La Palma: 15 minutos

Por Ángel Escarpa. LQSomos.

“Quince minutos para coger lo más imprescindible y abandonar sus casas” La Guardia Civil, ante la inminencia de la lava en esas casas de La Palma…

Pero ¿qué puede caber en una maleta, en una mochila, en un coche?
Habrá que elegir entre la bicicleta y el frigorífico. Entre el álbum de fotos familiar y la plancha, entre la máquina de coser, con la que durante generaciones se cosieron las prendas de labor, la ropa de las fiestas de agosto, y la taladradora. En esos escasos minutos habrá que elegir entre recoger mantas, sábanas, ese libro que nos firmó su autor en la feria del libro, ese poemario de Lorca, el de Machado, el de Miguel Hernández; ese disco de Serrat, ese paquete de cartas atado con un viejo cordel y oculto en el lugar más impensable de la casa, fruto de aquella lejana pasión, salvar la lavadora, los colchones, los trofeos deportivos, la azada.

Hay que ser muy selectivo, para no reprochárnoslo después, para que nadie pueda arrojarnos a la cara por qué no salvamos aquella muñeca, aquel pañuelo de las fiestas, esa ya descolorida bandera con la que tantas veces salimos a las calles para defender la enseñanza pública, la sanidad, las pensiones, nuestra identidad. No olvidarse del reloj que heredamos del padre, inservible desde su muerte, pero que contó durante décadas sus pulsaciones en la mili, en las tierras de labor, en sus escasos viajes aquí y allá. No olvidar la imprescindible documentación de la casa y de la familia, el poco o mucho dinero en metálico. El perro, los pájaros; las llaves, que quizás ya jamás volvamos a necesitar, ante tanta devastación. El cargador del móvil y el del audífono. El timple de cantar en las parrandas y en los asaderos.

Quince minutos para elegir entre la ropa de uso personal y ese transistor con el que seguimos paso a paso las terribles horas del 23F, hace de esto ya media vida.
Quince minutos para elegir entre un juguete para el nieto, la loza de las celebraciones, los vasos con los que brindamos por la República, por una larga vida para los recién nacidos, para los recién casados, por el que recuperó la salud; y la colección de dedales o de imanes que compramos en los viajes a la Península; esa talla de barro con la que los compañeros nos despidieron cuando nos jubilamos en la universidad, en la escuela, en el trabajo; esa medalla al mérito, las gafas de leer el periódico, la caja de las medicinas y las arras de aquella ya lejana boda…

Se pueden reemplazar el cachorro con el que nos protegíamos de la lluvia y del sol en los días de faena en el campo de millo, en los domingos de caza; la escopeta, tantos años colgada tras la puerta, los tiestos, el lienzo a medio terminar, el diario, con las notas personales, desde aquellas remotas horas de la escuela; no se puede reemplazar el desvaído color de las paredes, los olores que impregnaron las generaciones que se alojaron bajo estos techos, la inaprensible presencia de cuantos descansaron en el pasado bajo estos viejos techos. Adiós verodes, colonizando estas envejecidas tejas; adiós a estas viejas piedras, talladas y encajadas ahí por hombres que llevaron nuestros apellidos, pero a los que ni siquiera conocimos. Adiós a estas estancias que recogieron el último aliento de los mayores. Junto con los campos de labor y las cortinas, los árboles frutales, los aperos de la labranza en el alpende, las semillas para la próxima temporada, ahí quedan también los ya inservibles libros de texto que nadie se tomó la molestia en tirar, en años; las gafas de bucear, el reloj de pared, las lámparas de los cuartos, la cama donde se procrearon los hijos. No olvidar el ordenador personal, el disco duro, todo en breve será pasto de las llamas, será engullido por ese monstruo surgido hace unas horas de las entrañas de la tierra. Es preciso elegir entre la Nikon y la desahuciada máquina de escribir; entre la caja de herramientas y ese cesto de mimbre comprado un día de mercado; entre los casetes de Los Sabandeños y el ventilador, entre el frasco de Nenuco, el cristo de la alcoba familiar, la thermomix última generación.
¿Tal vez una vela, unas papas, una esperanzadora rama del olivo, una luminosa naranja, un mango; un pizco de ron, para alegrar las próximas horas, los largos años de exilio de esas cuatro paredes amadas?

Todavía un último minuto para tomar unos higos de la higuera que dio frutos y sombra a esta familia; un último minuto para tomar unas uvas –ya a punto para la vendimia- de este campito que quizás ya no vuelvas a pisar. Tal vez coger un poco de ese verde y humilde perejil; un poco de oloroso romero, una manija de plátanos. Tal vez un puñado de tierra, la que quepa en una mano, no más, para empezar a soñar otra vez tras este infierno.

Podrías quedarte aquí para ser devorado junto con todo esto por ese infierno que camina.

Pero lo más importante en estos momentos es mantenerse en pie, no desplomarse, mientras las fauces de la tierra se abren para engullir esos escasos metros donde los hombres y las mujeres se siembran a diario.

Es hora de elegir entre el pasado, la memoria, y el futuro; entre el pretérito amado y esa página en blanco que es el futuro, mientras nuestras vidas se abren a un precipicio llamado mañana.

No pudo ser mucho peor aquello de Hiroshima, si exceptuamos los muertos, los lisiados.

Ojalá en breve los más jóvenes proyecten sus sueños sobre estas amadas tierras sobre las que ahora mismo se cierne el quebranto del olvido, bajo la más ardiente colada.

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