Las patas que mantienen el tinglado

Juan Gabalaui*. LQS. Abril 2020

La sociedad occidental acomodada, posterior a la segunda guerra mundial, ha imaginado escenarios devastados mientras los estados y sus políticos construían realmente esos escenarios en otras partes del mundo

Podemos imaginarnos el futuro de múltiples maneras. La sensación apocalíptica que se vive en las sociedades occidentales, nos empuja a elucubrar sobre cómo será el mundo después del COVID-19. Las mentes más visionarias empiezan a pergeñar un declive de la globalización, la insolvencia de las tesis del liberalismo económico, la trascendencia de la tecnología como elemento de control y vigilancia de la sociedad o la prominencia de los estados frente a las organizaciones supranacionales. La impresión general es que no seremos las mismas que hace unos meses. Saldremos renacidas o condenadas. Es muy probable que esta experiencia generará cambios en nosotras mismas y en la sociedad pero no podemos obviar que nuestra mirada está fundamentalmente dirigida por el eurocentrismo. Hemos crecido en sociedades ricas y, para una mayoría, nuestras necesidades básicas han estado cubiertas. No hemos vivido grandes catástrofes y nuestra conciencia sobre el apocalipsis o las distopías están condicionadas por series de televisión, películas, libros y cómics. Y los telediarios.

Este hecho nos invita a analizar la actual situación desde esta posición central, de tal forma que la mínima experimentación de una realidad desgraciada nos empuja a imaginar futuros de grandes y radicales cambios. El mundo va a cambiar porque nuestro pequeño mundo ha cambiado. Igual tendríamos que poner las realidades en comparación. Durante el terremoto de Haití de 2010 murieron más de 300.000 personas, hubo más de 300.000 heridas y un millón y medio se quedaron sin hogar. Se quedaron sin agua, comida y luz. Los hospitales, que no se derrumbaron, carecían de personal y de medicinas por lo que no estuvieron en funcionamiento. Los cadáveres yacían en las calles. El dinero dejó de utilizarse. El agua y la gasolina empezaron a utilizarse como medida de cambio. Un 30% de la población dependía de la ayuda humanitaria. Diez años después algunos medios de comunicación afirmaban que la vida es peor que antes de la destrucción. Haití ni estaba ni está en el centro de nada. Es un lugar donde vivir en la distopía forma parte de la normalidad de la mayoría de la población.

Desde la segunda guerra mundial, los grandes países de las sociedades occidentales han sufrido puntuales tragedias como el 11S o el 11M. Lo más inmediato a nuestras fronteras fue la cruenta guerra de Yugoslavia. Estos brutales episodios derivaron en cambios en las políticas de seguridad. Se estimularon la represión y la tortura. Se activó la maquinaria bélica de las grandes potencias que desencadenaron guerras con nombres tan rimbombantes como Operación Libertad Duradera o Operación Nuevo Amanecer. Se recrudecieron las políticas de inmigración. Los países occidentales sufrieron ataques terroristas pero la distopía se vivía en los países arrasados por la guerra. Aún así el miedo y el trauma tenía una prevalencia occidental. Todos éramos Charlie Hebdo pero pocos éramos Iraq o Afganistán. La cuestión es que si la catástrofe humanitaria de Haití o los miles de muertos y familias destruidas en Iraq o Afganistán no modificaron las bases en las que se asienta el funcionamiento global, por qué va a hacerlo una pandemia, al menos en la medida en que se está produciendo. El eurocentrismo crea la ilusión de que así será.

Si nos ajustamos a lo que ya sabemos, esta pandemia reforzará los mecanismos que sostienen el pandemia. Por ejemplo, la deuda. Los ministros de finanzas de la Unión Europea han acordado unas medidas que implican que los países más afectados se endeuden y vivimos en una sociedad en la que las deudas se pagan, como bien sabe Grecia. Las deudas implicarán a su vez que de nuevo se ponga de moda la metáfora de apretarse el cinturón. También se dirigirán los esfuerzos económicos al rescate de corporaciones. El senado de Estados Unidos ha aprobado un rescate económico de 2,2 billones de dólares. La mayor parte favorece a las empresas. Asimismo, se ha fortalecido el relato de seguridad, control y vigilancia por parte del estado. Los planes de desarrollar aplicaciones, lideradas por empresas especializadas en el análisis de datos, como Apple y Google, que puedan rastrear, vigilar y marcar como “contagiadas” a las personas, son una extensión más del Gran Hermano. Sin olvidarnos de la presencia policial y la militarización de la sociedad. Ni la deuda, ni el rescate financiero de empresas (y bancos), ni la represión y el control estatal son factores que nos resulten extraños. Son las patas que mantienen el tinglado.

La distopía no es una sociedad ficticia. Yemen o Haití dan fe de ello. La historia mundial está trufada de hechos luctuosos, despiadados y sanguinarios. La sociedad occidental acomodada, posterior a la segunda guerra mundial, ha imaginado escenarios devastados mientras los estados y sus políticos construían realmente esos escenarios en otras partes del mundo. Los hemos visto a distancia, como si no existieran, hasta que nuestra mente se ha distraído con otra cosa. De alguna manera siempre hemos pensado que algo habrían hecho para sufrir tales desgracias. Eran corruptos o salvajes o ambas cosas a la vez. Ahora estamos tocando una mínima parte de ese sufrimiento y nuestra imaginación se desboca pensando que el mundo va a cambiar, que no hay vuelta atrás. La globalización y el neoliberalismo en declive. Nada volverá a ser igual. Pero si nos fijamos en lo que se está decidiendo nada ha cambiado. Solo la retórica. Si miles de cadáveres abandonados en las calles de Puerto Príncipe no cambiaron el mundo, por qué lo van a hacer miles de zombies en sus casas mirando la televisión y la pantalla de sus móviles.

[Este texto está escrito como crítica a la sociedad occidental más acomodada. No se recogen los infiernos personales que provocan muchas de las situaciones que se viven en esas mismas sociedades, en sus márgenes y en sus puntos ciegos]

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