La izquierda marginal

Creo que teniendo en cuenta las críticas que se vierten desde la izquierda a los procesos de rebelión que acontecen en el mundo, me gustaría lanzar algunas reflexiones muy personales sobre lo que esta sucediendo.
 
A muchos les molesta, les preocupa o incluso les indigna que salvo la excepción turca, la izquierda y el movimiento libertario esten teniendo un papel secundario en los acontecimientos. Lo cierto es que la indignación en Brasil, Bangladesh, Bulgaria, o Paraguay no siempre sale a la calle portando banderas o lemas de la izquierda tradicional. Como en el 15M en el Estado Español, la izquierda es vista más como partícipe de ese problema contra el que rebelarse, que como una salida a la situación.
 
Es entonces cuando saltan a la palestra las declaraciones críticas con esa masa a la que invocamos a salir a la calle, pero que una vez movilizada, tememos y vigilamos. Saltan a escena las declaraciones acusando de fascistas, de promover “revoluciones de colores”, de reformistas y de servir a oscuros intereses. Ni siquiera la presencia de autónomos o libertarios calma los ánimos de la izquierda ortodoxa.
 
Pero siendo críticos, ya hace bastantes años que la izquierda ortodoxa y tradicional no es inspiradora de nada. El movimiento antiglobalización, el zapatismo, las iniciativas de base en toda Europa y el mundo anglosajón, evidencian que la izquierda de toda la vida, estructurada en torno a las viejas estructuras anquilosadas y envuelto en los viejos lemas y banderas ya no atrae.
 
¿Las razones? podrían ser muchas, pero yendo a mi ambiente más cercano podría decir que el militante de izquierdas y a menudo el libertario también, lejos de mantener una constante lucha diaria por influir lentamente en la masa obrera, se ha distanciado (y se ha esforzado en distanciarse) del ciudadano común. Lo cierto es que hemos llevado una vida de proselitismo, una vida de estar continuamente revindicando nuestras ideas y nuestra forma de vida como modo de levantar una barrera entre el pueblo aborregado y adormecido, y nosotros, la izquierda, siempre superior moralmente y alejada de los múltiples vicios del pueblo llano al que decimos defender y representar pero que en el fondo despreciamos. Nuestra filosofía, mística, postura política y ortodoxias nos han llevado a centrar más esfuerzos en marcar la diferencia con la masa, que en acercarnos a ella.
 
Hemos alzado nuestras barricadas de ideas alrededor de nosotros mismos. Hemos convertido el ser anarquista, socialista o comunista en una forma de vida. Hemos reducido el valor de estas ideas a una determinada forma de vivir. Nos encanta ser diferentes y a veces esa diferencia se convierte en el objetivo en sí mismo. Mantener la pureza que nos separa de los demás se convierte en lo principal. Dejar claro en todo momento lo alejado que estamos del pensamiento convencional.
 
Dejando de lado el vocabulario correcto: que nos hemos convertido en una banda de mamones. Una banda de elitistas que comemos mejor, vestimos mejor, hablamos mejor, leemos más, y sabemos más que esa masa de ciclados tatuados y de chonis maquilladas. Nuestro ocio alternativo y nuestros complicados debates nos alejan de parecernos a esa chusma garrula que no sabe lo que es vivir, porque viven esclavos del sistema. Las miradas por encima del hombro, y las continuas lecciones explicando "que mi modo de vida es más sano y combativo que el tuyo" son un hecho. Y lo digo porque yo las he vivido, ya que si no llevas una cresta de 3 palmos, y unas zapas hechas polvo, se sobreentiende que eres un paleto pijo que nada sabe de política. Y no importa que lleves años en el sindicalismo combativo o que no te hayas perdido una huelga. Basicamente hemos asumido que lo natural entre los hombres y mujeres sensatos y honrados es ser anarquista o comunista. Quien no piensa como nosotros, es poco menos que un simio mal evolucionado que gusta de la opresión y ha nacido condenado a convertirse en un ser vacío y poco profundo. Como si los sentimientos de rebeldía, coraje, valor o justicia fueran estrictamente propiedad de nuestros estrechos círculos. Como si los valores que hacen falta para cambiar el mundo fueran propiedad de solo unos pocos, iluminados y elegidos para salvar paternalmente a las masas aborregadas.
 
Pues señoras y señores, la masa obrera a la que tanto se enuncia en tercera persona en todo texto progre repartido en las Cso o en los ateneos, esa masa, lleva tatuajes tribales en el muslo, come hamburguesas de 1 euro, bebe ron con cola, se gastan la mitad del sueldo en el coche, y les gusta arreglarse para ir a los bautizos. Y si son así, es porque nadie les ha mirado con cercanía, sin prejuzgarlos o sin considerar que eran unos estúpidos que merecían ser despreciados o, como mucho, "rescatados" de su errónea vida. Nadie desde la izquierda ha valorado si quizás esas actitudes eran normales y simplemente repetian modelos socialmente aceptados. ¿Acaso no todos hemos hecho algo así alguna vez?. No me creo las historias de anarquistas que desde su infancia han mostrado actitudes totalmente distintas a la de sus vecinos. Todos hemos bebido cerveza, acudido a conciertos, hecho el ridículo ligando, o hemos visto alguna película barata de hollywood en Antena 3. Hace un tiempo muchos no eramos anarquistas, no eramos veganos y aún nos reiamos con chistes machistas o racistas en las cenas de empresa. Todos hemos pertenecido a esa masa que ahora denunciamos.
 
Esto nos conduce a dos situaciones peligrosas. Una la de convertirnos en un intento de élite intelectual paternalista y proselitista. Una sociedad aparte donde nos sentimos superiores y cómodos y donde despreciamos toda actitud campechana o popular. La otra, creernos que nuestra asistencia a conciertos, charlas, debates o nuestra participación en la ajetreada vida social del ambiente radical-izquierdista es un acto revolucionario en sí. No compañeras y compañeros. A mí también me gusta enfundarme la palestina al cuello y acudir a conciertos de rock antisistema. También colecciono chapas con mensaje y acudo a proyecciones y fiestas en casas okupas. Pero ese estilo de vida, en sí mismo, no es un acto revolucionario. La Revolución requiere una serie de acciones más allá de enfocar nuestro ocio y tiempo libre hacia modos mas alternativos.
 
Luego esos canis y esas chonis, futboleros, domingueros de treinta años, y jóvenes discotequeros toman las calles de las ciudades, hartos y enfadados, y nos sorprende que no se sientan identificados con nuestros símbolos y nuestros lemas. Es más, nos sorprende que no acudan a pedirnos consejo de cómo se toma la calle. Y es que nosotros estabamos en la casa okupa encerrados, tomando cañas y aislandonós de la peble mientras se cocía esta crisis… Con buenos sueldos, y un concierto de SKA protesta a la semana ¿para qué molestarse en acercarse a esa peble? hay cientos de textos libertarios y comunistas que nos profetizaban que el día que las masas tuvieran necesidad, acudirían a nosotros como Mahoma a la montaña. Y mira por donde, no ha sido así. Salvamos la excepción turca, claro está, (allí los comunistas y anarquistas llevan la voz cantante en las protestas). Pero en Turquía los anarquistas van al fútbol los domingos, copan espacios en las gradas y lanzan sus mensajes políticos en un ámbito tan popular y obrero como es el fútbol. Allí los anarquistas son lo que aquí llamaríamos “descerebrados que disfrutan viendo correr a veintidos idiotas”. Aquí consideramos mas constructivo pasar el domingo de resaca. Queda más alternativo. Aquí nos negamos la presencia en ámbitos populares. No buscamos acercarnos a las masas porque nos creemos mejores que ellos.
 
De esos polvos, estos lodos.
 
Y las banderas nacionales, ganan por goleada a las rojas o negras en toda protesta..
 
Y es normal, y es lógico. Porque no tenemos vocación de mayoría y porque despreciamos todo lo que no entra dentro de nuestro imaginario alternativo.
 
 
Imagen de "El Quijote de Chagall"
 
 

 

 

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