La República hizo poeta a Luis Cernuda

Por Arturo del Villar*. LQSomos.

Ha cumplido 119 años de su edad este pasado 21 de septiembre, sin que se cumpliera la profecía que él mismo anunció acerca de su permanencia en el interés de los lectores de poesía. El nombre de Luis Cernuda alcanzó la condición de clásico, y como tal leemos sus versos. No creyó que eso fuera posible, y anunció en esos mismos versos que caería en el olvido de sus paisanos, un falso convencimiento derivado de su menosprecio por las personas que debía tratar a diario, con las que decía no tener nada en común.
Ciertamente no es un poeta popular, como lo son otros compañeros de los integrantes del grupo del 27, tan destacado en la historia de la poesía castellana. Debe ser así porque su escritura lírica no pretendió vulgarizar su pensamiento, sino colocarse en una actitud reflexiva acerca de la vida y sus circunstancias, por medio de un coloquio mantenido habitualmente consigo mismo. El “tú” al que se dirigió en numerosos poemas era él, desdoblado en otro ser consciente de mantenerse en desacuerdo con la realidad.

Tituló al conjunto de su obra poética La realidad y el deseo por saber que en su caso el deseo no se realizaría. Era un despatriado desde su juventud, cuando residía en su Sevilla natal con su familia, porque no podía integrarse en una sociedad con la que estaba en desacuerdo pleno. Fue un exiliado de sí mismo antes de serlo político a causa del triunfo de los militares monárquicos sublevados, contra los que combatió con el deseo de mantener a su patria en democracia y libertad. Un deseo lógico en un escritor necesitado de sentirse libre para organizar su mundo interior.

Sin embargo, la realidad se impuso salvajemente con la pérdida final de la guerra, y la necesidad de exiliarse para no perder la vida en uno de los juicios sumarísimos organizados por los vencedores para exterminar a los derrotados. Presenciamos un genocidio contra el pueblo español por el que no se ha procesado a nadie, debido a que el dictadorísimo lo dejó todo atado y bien atado para perpetuar su régimen disfrazado bajo otro. Así nos lo comunicó él mismo a cuantos esperábamos su fallecimiento, para que perdiésemos toda esperanza de sentirnos libres algún día: designó un sucesor que mantuviera el sistema político denominado irónicamente Movimiento, ya que es inmovilista por ser conservador.

La República le hizo poeta

Desde 1939 Luis Cernuda extendió su exilio por el Reino Unido de la Gran Bretaña, los Estados Unidos de Norteamérica, y los Estados Unidos Mexicanos, en donde fue enterrado en el Panteón Jardín del antiguo Distrito Federal. Residió en tres países que se declaran unidos mediante el nombre, pero él estuvo solo en ellos, como antes lo había estado en su patria, no aceptada por él debido a sentirla ajena.

Nacido en 1902, cuando comenzó el reinado del Alfonso XIII de Borbón, su formación ideológica le obligó a rechazar la monarquía, por considerarla una forma de gobierno impropia de un tiempo civilizado. Se vio obligado a tolerarla hasta aquel jubiloso 14 de abril de 1931, cuando se echó a la calle para perderse entre la multitud que vitoreaba a la República. Empezó una nueva era, que transformó al país y también a su escritura. Aquel día Luis Cernuda recibió la inspiración verdadera, que le iba a convertir en el gran poeta que era sin manifestarse hasta ese momento. Puede afirmarse que le hizo poeta la República.

Su poesía experimentó un cambio sobre todo lo publicado hasta entonces, y comenzó la que iba a ser su verdadera expresión más íntima con la escritura de Los placeres prohibidos. La proclamación de la República y su anuncio de libertad le animó a manifestar su intimidad al desnudo, silenciada hasta entonces debido al rechazo social de la homosexualidad, penada incluso con cárcel. El deseo sexual pudo a partir de entonces exhibirse en su realidad, y desde ese momento su voz alcanzó un sentido.

Saberse rechazado por la burguesía debido a sus tendencias sexuales le tuvo amordazado. Cuanto escribió desde ese dominio era falso, no pasaba de ser un ejercicio lírico redactado por un intelectual conocedor de su oficio, aunque carente de la necesaria inspiración para contagiar a los lectores sus aspiraciones íntimas. Desde el instante en que se atrevió a confiarlas a la publicidad de la edición, alcanzó la plenitud de la expresión lírica. La libertad decretada por la joven y al tiempo impulsiva República se traspasó a su escritura lírica, transformándola por entero. No es exagerado asegurar que la proclamación de la República alumbró al poeta Luis Cernuda.

Poeta para la Revolución

Inevitablemente encauzó su pensamiento y su sentimiento al Partido Comunista, en el que se acoge a todos los parias de la Tierra sin preguntarles cuál sea su orientación sexual. Realmente ese detalle debiera carecer de importancia para todas las agrupaciones sociales, pero ha mantenido una relevancia absurda en la historia de los países de confesión catolicorromana, en los que el llamado “pecado nefando” se castigaba con la muerte en la hoguera inquisitorial del sacrílegamente denominado Santo Oficio de la Inquisición. Se comprende que fuera ocultada la homosexualidad.

La Revolución política es asimismo social. Para afiliarse al Partido Comunista no se exige ningún expediente de limpieza de sangre ni de ser heterosexual. Basta con que desee participar en el fin de la lucha de clases, que constituye la historia de toda la sociedad, según se afirma al comienzo del Manifiesto del Partido Comunista. En esa casa común en la que se albergan reconocidas todas las libertades humanas, halló Cernuda la comprensión que había estado buscando para su personalidad y por ende para su escritura.

Este dato era tan importante para Cernuda que lo destacó en la breve nota biográfica puesta al frente de la selección de sus versos en la antología Poesía española (Contemporáneos), seleccionada por Gerardo Diego y editada por Signo en Madrid y en 1934. Se lee en la página 516:

En otoño de 1933 la revista Octubre publicó unas líneas suyas de adhesión a la Revolución comunista.

La noticia adquiere tanta importancia en esa nota preliminar como la información sobre su nacimiento, estudios realizados y el trabajo en la Universidad de Toulouse. Era lo único considerado digno de ser explicado a los lectores. Esto significa que fue muy relevante para él la adhesión al comunismo, porque le debía el hallazgo de su expresión poética. Sabía que los lectores de la antología en su mayor parte debían ser burgueses conservadores, a los que asustaba cualquier alusión revolucionaria. Eran los lectores habituales de poesía, y más los compradores de un volumen de precio caro en la época. Podía imaginar que les disgustaría encontrarse con un poeta partidario de la Revolución Soviética, pero no le importó. Debía ser fiel a sí mismo en primer lugar, defender sus convicciones.

Una causa noble

Lo cierto es que nunca le preocupó la consecución de muchos lectores. Le interesaba confesarse líricamente con su verdad, para dejar un testimonio sincero de su idiosincrasia como persona y como poeta. En el tiempo agónico que le correspondió vivir, enfrentado a unas normas sociales que desdeñaba, se sintió desplazado. Ese sentimiento le había acompañado cuando residía en España, pero se agrandó más todavía en el exilio sufrido en los Estados Unidos de América. Gozaba de una buena posición como profesor, pero le disgustaba la sociedad en la que debía moverse. No encontraba un motivo suficiente para mantener la vida, creyéndola sin objeto. El que fuera poeta de la República se había quedado en poeta del exilio, pero el exilio es triste y feo, no inspira nada positivo.

Sin embargo, en sus últimos años reconoció que hubo una necesidad de existir, y él la aplicó. En noviembre de 1962, justamente un año antes de su muerte, vio la luz su último libro, Desolación de la Quimera, al cumplir los 60 años de su edad. Es su testamento lírico, en el que cada palabra adquiere un doble valor, literario y biográfico.

Después de tantos años de exilio, fuera de su patria obligada, que nunca le gustó, compuso uno de sus grandes poemas, titulado simplemente con las cifras de “1936”, el año de la sublevación de los militares monárquicos contra la República. Relata su conversación con un antiguo miembro de la Brigada Lincoln, que vino a combatir junto al pueblo español contra la agresión nazifascista, con el deseo de librar al mundo de su peligro. Pero los versos no repiten la conversación con el brigadista internacional, sino que exponen un monólogo interior del poeta. Hablándose a sí mismo en un “tú” autorreflexivo, se decía Cernuda:

Por eso otra vez hoy la causa te aparece
Como en aquellos días:
Noble y tan digna de luchar por ella.
Y su fe, la fe aquella, él la ha mantenido
A través de los años, la derrota,
Cuando todo parece traicionarla.
Mas esa fe, te dices, es lo que sólo importa.

Una guerra justa es la que levanta un pueblo para defender su libertad y su democracia. El pueblo español se vio agredido en 1936 por la sublevación de los militares monárquicos sublevados, y auxiliados por las naciones nazifascistas, Alemania, Italia, Portugal y el Vaticano. Confiesa Cernuda que seguía pareciéndole noble la lucha del pueblo, con fe en la necesidad de tomar las armas para defenderse. Incluso aunque parezca imposible vencer a los rebeldes, el pueblo tiene el deber de enfrentarse a ellos para intentar derrotarlos. Con fe siempre en la fuerza del pueblo unido. Solamente es necesario que el pueblo se despierte.

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio
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