Javier Coria. LQS. Septiembre 2018

Esta historia comienza, exactamente, el 26 de julio de 1952, a las 20.26 horas. La radio argentina daba la siguiente noticia: “Ha muerto la jefa espiritual de la nación”. Un minuto antes fallecía de cáncer, con apenas 33 años –Evita falsificó la fecha de su nacimiento para hacerse 3 años más joven-. Eva María Duarte Ibarguren, Evita Perón. Al día siguiente, el cuerpo incorrupto de la exactriz y primera dama de la República Argentina se exponía en público velatorio. Durante 16 días, dos millones de personas pasaron por la capilla ardiente para rendir su último homenaje a la mujer que más hondo ha calado en la sociedad argentina y en el imaginario popular. La muchedumbre aguantó 3 kilómetros de colas y las inclemencias del tiempo. Cientos de desmayos y cuatro muertos fueron el resultado de dicha espera. El Papa Pío XII recibió 26.000 peticiones para elevar a los altares a Evita.

Conocida y accesible es la biografía de la que fue llamada: “El ángel tutelar de Argentina”, como conocidos son los sucesos políticos que rodearon su vida como esposa de Juan Domingo Perón. Pero la historia oscura y secreta que les vamos a contar fue un misterio durante muchos años, una rocambolesca concatenación de vicisitudes que hizo que su cadáver estuviera 24 años sin un entierro digno, 14 de esos años, permaneció en una tumba anónima, siendo el mayor misterio de la historia argentina. Intrigas; secuestro del cuerpo; mutilaciones; ataques con ácido y fuego; enterramiento clandestino; viajes macabros del féretro y hasta vejaciones necrofílicas, todo esto sufrió el cuerpo embalsamado de Evita, cuya peripecia póstuma, hace irónico el dicho de “descanse en paz”. Nunca antes, un cadáver había protagonizado tantas batallas políticas y extraños rituales a su alrededor, hasta el punto que, algunos de sus enemigos, creían en los poderes sobrenaturales de esta mujer, un poder que pensaban, le podía hacer ganar batallas después de muerta o ser utilizado su cuerpo como bandera política, como así fue. Esta es la siniestra historia de estos sucesos. En las causas de su muerte también hay polémica, quién quiera profundizar el ello les recomendamos el libro del periodista argentino Nelsón Castro: Los últimos días de Eva. Historia de un engaño.

Dos españoles a solas con Evita

Aquella tarde fría del 26 de julio de 1952, la policía tuvo que abrir paso aun coche que entró en la Casa Rosada, residencia del presidente de la República, por la puerta de la calle Agüero. Una multitud, con velas y rezos, rodeaba la casa en espera del fatal desenlace. Los dos hombres que viajaban en el coche fueron conducidos a una sala donde les esperaba el médico y Ministro de Asuntos Técnicos, Raúl Mende, que se dirigió a ellos en estos términos:

“A las 20.25 horas, la señora de Perón ha pasado a la inmortalidad. El presidente y todos sus colaboradores queremos que usted, doctor Ara, prepare el cadáver para exponerlo al pueblo y ser luego depositado en la cripta monumental que hemos de construir”.

Médicos y familiares dejaron la estancia donde yacía Eva Perón. El peluquero Julio Alcaraz y la manicura de la Primera Dama entraron para cumplir con la tarea que la propia Evita les había dejado encargada. El doctor Ara firmó un contrato y, antes de entrar en la cámara mortuoria, mantuvo una entrevista con el general Perón, que le dijo:

“Profesor, esta es su casa. Usted dispone y manda, sin que nada haya de ser consultado conmigo. Estoy muy de acuerdo en que la operación no sirva de espectáculo a nadie. Ni los ministros médicos estarán presentes. Tiene usted, doctor, puestas por dentro todas las llaves que comunican con el departamentos de mi pobrecita mujer. No permita usted que entre nadie, ni aunque sea de la familia. Yo tampoco entraré. Vamos a cerrar “desde ya”, la comunicación con mi cuarto”.

De esta forma, el médico aragonés Pedro Ara –cuyas secretas técnicas de embalsamamiento se llevó a la tumba- y su ayudante catalán, fueron los dos españoles que se quedaron a solas con el cuerpo presente de Evita. Ara, que desde aquel momento llevaría un detallado diario de su labor (El caso Eva Perón), dejó escrito:

“Ante nosotros yacía la mujer más amada y más odiada de su tiempo. Había luchado fieramente contra los grandes, y había caído derrotada por lo infinitamente pequeño”.

Pedro Ara Sarriá fue un eminente anatomista de fama mundial que revolucionó las técnicas de embalsamamiento. Su método, cuyo secreto se llevó a la tumba, perfeccionaba considerablemente la parafinización, que había ideado Leo Frederiq en 1876. Al general Perón le habían hablado de un médico español que convertía los cadáveres en piezas de anatomía que, lejos de parecer macabros muñecos, tenían un realismo que los dotaba de una extraña viveza. En Córdoba (Argentina) y desde 1925, el profesor Ara, fue creando una colección anatómica sólo superada por la de Ferdinand Hochstetter en Viena. Hoy el museo argentino lleva el nombre del médico zaragozano. Pero dejamos a los dos hombres en la estancia de Evita, allí les sorprendió las primeras luces del alba cuando terminaron su labor para evitar la corrupción del cadáver, pero faltaban varios meses de trabajo para que el efecto fuera perdurable.

Secuestro y necrofilia

El 12 de agosto de 1952, y terminadas las exequias públicas y oficiales, el féretro fue conducido a la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT), donde debería descansar el cuerpo de Evita hasta que se construyera el mausoleo y monumento a los trabajadores, cuyo proyecto recogía una estructura que multiplicaba por tres la altura de la Estatua de la Libertad. Con la oposición del doctor Ara, que temía el peligro de posibles disturbios al trabajar en un lugar de lucha social, se montó el laboratorio en la segunda planta del sindicato. Durante el velatorio, algunas personas habían puesto en peligro el proceso de conservación al abrir la tapa de cristal del ataúd. Meses más tarde, un insignificante clic metálico que se había colado accidentalmente en los preparados químicos del embalsamamiento, también puso en peligro la tarea del doctor, que libraba su particular lucha contra el tiempo y la podredumbre. Un año duraron los trabajos de Ara, que ahora se había convertido en el custodio, junto con la policía interna del sindicato, de la momia de Eva Perón. El informe que Ara envío a la “Comisión Nacional Monumento a Eva Perón” era muy riguroso y certificaba que el cuerpo de Evita no había sido mutilado:

“Tengo el honor de comunicar a esta Comisión, que el trabajo que me fue encomendado en las condiciones establecidas por el convenio con fecha de 26 de julio de 1952, ha sido terminado. De acuerdo a la cláusula séptima, el cadáver de la Excma. Señora Doña María Eva Duarte de Perón, impregnado de sustancias solidificantes, puede estar permanentemente en contacto con el aire, sin más precauciones que las de proteger contra los agentes perturbadores mecánicos, químicos o térmicos, tanto artificiales como de origen atmosférico. No fue abierta ninguna cavidad del cuerpo. Conserva, por tanto, todos sus órganos internos, sanos o enfermos, excepto los que le fueron extirpados en vida por actos quirúrgicos. De todos ellos, podría hacerse en cualquier tiempo, un análisis microscópico con técnica adecuada al caso. No le ha sido extirpada ni la menor partícula de piel ni de ningún otro tejido orgánico”.

Por su parte, el proyectado monumento, seguía siendo solamente un dibujo en el papel. Por otra parte, la integridad física del cuerpo de Evita, pronto sería violentada.

Durante dos años más permaneció la momia en los locales de la CGT bajo los cuidados del anatomista. El cuerpo que había consumido la enfermedad en vida, y los posteriores procesos químicos de conservación después de muerta, hicieron que los restos de Evita se asemejaran a una muñeca con la estatura y el peso de una niña de 12 años. Así la vio Perón en una de sus visitas al laboratorio de Ara. Pero la imagen de su esposa suspendida del techo y con los brazos en cruz, horrorizaron al general que dejó la estancia precipitadamente.

Pero ironías de la vida, mientras el concienzudo científico realizaba sus trabajos de conservación, el gobierno peronista se descomponía a marchas forzadas y los aires de guerra civil azotaban la nación. Esos aires empujaron a los aviones de la Marina que, el 16 de junio de 1955, bombardearon la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo, causando cientos de muertos. Fracasado en un primer momento el golpe antiperonista, éste triunfaría el 16 de septiembre de ese mismo año. Tras el golpe de la llamada “Revolución Libertadora”, el general Perón marchó al exilio sin dejar instrucciones sobre lo que se tenía que hacer con los restos de su esposa. Pese a que Perón había prometido llamar telefónicamente al doctor para darle instrucciones, la llamada se demoró 16 años. Una vez más, el doctor Ara se quedaba a solas con Evita. La pesada carga de resguardar el extraño legado de un posible ataque, descansaba en los hombros de este aragonés.

Pero Ara conocía al doctor Clemente Villada Achával, cuñado y hombre de confianza del general Eduardo Lonardi, presidente provisional del nuevo gobierno golpista, y acudió a él. Precisamente fue Achával quién, ante el cuerpo de Evita, quedó maravillado de lo que calificó como obra de arte, lamentándose del futuro que le esperaba, que no era otro que la desaparición. Pero los nuevos gobernantes militares desconfiaban que aquel cuerpo fuera realmente el de Eva Perón llegaron a pensar que era una muñeca de cera, de hecho corría el rumor que existían varias estatuas de cera con la imagen de Evita. Los doctores Nerio Rojas, catedrático de Medicina Legal; Julio César Lascano González, eminente patólogo; y Osvaldo Fustinoni, profesor titular de Semiología y Clínica Propedéutica; fueron elegidos para constituir la comisión médica que analizaría el cuerpo. Sin ningún respeto hacia el trabajo de Ara y, sobre todo, hacia la fallecida, cortaron un dedo de la momia para obtener su huella digital, tomaron una muestra de tejido de la oreja izquierda para los exámenes histológicos, y completaron el reconocimiento con placas de Rayos X. El dictamen fue concluyente, se trataba de los restos mortales de Eva Perón. El Teniente Coronel Cabanillas, que fue jefe del temido Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE) en aquella época, en una entrevista a un documental de 1997, declaró lo siguiente:

“El cadáver era prácticamente una muñeca, estaba intacto, no parecía una momificación. El trabajo que hizo el doctor Ara era tan perfecto que el cuerpo tenía todos sus movimientos. La carne, al tacto, era como si estuviera viva. Parecía una muñeca, no de cera, de carne y hueso”.

El presidente de facto, Lonardi, miembro de la derecha nacionalista- católica moderada, fue elegido como hombre de consenso y de prestigio para unificar a las diferentes familias militares. Pero su política de reconciliación y, sobre todo, su negativa a terminar con las actividades peronistas entre los militares y los sindicalistas, hicieron que los sectores más duros y reaccionarios del Ejército y la Armada, llamados por los peronistas “gorilas”, a los cincuenta y dos días de mandato, depusieran a Lonardi con un golpe de mano que llevó a la presidencia al dictador, general Pedro Eugenio Aramburu. Presidencia dirigida en la sombra por el Almirante Isaac Francisco Rojas. De nuevo, el futuro de la momia de Evita quedaba en suspenso. Hasta que unos hechos y la aparición de un personaje siniestro le dio un giro grotesco a esta historia. Los militares, temiendo que “eso”, como empezaron a llamar a la momia, se convirtiera en una bandera política que movilizara a los peronistas, se plantearon varias formas para hacer desaparecer unos restos incómodos. De alguna forma, Evita seguía estando en la actualidad política y dando batallas después de muerta, como ya profetizaron tanto sus seguidores, como sus detractores. Las nuevas autoridades militares sospechaban que había comandos peronistas preparados para rescatar los restos de Evita. Además, por las noches, manos anónimas dejaban flores en la puerta de la sede sindical, por lo que era evidente que se conocía el secreto que se guardaba en la sala 63 de la CGT. Por todo ello, los militares pasaron a la acción.

Otto Skorzeny, “Cara cortada”, el guardaespaldas nazi de Evita

Fue el Almirante Rojas el que manifestó: “Hay que excluir el cadáver de la vida política”. Las formas que se pensaron para tal fin, fueron de lo más estrafalarias, pero no tanto como las que al final se llevaron a cabo. La Marina pensó fondear el cadáver, con varios kilos de cemento, en las aguas del Río de la Plata, incluso se propuso enterrarlo o quemarlo con queroseno en la isla de Martín García, todo ello con el propósito de no dejar rastro del incómodo legado y, sobre todo, procurar que ningún lugar fuera susceptible de convertirse en un santuario para los peronistas. El general Aramburu tomó la decisión de ordenar el secuestro del cadáver de Evita para darle cristiana y clandestina sepultura, pero la errónea elección del mando de la misión, le dio a los acontecimientos una deriva enloquecida y perversa. La noche del 22 de noviembre de 1955, un comando al mando del Teniente Coronel Carlos de Moori-Koenig, por aquel entonces jefe del SIE, irrumpió en la sede sindical y se llevó la momia de Evita ante el estupor del doctor Pedro Ara, su custodio. Un cajón de embalaje hizo las veces de ataúd de la dirigente política más carismática de América. Una furgoneta de reparto de flores, se perdió en la noche bonaerense con su insólito cargamento. Así dio comienzo la llamada “Operación Evasión”.
A partir de aquí, los despropósitos se sucedieron uno tras otro. La resistencia peronista descubrió el plan y llegó a atentar contra la casa de Moori-Koenig, esto unido a la paranoia natural del Teniente Coronel, hicieron que el militar ocultara el paradero de la momia hasta a sus propios superiores. Aunque parezca ridículo, los restos de Evita pasaron varios meses en el interior de una furgoneta aparcada en las calles de Buenos Aires, furgoneta que se cambiaba de estacionamiento para que no levantara sospechas. Al final, el jefe del SIE, decidió terminar con el fúnebre trasiego y llevó a la difunta a la casa de su segundo, el Mayor Eduardo Antonio Arandia, que residía en el número 542 de la Avenida General Paz. En el trastero de esta lujosa residencia durmió “el sueño de los justos” Evita hasta que, un luctuoso y extraño hecho, vino a sacudir una vez más toda esta estrambótica historia.

Los agentes peronistas, capitaneados por un antiguo mayor de Inteligencia, Mateo Prudencio Mandrini, peinaban la ciudad en búsca del cuerpo de Eva Perón; esto hizo que los militares raptores estuvieran alertas. Arandia dormía con su pistola calibre 38 debajo de la almohada, lo que muestra el grado de nerviosismo que le atenazaba. Una noche, Arandia se levantó sobresaltado al escuchar unos ruidos en el pasillo, armado con su pistola y convencido de que eran los peronistas que venían por Evita, descerrajó tres balazos contra una sombra que se movía en la oscuridad. Los tres impactos fueron directos al corazón de su mujer, Elvira Herrera de Arandia, que cayó muerta en el acto. Para más tragedia, estaba embarazada.

Después del siniestro suceso, el macabro peregrinaje de Evita siguió por varias instalaciones militares hasta que fue depositado en un almacén perteneciente al SIE, donde permaneció hasta enero de 1956. Pero en las calles, crecía la protesta de los “descamisados” que reclamaban el cadáver secuestrado de su idolatrada dirigente. El presidente Aramburu, una vez más, ordenó que la momia fuese enterrada en una tumba anónima del cementerio de la capital, pero el ya perturbado Moori-Koenig, desoyendo las órdenes, se llevó los restos de Eva Perón a su propia oficina del Servicio de Inteligencia, situada en la esquina de las calles Callao y Tucumán. Allí, en un armario rotulado con el letrero: “Equipos de radio” permanecería la momia de Evita hasta el año 1957, no sin antes ser objeto de las más esperpénticas peripecias. Cuentan que en una noche de borrachera, unos oficiales llevaron a unas mujeres a ver a la ilustre muerta. Por su parte, la locura de Moori-Koenig se convirtió en una obsesión por el cuerpo. Decía que aquella mujer le pertenecía y no dudaba en enseñar la momia a las visitas. De una de estas morbosas exhibiciones fue testigo la cineasta María Luisa Bemberg, que espantada, se la contó a su amigo, al Capitán de Navío Francisco Manrique. La obsesión y los abusos sexuales, que los hubo, llegaron a oídos de Aramburu que destituyó al militar por comportamiento “anticristiano”. Moori-Koenig fue expulsado del ejército y su historia necrofílica se convirtió en un secreto de Estado. Esta historia inspiró el relato “Esa mujer”, recogido en el libro del escritor Rodolfo Walsh Los oficios terrestres.

La situación era la siguiente: Los peronistas querían rescatar el cadáver y los sectores más extremistas del ejército querían destruirlo volando, si era necesario, el edificio del SEI con la momia dentro. El miedo que tenía Aramburu a que los peronistas consiguieran su objetivo, no era menor al miedo que le producía la esperada reacción popular ante la hipotética destrucción de un símbolo como el que representaba el cuerpo de Evita. Además, los militares golpistas eran ultra-católicos, destruir o quemar el cuerpo iba en contra de sus convicciones –en 1963, el Papa Pablo VI levantó la prohibición de la cremación. Los sacerdotes empezaron a oficiar ceremonias con esta práctica a partir del año 1966-. Por ello, y enfrentándose a múltiples presiones, Aramburu aceptó la propuesta que le hizo el nuevo director del SIE y que sustituía al malogrado Moori-Koenig en dicho cargo. Este no era otro que Héctor Eduardo Cabanillas que procedía del Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE), y que a partir de ese momento, se convertiría en el personaje clave del futuro de los restos mortales de Eva Perón. La “solución Cabanillas” consistía en sacar la momia del país y enterrarla con un falso nombre en un cementerio extranjero. Así nació la “Operación Traslado”.

El espía Magistris, el falso viudo de Evita

La “Operación Traslado” dio comienzo con una estudiada campaña de desinformación y contactos diplomáticos. Mezclando realidad con ficción, se habló de copias de cera de la momia de Evita y de diferentes ataúdes viajando a destinos de América del Sur o países europeos como Bélgica o Alemania Occidental. Ni el propio Aramburu conocía el verdadero destino del cadáver. Él recibió, en un sobre lacrado, las indicaciones precisas del enterramiento, pero entregó el sobre sin abrir a un notario que debía, a su vez, dárselo al sucesor en la presidencia, en caso de fallecimiento de Aramburu. Por su parte, la madre y las hermanas de Evita, desde su exilo en Chile, pidieron ayuda a la Iglesia para recuperar el cuerpo de su familiar. Lejos estaban de saber que la propia jerarquía católica colaboraría para sacar clandestinamente el cadáver de Evita de la Argentina.

Cabanillas, en un primer intento, dirigió su petición al representante del Vaticano en Buenos Aires, monseñor Fermín Laffite, pero no obtuvo respuesta. El entonces jefe del regimiento de Granaderos -y que llegaría a ser presidente de facto en 1971- el Mayor Alejandro Agustín Lanusse, le pidió al vicario castrense y confesor de su familia, Francisco Rotger, que intercediera ante el Papa Pío XII y formalizara la compra de una sepultura en Italia. El capellán Rotger era un catalán miembro de la Compañía de San Pablo cuya intervención fue crucial en este proceso. Primero buscó la aprobación del Superior General de los paulinos, el padre Giovanni Penco, y luego procuró que el Papa no se opusiera. Después de complicadas negociaciones en Roma, Rotger consiguió su objetivo. Años después, este sacerdote declararía que su intervención en esta maniobra, lejos de motivaciones políticas, buscaba el dar cristiana sepultura al cuerpo de Eva Perón y evitar la destrucción de sus restos mortales. La “Operación Traslado” se puso en marcha.

Los militares, después de informarse de los trámites para el traslado de un cadáver a Europa, y falsificando sellos de goma y documentación, depositaron un ataúd en el lujoso trasatlántico “Conte Biancamano”. A las 16 horas del 23 de abril de 1957, el barco tomó rumbo a Génova, en su bodega, la momia de Evita viajaba con el falso nombre de María Maggi de Magistris. Acompañaban al féretro dos agentes… ¿Pero quiénes eran los agentes encargados de la delicada misión? Uno era el suboficial de inteligencia, Manuel Sorolla, que viajaba con su verdadera identidad en misión de “control”. Pero el otro agente era la mano derecha de Cabanillas, su espía preferido para la infiltración, vigilancia y represión de la resistencia peronista. Fue el verdadero autor ejecutivo de la “Operación Traslado”, y no era otro que el Mayor Hamilton Alberto Díaz que provenía del arma de Caballería y que entró en la inteligencia militar en 1951, el mismo año en que empezó a conspiras contra Perón. Díaz, que era jefe de la División de Servicios Secretos. Hamilton vio como su carrera se encumbraba, después de ser el autor de las detenciones de los sublevados contra Aramburu, en junio de 1956, y que terminó con el fusilamiento de José León Suárez. En la sede del SIE, Cabanillas y su segundo, Hamilton Díaz, prepararon este viaje.

El espía viajó con papeles falsos con el nombre de Giorgio Magistris, viudo de la tal María Maggi de Magistris. Durante décadas, la identidad del falso viudo de Eva Perón fue un misterio. Pero la identidad de éste colaborador de la CIA fue destapada en un reportaje de investigación de 2005 en el diario Clarín. Con identidad falsa, reapareció en 1965 como un rico empresario de una agencia de seguridad privada. Se les perdió la pista hasta su fallecimiento en 1986.

Al arribar el barco a Génova, un suceso anecdótico, vino a sobresaltar a los agentes secretos. En el puerto, una multitud acompañada de banda de música, esperaba al trasatlántico. Lo que ocurría era que en la bodega del barco, además de la momia de Evita, viajaban la partituras de Arturo Toscanini, un verdadero ídolo en la Argentina. Tras el fallecimiento de Toscanini en enero de 1957, sus partituras retornaban para ser depositadas en el museo de la Scala de Milán. Por un momento, los militares pensaron que habían sido descubiertos. En el puerto genovés, la fúnebre comitiva fue recibida por el mismísimo Giovanni Penco, en nombre de la Compañía de San Pablo que eran los arrendatarios de la sepultura de Milán que recibiría los restos de la falsa Maggi. Metieron el féretro en una furgoneta, y partieron hacia esa ciudad. En esta última etapa del viaje, además de los citados, acompañó al féretro una seglar de la Compañía de San Pablo, Giussepina Airoldi. La hermana no sabía la verdadera identidad de la fallecida, ella sólo conocía la versión que el superior de los paulinos, y los agentes de Cabanillas, le habían contado. A todos los efectos, los restos pertenecían a una piadosa mujer italiana, nacida en Dalmine (Bérgamo), y fallecida en Rosario (Argentina), en un accidente de coche en 1951.

El 13 de mayo de 1957, a las 15, 40 horas, el féretro con el cuerpo de Evita con falsa identidad, entró en el cementerio Maggiore de Milán, en el barrio de Mussoco. Hamilton Díaz, el falso viudo, permaneció dos días velando el cuerpo en una sala del cementerio, su misión le obligaba a no perder de vista los restos hasta que fueran sepultados. Finalmente, el cuerpo fue enterrado en el tombino 41 del campo 86, en un área abierta y arbolada del camposanto. El agente volvió a Buenos Aires y, en un papel rosa, apuntó los datos de localización de la tumba. Este papel lo entregó a su superior Cabanillas, y éste lo guardó en una caja de seguridad de un banco de Uruguay. Por encargo de Penco, Giussepina Airoldi, llevaría flores a la tumba de María Maggi y se encargaría de su mantenimiento. Durante 14 años, no faltaron flores frescas en el sepulcro de Evita (El escritor Tomás Eloy Martínez escribió la novela de investigación ¡Santa Evita!, que con nombre supuestos relatan algunos hechos de esta historia).

Rituales y espiritismo en Madrid

Pero si le faltaban elementos extraños a esta historia, llegamos a un episodio verdaderamente oscuro. La momia de Evita fue utilizada en rituales espiritas y sesiones de magia negra, dirigidas por un personaje de lo más funesto, conocido en ciertos círculos como… “El Brujo” de Perón. Pero retomemos el orden crono lógico de los acontecimientos.

El 29 de mayo de 1970, dos miembros del grupo guerrillero Montoneros secuestraron al general Aramburu, cuando ya no era presidente. Le acusaron de fusilar peronistas, pero sobre todo, de haber profanado y secuestrado el cuerpo de la: “compañera Evita”. Esta fue la primera acción pública de los Montoneros que, curiosamente, muchos de sus activistas eran niños cuando gobernaba Perón. El comandante montonero Mario Firmenich interrogó al general sobre el paradero del cuerpo de Evita. Aramburu apeló a su honor para no decir nada, pero después de una noche de reflexión, les dijo que el Vaticano había participado y que el cuerpo estaba enterrado en Roma con un nombre falso. En realidad, Aramburu nunca quiso saber donde estaba enterrada Evita, en este caso en Milán, por eso entregó el sobre cerrado con los datos al notario, cosa que no reveló a los Montoneros. Como las autoridades no contestaron a las reivindicaciones de los rebeldes, que exigían la vuelta del cadáver de Evita, el 1 de junio de ese mismo año, Aramburu fue asesinado de un tiro en la cabeza. Los militares recuperaron el cuerpo del general, 16 de julio.

Pero los acontecimientos darían un giro radical en 1971. La violencia política, la crisis económica y el vacío de poder existente, hicieron que el entonces presidente, el general Alejandro Agustín Lanusse, buscara gestos de reconciliación. Además, le llegaban noticias de que los Montoneros y la CGT, estaban batiendo los cementerios italianos en busca de Evita. Lanusse recibió el sobre lacrado que Aramburu había entregado al notario con los datos exactos del enterramiento. Lanusse pretendía organizar la vuelta del envejecido Perón, que en aquel momento, vivía exiliado en Madrid con su tercera esposa, María Estela Martínez, conocida como Isabel, por el nombre artístico de su época de bailarina “exótica”. Como muestra de buena voluntad, el pragmático dictador argentino, pactó con Perón la devolución del cadáver de su esposa. Y como los militares argentinos de aquella época, por lo que se ve, no tenían mucha imaginación para poner los nombres en clave de los operativos, le llamaron a esta: “Operación Devolución”.

Como no podía ser de otra forma, Lanusse encargó a Cabanillas el mando del operativo, que contó con el beneplácito del Papa Pablo VI, como contó con el de sus antecesores. También, Giulio Madurini, el nuevo superior de los paulinos, dio su apoyo a la misión, eso sí, por seguridad, utilizó el nombre falso de Alessandro Angeli. Si hacía 14 años, para los trámites utilizaron los servicios de la funeraria Spallarosa, esta vez los agentes utilizaron los servicios de la funeraria Fusetti. Cabanillas también contó en esta ocasión con el espía Manuel Sorrolla, que esta vez se hizo pasar por el hermano de María Maggi. Con el nombre de Carlo Maggi, Sorolla inició los trámites para la exhumación del cadáver y su traslado a España, para inhumarlo junto a unos familiares, le contaron a la funeraria. El embajador argentino en Italia, el Almirante Argülles, movió la máquina diplomática, contó para ello con la participación activa del embajador ante Franco, el Brigadier Jorge Rojas Silveyra, que fue designado expresamente por Lanusse para esta misión.

Con todos los documentos en regla, Cabanillas y el sargento Sorolla, se personaron en el cementerio milanés. Giorgio Magistris (el agente Hamilton Díaz), no participó en el operativo porque para borrar pistas, se preparó su falsa muerte. Era el 1 de septiembre de 1971, cuando los dos agentes cruzaron el cementerio para reunirse con Madurini y los sepultureros. Después de 14 años, la parte exterior de madera del ataúd estaba muy deteriorada, por lo que se cambió a otro féretro con tapas de zinc. Aquí sucedió una de las múltiples anécdotas de esta historia. Los operarios del cementerio, al ver el cuerpo sin signos de corrupción y que parecía una muñeca, salieron corriendo gritando: ¡Miracolo, miracolo! Los agentes y el prelado, tuvieron que calmar a los agitados enterradores, un puñado de liras contribuyeron a ello. Al día siguiente, una furgoneta con la momia de Evita partió hacia Francia. Tras pasar una noche en un garaje de Perpiñán, la comitiva se dirigió a la frontera de La Junquera. Cabanillas viajaba junto al conductor de la furgoneta, y pudo ser testigo de la sorpresa de éste cuando, a los pocos kilómetros de haber entrado en España, unos coches les dieron escolta hasta que les hicieron parar. Luego de cambiar el féretro de vehiculo, despidieron al conductor italiano que, sorprendido, tomó el camino de retorno a Milán. Lógicamente se puede deducir que los servicios de inteligencia franquista dieron cobertura logística a esta operación.

Sobre las 20,30 horas del 3 de septiembre, Cabanillas, junto al embajador Rojas Silveyra entregaron los restos de Evita a su viudo. Esperaron 5 minutos en la puerta, para que la hora no coincidiera con las 20, 25, hora del fallecimiento de Evita. La escena sucedió en la Quinta “17 de octubre”, sita en la calle Navalmanzano número 5, de la lujosa colonia de Puerta de Hierro, a 20 kilómetros al norte de Madrid – Hoy el número 5 corresponde a los números 4-5, pero de la Quinta “17 de octubre”, con sus 800 metros construidos, no queda nada-.

Los presentes, además de Perón y su esposa; Cabanillas y el embajador argentino; fueron Jorge Daniel Paladino, secretario general del Partido Justicialista, llamado el “Virrey de Perón”, y José López Rega, un terrible personaje que tendrá un protagonismo insólito en esta historia. Dicen que Perón lloró cuando los presentes abrieron el ataúd y vio el cadáver de Evita, pero la polémica vino por el estado de la momia. Aunque el Dr. Ara, que fue llamado el 6 de septiembre a la casa de Perón para certificar que aquellos eran los restos de Evita, dijo que los desperfectos que presentaba la momia no eran graves y reparables, lo cierto es que las hermanas de la fallecida, Erminda y Blanca Duarte, que acudieron a Madrid en esas fechas para ver a Evita, declararon que el cadáver de su hermana presentaba cuchilladas en varias partes del cuerpo, tenía la nariz aplastada, las rótulas fracturadas, mostraba quemaduras de cal viva y, lo más extraño, tenía los pies manchados de alquitrán. Las hermanas de Evita denunciaron la participación del Vaticano en esta maniobra, y declararon que no podían agradecer: “A estos miserables, la devolución de los despojos”. La momia de Evita fue subida al desván de la casa y permaneció allí, durante 3 años. Pero ¿descansó en paz?

No, no descansó en paz. Isabelita Perón solía peinar y perfumar el cuerpo, pero su amigo y consejero, la convenció para realizar otras operaciones. López Rega, que de cabo de la policía llegó a ser ministro de Bienestar Social con tres presidentes, entre ellos Perón, era un ocultista reconocido, de ahí su apelativo de “El Brujo”. Rega, era miembro de la logia masónica irregular, Propaganda Due (P2) –logia que participó en la red secreta para-militar de la OTAN, “Gladio”, autores de atentados terroristas de falsa bandera- y tuvo un historial criminal como fundador, junto al comisario general de la Policía Federal Argentina, Alberto Villar, de la banda para-policial ultraderechista Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), autora de múltiples atentados y unos 1.500 asesinatos de miembros de la oposición de izquierdas. Rega compartía con Isabelita un gran interés por el espiritismo, y se dice que introdujo al propio Perón en estas prácticas. Mantenía contacto con un conocido médium brasileño de la época, Menotti Carnicelli, que utilizaba el nombre de Anael. Pues bien, en la casa madrileña de los Perón se utilizó la momia de Evita para realizar sesiones mediúnicas y rituales secretos que oficiaba Rega, un verdadero “brujo negro”, que llegó a convencer a la incauta Isabelita, que con estas prácticas podía apoderarse del carisma, la fuerza y el “aura” de la fallecida dirigente.

Fin del periplo: “La Recoleta”

En 1972, Perón retornó provisionalmente a la Argentina, haciéndolo definitivamente el 20 de junio de 1973. De nuevo, volvió a olvidarse del cadáver de Evita. En la tercera presidencia de Perón, que tuvo como vicepresidenta a su esposa, no tomó ninguna iniciativa para repatriar los restos de su esposa, aunque su presidencia fue corta, porque murió el 1 de julio de 1974. En la noche del 14 al 15 de octubre de ese año, un comando de los Montoneros secuestró el cadáver de Aramburu, desenterrándolo del cementerio de La Recoleta. Su intención era intercambiarlo por los de Eva Perón. Los muros de la metrópolis bonaerense se llenaron con pintadas con la consigna: “Aramburu x Evita”. Isabel Perón, que se había convertido en la primera mujer en ocupar la presidencia de Argentina, tomó la decisión de ordenar el regreso de los restos de Evita después de 17 años de exilio post mortem. Así, y como no podía ser de otra forma, comenzó la “Operación Retorno”. Un vuelo chárter salió de Madrid el 17 de octubre de 1974 con el féretro. Miles de argentinos recibieron el cortejo. Por su parte, los Montoneros devolvieron el cadáver del general Aramburu, dejándolo abandonado en una furgoneta. Como vemos, a este tipo de vehículo le tienen mucha querencia los protagonistas de estos sucesos. Los restos de Evita fueron depositados en la cripta de la capilla de Nuestra Señora de Luján, junto a Perón, en la Quinta Presidencial de Olivos, después de que el restaurador de museos, Domingo Tellechea, realizara unos trabajos de reparación de la momia. Quizás, Isabel Perón pretendía mitigar la creciente impopularidad de un gobierno que amparaba y practicaba el crimen político, estando junto a un símbolo que muchos idolatraban hasta el punto de llamar a Eva Perón, “Santa Evita”. Fuere como fuere, duró poco. Una nueva Junta Militar tomó el poder dando un golpe de estado el 24 de marzo de 1976. El nuevo dictador Jorge Rafael Videla ordenó que los restos fueran devueltos a sus familiares.

El 26 de octubre de 1976, unos minutos antes del cierre del cementerio de La Recoleta, una ambulancia se introducía en la necrópolis llevando un féretro. Con una sencilla ceremonia, seguida por un pequeño grupo de familiares y un discreto servicio de seguridad, se dio sepultura al cuerpo de Evita en el panteón de la familia. Allí descansa al fin, a seis metros bajo tierra y cubierta la sepultura por una gruesa plancha de acero. Quizás, entre las sombras de los cipreses estaba agazapado el agente Cabanillas, uno de los pocos guardianes del secreto, secreto que reveló poco tiempo antes de su muerte, acaecida en 1998. Pero como si fuera una broma macabra, unos años antes, en 1987, la tumba de su jefe Juan Domingo Perón, fue profanada. Las manos del cadáver fueron cortadas y sustraídas, sin que, hasta la redacción de este reportaje, se conozcan los motivos o su paradero. Un misterio más de esta historia.

Hoy, el recuerdo Evita se ha convertido en un icono que incluso ha utilizado la cultura pop, como en el celebrado musical que lleva el nombre de nuestra protagonista. Por su parte, la industria de Hollywood ha explotado una imagen un tanto edulcorada de los hechos, con Madonna y Antonio Bandera, como protagonistas del film. Demasiadas interferencias, pasiones, culto a la personalidad, fobias y filias, como para trazar una semblanza histórica objetiva. Dejemos que la perspectiva del tiempo, con el consiguiente y necesario alejamiento, nos deje ver claro. Como, de alguna forma, sugiere una estrofa del poema Eva, de la cantante y poeta María Elena Walsh:

Cuando los buitres te dejen tranquila
Y huyas de las estampas y el ultraje
Empezaremos a saber quién fuiste.

Nota: Para más información y con testimonios de testigos y participantes en lo que aquí se cuenta, ver el documental: “Evita, la tumba sin paz” -1997-, dirigido por Tristán Bauer y con guión e investigación de Miguel Bonasso y emitido por Channel 4. De dicho documental –aparte de los libros citados- se ha sacado mucha de la información empleada en este reportaje. Libro no citado en el reportaje. Eva Perón: Secretos de confesión, cómo y por qué la Iglesia ocultó 16 años su cuerpo, de Sergio Rubín.

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