La poesía

No recuerdo cuando leí el primer poema, pero recuerdo que en ocasiones me deslizaba subrepticiamente en el despacho de mi padre, buscando algún libro que encerrara un secreto o una revelación. Mi gesto era absurdo, pues esa estancia no era un territorio prohibido, sino un espacio que siempre me había acogido con ternura. De hecho, muchas veces me sentaba en un sillón situado debajo de una ventana y dibujaba mientras mi padre escribía, con la frente inclinada sobre el papel y la pluma frenética o titubeante, trazando unos movimientos que yo asociaba a los de un director de orquesta enfrentado a una partitura. La muerte acabó con esa escena. Mi padre murió el 2 de junio de 1972, cuando yo me acercaba a los nueve años y aún no sabía que vivir significa acumular pérdidas y despedidas. Durante mucho tiempo, el despacho permaneció inalterable, con unas gafas abiertas sobre unas cuartillas y pilas de libros amontonándose en sillas, mesas y rincones. Cada vez que abría la puerta y penetraba en su interior, sentía que mi vida había quedado atrás, como un juguete viejo e inservible. La pérdida de mi padre me había alejado de mí mismo, transformando mi yo en algo remoto y oscuro.

Esa escisión, incomprensible para un niño, se manifestaba como malestar y extrañeza. No entendía por qué unos vivían y otros morían. No comprendía por qué el yo y el mundo divergían como el mar y el cielo, artificialmente separados por una línea imaginaria, que se perfilaba de forma nítida en la lejanía, pero que se esfumaba al intentar tocarla o contemplarla desde cerca. La biblioteca de mi padre era un cuarto de pequeñas dimensiones, pero repleto de estanterías que albergaban dos y tres filas de libros. Un techo de algo más de tres metros de altura invitaba a fantasear con la Torre de Babel o la Biblioteca de Alejandría. La niñez agranda el tamaño de las cosas y una habitación de nueve o diez metros cuadrados puede convertirse en una pequeña réplica del universo. Mi padre recitaba poesía con una voz profunda y teatral. Sus años como locutor radiofónico le habían enseñado a declamar con el énfasis necesario y a intercalar los silencios que demanda la disciplina del verso. Es posible que su forma de leer nos pareciera ahora excesivamente dramática y grandilocuente, pero yo le escuchaba atónito, pensando que era un mago recitando sortilegios. Al contemplar los poemas, surcando la página en blanco con líneas desiguales, pensaba que no hablaban del mundo real, con sus aristas e imperfecciones, sino de otro mundo que discurría al margen del tiempo. Un mundo que algunos llamaban eternidad y que mi imaginación representaba como una interminable playa desierta con dunas blancas y lirios que se ondulaban con la brisa, copiando el movimiento de las olas en su inacabable tránsito hacia la orilla.

Mi padre se echaba la siesta todas las tardes. Apenas media hora que yo aprovechaba para realizar una incursión en su despacho y buscar un libro de poemas que me mostrara ese mundo apenas vislumbrado. Pensaba que en la poesía se encontraban las respuestas a todas mis inquietudes. ¿Sería feliz? ¿Había algo detrás de la muerte? ¿Existía Dios? Algunas de estas preguntas sólo eran esbozos incompletos que no formularía con claridad hasta años más tarde, pero ya entonces fantaseaba con la paz del que vive sin miedo o perplejidad. Mi padre me habría ayudado encantado, enseñándome uno a uno los libros, pero yo especulaba que la verdad sólo se revelaba al caminante solitario, que se atreve a adentrarse en la espesura o a escalar una montaña, sin esperar la ayuda de los otros. Nunca encontraba lo que buscaba, pero al menos experimentaba la sensación de haber cubierto una pequeña parte de un viaje que no admitía compañeros ni guías.

La inesperada muerte de mi padre convirtió su biblioteca en un lugar maldito. Cada vez que entraba a coger un libro, sentía que era un ladrón del desierto, profanando un antiguo sepulcro. Durante años, rehuí la poesía, buscando novelas con personajes atormentados y solitarios, que no conseguían aceptarse a sí mismos ni ser amados. El suicidio empezó a rondar por mi cabeza y perdí la esperanza de hallar la felicidad. El dolor me acercó a la poesía. Ya no esperaba ninguna revelación, pero sí algo de consuelo, pues había oído que los poetas suelen ser desdichados. Abrí un libro y leí unos versos. No recuerdo el título de la obra, pero no he olvidado lo que experimenté. Sí, había otro mundo situado más allá del tiempo, pero no era la eternidad. Ese mundo se hallaba en el poema y se manifestaba cuando alguien reconocía su belleza y su misterio. El poema es lo insólito, el milagro que nos rescata de la rutina y el tedio. La poesía no es una ensoñación, sino algo real, casi físico, que rueda por nuestra piel y nos sobrecoge. No es necesario entender su significado. La lógica y el poema se repudian, igual que la razón y el sentimiento. Comprendí que no conocería otra dicha que el poema y que lo divino sólo era la trascendencia de las palabras, con su poder para mantener con vida lo que el tiempo ha derribado y arrojado al olvido. El plátano que subía hasta la ventana de mi cuarto no duraría eternamente, pero la poesía podía prolongar indefinidamente su existencia, evocando su frescor y el rumor de sus hojas en otoño, cuando el cambio de estación desnudaba sus ramas y mostraba su corteza plateada.
La poesía entró en mi vida a los dieciséis o diecisiete años. No logré recuperar ese yo que se extravió sin remedio a la muerte de mi padre, pero aprendí a convivir con el dolor y a no esperar nada, salvo la belleza de las palabras duplicando y transfigurando el mundo para preservarlo de su destrucción. La biblioteca de mi padre se confundió con la mía y ahora es un laberinto que crece sin descanso. A veces pienso que es un árbol gigantesco, con una enorme sombra que me protege de la inclemencia del mundo real, donde hombres y mujeres se infligen mutuamente terribles heridas, pues ni siquiera es posible amar sin lastimar al otro. No siento rencor ni odio hacia la vida, pero considero que sin la poesía, los días parecen estancias vacías que añoran las risas de otro tiempo, cuando la soledad y el silencio eran lo desconocido.

* Rafael Narbona

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