Lenguaje inclusivo en la práctica: propuestas y dificultades

Cristina Ridruejo*. LQS. Febrero 2021

Como comenté en la primera parte de este artículo, usar un lenguaje inclusivo que visibilice a las mujeres no solo es legítimo, sino que para muchas personas es hoy en día una necesidad. Y, puesto que la lengua debe servir para expresar lo que sus hablantes quieran expresar, hay que ponerse a ello. Sin embargo, tampoco creo que debamos llevarnos a engaño: sencillo, no es.

Sí es sencillo aplicar en nuestra cotidianeidad unos mínimos para no pasarnos todo el día usando el masculino genérico para todo, por ejemplo usar términos colectivos (ciudadanía, alumnado, juventud, personal, etc.), hablar de «personas», desdoblar a veces («todos y todas»). Eso es factible y deberíamos aplicarlo cuanto podamos. Pero no es la solución, porque hay un sinfín de expresiones que no se dejan neutralizar tan fácilmente.

El problema no es únicamente encontrar las palabras adecuadas para referirse a las personas, sino también organizar toda la concordancia gramatical y conseguir que un texto escrito o hablado no sea aparatoso, o que por lo menos tenga un grado de aparatosidad asumible.

Y sobre todo, lo realmente complicado es dar con un esquema coherente, que se pueda aplicar en todas las circunstancias. En el habla, pero sobre todo en los textos escritos, es fundamental la coherencia. Por ejemplo, puedes escribir «septiembre» o «setiembre», pero la opción que decidas debes aplicarla en todo tu texto, no puedes poner una forma en un párrafo y la otra en el siguiente. Eso es lo que nos hace falta para el lenguaje inclusivo. Una propuesta gramatical aplicable en todos los casos, que no nos haga recurrir a un parche diferente para apañar cada expresión.

Género y patriarcado en nuestra lengua

En español el género gramatical está presente en todos los sustantivos, adjetivos, participios, artículos, determinantes y parte de los pronombres personales del singular y del plural, y todo ello tanto para animados como para inanimados. Es decir, tanto para personas como para animales, objetos inertes, conceptos abstractos, todo. A nadie parece importarle que «mesa» sea un sustantivo femenino y «cuaderno» masculino, sin embargo tiene mucha importancia porque nos muestra que el género gramatical es un rasgo que abarca toda nuestra lengua, no solo los sustantivos animados. Una persona anglosajona, por ejemplo, no concibe por qué los objetos tienen género en nuestras lenguas, no puede comprender por más vueltas que le dé por qué una pelota es femenina y un balón masculino.

Por otra parte, el masculino es lo que en lingüística se llama el «término no marcado», es decir, lo que se aplica como genérico por defecto, cuando no se sabe o no se concreta, o en los plurales genéricos que supuestamente incluyen todo.

Que en español el término no marcado sea el masculino, por supuesto que tiene su origen en la sociedad patriarcal, pero ojo: no en la que imaginamos. Con perdón por la digresión, por lo que ha podido reconstruir la arqueología lingüística, en indoeuropeo, el recontratatarabuelo de nuestro idioma, no existía la distinción gramatical masculino-femenino, solo se distinguía entre animados e inanimados al menos hasta que se separó la rama anatolia sobre el 4000 a.e.c. A partir de unos 2500 años más tarde, el sánscrito, el latín y el griego ya mostraban masculino y femenino, siendo el masculino el término no marcado. Es decir, que esta división en géneros debió de aparecer entre el 4000 y el 1500 a.e.c., fecha de los textos más antiguos encontrados en sánscrito. El sistema de géneros del español lo traemos heredado desde entonces. Y sí, testimonia una sociedad patriarcal… de hace unos cinco o seis mil años. No estoy diciendo que la actual no lo sea, pero está bien ser consciente del profundísimo arraigo del patriarcado, lo que hace que nuestra lengua, nuestra cultura, nuestra historia, estén impregnadas hasta la médula. No es de ayer.

El modelo inglés

Volviendo a la actualidad. Desde hace décadas, el inglés reemplazó al francés como lengua internacional, medio de comunicación entre gentes diversas, y es hoy en día el referente. Ocurre que el inglés no tiene género gramatical, con excepción de dos de los pronombres personales (he/she) y unos pocos sustantivos (como actor-actress), pero son excepciones: la inmensa mayoría de los sustantivos y todos los adjetivos, participios, artículos y determinantes son neutros. Por tanto, usar un lenguaje inclusivo en inglés no cuesta absolutamente nada, solo escribir de vez en cuando «he/she». Es una opción que muchas entidades anglosajonas o internacionales decidieron aplicar desde hace unos años, pues el coste era tan mínimo que no les suponía ningún quebradero de cabeza.

Ahora bien, aplicarlo en una lengua como la nuestra es mucho más complejo.

¿Qué queremos?

Pero antes de preguntarnos cómo lo hacemos, deberíamos tener claro qué queremos conseguir, pues creo que ahora mismo hay distintas aspiraciones mezcladas aunque, en general, ni siquiera se tiene conciencia de ello.

Cuando hablamos de visibilizar a la mujer, ¿nos referimos a que el femenino esté presente, o a que el masculino no sea omnipresente? ¿Queremos hacer patentes los dos géneros gramaticales, masculino y femenino, o no hacer patente ninguno?

En la lengua inglesa, que acabo de citar, ningún género está presente: «worker» no significa «trabajador y trabajadora», sino «persona que trabaja». No sabemos nada de su sexo. Si una madre dice haber venido con su «child», no sabemos si ha venido con su hijo o con su hija.

En español, para evitar el uso «académico» tradicional del masculino genérico: «los profesores», se están usando estas opciones:

1) visibilizar los dos géneros: «las profesoras y los profesores»;

2) no visibilizar ninguno: «el personal docente».

DOS GÉNEROS

La primera opción tiene el problema de que se pueden generar oraciones insostenibles, por ejemplo si añades otro término para decir en uso académico: «los profesores y los alumnos», se convertiría en: «las profesoras y los profesores y las alumnas y los alumnos». Imposible. Así que es una opción que está bien en ciertos casos, pero no se puede generalizar.

Además, plantea un dilema de concordancia: si estás citando los dos géneros, ¿con cuál concuerdas artículos, adjetivos, participios? Hay quien desdobla también todo esto, lo cual genera textos imposibles, hay quien concuerda en masculino, y hay quien concuerda por cercanía, es decir: dependiendo del orden en que se citen los géneros, lo que vaya por delante concuerda con el primero y lo que vaya por detrás con el segundo: «las alumnas y alumnos nuevos», «los trabajadores y trabajadoras fijas». Otro asunto sin resolver.

NINGÚN GÉNERO

La segunda opción es mejor apuesta: no visibilizar ningún género usando términos colectivos y epicenos; para el ejemplo anterior es fácil: «el personal docente y el alumnado». Sin embargo, encierra otros problemas: no existen términos colectivos para todos los conceptos (no tenemos «el escritorado», etc. etc.), y tampoco es una expresión que se pueda usar en todos los contextos, por ejemplo el singular genérico («si un alumno te dice que…»).

En esta misma opción se usa a menudo «personas». Tiene lo bueno de que se puede usar en muchísimos contextos y es la forma más abierta posible de referirse a alguien, respondiendo también a las identidades sexuales no binarias. Pero tiene lo malo de que no siempre se puede usar. Por ejemplo, para evitar decir «abogado» o «abogada», puede sacarnos de algún aprieto la fórmula «las personas que se dedican a la abogacía», pero no es una opción válida en la mayoría de los casos: «Puedes llamar a tu abogado» / «puedes llamar a tu persona que se dedica a la abogacía»… Imposible.

Ya que estamos hablando de epicenos, me gustaría hacer un inciso para explicar por qué no tiene sentido decir «miembra» o «persono». La palabra «abogado» se refiere a un hombre, mientras que «persona» y «miembro» se refieren a cualquiera. Son los pocos términos neutros que tenemos en español, ¡no los estropeemos! Lo que ocurre es que, como ya he mencionado, en español todos los sustantivos deben tener género gramatical. De modo que los términos colectivos que engloban a cualquier persona, también tienen su género GRAMATICAL y pueden ser de género femenino (persona, juventud) o masculino (miembro, alumnado, personal). Un hombre es «persona» y una mujer es «miembro».

Harina de otro costal son los sustantivos comunes en cuanto al género, como «estudiante», «artista», etc. Solo sirven para el fin de no hacer patentes los géneros cuando van solos, sin artículos, determinantes, adjetivos o participios. En cuanto hay que concordar, volvemos al mismo problema: «la estudiante avispada», «los estudiantes avispados». «Las y los estudiantes».

En conclusión, estas opciones están bien, son lo que al principio citaba como unos mínimos que todas y todos deberíamos aplicar en nuestra cotidianeidad. Pero son parches, no son una solución general que nos sirva para todo. Entonces, ¿qué hacemos?

¿Eliminar el género gramatical?

Nadie ha planteado que se elimine completamente la noción de género, hasta donde yo sé. Que los inanimados mantengan el género nos es indiferente, lo que nos interesan son las personas, así que los esfuerzos de neutralización solo se dirigen a eliminar el género de los animados. Es curioso, porque en el mundo hay más lenguas sin género que con género, y dentro de estas últimas, la mayoría solo aplica el género a los seres animados, mientras que solo algunas aplican el género también a los objetos inanimados, como es nuestro caso. Si eliminásemos el género para los animados, creo que seríamos un caso único de lengua que no tiene género para los animados, pero para los inanimados sí.

Yo pienso que lo que necesitamos en español no es eliminar los dos géneros con que contamos o hacer peripecias para evitarlos, sino crear un tercer género para animados: el neutro. Para que puedas usar el femenino o el masculino cuando lo desees como hablante, pero cuando no lo desees, cuando no conozcas la identidad de la persona o quieras referirte a ambos sexos, tengas una opción neutra.

Para expresar lo genérico o indeterminado se usa hasta ahora el masculino. Es un género gramatical pluriempleado, por las mañanas trabaja de «es un hombre» y por las tardes de «no sé/no digo si es hombre o mujer». Resultado del pluriempleo: la confusión que siempre juega a favor de ellos. Lo que propongo es acabar con esa ambigüedad. Dejar el masculino solo para hombres, el femenino solo para mujeres… y necesitamos un neutro.

¿Cómo creamos un neutro?

Hace años que se intenta dar con un posible neutro («tod@s», «todxs», «todes»), yo no he hecho más que razonar y justificar la necesidad de hacerlo. De las distintas propuestas que ha habido, ninguna se ha impuesto. Me gustaría analizar por qué.

El uso de «@» o «x», sin entrar ahora en las implicaciones de cada opción, tiene el grave problema de que solo vale para la lengua escrita porque no puede pronunciarse, por lo que no será nunca el cambio necesario. Por la posición que ocupa en las palabras, lo que necesitamos es un sonido vocálico, y para ello tenemos dos opciones: usar una de las vocales que ya tenemos, o introducir una nueva vocal importada de otra lengua. Esto último me parece bastante estrambótico y poco factible, así que vamos a repasar las vocales con que cuenta ya el español.

Descartamos la «a» y la «o» porque ya están asignadas al femenino y masculino. La «u» no presenta en mi opinión la suficiente distinción fonética con la «o» para ser una alternativa, y de hecho se asimila a la «o» en Galicia, Asturias y parte del mundo rural («está arreglau»), por lo que también la descartamos.

Nos quedan la «e» y la «i».

Se ha intentado usar la «e» para este tercer género neutro, y en mi opinión es la vocal que más posibilidades tendría de funcionar. Tiene a su favor el hecho de que ya existen cientos de sustantivos y adjetivos que acaban en «-e» que no distinguen género y por tanto valen igual para cualquier persona: por una parte, todos los que antiguamente llamábamos «participios de presente» (cantante, estudiante, comerciante) pero también otros muchos (triste, firme, responsable, intérprete). Además, al existir ya como terminación, no suena extraña al oído de una persona hispanohablante.

Entonces, frente al caso mayoritario de variación o/a, es una buena opción para crear un tercer género: «Todes estamos contentes», «No somos súbdites». Incluso en el caso de terminación en consonante/a (creador/creadora), podría hacerse la tercera opción neutra «creadore».

Sin embargo, esta opción también genera problemas: ¿qué pasa cuando la forma de plural en «-e» ya existe pero es masculino, como es el caso de «creadores» frente a «creadoras»? En estos casos, para que todo cuadrase lo que habría que crear sería un nuevo masculino plural: «creadoros». Ya entiendo que a mucha gente esto le sonará fatal, pero cualquier novedad suena inicialmente fatal (no hay más que pensar en ejemplos de anglicismos como «procrastinar», cuyo uso se está extendiendo pese a su sonoridad).

Otro problema: tenemos sustantivos cuya variación no es o/a, sino e/a, donde la terminación en «-e» se identifica con el masculino (sirviente/sirvienta, jefe/jefa, presidente/presidenta). ¿Qué hacemos en esos casos?

Por último, nos queda la «i». Para quienes hayan jugado en su infancia a hablar con la «i», será difícil considerarlo una alternativa válida, pero quizás hay que pensárselo dos veces antes de descartarla. La «i» no plantea los problemas que plantea la «e» y que acabo de citar, pero tampoco tiene sus ventajas: no es una terminación que exista en español, por lo que no tiene la parte del camino hecho que tiene la «e». Probemos a colocar una «i» en todos los lugares donde pondríamos una @: «lis trabajadoris están decepcionadis con el acuerdo», «profesoris y alumnis», «reparte una hoja a cadi alumni». Ya entiendo que nos suena fatal, aunque quizás habría que meditarlo un poco más antes de descartarlo, sobre todo a la vista de lo anterior. Recientemente, las erratas de tecleo en los diminutos teclados de los teléfonos móviles han hecho que ya no suene tan extraño leer terminaciones en «i» en cualquier palabra («cansadis», «estamis») e incluso algunas personas escriben ahora el error premeditadamente («guapis»). No sería la primera vez que se produce una evolución lingüística a base de un error (decimos por ejemplo «Argelia» en lugar de «Algeria» por un error de pronunciación que quedó así).

Conclusión… ¡ojalá!

Me encantaría proponer una conclusión, pero por ahora solo he podido aportar este análisis… En cualquier caso, para mí es obvio que necesitamos un neutro y creo que entre estas dos opciones («e», «i») habría que adoptar una, porque las vías mencionadas en la primera parte de este artículo no son una solución suficiente para todos los casos en los que nos encontramos como hablantes.

Hasta que demos con esa solución, animo a todo el mundo a aplicar esos mínimos mencionados, que resumo muy brevemente:

— ¡Somos personas! («las personas adultas» [y no «los adultos»], «las personas afectadas»[y no «los afectados»], etc.)

— Términos colectivos: la ciudadanía, el alumnado, el profesorado, la juventud, el personal, la gente, el equipo, la judicatura, el electorado, el vecindario, etc.)

— Pronombres relativos (en vez de «los interesados deberán…» , «quienes tengan interés deberán…»; en vez de «los que asistan», «quienes asistan», etc.)

— Desdoblamiento, sin abusar. Alternando el orden para que no sea siempre masc-fem («todas y todos» / «todos y todas»); concordancia por cercanía (precedente/posterior)

— Terminación desdoblada con barra («socio/a»): en mi opinión, solo para formularios o escritos esquemáticos.

Nota para quienes se quejan de las feminazis: entre las posturas feministas que se afanan por encontrar encaje a una de estas soluciones de igualdad (mostrar ambos géneros/no mostrar ninguno/buscar un neutro), no hay ninguna que proponga el uso del femenino como genérico, reemplazando al masculino, porque eso equivaldría a repetir el esquema machista pero a la inversa, y aunque haya gente a quien no le entre en la cabeza, no, feminismo no es el equivalente inverso del machismo. Feminismo es igualdad.

Primera parte El lenguaje inclusivo: un reto de nuestro tiempo

* Traductora y filóloga. Miembro de Mujeres X la República. Forma parte del colectivo LoQueSomos
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Un comentario en “Lenguaje inclusivo en la práctica: propuestas y dificultades

  • el 24 febrero, 2021 a las 13:03
    Permalink

    De acuerdo Cristina con todo lo que planteas, a partir de ahora lo tendré en cuenta.
    Difícil trabajo o tarea la que queda por delante. Me gustan tus propuestas finales.

    Respuesta

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