La obediencia debida

La obediencia debida

Bilbao, “caso Iñigo Cabacas”: el joven muerto porque un pelotazo antidisturbios de la Ertzantza le reventó el cráneo. Llamados por el juez, algunos ertzainas se disculpan aduciendo que “obedecían órdenes” y que “no son asesinos”.

Hay cosas que no cambian, a pesar de la movilidad planetaria y la filosofía aplicada a los derechos humanos. Por ejemplo, los atentados de lesa humanidad y los crímenes y torturas que se han cometido y se perpetran en nombre de la “obediencia debida”.

Hay o debería haber una frontera clara entre la disciplina y la carnicería. Una frontera que los más exaltados “trabajadores de la porra” y los milicos en traje de faena no dudan o no se reprimen de traspasar, contando con una muy consabida impunidad.

No sé por qué me viene a la memoria la toma de la localidad de Reinosa (Cantabria), por las fuerzas de élite de la guardia civil-militar. Era abril del año 1987. Allí también hubo una víctima mortal, el trabajador Gonzalo Ruíz. Aunque está expresamente prohibido lanzar gases lacrimógebos en sitios cerrados, y así lo menciona el fabricante en los propios botes de humo, los efectivos ocupantes arrojaron varios en el interior del local cerrado donde se había guarecido de la lluvia de proyectiles, incluidos los de bala real, como luego se pudo demostrar. La Benemérita se empleó a fondo en la demostración.

Al igual que la familia de Iñigo Cabacas con los responsables de la Ertzantza y los políticos, la familia de Gonzalo Ruíz exigió una investigación e interpuso una acción judicial en contra de la Guardia Civil por su abusiva acción. Llegado el día del juicio oral, fui testigo de la estupefaciente y crucial pregunta del fiscal de la Audiencia de Santander a los guardias imputados: “¿Verdad, hijos, que no tuvieron intención de matar?”.

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* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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