La luz de la ausencia

Carlos Olalla*. LQS. Octubre 2019

Vivir la vida es como zarpar en un viejo velero sin más rumbo que el de la aventura en el que viajan con nosotros libros, paisajes, músicas o silencios que nos han acompañado siempre y todas esas personas que forman parte de nuestro pequeño mundo

Quizá no seamos más que el eco de los versos que escribimos en el aire y que nuestras vidas tan solo sean polvo en el viento. A lo largo de ese viaje hacia el desnacer que es la vida aprendemos a encontrar belleza incluso en las noches sin tiempo, esas noches en las que nos acompaña la ausencia de quienes dejamos atrás, de quienes compartieron una etapa, corta o larga pero nuestra, noches en las que el silencio nos lleva a visitar universos secretos que creíamos ya perdidos en los que les reencontramos, noches que nos hablan de los amores que, vividos o soñados, nos han hecho como somos. “De ciudades e Ítacas” y “Eros y sueños” son dos poemas que escribí hace ya algún tiempo recorriendo ese bosque de recuerdos al que llamamos soledad.

Vivir la vida es como zarpar en un viejo velero sin más rumbo que el de la aventura en el que viajan con nosotros libros, paisajes, músicas o silencios que nos han acompañado siempre y todas esas personas que forman parte de nuestro pequeño mundo, personas con las que, aunque solo fuera por una vez, nos atrevimos a compartir algo de lo que somos. Con ellas hemos vivido momentos intensos, fugaces instantes donde intuimos nuestra pertenencia a un Todo que nos rodea y que nos habla en una lengua que sabe más de emociones que de palabras. Lo importante es soltar amarras, atreverse a zarpar en ese viaje hacia lo inesperado, y hacerlo con el alma abierta a cuanto podamos encontrar en nuestra travesía. Más adelante, cuando Ítaca quede atrás y alcancemos la laguna Estigia, cuando ya solo Caronte nos acompañe, miraremos atrás y nos daremos cuenta de que vivir era eso, compartir abrazos, momentos, sueños y soledades.

La mirada de Gervasio Sánchez nos lleva al epicentro de la barbarie, a ese no lugar llamado Sarajevo y ese no tiempo de los años noventa en los que aprendimos que el sufrimiento y el dolor nada saben de mapas, banderas o fronteras. Capaz de ponernos frente a lo más atroz y de hallar belleza incluso en el sinsentido de la guerra, Gervasio Sánchez, como otros tantos reporteros de guerra, ha viajado hasta los confines de nuestro mundo para traernos esas vidas sin esperanza ni consuelo a las que condenamos a tantos miles de inocentes. Pero no ha salido de nuestro mundo, ese horror está en nuestro mundo, esa barbarie forma parte de él aunque no queramos admitirlo. La mirada de esas mujeres que lo han perdido todo, de ese viejo que lleva en brazos a un pequeño mientras huye con los suyos, de esos soldados que se abrazan ante el horror que han sufrido o que han causado, porque el dolor siempre habla la misma lengua, siempre canta la misma canción, siempre rompe el mismo silencio… La imagen de las ruinas de la biblioteca de Sarajevo por las que se filtra un rayo de luz nos recuerda que, a pesar del terror, a pesar de la barbarie y la violencia, siempre habrá un espacio para la esperanza. Viendo esa imagen entendemos que no es Sarajevo lo que se está destruyendo, sino nuestro mundo, todo nuestro mundo, pero también nos deja ver que es entre las grietas de lo que se derrumba por donde entra la luz. La desgarrada música de Denez Prigent y Lisa Garrad acompañando estas fotografías nos recuerda que lo que ayer fue Sarajevo hoy es el kurdistán asediado y bombardeado por la sinrazón de un ciego que se cree visionario al que acompañamos, con nuestro cómplice silencio, quienes cerramos los ojos ante la barbarie o miramos a otro lado. Solo mirando a la violencia de frente, como hace Gervasio en sus fotografías, podremos empezar a vencerla.

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