La Calle
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| Año V. / | |||||
Los desheredados S Cada pueblo tiene que asumir la responsabilidad que le corresponde, y éste, como cualquier otro con un pasado de tradición imperialista, no puede por menos que hacer examen de conciencia antes de señalar con el dedo a cualquier ciudadano, por muy lejano que sea su origen, por muy oscura que sea su piel. Me pregunto que le sugiere a un británico del siglo veintiuno el nombre de Amritsar, (población india en la que fueron masacradas más de 400 personas concentradas en una plaza pública, protestando por la presencia de las tropas extranjeras en 1919, y masacradas por los “heroicos” soldados de su graciosa majestad británica) Qué le dirán a un joven obrero de Marsella o de Lyón las siglas OAS, de tan temido recuerdo para aquellos argelinos que perdieron a sus esposos y a sus hijos en las luchas callejeras contra la policía y las fuerzas del “orden” del país ocupante. Qué pensaría de nosotros hoy aquel campesino alemán que, alzando por un momento la cabeza de la viña, a orillas del Rhin, donde trabajaba, mientras se enjugaba el sudor de la frente y veía perderse en el paisaje los trenes atestados de judíos, tantos años después de aquellas escenas dantescas de caravanas de seres humanos de todas las razas conducidos hasta los tenebrosos paisajes de Auschwitz... Antes de que nos ocurra como al vecino país, que expulsa de sus tierras a los trabajadores rumanos o de cualquier otro origen que tuvo que abandonar su aldea para sobrevivir, no sería malo que hiciésemos memoria y recordásemos de cuando fuimos nosotros los que, pegándole una patada a la puerta las más de las veces, tomábamos posesión de un país y sus gentes, para esquilmarlo y esclavizar a cuanto ser vivo se puso a nuestro paso, imponiendo extraña religión que sirvió para someterlos y domesticarlos hasta hoy . Si hay algo peor y más mezquino que el nacionalismo, es el racismo y sus secuelas, tan estrechamente vinculadas al fascismo, que anida en el corazón de las gentes sin que éstas sean conscientes las más de las veces. Las banderas bajo las que en el pasado “más glorioso” de España morían los hombres de Extremadura o de Galicia en los campos de Flandes o en las inhóspitas selvas americanas, solo sirvieron para encharcar de sangre las páginas de nuestra historia, para enriquecer con el froto del colosal saqueo a los numerosos parásitos que siempre han vivido a la sombra de la Corona, para talar nuestros bosques y casi desertificar la Península Ibérica, así como estas Islas, y para engordar, si cabe un poco más, las insondables arcas de una Iglesia desprovista de moral. Me pregunto hoy día: ¿quien le pidió los papeles al Almirante cuando desembarcaron por primera vez él y los suyos en La Española? ¿Donde presento una solicitud, con su póliza correspondiente, el contingente español que se presentó un día, sin ser llamado por nadie, en Fernando Po? ¿Quién extendió un permiso de trabajo a nombre de Francisco Pizarro, de Lope de Aguirre, de Legazpi, de Cortés...? ¿Qué autoridad selló los papeles para exportar desde el Nuevo Mundo todas aquellas maderas nobles, aquellos esclavos, aquellos barcos cargados de oro y plata, así como las piedras preciosas de que nos hablan las viejas crónicas? ¿A quien se dirigió el General Bens para pedir permiso e instalarse en lo que hoy es el Sahara Occidental?... ¡¡VIVA LA REPÚBLICA!! (*) Imagen: Obra de Manuel Menchén Ozaita, “Rumbo al horizonte” |
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