La Unión y la Discordia

Patxi Ibarrondo*. LQSomos. Marzo 2017

A mí me nacieron, salí de la bóveda marsupial protectora al mundo inseguro de la luz, en la casa de mi abuela. Vivimos en aquel entonces muy cerca de la minúscula calle La Unión. Allí era donde los carpinteros de ribera calafateaban los humildes botes que se hacían a la mar de madrugada en la bahía de Badenmer. En mi pituitaria ha quedado atrapado para siempre el olor sublime de la cola, mezclado con la brisa de Bajamar. No me cansaba de embriagarme de brea y salitre. Un vicio. Pasaba las horas muertas esnifando esa droga que curaba las heridas del salitre en el casco de madera. Las podridas tablas deshechas por la corrosiva sal del agua marina. Lo hacían con soplete y rasqueta, lijando a mano y pintando luego el casco de colores chillones, raramente el negro o el blanco. En una cesta de asa y mimbre llevaban «compaño», el tentempié para aguantar las largas horas de espera al acecho de la pesca.

En el mundo marinero, la superstición manda nunca llevar tenedor a bordo. Los pescadores comen siempre con cuchara. Y si es un barco con tripulación, entonces la costumbre de la marmita es cucharada y paso atrás.

Luego tuve otros años infantiles en el calle de la Concordia. En la entrada del jardín había dos estatuas de voluntariosa imitación griega y tamaño natural. Estaban allí quietas y desnudas de cintura para arriba, Al parecer constituían una insuperable afrenta para la moral del inveterado catolicismo. La esencia de la religión es, desde antiguo y aún hoy, un poso conflictivo donde medran los lúbricos reptiles de la mala intención. Las inocentes estatuas aparecieron de madrugada tiradas por el suelo. Su desnuda anatomía ya no sería pecaminosa. Un día los vecinos curas lasalianos ordenaron su destrucción a los alumnos más dóciles; derribar el pecado de mármol. La orden era Reducir las “provocativas” estatuas de la Concordia a inexplicables pedazos.

La quebrada calle La Unión ha resistido los embates del tiempo y las disolventes rivalidades humanas. Ese nombre ahora no quiere decir nada. En su día tuvo que significar algo. Sin duda alguna. Unión es significativo de actividades emprendidas en el transcurso colectivo.

Los carpinteros y la cola calentándose en aquel infiernillo desaparecieron arrollados por los codiciosos e inexorables vientos del progreso de arena . Se acabó echar el arte. Llegó el arrastre mecánico. Los pescadores del palangre artesano individual fueron arrollados por las máquinas del tiempo. Sepultadas en la prolongada tumba del olvido.

Las religiones destructivas también siguen ahí, siempre en su eterno y paradójico afán de desunión. Como bien se sabe, a río revuelto ganancia de pescadores.

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