el viento, con esforzados segadores tocados con sombreros de paja, armados de centelleantes hoces y segando la mies.

Fotografías de sonrientes padres de familia jugando con sus hijos, tras una “dura” jornada en el centro de detención, donde ellos se dedican a extraer confesiones bajo  tortura a los detenidos; fotos de caza, de tardes de rugby en fabulosos estadios estadounidenses, con felices ciudadanos cubiertos con gorra y saciando su sed con Coca-Cola. Fotos de Hitler acariciando a su perro, tras recibir la noticia de la efectividad del gas Cyclon con los judíos; fotos en blanco y negro de luminosos cuerpos que parece que van a levitar en cualquier momento, amándose sobre sábanas que podrían incendiarse ahora mismo.

Fotografías de Francisco Franco saludando desde su balcón predilecto en la Plaza de Oriente, tras firmar las penas de muerte de 5 antifascistas; fotos de trabajadores que, como hacendosas hormigas, levantan verticales edificios en la colosal ciudad de los rascacielos. Fotos de cacerías en África, con un Hemingway todavía joven; perros, gatos, elefantes, vigorosos orangutanes,  serpientes de prodigiosos colores reptando por soberbios árboles, cuyas copas buscan la luz del cielo, avanzando sigilosas para capturar una posible presa. Hombres en tareas de pesca; conduciendo poderosas locomotoras en las llanuras de Méjico, por las planicies de Norteamérica, por las quebradas llanuras de Castilla, tapizadas estas por un vasto manto de nieve.

Fotos de hermosos automóviles que devoran millas en las rutas de los desiertos de Arizona; científicos en labores de investigación en las heladas aguas del Ártico; niños de corta edad, desescolarizados, tratando de colocar su mercancía entre los viandantes de las ciudades más empobrecidas de Latinoamérica, mientras el gringo arrasa con las reservas de petróleo y mineras; ciudades castigadas por las luces de neón, en las noches de la pesadilla norteamericana, con yonkis, camellos, borrachos, prostitutas…, y coches de la policía patrullando los distritos más conflictivos; fotos de mafiosos de Galicia al pie de los pazos que adquirieran con el fruto del tráfico de drogas.

Fotos de rumanos sentados en el suelo de las aceras, esperando una moneda del que pasa, al pie de los lujosos escaparates de la gran avenida y de los anuncios de los bancos y de las grandes transnacionales; campesinos españoles de blancas camisas, alineados en los tapiales de pueblos sin nombre, listos para morir bajo las balas de los falangistas por haber empuñado una vieja escopeta mientras en la Casa del Pueblo ondeó la roja bandera; ancianas de negras sayas, negros pañuelos que cubren requemados , con sus atados de ropa a la cadera, huyendo de las tropas del general Yagüe, por las carreteras de Extremadura y de Andalucía; fotos de golfillos jugando al fútbol con una pelota de trapo en el desolador paisaje de los solares que dejaron los bombardeos a su paso; lápidas de blancos y abandonados cementerios, con nombres ya difíciles de leer, borrados por la lluvia y por el tiempo.

Fotografías de gentes arrojando al mar flores y cenizas de seres amados. Tenebrosos campos de concentración nazis, con la memoria de los millones de judíos, rusos, españoles, británicos, checos, franceses, húngaros, gitanos, homosexuales arrastrados hasta allí desde las cervecerías y los cafés de Viena, de Praga, de las más cultas ciudades de Europa; campesinos, artistas, oficinistas. Fotografías de radiantes azoteas y de luminosos campos donde triunfa la retama y la roja amapola, donde la brisa hincha las blancas sábanas, los humildes manteles, como si de velas de egipcias naves se tratase, las prendas intimas de las mujeres y los laboriosos calados artesanales. Imágenes de rubios jóvenes de piel tostada por el sol, fumando, leyendo, contemplando la fuga de un cúmulo de nubes en el azul, con las poderosas montañas como fondo. Fotografías de hombres cargados con macutos, con armas, con todo un valle abriéndose a sus pies, donde tal vez les espere la muerte, que no el éxito: al dictador aun le quedan largos años de salud y de despiadada guerra contra la masonería y el comunismo.

Fotos de partisanos comiendo un rancho frío en las montañas, para que la tropa alemana y los “camisas negras” no los descubran.  

Barcos de recreo, buques de carga con nombres de personajes y de lugares lejanos, gaviotas que acechan desde la altura a los peces más menudos; blancas velas que rompen la monotonía del azul marino en todas las latitudes del mundo; minúsculas ermitas erigidas sobre azules montañas que se elevan hasta confundirse con el azul del cielo, a modo de antediluvianos animales. Cuerpos de hombres y de mujeres curtidos por el sol, pieles tersas, jóvenes, como labradas por el humo y la brisa de los campos y de los océanos. Pieles estratificadas, escoriadas, calcinadas, difuntas, torturadas por las edades y por la enfermedad. Divisiones de árboles en militares y centenarias formaciones.

Fotografías de gentes derrotadas por la vida, sin otro patrimonio y otra patria, quizás, que ese carrito hurtado en el aparcamiento de Carrefour y esos cartones tendidos en la puerta de Zara cuando se cierra el comercio de la gran ciudad, mientras el invierno entra por Sol y por Callao.

La irrupción de la fotografía como arte ha sido como la llegada de la democracia: gentes que nunca hubiéramos sido capaces de copiar un paisaje, las líneas del rostro de una adolescente, ahora, con las nuevas tecnologías, podemos competir con algunos de los maestros del gremio, como iniciados en esta nueva religión que gana adeptos cada día en todo el mundo.

Como en otras manifestaciones artísticas, también en este caso hay personas que se limitan a copiar el paisaje, reproduciendo la sola belleza en un mundo que, minuto a minuto, parece que va a saltar por los aires. Gracias a estos siempre será posible, en este mundo tan cambiante, dentro de cien o de mil años, dónde hubo una fuente, dónde ayer hubo un colegio, dónde un cuartel, la vaquería donde de chicos acudíamos con el cacharro de aluminio para que nos despacharan el litro de leche recién ordeñado de las ubres de la vaca, a la que oíamos tras el muro que separaba el despacho del establo.

Es particularmente emotivo pasear hoy por una exposición de fotografía, en blanco y negro, en un pueblo de La Toscana italiana, y descubrir que, en los ya lejanos años cincuenta del pasado siglo, hubo gentes que, cargadas con sus prodigiosas Leica, tuvieron la sensibilidad, el acierto de “capturar” la imagen de una columna de monjas, con sus amplias togas y sus largas sayas, caminando por un campo; las calles de una ciudad de la posguerra, con gentes ocupando las vías todavía no invadidas por los automóviles; un hombre pedaleando sobre una bicicleta -sobre el transportín una carga de leña-, rodando pacientemente sobre una carretera todavía sin asfaltar. Fotografías de bañistas en playas de ciudades de provincias donde eran raros los coches, las motos, los mismos flotadores; jóvenes seminaristas vestidos con largas y negras sotanas jugando al fútbol. Fotografías de hombres de edad madura, ocultando su prominente barriga con ediciones de periódicos donde se hablaba de guerras en países lejanos, de bodas reales, de “cazas de brujas” en los Estados Unidos, con anuncios de prodigiosos electrodomésticos americanos y alemanes y larguísimos coches pilotados por famosos astros de la pantalla, acompañados por Ava Gardner o por Rita Hayworth y en gira por Europa para promocionar sus películas.

Alguien dijo que “la fotografía es memoria”. Desde los hermosos trazos de las Cuevas de Altamira hasta hoy, muchos son los medios  que el hombre ha concebido para inmortalizar su paso por este breve tránsito que es el vivir. A la pintura le siguió la escultura y a ambas la fotografía, que es la madre del cine, el vídeo, la televisión.

Los pesados y costosísimos equipos del siglo XIX han sido reemplazados por ligeras y económicas cámaras que nos acompañan allí donde vamos, ya sea en forma de móvil o bien en el formato de una eficiente Nikon digital, con la posibilidad de acabar las fotos en casa con un trabajo de retoque en photoshop, trabajo éste que antes estaba vedado a los no iniciados, pues el revelado requería un cuarto y un equipo, además de unos conocimientos que no siempre estuvieron al alcance del aficionado.

Si en pintura hubo unos procesos en los que, desde la simple copia de un paisaje hasta plasmar en un lienzo las guerras entre los pueblos, pintar reyes, infantes sobre vistosos corceles, a los cardenales y papas, sin otro afán que agradar a la Corte, a la Iglesia, que eran los que detentaban el poder; en fotografía, superados aquellos tiempos en los que nos limitábamos a fotografiar paisajes, familiares saliendo del templo después de una boda; a aquellos seres amados que habían sabido de guerras, de privaciones y de huelgas revolucionarias, se ha ido evolucionando hacia una poética, una estética de la fotografía, propiamente dicho.

Si en literatura un buen escritor necesita expresar una idea yendo algo más allá del simple hecho, de la mera idea; en la fotografía, el retratista rebasa el papel de simple comunicólogo para adentrarse en el territorio del arte. De ahí los innumerables Cartier Bressón, Doiseneau, Man Ray, Tina Modotti y un interminable etcétera que se haría tedioso enumerar. No dejan de conmovernos las viejas fotos de nuestras familias hechas en el pasado: fotos en blanco y negro de los años cuarenta, cincuenta, delante de un sórdido cierre ciego (que digo yo si no habría lugares más vistosos en la ciudad), fotos en el río Manzanares, estrenando aquel bañador que compramos en SEPU cuando irrumpieron en España las campañas del “duro”; fotos en el Parque Sindical, en la Boca del Asno, en el Jarama, aquellos días de bocadillos de lomo de jabalí a la sombra de cualquier árbol en la Casa de Campo, imaginando cómo sería todo aquello quince años antes, cuando el padre, con otros miles de hombres más, pusieron el mundo patas arriba y aquellos parajes se llenaron de moros que había traído Franco para “liberar” Madrid y que  acababan sus días en el estanque, mientras los cañones de Varela batían la ciudad, cruzando acero y maldiciones con los milicianos que habían abierto las trincheras que aún podían adivinarse al pie del Cerro Garabitas.

Observo una y otra vez esa deslucida silla de enea que compré en un rastrillo, y ella, tozuda, se empeña en devolverme la figura ya remota de mi padre, quizás leyendo El Socialista, El Heraldo de Madrid (que él vendía por esa misma calle Toledo, los alrededores de la Plaza de la Cebada, en Sol, allá por el año quince), periódicos que hablaban de una lejana guerra mundial, de la revolución rusa, del incendio en el Teatro Novedades, con innumerables muertos y heridos. ¿Porqué ese sillón con un muelle roto se empeña en convocar al ser querido que partió hace años, al hijo que nos llama de vez en cuando desde el país donde encontró trabajo y casose con una francesa. ¿Por qué la toalla sucia detrás de la puerta del baño nos habla de la soledad; de “ella”, que ya va para un mes que marchó, sin dejar una mala nota ni una sola llamada telefónica que nos haga concebir la esperanza de su retorno?

Como las películas de nuestra niñez, nuestra juventud primera, las fotos, como los objetos que guardamos y no acabamos de desechar, “por si acaso”, tienen el poder de evocarnos el paso del tiempo, lo efímero de éste. Entre las múltiples facetas de la fotografía esta también la de la magia.

Entre los numerosos “magos” y poetas en fotografía, cabe destacar el trabajo de Chema Madof, que nos introduce directamente en ese ambiguo territorio de lo que es y lo que parece ser, la ambivalencia de los objetos, la negación de la mirada única: fotos imaginarias en un mundo imaginario que nos hacen evocar al mejor Cortázar.

Sebastiao Salgado, Robert Capa, Gervasio Sánchez, Gerda Taro, los hermanos Mayo, Javier Bauluz… entre un sinnúmero de informadores gráficos, forman esa estirpe, esa legión de hombres y mujeres que, sobre el propio terreno, arriesgaron sus propias vidas en conflictos armados, a favor de los desheredados, los sintierra: en la Guerra de España, en la Palestina castigada e invadida por las tropas israelíes, en los basurales del mundo donde los seres humanos, hombres, mujeres y niños por igual, como si de bestias se tratase, son reducidos al triste papel de esclavos.

Sin ánimo de convertir esto en un pretencioso ensayo sobre la fotografía (soy un amante de ésta pero no rebasé los límites del aficionado: esto no deja de ser más que unas apasionadas notas sobre mi relación con la fotografía), me gustaría detallar aquí algunas de mis preferencias y hallazgos

Para aquellos que no tuvimos que ganarnos el cacho de pan con una cámara, ya fuese retratando el hambre, la enfermedad, la guerra y la represión. Los que no viajaremos jamás a África para retratar hermosos felinos en libertad, bestiales atardeceres y hermosas colinas en Kenia, con hermosos ejemplares de pobladores con blanquísimas dentaduras, nos queda la cotidianidad de la ciudad y sus entornos; las escapadas a la playa cercana, un día en el monte –mejor con niebla-. Para nosotros quedan las calles, los niños, el encuentro con el poeta Leopoldo María Panero en el Parque de S. Telmo, tendido cuan largo es sobre un banco, con un paquete de cigarrillos reducidos a colillas a sus pies y pidiéndonos que le invitemos a una Coca (vaya por aquella feria del libro de Madrid en la que le tuve no firmando libros en mi caseta.)

Puesto a escoger, me quedo con una visita esporádica a los pueblos del interior de la isla, en la cumbre.  

Es grato encontrarse aún con casas que resistieron a los años, a las inclemencias del tiempo y a las piquetas del progreso: un siglo, tal vez más y ahí continúan, con sus antiguas tejas acanaladas colonizadas por el verol, esos viejos tejados tapizados por el tiempo, las lluvias, el sol.

Me resultan especialmente entrañables estas modestísimas casas con sus puertas verdes, castigadas por los elementos y rajadas por el sol. Esa ventana a la que quizás tantas veces se asomó la madre por ver si venía ya el hijo después de labrar aquel pedazo que aún conservaban, en la misma falda de la montaña por donde aparecía el sol en los días que no espesaba la niebla desde el amanecer. En tanto aparto la buganvilla y la tela de araña que estorba mi entrada a la caseja, voy pensando en las personas que habrán podido traspasar este umbral: para ir a buscar agua a la alberca o al cercano pozo; para escaparse a la ciudad con la caballería por simiente, por una herramienta, a misa. Jóvenes varones que marchaban por la inmediata senda, con una maleta de madera de la mano, camino de un posible empleo en la lejana ciudad,  para escapar del hambre; para incorporarse a quintas, para visitar a la novia que vivía un par de leguas más allá. Escapadas al camposanto para dar tierra a un ser querido o tal vez para dejar una solitaria amapola sobre la sepultura del padre, que un invierno se llevó después de matar el último cerdo. Mozas que abandonaban la casa paterna para empezar una nueva con el hombre de su vida, aquel niño del que se enamoraron un día en el recreo del colegio. Niños vestidos con humildes galas para hacer la Primera Comunión. Escapadas al pueblo cercano el Día de la Virgen, con visita ella al colmado tal vez para comprar hilo o una tela para hacer unas sábanas nuevas, que las otras ya están “pasadas”, conformándose con mirar una vez más la maravillosa maquina de coser Singer, él para ir al barbero. Escapadas de él a la capital para hacerse ver por el médico “eso del pecho” y de paso echarse un “pisco ron”, y si cuadra, echar un polvo en lo de Molino de Viento, que “la parienta ya no esta pa` esas guarrerías”. Confesarse y comulgar, que dado lo lejos que cae la iglesia, se pasan los meses sin recibir los santos sacramentos; enterarse de las defunciones, de que casó el chico del “tío Romualdo”, de que se arregló, por fin, el Ayuntamiento -la Casa del Pueblo cuando aquello de la República-, que vino un médico nuevo al pueblo, que salió del Salto del Negro la hija del Secretario, después de aquel lío de drogas que tuvo.

Enjalbegados muros cien veces, antes de que el esqueleto del techo mostrara el azul del cielo a través de los costillares del vigamen de madera que ayer sostenían las tejas; muretes de contención para que las tierras donde en el pasado se sembró una huerta para abastecer las necesidades de la casa, no sean arrastradas hacia el barranco, coger unos tunos aquí, tirar una piedra, de sobaquillo, como cuando chicos, para romper por un momento el espejo de las quietas aguas de la Presa de las Niñas.

No es posible retratar los diálogos, los pensamientos, todavía, pero no hay que hacer mucho esfuerzo para poder oír aun aquello que se podría escuchar hace unas décadas por estos luminosos espacios, mientras se afilaba una guadaña o se encendía un Mecánicos con el chisquero de mecha que dejaba en el aire ese olor tan peculiar que recordaba al padre. Diálogos de camino:

-Ya esta buena la alfalfa.

-Qué buena va ya la cebada del “tío Práxedes”.

-Tengo que reparar la cerca de las tuneras para que no se me lleven los tunos los chicos.

-Si no arreglo el tejado pronto, este invierno va a entrar la lluvia en la alcoba de la chica.

-Si consigo colocar toda la cosecha, este año compro un cochino.

-Y ahora que a mí me vino este dolor, se me va el chico a África.

– Ahí mismo espatarré por primera vez a la Remedios, antes de que nos casara don Venancio, con un chico ya de camino.      

-El domingo me escapo de caza, aunque caigan chuzos de punta.

-Si la Pino quisiera…

-Hoy hay “panza de burro” sobre Las Palmas.

-¡Bendita lluvia! No sé lo que haríamos sin ella en estos campos de Dios. Buen día cogió la mujer para tender la ropa en las líneas.

-Un día de estos me cojo el perro y me planto en Agaete, por el solo gusto de mojarme los pies en el agua del mar.

-Tengo que pagar la cuota del Partido.

– Bonita manera de gastar el tiempo cuando no se tiene nada mejor que hacer: Ellos caminando por gusto y yo aquí solo, en medio de todo este campo por segar.

-Mientras estés aquí escondido, ni la Guardia Civil ni la Falange han de encontrarte.

-Acabaron con la República: Ahora empieza la cacería.

-Que no se hubiesen metido a políticos, que nadie les mandaba.

-Te recuerdo que con la República tú aprendiste a leer y a escribir…  

– Él construyó algunas presas.

-También fusiló a Eduardo Suárez, el diputado comunista de Las Palmas; al alcalde de San Lorenzo, con otros cuatro más; a Fernando Egea, delegado del Gobierno de la República en la Zona Sur. Y eso por no mencionar a los que fusiló en Arucas, en La Palma, en Tenerife; los millares de ejecutados en la Península, los millares de años de cárcel que sumarán los que pasaron por los penales, los campos de concentración, las obras del Valle de los Caídos. A todo esto sería menester sumar las hambres, las fatigas, las privaciones, las enfermedades que tuvo que padecer de todo un pueblo que lo único que pedía era trabajo y libertad, y a la que los militares, la Iglesia y los ricos, con los señoritos de la Falange, respondieron con la traición, la consunción en la oscura y húmeda celda, la represión la negación de las libertades más elementales, el aislamiento como pueblo durante décadas. Y todo con el visto bueno de los países mal llamados democráticos, que cuando les pidieron a los republicanos españoles en Francia que combatieran en la guerra para derrotar a Hitler, prometiéndoles que al final de aquella acabarían también con Franco, nos dejaron tirados, con el Señor del Pardo como cazador a sueldo de cuanto comunista, socialista y anarquista quisieron combatirle.    

-Aquello de allí es una pardela.

-Tendría que bajar a Telde a pagarle el alquiler a don Enrique.

-Si mandamos al chico a las escuelas, ¿quién me ayuda a mí en el campo?

-Tengo que emparejar este camino.

-¿Es que este año no nos va a mandar la lluvia el Señor?

-Recoger las pocas calabazas, la poca remolacha que creció, arrancar el campo de millo, descamisar las piñas, desgranar, aventar, tostar el millo, acarrearlo al molino del “tío Santiago”, capar al cochino, limpiar la broza del fondo de la alberca, reponer las muelas del trillo antes de julio, desinsectar la tierra, pedirle un perro nuevo al Carmelo, hacerle un armario a la Encarna, casar a la Lucía, echarle un astil nuevo al rastrillo, bajar a Las Palmas pa` comprarme un “cachorro” nuevo; pintar el balcón, de verde, como el Andrés. ¿Y esos tiros por Caserones? ¿Habrán cogido a El Corredera?

De cuántos monólogos no habrán sido testigos estos campos. Cuántos diálogos con el borriquillo que no respondía más que con el cansino trote, agobiado por la carga de leña para el hogar.             

Hoy se fotografía todo. Una especie de virus se ha instalado en el Mundo, y , como consecuencia de que ya no es imprescindible llevar a papel nuestras fotos, con el consiguiente gasto –podemos verlas incluso más grandes en la pantalla del ordenador o de la tele-, fotografiamos todo lo que se mueve y nos rodea: Gente nadando, un atractivo escaparate ante el que se detiene una mujer sujetándose el sombrero para que no se lo arrebate el viento; una pareja besándose sobre el césped de un parque y unos veteranos jugando a la petanca al fondo; la delgada línea del horizonte en el momento en el que el sol se hunde en el más allá; un cruce de calles, con sus semáforos, su “paso de cebra”, sus cables del tendido eléctrico, tranvías, un tipo que pasaba por allí. Aquello que no mereció nuestra atención en el pasado: niños y niñas jugando a la “toña”, al “aro”, a la “comba”, a la “rayuela” a “dola”; mujeres y hombres tocados con sombreros de paja y esforzándose en las tareas de la trilla, espigar, aventar; hombres purgando un pino, en lo más profundo de un pinar, para extraerle la resina…pude sorprendernos en cualquier momento en una exposición retrospectiva de un fotógrafo al que nadie dio mayor importancia en su día, pero que levantó acta de profesiones y costumbres, muchas de ellas ya desaparecidas, hace de esto setenta, ochenta. Y de paso nos reprochan no haber tenido en es momento una cámara, o haber tenido el “ojo” para haber sido nosotros mismos los que capturamos el momento.

Es especialmente conmovedor, digo, que otros hombres y mujeres se adelantaran en el tiempo en este noble arte para fotografiar nuestras vidas y las de otros ya desaparecidos.                                                                            

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