«La Pluma» cumple un siglo

Arturo del Villar*. LQS. Febrero 2020

Uno de los principales problemas de las revistas culturales consiste en conseguir una eficaz distribución. Los dos redactores se encargaban también de ese cometido, llevando ellos los ejemplares a los principales quioscos y librerías

En junio de 1920 apareció el primer número de La Pluma, sin nombre de director o de editor, solamente con la mención “Redactores: Manuel Azaña y C. Rivas Cherif”, aunque seguidamente se indicaba: “Pedidos y suscripciones a Manuel Azaña, Hermosilla, 24, duplicado – Madrid”, que era el domicilio particular del redactor, y en consecuencia podía suponerse que hacía también de editor y de administrador.

Subtitulada “Revista literaria” anunció en sus primeros números: “Se publica mensualmente en Madrid en fascículos de 48 páginas”, lo que fue cierto hasta el número 7, pero del 8 al 25 los fascículos tuvieron 64 páginas, y desde el 26 al 37 alcanzaron las 80 páginas, excepto el 32, extraordinario dedicado a Valle-Inclán, que llegó a las 96, el doble del tamaño inicial. Se vendía el ejemplar suelto a dos pesetas, y los suscriptores se beneficiaban de un interesante descuento, ya que se les enviaban seis fascículos por nueve pesetas y doce por quince.

Lo que no se modificó fue el formato, de 22,5 por 15,5 centímetros, así como el diseño, que era obra de Azaña, lo mismo que el título y el lema que lo justificaba: “La pluma es la que asegura / castillos, coronas, reyes / y la que sustenta leyes.” La cubierta llevó inicialmente un adorno tipográfico, pero después incluyó el sumario del número. Se encuadernaba con tapas facilitadas por la revista, en volúmenes de seis números, excepto el primero, que reunió los siete iniciales del año 1920.

Se compuso en la Imprenta Artística de Sáez, sita en el número 21 de la calle del Norte, a la que Azaña encargó otros trabajos, como la impresión de El Jardín de los Frailes en 1927. Estos hermanos era unos verdaderos devotos del antiguamente llamado arte de imprimir y pusieron buen gusto y calidad en la revista. Además, eran comprensivos con sus dos responsables, por saber que una revista literaria no es ningún negocio, e incluso a menudo es un fracaso, de modo que no les apremiaban en el pago de las letras de cambio. De todos modos, debe quedar claro que nada se les dejó a deber. En esos años Azaña todavía estaba soltero,y era un funcionario estatal con buen sueldo asegurado.

Un trabajo artesanal

Uno de los principales problemas de las revistas culturales consiste en conseguir una eficaz distribución. Los dos redactores se encargaban también de ese cometido, llevando ellos los ejemplares a los principales quioscos y librerías de Madrid, y colocando en las oficinas de Correos los destinados a los suscriptores. Les ayudaban otros miembros de la familia de Rivas Cherif en el trabajo de preparar los sobres y las fajas para el correo. Sin embargo, llegaron a disponer de un quiosco amistoso en el que expusieron la publicidad de la revista. Fue, pues, una obra artesanal y familiar, de verdadero amor a la cultura, que les ocupaba muchas horas dedicadas tanto a la tarea estrictamente administrativa como a la literaria en su doble faceta de creación y crítica de libros.

Además de la distribución otro problema importantísimo en las revistas culturales lo constituye la financiación. Ni en 1920 ni un siglo después la cultura moviliza a las masas en el reino. Una revista sobre deportes o sobre toros podía enriquecer a los redactores, pero ellos sabían bien que la cultura no les permitiría más que cubrir los gastos, en el mejor de los supuestos. Del primer número se imprimieron dos mil ejemplares, para observar su aceptación por los lectores, y de los restantes mil. Los suscriptores llegaron a ser alrededor de doscientos.

Estos datos los proporcionaba Cipriano de Rivas Cherif en la biografía que escribió de su cuñado, Retrato de un desconocido. Vida de Manuel Azaña, publicada en Barcelona en 1979 por Ediciones Grijalbo. Nos informa también sobre el mecenas que tomó a su cargo los gastos hasta que la revista alanzara la autosuficiencia para mantenerse por sí sola con los lectores, expectativa no alcanzada:

Nuestro amigo Amós Salvador, que aprovechando no sé qué circunstancia había pasado por París mientras estábamos nosotros, se hizo cargo de nuestro propósito, ofreciéndose a regalarnos la dieta de quinientas pesetas que poco antes se habían adjudicado a los diputados españoles, entre los cuales figuraba en el mismo sector del Partido Liberal que el exministro su padre. Con ello teníamos para comprar una partida de papel suficiente y asegurar en ese respecto, importantísimo por el alza experimentada desde la carestía de la guerra, la vida de La Pluma durante un cierto período de prueba. (Páginas 96 y siguiente.)

Amós Salvador y Carreras (1879—1963) era solamente tres meses mayor que Azaña, con quien llegó a tener tanta amistad que se tuteaban, algo insólito en la época. Fue un arquitecto muy apreciado, y además se dedicó a la política, inicialmente en el mismo Partido Liberal de su padre, del mismo nombre, gobernador del Banco de España y ministro polivalente, puesto que desempeñó cuatro carteras distintas. Pero abandonó el Partido Liberal para integrarse sucesivamente en la Acción Republicana y en la Izquierda Republicana lideradas por Azaña. Tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936, al formar Gobierno Azaña le encomendó la complicada cartera de la Gobernación, lo que demuestra cuánto confiaba en su capacidad para solucionar conflictos en aquellos meses tan agitados socialmente.

En el exilio continuó al servicio de la República, en tanto los militares monárquicos rebeldes le imponían una multa de cien millones de pesetas y se incautaban de sus propiedades y de las de su mujer. Fue un castigo excepcional, motivado precisamente por tratarse de un amigo íntimo de Azaña, la obsesión de los sublevados, por ser la representación de la República.

Los colaboradores

La fuente de ingresos de los medios de comunicación es la publicidad, más aún que las suscripciones. Consiguió poca La Pluma, al parecer por deseo de los responsables, ya que se limitaba a la cubierta y debía concretarse en el sector editorial, de manera que los anuncios constituyesen también un canal informativo sobre las novedades recientes.

La publicación pudo mantenerse también gracias a que la mayor parte de los colaboradores renunciaba a cobrar los derechos de autor, pese a tratarse de nombres con gran prestigio, o quizá debido a ello precisamente. Tomaron con gran interés ayudar a la pervivencia de una revista dedicada a difundir la literatura, por lo que en sus páginas se unieron las firmas ilustres de Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez o Ramón del Valle-Inclán, con las de otros que seguían su ejemplo.

Fue una revista literaria, pero los redactores se interesaban por la política y eran decididamente republicanos. Por eso buscaron unos colaboradores afines con sus ideas. Los borbones son siempre enemigos de las libertades públicas, pero todavía en aquel momento Alfonso XIII intentaba presentarse ante la opinión europea como un monarca tolerante. Por muy poco tiempo ya, puesto que el 13 de setiembre de 1923 animó al general Primo a dar un golpe de Estado palatino que suprimió la Constitución, las Cortes y las libertades. Pero La Pluma había dejado de salir dos meses antes, con lo que se libró del cierre administrativo seguro.

El buen humor de Azaña, que lo tenía, aunque muchas personas pensasen que su carácter era adusto y sombrío, le animó a insertar en el primer número como advertencia tranquilizadora a los lectores, un listado de los escritores a los que no se permitiría colaborar en La Pluma, lo que indudablemente significaba un insulto para ellos. Dice así:

Palinodia. Esta revista no cuenta con la colaboración de don Mariano de Cavia, don Jacinto Benavente, don Pío Baroja, don José Ortega y Gasset, don Ricardo León, don Julio Camba, don Eugenio D’Ors, don José Martínez Ruiz (Azorín), la condesa de Pardo Bazán, ni, probablemente, con la de don Gregorio Martínez Sierra.
Imponiéndonos cuantiosos sacrificios, hemos adquirido la seguridad de que no colaborará en La Pluma Don Julio Senador Gómez.

Todos ellos estaban significados como unos escritores favoritos de la burguesía, por lo mismo, de tendencia inclinada a la derecha. Podrían exceptuarse hasta cierto punto nada más Emilia Pardo Bazán, acusada de ser naturalista en sus novelas, aunque era conservadora y antisemita y José Ortega y Gasset porque anduvo utilizando variados disfraces hasta que se enfrentó abiertamente a la República en una conferencia pronunciada el 6 de diciembre de 1931: las duquesas y marquesas que constituían su auditorio habitual le apodaban El Bueno, para diferenciarle de su hermano Eduardo, un convicto republicano exiliado por enfrentarse a Alfonso XIII, que para ellas era El Malo.

Ellos dos, Pardo Bazán y Ortega, fueron los únicos que no parecieron molestarse por la exclusión forzosa de la revista. En realidad la condesa vivía entonces los últimos meses de su agitada existencia, y Ortega el apolíneo debía desdeñar esas críticas negativas, por lo que se entiende que el 30 de julio de 1931 propusiera en el Congreso que se tributara un gran aplauso a Azaña por haber reformado al Ejército borbónico.

En la revista avanzó Azaña El Jardín de los Frailes, entre los números 16 y 25, y además publicó crónicas, gacetillas y críticas de libros, además de estudios amplios, como el titulado “Jorge Borrow y La Biblia en España” o “En torno a Ganivet”, una especie de esperpento teatral titulado “Auto de las Cortes de Burgos o Triple llave al sepulcro del Cid y divino zancarrón”, una interesante observación sobre “Los curas oprimidos”, una burla feroz de Alejandro Lerroux, “La rana en La Laguna”, que nunca le perdonó, y otros muchos textos variados.

Ediciones de La Pluma

Las dificultades y molestias inevitables en su trabajo no asustaban a sus dos responsables, sino todo lo contrario, hasta el punto de animarles en 1922 a lanzar una colección de libros como Ediciones de La Pluma. Con la misma finalidad que les impulsó a fundar la revista, no buscaban con los libros enriquecerse, que hubiera sido comprensible, ya que por lo general cuantos crean una empresa lo hacen con la intención de ganar dinero.

Azaña y su amigo Rivas entendían más de literatura que de comercio, así que no buscaran halagar a ese ente denominado “el gran público”, generalmente unido al mal gusto estético. La idea de apoyar la editorial de libros con los comentarios publicados en la revista se halla muy extendida, aunque no siempre es rentable. Dada la cultura francesa de Azaña, tenía un meritorio ejemplo en el Mercure de France, que, por cierto, apareció en París en 1889, el mismo año en que vio la luz La Plume, antecesora de su homónima española, con la que no tuvo otra coincidencia. La editorial y la revista francesas volcadas hacia la poesía son ejemplo de calidad y prestigio que las ponen como modelo siempre.

Rivas Cherif publicó bajo el sello de las Ediciones de La Pluma su novela Un camarada más, a la que cabe aplicar el calificativo de obra de tesis, entonces de moda, con el que se distinguía a las que ofrecían una intencionalidad formativa por encima de la calidad literaria. Quizá por eso es un género de escaso atractivo para los lectores, y tampoco esta novela obtuvo un éxito popular.

Por su parte Azaña publicó su traducción de La niña bonita o El amor a los cuarenta años, original de Eugène Montfort, el inspirador de la aparición en noviembre de 1908 de La Nouvelle Revue Française, un nombre mítico en los anales de la edición mundial, también revista y editorial, pero un autor desconocido para la mayoría de los lectores españoles, entonces y ahora, de modo que sin atractivo para las ventas.

Con la editorial se incrementó lógicamente el trabajo de distribución de los libros. No hace falta explicar que sin una adecuada distribución los libros no se venden, y la editorial ha de quebrar. Los dos responsables entraron en contacto con editoriales comerciales, entre ellas la entonces muy prestigiosa Calpe, que ya había publicado traducciones de Azaña, para ofrecerles la distribución de sus publicaciones. No fue posible ningún acuerdo, lo que amenazaba a la editorial al fracaso.

A ello se unió que Amós Salvador creyó preferible apoyar financieramente otra revista de información general especialmente política, el semanario España, más útil para su carrera política que una revista literaria forzosamente elitista. Fundado y dirigido por Ortega, lo dirigía en 1923 Luis Araquistain, cuando Salvador ofreció a Manuel Azaña que se hiciera cargo de él en esta nueva etapa, y accedió, porque La Pluma sin el apoyo económico del mecenas era inviable. Y así terminó aquella bonita aventura editorial que publicó 37 números, o fascículos, todos de gran interés histórico. Por eso en 1980 Topos Verlag hizo una edición facsímil, en seis volúmenes, impresa en Vaduz (Liechtenstein).

En un país culto se festejaría su centenario.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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