Las puertas del paraíso

Las puertas del paraíso

Área protegida municipal Ibare Mamoré,  Trinidad, Bolivia.

Una noche estrellada junto al río en la cubierta del barco Reina de Enín. Dos músicos regalan boleros amorosos, de esos que te abrazan, mientras las aves y demás habitantes del monte parecen hacer los coros. El aguardiente se apura a sorbos helados para refrescar el calor del cuerpo cuando los reflejos de la luna saltan, plateados y juguetones, sobre las suaves olas del Mamoré. La brisa, las sonrisas y esa tan poco frecuente sensación de plenitud nos hace preguntarnos… ¿Cómo es que terminamos en el paraíso?

Llegar  hasta las mieles del Área Protegida Municipal Ibare Mamoré, en el municipio de Trinidad, la capital del Beni, es mucho más sencillo de lo que parece. Por ejemplo, nos dejó el avión que partía a las 07.00 de La Paz. Por suerte, Aerocon —declarada “Línea Aérea Bandera del Beni” por la Gobernación del Departamento— tiene 55 vuelos diarios a 10 destinos en el país, con el epicentro en Trinidad, así que nos fuimos  sin líos en el vuelo de las 10:00h.

Tras 55 minutos de viaje, el primer anfitrión trinitario es el calor. Si bien el principal objetivo es visitar el Área Protegida Municipal Ibare Mamoré, la Dirección de Desarrollo Turístico de este municipio busca crear un circuito turístico completo que posicione a Trinidad como un destino para bolivianos y extranjeros.

Por eso empezamos frente a una instalación con cuatro escobas colgadas. “Parqueo de damas”, sentencia un cartel. Hombre de agudo sentido del humor es René Ibáñez, propietario del Tábano Pub, un restaurante comprometido con el desarrollo. El pescado y la carne de lagarto, en 14 variedades de platos, son la principal oferta. “Hace cuatro años nadie, ni los benianos, la quería comer. Es una carne con muy buenas cualidades: 0 colesterol, con más omega 3 que los peces, y se prepara con frutas típicas como la almendra y el copoazú. Es lo nuevo de la cocina del Beni”.

La implementación del consumo de esta carne es parte de un programa  con el gobierno departamental que le da un valor agregado al lagarto, que se cazaba sólo por las pieles. Ahora, cuando un restaurante compra carne, el pago por ésta beneficia a los comunarios que antes dejaban abandonados los animales muertos y sin piel en las orillas de los ríos. Hoy se aprovechan entre 20 y 25 kilos por animal, entre la cola, el lomo, la papada y las costillas.

Se puede decir que el Tábano Pub es el primer restaurante con carne certificada, pero de nada sirve el “bla bla” si no se saborea el lagarto al ajillo, en chicharrón, cebiche, salsa agridulce de miel de caña, al copoazú, a la diabla (con un picante llamado gusanito) o a la almendra.

Tras el almuerzo, vamos a Puerto Almacén para partir rumbo a la comunidad de Copacabana, que, como otras 14 poblaciones, es de las principales beneficiarias con la creación, hace dos años, del Área Protegida Municipal de 25.506 hectáreas. Se trata de un esfuerzo por la conservación de las culturas y de la naturaleza.  

Una hora en barco permite un primer vistazo al paisaje. Las aves siguen nuestro paso mientras los bufeos dan saltos. Parecen empecinados en evadir cámaras y el agua turbia del río les ayuda. Por lo demás, son simpáticos compañeros de viaje.

La comunidad de Copacabana se eleva a unos 10 metros de altura desde la orilla. Esto se debe a que es temporada seca. En otras épocas, las aguas llegan hasta la cancha de fútbol debido a las inundaciones periódicas en la zona. “Copacabana se está superando, somos 160 familias”, cuenta muy serio Guido Gil Fernández, representante de la comunidad. “La gente vive de la agricultura, cultivando sandía, pepino, maíz, pimiento y zapallo. Es durante tres meses, porque el agua a veces trepa y es imposible hacer nada; si podemos, salvamos la yuca. Pero ahora tenemos unos camellones que nos permiten trabajar mejor”.

Mientras, la fiesta estalla en la comunidad con un buri, banda tradicional, que acompaña el baile de los macheteros. Otros comunarios, entre tanto, alistan el trapiche para extraer el caldo de caña. Si se le agrega un poco de hielo, la sed y el calor son derrotados. El trapiche es impulsado por unas ocho personas, mientras otras cuatro, por dentro, van alimentando al artefacto con caña. Los invitados, entusiastas, colaboran con la faena.

Más allá está Bernardina Huayteco, quien prepara el chocolate que ella misma cosecha. “Se lava, después se escurre y se deja al sol para que seque. Luego se tuesta  hasta que tome su punto y entonces se pela, y se muele con máquina”, resume.

Muy cortés, José Felipe Cuevas, de 54 años, nos lleva a su casa. “Con mi viejita me he juntado nomás. Cuando hay harta agua nos salimos hasta Puerto Almacén y por ahí nos quedamos”, explica sentado en su colchón mientras la ropa cuelga de las maderas que apenas hacen de techo.

Afuera, la música cesa y empieza la comilona. Sergio Vaca Jiménez, de 17 años, aprovecha para quitarse el tocado de plumas. “Somos seis hermanos y mis padres. Yo trabajo por ahí, limpiando. Tengo fe en el turismo y espero que conozcan más. Yo quisiera ser futbolista”, sueña. Así los pobladores despiden a la comitiva que devoró masaco, sonso, pescado y chocolate.

Ya en Trinidad, el apetito se volvió a encender en la Churrasquería La Estancia, que se enorgullece de servir la mejor carne de la ciudad. Así, la noche se mantuvo joven antes de descansar en el hotel Aguaí.

Al día siguiente, tras un desayuno tradicional con empanadas fritas, cuñapés, y roscas de maíz en la Pascana Turística de Puerto Ballivián, la operadora de turismo Ecoterra encabezó la comitiva de catrayas (balsas a motor) por la Ruta del Bufeo, rumbo al flotel Reina de Enín.

Entre los viajeros está Enzo Aliaga  Rosell, biólogo doctorado en ecología y evolución. Lleva más de 14 años siguiendo a los bufeos. “Es en la zona de los llanos de Moxos donde más los podemos ver, además de diferentes especies de garzas,  manguarí, pato cuervo, capibaras y tortugas de río que toman el sol en los árboles caídos”, explica Enzo. Más de 300 especies de peces viven en la zona, destacando a las palometas, un tipo de pirañas.

Llegamos al Reina de Enín, donde su capitana, Bárbara Dos Santos, nos da la bienvenida y nos asigna los camarotes. Este hotel flotante tiene 12 metros de largo, con todos los servicios para albergar hasta a 34 personas en tres niveles.

Se encienden los motores y una brisa suave nos refresca en el recorrido por la cubierta, la cabina, la piscina de red, y la terraza. El imponente verde en todos sus matices acompaña el suave recorrido por el río mientras unos turistas aprovechan para bañarse. “Tenemos planes de guía para los visitantes, pero nos adaptamos a todo tipo de turistas, desde lo que quieren caminar por senderos ecoturísticos y practicar deportes extremos, hasta los que sólo quieren disfrutar del descanso y de los paisajes”, cuenta la capitana.   

 A nuestro paso, los bufeos vuelven a aparecer. “Es el único cetáceo en Bolivia y está aislado de las otras poblaciones del amazonas sudamericano”, cuenta Enzo. “Es una especie endémica de la región del alto Madera que sólo se halla en algunas cuencas. Se los puede ver de a dos, aunque se conoce poco de su biología básica, pues una vez que se sumergen, uno no sabe qué sucede en las aguas oscuras”.

El atardecer salpica las nubes de tonos rojizos y naranja, enmarcado en las verdes catedrales del horizonte. Después de la cena a bordo, subimos a la terraza, donde nos esperan los divanes de madera. Se apagan los motores y nos dejamos seducir por la noche que despliega sus estrellas y una luna que salpica su luz sobre las olas. Los músicos empiezan a regalar boleros y música tradicional con sus guitarras. Se descorcha una botella. Sin duda, estamos en el paraíso. Y, seductora, la noche invita a disfrutar…

* Publicado en la Razón (La Paz, Bolivia)

Imagen de Gino Cabezas

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