La primera vez

Era un cálido día del mes de julio y como siempre durante las vacaciones de verano, me encontraba en la finca de mi abuelo paterno, disfrutando de la naturaleza y en especial de cabalgar libremente por entre los bastos pastizales.

Con tan solo siete años me fascinaba ensillar el caballo, que mi padre me había regalado en uno de mis cumpleaños, y cabalgar solo durante horas enteras.

Ese día el sol era inusualmente abrasador y el sudor había empapado mi ropa por lo cual decidí buscar un lugar sombreado en donde refrescarme y dejar descansar a mi caballo.

Al descender por la colina, divisé en el fondo de la cañada una fresca y rauda corriente de agua en la cual podría bañarme y dejar abrevar a mi caballo.

Cuando llegue a la orilla del riachuelo, la frondosidad de la vegetación y el aire que se filtraba por entre sus hojas, no solo producían un clima muy agradable, sino que la brisa al deslizarse por entre los troncos de los árboles producía un suave susurro que acompasaba el trino de los pájaros.

En medio de este agreste pero casi mágico ambiente, desensillé mi caballo, dejándolo beber a su antojo en las frescas y cristalinas aguas y me despojé de mi ropa tendiéndola sobre el verde prado para que el sudor que la empapaba se secara.

Conservando mis interiores puestos inicié mi inmersión en el río, pero, me detuve al pensar en que si llegaba a la casa de la hacienda con los calzoncillos mojados, me castigarían, por ello me los quité del todo y así, sin nada de ropa, me introduje de nuevo en las mansas y acogedoras aguas. Solo aquel que alguna vez ha tenido la fortuna de nadar desnudo, podrá entender la inmensa sensación de libertad y de compenetración con la naturaleza que experimente en aquel momento.

Luego de nadar por un buen rato, me tendí de espaldas sobre el pasto y sentí sobre mi cuerpo sensaciones que nunca antes habías experimentado: El sol que momentos antes me abrasaba y se me hacía insoportable, ahora esparcía sobre mi cuerpo la energía, que por voluntad Divina, mantiene la vida sobre el planeta. Su calor penetraba mi cuerpo dejando en él una sensación indescriptible de bienestar. La brisa igualmente recorría una y otra vez mi piel desnuda, inundando todo mi ser con un sentimiento de paz y armonía con todo cuanto me rodeaba. En una palabra, por primera vez me sentí habitante del planeta tierra y parte integral de la creación.

En ese momento comprendí que la naturaleza nos deja observarla, pero solo cuando estamos desnudos, nos permite hacer parte de ella. Por eso desde entonces, cada que el tiempo y las circunstancias lo permiten, me gusta permanecer desnudo.

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