La verdad, huidiza

Ángel Escarpa Sanz*. LQS.Septiembre 2019

En memoria de Enrique Ruano y de aquella utópica generación

El hombre se pasa la vida buscando la verdad para aferrarse a ella y darle sentido a su vida. Más lo cierto es que la verdad es huidiza, y lo que hasta ayer fue una verdad inamovible el tiempo lo convierte en algo tan relativo como el tiempo mismo. Así, venimos a descubrir que la “patria de los trabajadores” no era precisamente la Rusia de aquellos años estalinianos en los que los hombres y las mujeres daban sus vidas en las granjas comunales, en los campos de batalla, en las fábricas estatales, en tanto creyeron en el sueño socialista. En cierto modo quizás se deba a la capacidad del mismo hombre para prostituir sus propios sueños.

Un día despertamos de aquel hermoso sueño y venimos a descubrir que la libertad está por encima de los demás conceptos; que no hay religión capaz de encerrar la complejidad del ser humano. Es hermoso aferrarse a los sueños. No lo es tanto aferrarse a pesadillas que se nos presentan como sueños. Y el del capitalismo no es precisamente el mejor de los mundos que cualquier ser humano podría soñar, con sus “paraísos artificiales”, el consumo desmesurado, entre otros -con los riesgos que esto entraña para el planeta-, si no reflexionamos en convertirnos en esclavos de las cosas, del mismo sistema; en el sistema que nos diseña y nos atrapa en su pesadilla capitalista. Con todo, el riesgo mayor es que nos convirtamos en seres conformistas, incapaces de soñar porque todo lo que se hizo en el pasado por salir de la barbarie fue inútil.

La historia está ahí, y no está para rendirnos ante ella, tanto como para aprender de nuestros errores.

Aprender de los errores, apoyándonos en las conquistas, en la belleza de las batallas y de las cosas hermosas que fuimos capaces de hacer en las ciencias, en las artes, en los avances sociales. Todo esto nos resume y nos potencia para seguir escalando las cumbres del pensamiento, para hacernos más libres De ahí la importancia en nuestras vidas de los libros, la música, el cine, el pensamiento, en definitiva. La gran lección de algunos hombres y algunas mujeres es que, por encima de las doctrinas del momento que les tocó vivir se alzaron como seres libres, junto a los apasionados poetas que hicieron una hoguera de sus vidas con las consignas más radicales: Mao, Lenin, Trotsky, Mandela.

La prodigiosa diversidad del hombre, su capacidad creativa, no cabe en un solo manual, religioso o político, esa es la enseñanza que entresacamos de nuestra aventura desde los tiempos más oscuros de las cavernas. Somos la maravillosa consecuencia de todas aquellas aventuras coloniales, todas aquellas batallas, todos aquellos viajes espaciales del pasado, todas aquellas huelgas.

No podemos renunciar al gramo de locura que heredamos al nacer, como tampoco podemos renunciar a la dignidad. Somos hijos de aquellos hombres que en el pasado construyeron campos de exterminio donde se quebrantaba a judíos, a comunistas, a seres atrapados en las crueles mallas de sistemas infames. Pero también somos hijos de aquellos hombres que en el pasado compusieron músicas bellísimas que gozamos aún hoy; maravillosos poemas, hermosos puentes y soberbios lienzos. Nos sobrepusimos a crueles guerras mundiales, curamos de sus heridas, erradicamos de la Tierra enfermedades que más bien parecían maldiciones divinas. Quizás no nos diferenciemos mucho de aquellos hombres y mujeres de la Edad Media que se entremataban en las batallas, pero lo mejor siempre será habernos sacudido la mentalidad de esclavos. Y esto sí que fue gracias a aquellas revoluciones de 1789, 1917, 1936, 1968, con todas sus limitaciones, con todas las crueldades y con todas sus grandezas.

Ahora las revoluciones no están personalizadas solo en expulsar a un rey déspota, tanto como en combatir un sistema que nos quiere esclavos de las cosas, de los mercados, para anularnos como individuos, en tanto éste somete nuestras mentes y acota día a día la pobreza y la riqueza.

Entre el cobarde colaboracionismo con un sistema depredador y un mundo para todos siempre cabe posicionarse del lado del más débil, que no es otro que el de los perdedores que son negados en las tierras de donde se extraen las materias primas, la mano esclava para el Primer Mundo. Cualquier forma de rebeldía ante esta situación es válida, con tal de no someternos a los dictados de este siniestro sistema que nos divide entre seres libres y esclavos. Los hermosos coros de “Nabucco” siguen convocándonos desde los escenarios del mundo; los hermosos y radicales poemas de Miguel Hernández, el ejemplo de aquel antifascista que no denunció a los camaradas ante la tortura de los nazis, la piedra del resistente palestino sobrevolando los territorios ocupados por el enemigo, nos siguen invitando a la reflexión, a la resistencia: antes arder en la llama de la revolución que perecer sumisos en un mundo de esclavos.

Por estas fechas se vienen a cumplir 50 años de aquellos lejanos días en que los jóvenes y menos jóvenes de los años sesenta salíamos a la glorieta de Atocha para condenar la Dictadura, coincidiendo con el asesinato por la policía del joven Enrique Ruano. 50 años saliendo a las calles a reivindicar la dignidad: con los “felipes”, con el PCE, con el PC (ML), con MC, con los comités antiotan, con los colectivos gay y con las asociaciones de vecinos; con los sindicatos y con las plataformas antidesahucios y las de los pensionistas. 50 años, condenando en las calles el encarcelamiento de Mandela, condenando los asesinatos de Atocha, los asesinatos de Carlos, de Yolanda, de Arturo. 50 años condenando el golpe de Estado en Chile, exigiendo libertad de expresión, el cese de la violencia machista. 50 años condenando el fascismo; 50 años, solidarizándonos con Nicaragua en aquel viaje en julio de 1986 para trabajar unos días allí en un proyecto solidario. 50 años con sus detenciones, sus carreras delante de los “grises”, los viajes en autocar hasta Herrera de la Mancha para solidarizarnos con los presos de ETA. 50 años con sus miedos, sus clandestinidades, sus conciertos de Paco Ibáñez, Serrat, “Nuevo Méster de Juglaría”, “Candeal”, Adolfo Celdrán, Silvio Rodríguez, Labordeta, Mercedes Sosa y el José Meneses.

50 años coreando “Andaluces de Jaén”, el “Gracias a la vida” de Violeta, “La estaca”. 50 años cantando “La Internacional”, “Al alba”; 50 años acompañando a los camaradas de las Brigadas Internacionales en N. York, en Sierra Pandols y en los lugares donde ellos, jóvenes y apasionados entonces, combatieron al fascismo. 50 años paseando las banderas de nuestros padres, reivindicando la decencia y exigiendo el restablecimiento de la república, en estas tierras de España. 50 años de sueños utópicos, de lecturas del Politzer, de los libros de la recientemente fallecida Marta Hernecker, de las primeras lecturas de los libros de Benedetti, Galeano, Saramago, Lenin y María Teresa León. 50 años de militancia en las ideas de Pablo Neruda. 50 años viendo películas de Antonioni, de Bergman, de Buñuel y de Bertolucci, de Fred Zinnemann, de Billy Wilder, de Satyajit Ray, de Berlanga y de Carlos Saura. 50 años de homenajes a los poetas amados en Orihuela, en Segovia, en Colliure, en Madrid. 50 años exigiendo la legalización del PCE, viajando a Londres para ver “Morir en Madrid”; 50 años devorando y difundiendo los libros de aquella utópica editorial Ruedo ibérico.

50 años de abrir librerías, exponer la bandera republicana en el estand de las ferias del libro y sufrir la amarga derrota de cerrarlas. 50 años de tediosas asambleas, 50 años de visitas con flores a los cementerios donde descansan “Pasionaria”, Pablo Iglesias, Blas de Otero y tantos camaradas asesinados que yacen en fosas anónimas. 50 años condenando las guerras. 50 años asistiendo al empoderamiento de la clase obrera y al triste y posterior desplome de los sindicatos y de las organizaciones de izquierda. 50 años esperando sacar a la momia del Valle de los Caídos. 50 años clamando contra los muros y contra el imperialismo, de izquierdas o de derechas. 50 años de sueños utópicos, de canciones, de carreras, de rabia por las numerosas batallas perdidas y por los numerosos camaradas caídos. 50 años exigiendo la descolonización del Sáhara y de los territorios ocupados en Palestina. 50 años encendiendo mecheros en recitales, 50 años exigiendo la anulación de los juicios franquistas que llevaron al paredón a Lluis Companys, a Zugazagoitia y a aquella mujer que fuera fusilada a los pocos días de parir.

50 años. 50 años leyendo ese poema de Paul Eluard, 50 años clamando contra el hambre de los pueblos, contra la explotación, contra la crueldad para con los animales,

50 años gritando ¡Fuera yanquis de América Latina!, 50 años sembrando árboles en el desierto, en forma de cartas al director del diario de la provincia, de teclear en el ordenador artículos que ni siquiera puedes afirmar que lea nadie mañana. 50 años reivindicando la memoria histórica, 50 años de subidas a Machu Picchu, 50 años cantando ¡Ay, Carmela!, 50 años oyendo de caídas de camaradas, de hundimientos de minas, de albañiles precipitados al vacío, de canciones prohibidas por los militares, de cruentos golpes de Estado, de triunfo de nuevas revoluciones, de asesinatos de líderes obreros, periodistas comprometidos y ecologistas. 50 años de victorias y de fracasos, 50 años de bribones y de masacres campesinas en Colombia; 50 años de torturadores en Paraguay, en Argentina, en Uruguay y en Marruecos; 50 años de historias de heroicos guerrilleros en Sierra Maestra, en Bolivia y en El Salvador. 50 años oyendo hablar de paz a los mismos que se enriquecen fabricando armas para matar a mi hermano en Irak o Turquía, en Indonesia o en Yemen.

50 años oyendo de miserables barrios marginales anegados por la lluvia y por el barro, de periodistas vendidos y de los más avanzados descubrimientos tecnológicos. 50 años de complicidad con los kurdos, con la “Revolución de los Claveles”, con los “tupamaros”, con los “fedayines” palestinos, con la música de Ennio Morricone y con las marchas por los derechos civiles de Luther King; con Patricio Lumumba y con las voces de los coros rusos; con la música de Mark Knopfler, con Joan Miró y con el Gernika de Picasso; con el suicidio de Ramón Sampedro, con los presos de Marturene y con los de Carabanchel. 50 años de claudicaciones y de conquistas, de derrotas y de utópicas acampadas en Sol. 50 años del primer viaje del hombre a la Luna, Los Beatles dan su último concierto sobre el tejado de su casa discográfica, 25.000 mineros se declaran en huelga en Asturias, desafiando a la Dictadura.

50 años maldiciendo las masacres de Tlatelolco y la de Tiananmen, la de los Jemeres Rojos, la invasión de Checoslovaquia y el fracaso de la Revolución Rusa, con la caída del Muro. 50 años maldiciendo los desplomes sucesivos de la izquierda en Europa y en el mundo.

Al fin, la misma llama con la que pretendimos incendiar el viejo mundo del pasado vino a consumirnos a nosotros. ¿Cuál es la próxima montaña a escalar, camaradas?

La única manera que veo en estos momentos de escapar a la vulgaridad en que otros nos sumergieron es afirmarnos en el compromiso para con los más oprimidos y con la belleza de los gestos aquí y allá.

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