L’Eivissa que conocí

L’Eivissa de hoy no tiene nada a ver con la de los años 60 del siglo XX. Y no sólo porque Eivissa y el mundo han cambiado mucho desde entonces, sino porque nunca un escenario puede volver a ser el mismo sin la presencia de aquellos que dignifican su recuerdo. Fue, pero, en aquella Eivissa mítica, en aquella isla que contemporizaba perezosamente con el franquismo y la libertad donde yo, un barcelonés puesto-adolescente sediento de vida, se hizo grande de golpe.

Llegué sin dinero, cosa que, naturalmente, me llenaba de orgullo, y me alojé en una pensión dónde, por 27,50 pesetas, compartía habitación con un escocés, dos holandeses y un canadiense. Como el París de Francis Scott Fitzgerald o el Montmartre de Picasso, Eivissa era en aquella época una fiesta dónde el tiempo no contaba y las noches parecían no tener fino.

Era l’Eivissa de Somerset Maugham, Robert Morley, Diana Rigg, Jean-Paul Belmondo, Ursula Andress…; l’Eivissa del guitarrista Pepe Madrid, del amigo Octavi Pozo, repartidor durante un tiempo del Diario de Ibiza, de Juan, el amo de EL Mono Desnudo, de Leo y de su inolvidable Leo’s, de la Kali, una chica alta y delgada que bailaba descalza a la puerta de la boutique Soledad…; l’Eivissa de en Vicenç Domènech, padre de Joan Manuel Serrat a la larga agonía de los pescados fuera del agua, de la Emma Cohen, bellísima a los 23 años, que me confesaba sentirse atemorizada por haber dejado la carrera de derecho, del Elmyr de Hory, el famoso falsificador de cuadros retratado por Orson Welles a la película Fake. De Hory sacaba sus cuadros en proceso de creación al balcón y se los miraba con una copa en la mano desde el bar de delante. Un día en qué alguien lo acusó de falsificar Modigliani, respondió: yo no falsifico Modigliani, pinto como él.

Era también, claro está, l’Eivissa franquista, la que el julio de 1970 precintó las puertas de El Mono Desnudo, La Oveja Negra, La Tierra, la Ánfora, Stage Door, Merlin’s, Clive’s, Lola’s…, los locales más emblemáticos de la isla. Y es que Eivissa se había convertido en una piedra al zapato del sistema. Aixopluc de prófugos norteamericanos que huían de la guerra del Vietnam, sus calles eran objeto de repentinas batidas policiales destinadas a limpiar la isla de peludos e indeseables. Docenas de veces vi grises bajarse de un furgón policial y, con las maneras propias del régimen, hacer subir todos aquellos que por su aspecto eran susceptibles de ser calificados de hippies. Agolpados como si fueran ganado, ellas miedo putas, decían, y ellos miedo maricones, los llevaban a los cuarteles para interrogarlos y, si eran extranjeros, los mandaban fuera de la isla. De nada valía que los detenidos demostraran tener dinero, no era cuestión económica sino ideológica la razón de su expulsión.

Ahora hace tiempo que no he vuelto a Eivissa, pero aunque tarde en volver no importará demasiado, porque l’Eivissa que mis ojos descubrieron hace muchos años que tiene un lugar en mi corazón.

http://www.victoralexandre.cat/index.php?option=com_content&task=view&id=65&Itemid=1

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